> Guerra Civil Española



mi opinión



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NO DEBEMOS OLVIDAR EL 18 DE JULIO

Los efectos del 18 de julio, la guerra y la dictadura siguen presentes en España en muchas formas: en símbolos (el Valle de los Caídos), en el clamoroso olvido de quienes murieron, en la forma de hacer política de los partidos españoles, en algunos apellidos que siguen presentes en las esferas más cercanas al poder, en la visión uniforme de España alérgica a la pluralidad. El olvido del 18 de julio y de lo que sucedió después es un lujo que la sociedad española no puede ni debe permitirse. El fracaso colectivo que supone no haber logrado consensuar una ley de la memoria histórica y la incapacidad para otorgar a las víctimas y a sus descendientes reconocimiento y reparaciones es uno de los legados más evidentes de la guerra y del régimen franquista. No es difícil encontrar restos de la manera de actuar y de pensar del franquismo en la vida pública española. El espectro de las dos Españas resucita en el discurso político con facilidad, y la tendencia a los liderazgos fuertes, caudillistas, es una señal de identidad del sistema político español. El objetivo de vencer por encima de cualquier otra consideración y considerar el pacto como una derrota, son ticsprofundamente enraizados que perviven hoy, como demuestra el bloqueo político que vive el país desde el 20-D. Pese a todo, el país ha cubierto en los 40 años de democracia un gran camino desde un punto de vista político y social.

EL PERIÓDICO 16. Editorial

18 de julio, cambio del curso de la historia (Ángel Viñas. EL PAÍS 23) El estallido de la guerra cambió no solo la faz de España. También el curso histórico español. Demolió un sistema democrático frágil pero que funcionaba.

Memoria del 18 de julio de 1936 (Stanley G. Payne. EL MUNDO 6) Los generales Mola y Sanjurjo dirigieron la acción militar, no Franco, quien se comprometió firmemente con la revuelta sólo cinco días antes. No fue concebido como un golpe de Estado, sino como una insurrección general militar.

El muro de Tamerlán (Jorge Bustos. EL MUNDO 50) Hoy hace 80 años los españoles entregamos a la Historia la más coqueta realización de una especialidad de la casa: la contienda fratricida.

18 de julio: Huir de la discordia (Fernando Suárez González. ABC 3) España sabía que la guerra civil iba a estallar, y han sido muchos los políticos arrepentidos de no haber sabido evitarla. Ochenta años después, sería bueno huir de todo cuanto reaviva la discordia, para buscar soluciones a los problemas.

La guerra reinventada (Ignacio Camacho. ABC 13) España aún no dispone de un consenso social saludable sobre la Guerra Civil, sin sesgos, ni mitos ni revisionismos.

Hoy, San Federico (Santiago González. EL MUNDO 4) Hoy, festividad de San Federico, se cumplen 80 años de la sublevación militar que dio origen a la guerra civil española. No habían pasado 20 años de la insurrección franquista cuando el PCE aprobó el Manifiesto por la Reconciliación Nacional.


Guerra Civil Española

Aunque en los últimos siglos España ha sufrido varias guerras civiles, se conoce como Guerra Civil Española a la que estalló tras un fallido golpe de estado contra el gobierno legítimo de la Segunda República Española y que asoló el país entre el 17 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939.

La Guerra Civil Española ha sido considerada en muchas ocasiones como el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial puesto que sirvió de campo de pruebas para las potencias del Eje y la Unión Soviética, además de que supuso una confrontación entre las principales ideologías políticas que entonces convivían en Europa y que entrarían en conflicto poco después: el fascismo, la democracia representativa de tradición liberal y los diversos movimientos revolucionarios (socialistas, comunistas, estalinistas y trotskistas, y anarquistas). Los partidos republicanos defendieron el funcionamiento democrático parlamentario del Estado por medio de la Constitución vigente, la Constitución de la República Española de 1931. Los anarquistas defendían la implantación de un modelo libertario. Los nacionalistas defendieron su autonomía. Algunos revolucionarios buscaban implantar la dictadura del proletariado, otros eliminar la coerción de cualquier estructura jerárquica. Muchos militares sublevados y los falangistas defendieron, en palabras del propio Franco, la implantación de un Estado totalitario. Los monárquicos pretendían la vuelta de Alfonso XIII. Los carlistas la implantación de la dinastía carlista, etc. En ambos bandos hubo intereses encontrados.

De hecho, al estallar la Guerra Civil, estas divisiones ideológicas quedaron claramente marcadas: los regímenes fascistas europeos (Alemania e Italia), Portugal e Irlanda apoyaron desde el principio a los militares sublevados.

El gobierno republicano recibió el apoyo de la URSS, único país comunista de Europa, quien en un primer momento movilizó las Brigadas Internacionales y posteriormente suministró equipo bélico a la República. También recibió ayuda de México, donde hacía poco había triunfado la revolución.

Las democracias occidentales, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos decidieron mantenerse al margen, según unos en línea con su política de no-confrontación con Alemania, según otros porque parecían preferir la victoria de los sublevados. No obstante, el caso de Francia fue especial, ya que estaba gobernada, al igual que España, por un Frente Popular. Al principio intentó tímidamente ayudar a la República, a la que cobró unos 150 millones de dólares en ayuda militar (aviones, pilotos, etc.), pero tuvo que someterse a las directrices del Reino Unido y suspender esta ayuda.

En cualquier caso, esta alineación de los diferentes países no hacía más que reflejar las divisiones internas que también existían en la España de los años 1930 y que sólo pueden explicarse dentro de la evolución de la política y la sociedad española en las primeras décadas del siglo XX.

Soldado republicano busca cobertura
plaza de toros de Teruel.

Algunos ven en estas profundas diferencias político-culturales lo que Antonio Machado denominó las dos españas. En el bando republicano, el apoyo estaba dividido entre los demócratas constitucionales, los nacionalistas periféricos y los revolucionarios. Éste era un apoyo fundamentalmente urbano y secular aunque también rural en regiones como Cataluña, Valencia, País Vasco, Asturias y Andalucía. Por el contrario en el bando nacional, el apoyo era básicamente rural y burgués, más conservador y religioso. Sobre todo fueron aquellas clases más o menos privilegiadas hasta entonces, (burgueses, aristócratas, muchos militares, parte de la jerarquía eclesiástica, terratenientes o pequeños labradores propietarios...) que tras la victoria del Frente Popular veían peligrar su posición o consideraban que la unidad de España estaba en peligro.

El número de víctimas civiles aún se discute pero son muchos los que convienen en afirmar que la cifra se situaría entre 500.000 y 1.000.000 de personas. Muchas de estas muertes no fueron debidas a los combates sino a las ejecuciones sumarias, paseos, que ambos bandos llevaron a cabo, en la retaguardia, de forma más o menos sistemática o descontrolada. Los abusos se centraron en todos aquellos sospechosos de simpatizar con el bando contrario; en el bando nacional se persiguió principalmente a sindicalistas y políticos republicanos (tanto de izquierdas como de derechas), mientras en el bando republicano esta represión se dirigió preferentemente hacia los falangistas, burgueses, aristócratas, militares, simpatizantes de la derecha o sospechosos de serlo, católicos y miembros de la Iglesia Católica, llegando a quemar conventos e iglesias y asesinando a trece obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos, 263 monjas y millares de personas vinculadas a asociaciones confesionales o meramente católicas practicantes.

Tras la guerra, la represión franquista se cebó con el bando perdedor iniciándose una limpieza de toda esa España Roja y de cualquier elemento relacionado con la República lo que condujo a muchos al exilio o a la muerte. La economía española tardaría décadas en recuperarse.

Juan Negrín iniciando la decimoctava sesión plenaria
de la Asamblea General de la Sociedad
de las Naciones
Ginebra 1937

Los simpatizantes republicanos vieron la guerra como un enfrentamiento entre "tiranía y democracia", o "fascismo y libertad", y muchos jóvenes idealistas de otros países participaron en las Brigadas Internacionales pensando que salvar a la República Española era la causa idealista del momento. Sin embargo, los partidarios de Franco la vieron como una lucha entre las "hordas rojas" (comunistas y anarquistas) y la "civilización cristiana". Pero estas dicotomías son, inevitablemente, simplificaciones: en los dos bandos había ideologías variadas, y muchas veces enfrentadas (por ejemplo anarquistas contra comunistas en uno, falangistas contra monárquicos y carlistas en el otro).


 

Trasfondo político

Al abandonar Alfonso XIII España, vista la falta de apoyo popular en las elecciones municipales de 1931, se proclama la República y se convocan elecciones que ganan las izquierdas republicanas y obreras (el PSOE se convierte en el partido con más diputados en las Cortes). Comienza el llamado Bienio Progresista, durante el que el gobierno de la República, formado por distintas formaciones republicanas de izquierda (Acción Republicana, radicales-socialistas...) y el Partido Socialista, trata de poner en marcha una serie de leyes de alto contenido social. El fracaso y la lentitud en la aplicación de las mismas llevan a un descontento popular que culmina en una serie de levantamientos anarquistas (en enero y diciembre de 1933), reprimidos con dureza y que provocan un fuerte escándalo político, la caída del gobierno y la celebración de elecciones anticipadas en 1933.

La CEDA, partido derechista, gana estas elecciones, pero el Presidente de la República no les permite formar gobierno, por lo que lo acaban formando los radicales de Lerroux con el imprescindible apoyo de la CEDA. Comienza el gobierno de centro derecha llamado por la izquierda Bienio Negro ya que anuló muchos de los derechos sociales y reformas progresistas aprobadas durante el gobierno anterior, bienio progresista, oponiéndose especialmente a la reforma agraria. Gran parte del pueblo llano había esperado grandes cambios de la Segunda República. Pero la victoria de los conservadores truncó las esperanzas de muchos y reverdeció la agitación y las protestas al ver el rumbo de marcha atrás que tomaba su política.

Ante lo que consideran mal gobierno de Lerroux, la CEDA exige su participación en el gobierno. Se nombran tres ministros de la CEDA, pero este nombramiento (constitucional) no es aceptado ni por la izquierda ni por los nacionalistas. ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) proclama desde Barcelona el Estado Catalán dentro de la República Federal Española y UGT declara una huelga general revolucionaria, lo que provoca la Revolución de 1934 y la proclamación desde Oviedo de la República Socialista Española. La situación queda rápidamente dominada por el gobierno, salvo en Asturias, único lugar en el que los anarquistas se unen a los partidos y sindicatos de izquierdas. El gobierno reprime la sublevación de Asturias con dureza, trayendo de África a la Legión, y, una vez finalizada, se produce una fuerte represión.

Los escándalos financieros y políticos hacen caer al gobierno radical-cedista, y se convocan nuevas elecciones, en las que, por primera vez en mucho tiempo la izquierda une fuerzas formando el Frente Popular y los anarquistas, tradicionalmente abstencionistas, a pesar de no formar parte de la coalición, le dan su apoyo.

Gana las elecciones el Frente Popular, que destituye al Presidente de la República, Alcalá-Zamora, y destina fuera de Madrid a los generales que considera desafectos a la república.

Durante la Segunda República la polarización de la política española que se inició a finales del siglo XIX alcanza su cenit. Conviven una izquierda revolucionaria y una derecha fascista importantes, con una izquierda moderada y una derecha republicana; un centro anticlerical y una derecha de fuerte componente católico y monárquico, una sociedad secular muy anticlerical y un catolicismo ultraconservador.

Desde 1808, la sociedad española intentaba salir de una tradición absolutista que, a diferencia del resto de países de Europa, lastraba aún al país manteniendo fuertes diferencias económicas entre privilegiados y no privilegiados, derivados del moderantismo decimonónico. Los conservadores, muchos militares, terratenientes y parte de la jerarquía católica ven peligrar su posición privilegiada y su concepto de la unidad de España. Los nacionalistas presionan a la República para conseguir su autonomía. Los revolucionarios buscan la dictadura del proletariado o la implantación de una sociedad anarquista.

Una población rural dividida entre los jornaleros anarquistas y los pequeños propietarios aferrados a (y dominados por) los caciques y la iglesia; unos burócratas conformistas y una clase obrera con salarios muy bajos y, por lo tanto, con tendencias revolucionarias propias del nuevo siglo, hacen que también entre las clases pobres la división fuese muy acusada. Y una tradición de más de un siglo (desde los tiempos de Fernando VII) según la cual los problemas no se arreglan más que con los levantamientos.

Este conjunto de circunstancias hace que, durante la Segunda República el clima social sea muy tenso, la inseguridad ciudadana muy alta y los atentados de carácter político o anticlerical una lacra para el país.

No es extraño pues que en una España marcada por la reciente dictadura de Primo de Rivera e intentonas fallidas como las de Sanjurjo volviese a haber ruido de sables y se temiese un plan para derribar al nuevo gobierno establecido. Los acontecimientos darían la razón a los pesimistas.


El detonante

El 12 de julio muere asesinado (probablemente por falangistas, que le acusaban ser el culpable de la muerte de uno de ellos), el teniente de la Guardia de Asalto José Castillo. Castillo era conocido por su activismo izquierdista y por negarse a intervenir contra los manifestantes de Asturias, yo no tiro sobre el pueblo, fueron sus palabras, y este acto de rebeldía le costaría un año de cárcel. La conmoción por el asesinato no tardó en extenderse entre la propia Guardia de Asalto a la que él pertenecía. Y al día siguiente, en represalia, un grupo de guardias, al no encontrar en su casa a Gil-Robles, secuestran y matan a José Calvo Sotelo miembro del parlamento y líder de la oposición al Frente Popular, quien fue ministro de finanzas durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Este crimen convenció de la necesidad de dar el Golpe de Estado a los militares que aún estaban indecisos, entre ellos y según Preston, a Franco. Este Golpe de Estado estaba preparado por Mola (el Director) para mediados o finales de Julio desde hacía tiempo (el Dragon Rapide ya estaba en camino), y contaba con el apoyo de la Falange y de los movimientos conservadores y católicos. El levantamiento acababa de comenzar.


La Guerra

La Insurrección del 17 de julio

Mapa de España a los
dos meses de la rebelión militar

El golpe de estado fue cuidadosamente planeado, entre otros militares, por los generales José Sanjurjo, Emilio Mola (el Director del alzamiento) y secundada por Francisco Franco, con el que contaban desde el principio, pero que no confirmó su participación hasta el asesinato de Calvo Sotelo.

El general José Sanjurjo debería haber sido el futuro Jefe de Estado pero murió en accidente de aviación al trasladarse a España desde Portugal, donde estaba exiliado por su intento de golpe de estado el 10 de agosto de 1932.

Los últimos detalles de la sublevación se concretaron durante unas maniobras realizadas el 12 de julio en Llano Amarillo Marruecos, estando previsto dar el golpe de estado escalonadamente, el 18 en Marruecos y el 19 en el resto de España.

El 17 de Julio por la mañana, en Melilla, los tres coroneles que estaban al tanto del alzamiento militar, se reúnen en el departamento cartográfico y trazan los planes para ocupar el 18 los edificios públicos, planes que comunican a los dirigentes falangistas. Uno de los dirigentes locales de la Falange informa al dirigente local de Unión Republicana, llegando esta información al General Romerales, Comandante Militar de Melilla, que a su vez informa a Casares Quiroga. Romerales envía por la tarde una patrulla de soldados y guardias de asalto a registrar el departamento cartográfico. El coronel al mando del mismo retrasa el registro y llama al cuartel de la legión, desde donde le envían un grupo de legionarios. Ante estos, la patrulla se rinde y los sublevados proceden a arrestar a Romerales, proclaman el estado de guerra e inician anticipadamente el levantamiento, informando a sus compañeros del resto de Marruecos que habían sido descubiertos. Esto hizo que en Marruecos se adelantase la fecha prevista.

Mola decide adelantar las fechas previstas, por lo que al día siguiente, 18 de Julio, la sublevación se generaliza en casi toda España, y el 19 de Julio ya es general.

Así, el 21 de julio los rebeldes han tomado el control de la zona de Marruecos bajo protectorado español, las islas Canarias (excepto La Palma), las islas Baleares (excepto Menorca) y la parte de la España peninsular situada al norte de la sierra de Guadarrama y del río Ebro, excepto Asturias, Cantabria y el País Vasco en la costa norte, y la región de Cataluña en el nordeste. El 27 de julio de 1936, llegó a España el primer escuadrón de aviones italianos enviado por Benito Mussolini.

Las fuerzas republicanas, por su parte, consiguen sofocar el alzamiento en la mayor parte de España, incluyendo todas las zonas industrializadas, gracias en parte a la participación de las milicias recién armadas de socialistas, comunistas y anarquistas, así como a la lealtad de la mayor parte de la Guardia de Asalto y, en el caso de Barcelona, de la Guardia Civil. El gobernador militar de Cartagena, Toribio Martínez Cabrera, era simpatizante del Frente Popular y la marinería también era contraria al golpe militar, lo que unido a los tumultos populares de los días 19 y 20 hicieron fracasar el movimiento golpista en Murcia.

Por otra parte, caen en manos de los sublevados algunas de las ciudades andaluzas más grandes, incluyendo Sevilla (donde el general Gonzalo Queipo de Llano se hace con el mando de la 2ª División Orgánica), Cádiz, Granada y Córdoba.

En este contexto, los nacionalistas y los republicanos proceden a organizar sus respectivos territorios y a reprimir cualquier oposición o sospecha de oposición. Una estimación mínima señala que más de 50.000 personas fueron ejecutadas, muertas o asesinadas en cada bando, lo que nos da una indicación de la gran dureza de las pasiones que la guerra civil había desatado.

El mapa resultante tras la sublevación es una reproducción casi exacta de los resultados de los anteriores comicios. En aquellas zonas donde vencieron los conservadores triunfa el alzamiento y allí donde la mayoría era de izquierdas o liberal la insurrección militar es aplastada sin miramientos como es el caso de Madrid y Barcelona.

El resultado del levantamiento es incierto. Aproximadamente un tercio del territorio español ha pasado a manos rebeldes con lo que ninguno de los dos bandos tiene absoluta supremacía sobre el otro. La intentona de derrocar de un golpe a la República había fracasado estrepitosamente. Ambos bandos se preparan para lo inevitable. Un enfrentamiento que iba a desangrar España durante tres largos años. La Guerra Civil Española acababa de empezar.

El asalto al Cuartel de la Montaña - julio de 1936

 
 


 

El desarrollo de la Guerra

Toda esperanza de un rápido desenlace desaparece el 21 de julio, el quinto día de rebelión cuando los sublevados conquistaron el puerto naval de Ferrol. El triunfo parcial de la sublevación militar anima a las potencias fascistas a apoyar a los rebeldes. En los primeros días muere el general Sanjurjo en un accidente de aviación por lo que el mando de los rebeldes queda entonces repartido entre Mola y Franco.

Sin embargo, el mando de los nacionalistas fue asumido gradualmente por el general Franco que lideraba las fuerzas que había traído de Marruecos. El 1 de octubre de 1936, fue nombrado Jefe del Estado y formó gobierno en Burgos. El 3 de junio de 1937 muere en otro accidente de avión el general Mola quedando definitivamente Franco solo al frente de la rebelión militar.

El presidente de la República Española hasta casi el fin de la guerra fue Manuel Azaña, un liberal anticlerical, procedente del partido Izquierda Republicana. En tanto que el gobierno republicano estaba encabezado, a comienzos de septiembre de 1936, por el líder del partido socialista Francisco Largo Caballero, seguido en mayo de 1937 por Juan Negrín, también socialista, quien permaneció como jefe del gobierno durante el resto de la guerra y continuó como jefe del gobierno republicano en el exilio hasta 1945.


La Guerra Terrestre

1936

Al fracasar el golpe de estado y preverse una guerra de larga duración, el primer problema con el que se enfrentan los sublevados es un problema logístico. El Ejército de África está en Marruecos, y debe pasar a la península, la flota republicana bloquea el estrecho de Gibraltar impidiendo su paso y el ejército de Mola está escaso de municiones. Se pone en marcha inmediatamente un puente aéreo, al principio solo con medios propios, y luego apoyado por aviones italianos y alemanes, entre Marruecos y Sevilla. Con los pocos aviones de ataque y bombardeo disponibles, se hostiga a la escuadra republicana en el estrecho, permitiendo el paso de un primer convoy naval prácticamente desprotegido entre Ceuta y Algeciras, y se inicia la Campaña de Extremadura para tratar de unir las dos zonas en poder de los sublevados, lo que se consigue con la toma de Badajoz a mediados de agosto de 1936, menos de un mes después del alzamiento militar.
Una vez unidas las dos fuerzas, se inicia el avance sobre Madrid, tomándose Toledo el 28 de septiembre. El 8 de noviembre empieza la Batalla de Madrid, estabilizándose el frente el día 23.

En paralelo, en el Norte, las tropas nacionales toman Irún el 5 de septiembre y San Sebastián el 13 de septiembre, quedando el norte republicano rodeado por tierra por los nacionalistas. El 17 de octubre se rompe el cerco de Oviedo.

1937

En torno a Madrid se producen diferentes ofensivas y batallas, tratando un bando aislar Madrid y el otro aliviar la presión sobre la capital. Son la batalla del Jarama, del 6 al 24 de febrero, la batalla de Guadalajara, del 8 al 18 de marzo, y la batalla de Brunete del 6 al 26 de julio, las dos primeras son iniciativas de los sublevados y la tercera de los republicanos. Ninguna consigue su objetivo.

En el frente de Aragón, la República inicia a finales de agosto una ofensiva en Belchite, para intentar aliviar la presión en el frente del norte. Casi al mismo tiempo, en el norte, los nacionalistas ocupan Bilbao, Santander y finalmente, el 20 de octubre, Gijón, poniendo fin al frente norte.

En el Sur, toman Málaga el 8 de febrero, estabilizándose el frente en la provincia de Almería. Al finalizar el año, la República toma la iniciativa comenzando la batalla de Teruel.

1938

Continua la batalla de Teruel, que es tomado el 8 de enero por los republicanos y vuelto a tomar el 20 de febrero por los nacionales.

Las tropas de Franco toman Vinaroz el 15 de abril, partiendo en dos la zona republicana. La República contraataca iniciándose el 24 de julio la batalla del Ebro, que se convierte en una guerra de desgaste para ambos bandos terminando el 16 de noviembre con la retirada republicana. A partir de este momento, la República queda herida de muerte. El 23 de diciembre se inicia la batalla por Barcelona.

Situación aproximada en 1939:
en gris, bajo control de los sublevados
en blanco II República.

 

Parte Oficial de Guerra del 1 de Abril de 1939

1939

Se precipitan los acontecimientos, cayendo Barcelona el 26 de enero y Gerona el 5 de febrero.

En Madrid, el Coronel Casado da un golpe de estado anticomunista en marzo mientras Juan Negrín y buena parte del gobierno se refugian en Elda y Petrer, en la llamada Posición Yuste.

El 26 de marzo cae Madrid, la última ciudad en caer en manos de Franco es Alicante, el 30 de marzo.

El primero de abril Franco emite el famoso parte “En el día de hoy....”


La Guerra Naval

Al principio de la Guerra Civil, el reparto de la flota era el siguiente:

  • En el lado republicano:
    • el acorazado Jaime I,
    • los cruceros ligeros Libertad, Miguel de Cervantes y Méndez Núñez,
    • catorce destructores en servicio o a punto de entregar,
    • siete torpederos,
    • doce submarinos
    • la casi totalidad de la Aeronáutica Naval.
  • En el bando nacional,
    • el acorazado España,
    • los cruceros pesados Canarias y Baleares en muy avanzada fase de construcción en Ferrol,
    • los cruceros ligeros Almirante Cervera y República,
    • el destructor Velasco,
    • cinco torpederos
    • y varios cañoneros y guardacostas.
El bloqueo del estrecho

La escuadra republicana, consciente de que debe impedir el paso del Ejército de África a la península, bloquea el estrecho de Gibraltar, siendo hostigada por unos pocos aviones nacionales. Solo consigue pasar un pequeño convoy con unos mil hombres, lo que se interpreta desde el bando franquista como un gran éxito. Pero ante el avance de los nacionales en el Norte de España, la República decide enviar la Escuadra (salvo dos destructores que quedan a cargo del bloqueo del estrecho) al frente Norte, consiguiendo así ayudar a las operaciones terrestres, retrasando el avance de los sublevados, al impedirles avanzar por la costa. Pero este alivio en el frente norte es fatal para la República, ya que los cruceros Canarias y Cervera acuden al estrecho, y el 29 de septiembre de 1936 hunden a uno de los destructores (el Almirante Ferrandiz) después de inutilizar una de las calderas con un tiro casi imposible (la tercera salva a 20 km) y hacen huir al otro, el Gravina, que se refugia en Casablanca, dejando libre el paso al Ejército de África.

La Campaña del Cantábrico

En Septiembre, la República decide enviar al Cantábrico al acorazado Jaime I, dos cruceros, seis destructores y cinco submarinos dejando en el Estrecho sólo dos destructores y un submarino.

El 24 de Septiembre la Escuadra republicana llega al Cantábrico y paraliza o retrasa las operaciones en tierra de los sublevados. Impide las operaciones en Guipúzcoa y retrasa el avance de las columnas gallegas hacia Oviedo, obligándoles a ir por el interior.

Su superioridad es absoluta, y durante la estancia de la flota republicana en el Cantábrico, no hay actividad en el mismo de la marina rebelde. Pero este triunfo relativo permite, al tener abandonado el bloqueo del Estrecho de Gibraltar, el paso del grueso de las tropas de África a la península.

El 13 de octubre de 1936, el grueso de la escuadra republicana vuelve al Mediterráneo.

Las acciones navales en el bando nacional el resto del año 1936 se limitan a las protagonizadas por el “España”, el “Velasco”, los bous y algunos mercantes armados por el bando nacional, dedicándose al bloqueo, a minar los puertos republicanos y al bombardeo de costa. La República solo había dejado en el Cantábrico al destructor José Luis Díez (conocido en Bilbao por “Pepe el del puerto”, por su poca agresividad) y dos submarinos.

El Gobierno vasco, nacionalistas aliados al bando republicano, crea la Marina Auxiliar de Euskadi, al mando de Joaquín Eguía, con algunos bous armados (cuatro bacaladeros con cañones de 101,6 mm), nueve bous en misión de dragaminas y hasta 24 pesqueros pequeños más como dragaminas costeros o de puerto. Estas unidades del gobierno nacionalista vasco, a diferencia de las unidades aliadas republicanas, demuestran un alto grado de preparación y espíritu combativo, interceptando mercantes alemanes con cargamento para los franquistas y llegando a enfrentarse al «Velasco» el 15 de noviembre de 1936. Se cierra el año con la desaparición del submarino C-5.

El año 1937, la misión de la flota rebelde es apoyar las operaciones de tierra encaminadas a terminar con el frente Norte, bloqueando y minando los puertos del Cantábrico para evitar el aprovisionamiento de las fuerzas republicanas y apoyar con fuego naval el avance de las tropas de tierra. Intervinieron con base principal en Ferrol, apoyándose en Pasajes, Bilbao y Santander, a medida que iban siendo conquistadas.

Participaron el España, el Velasco, los minadores gemelos Vulcano y Júpiter, tres mercantes armados y unas flotillas de bous. Esporádicamente se incorporaron los cruceros Canarias y Almirante Cervera.

La República reforzó sus fuerzas con el destructor Ciscar y de los submarinos C-6 y C-4. Pero se enfrenta con el problema de falta de mando único. Los nacionalistas vascos no aceptan que sus buques sean mandados por la República. Esto unido a la baja moral de las dotaciones republicanas, hace que los nacionales tengan prácticamente el dominio del mar.

Las operaciones de bloqueo impuesto se vieron dificultadas por la Marina británica, que tenía en estas aguas al crucero de batalla Hood, a los acorazados Royal Oak y Resolution, y varios cruceros y destructores que protegían a los mercantes británicos hasta aguas territoriales españolas, con lo que llegaban con facilidad (solo quedaban tres millas) a los puertos republicanos víveres y suministros militares. Esto permitió la resistencia republicana al avance nacional, pese al relativo dominio del mar.

El 5 de marzo de 1937, el Canarias llega al Cantábrico y apresa al mercante Galdames, a la altura del cabo Machichaco. Para ello tuvo que enfrentarse a los bous nacionalistas que, pese su inferioridad manifiesta, le hicieron frente con gran valor y arrojo, siendo hundido uno de ellos (el Navarra) y averiados los otros dos.

El 8 de marzo, el Canarias captura al mercante Mar Cantábrico con una importante carga de material de guerra para la República.

El 30 de abril, frente a Santander, el acorazado España se hunde tras tocar con una mina propia. La tripulación es rescatada por el Velasco

Al finalizar la campaña del norte, la República había perdido al destructor Ciscar, hundido por la aviación en el puerto de Gijón y al submarino C-6. Los submarinos C-4 y C-2 se refugiaron en Francia desde donde volvieron a manos republicanas a mediados de 1938, y el José Luis Diez se refugió en Inglaterra, después en Francia, y en Agosto de 1938 intentó pasar al Mediterráneo, siendo interceptado por el Canarias. Se refugió en Gibraltar, y en Diciembre de 1938, al intentar unirse a la flota republicana, fue inutilizado por el minador Vulcano.

Guerra Naval en el Mediterráneo

En el Mediterráneo, la guerra naval se centró en el bloqueo de los puertos enemigos, la protección de convoyes, el bombardeo de costa y el apoyo a operaciones terrestres.

El 20 de julio de 1936, el Libertad y varios destructores bombardean Ceuta, y el día 22 con el Cervantes, Algeciras y La Línea

El 5 de agosto los nacionales hacen pasar un convoy con éxito a través del estrecho. El día 7 de agosto de 1936, los Libertad y Jaime I bombardean Algeciras (donde hundieron al cañonero Dato) y Cádiz.

En agosto de 1936 la Generalidad de Cataluña y el Comité Central de Milicias Antifascistas intenta recuperar Mallorca enviando a un conglomerado de fuerzas de milicias, al mando del capitán de aviación Alberto Bayo, con el apoyo de unidades de submarinos y de la Escuadra republicana basada en Tánger. El intento de toma de Mallorca, mal organizado y peor dirigido, fue un rotundo fracaso teniendo que retirarse después del fallido intento de desembarco en la isla por la costa este.

El 12 de diciembre de 1936 el Canarias hundió al vapor soviético Konsomol frente a Orán, el hundimiento tuvo repercusión internacional, e hizo a los soviéticos más reticentes a utilizar sus mercantes en apoyo de los republicanos.

La flota franquista apoya el avance sobre Málaga, con bombardeos en la costa.

El 7 de septiembre de 1937, el crucero Baleares se encuentra con los cruceros republicanos Libertad, Méndez Núñez y varios destructores escoltando un convoy frente al cabo Cherchel. Entabla combate y, pese a sufrir averías, obliga a los buques de guerra republicanos a retirarse y a los mercantes del convoy a refugiarse en el puerto de Cherchel.

El 23 de abril de 1938 el "Libertad" y los "Jaime I", "Méndez Núñez" y algunos destructores republicanos bombardearon Málaga. El 25 de abril de 1937 el "Canarias" y el "Baleares" acosan a la escuadra republicana cuando entra en Cartagena tras bombardear Málaga. Tras un corto intercambio de disparos los cruceros nacionales se alejan para evitar a las baterías de costa (380 mm).

El 6 de marzo de 1938 es torpedeado y hundido el crucero "Baleares", tras un encuentro nocturno de las dos escuadras en la Batalla de Cabo Palos. Las escuadras se separan y los destructores ingleses "Boreas" y "Kempenfelt" acuden a ayudar al salvamento de los náufragos. Rescatan a 435 hombres, y desaparecen 786. Durante el salvamento, aviones republicanos bombardean a los destructores ingleses, causándoles bajas (un muerto y cuatro heridos en el Boreas).

En enero de 1938 el Canarias bombardea Barcelona, y en febrero los cruceros nacionales bombardean diversos puertos de la costa republicana y escoltan varios convoyes.

Participación Extranjera en la Guerra Naval

Hasta febrero del 38, la marina franquista tuvo un fuerte apoyo de la Armada Italiana, que participa con cruceros auxiliares y submarinos en el bloqueo de los envíos de armamento ruso. El escándalo producido al hundir por error un submarino italiano a un destructor británico, hace que los italianos dejen de participar directamente, cediendo cuatro “submarinos legionarios” y vendiendo cuatro destructores y dos submarinos a Franco.

Los alemanes enviaron dos submarinos al Mediterráneo, hundiendo uno de ellos al submarino republicano C-3 frente a Málaga.

También aportaron cruceros, pero estos no intervinieron, salvo en el bombardeo de Almería por el "Admiral Scheer" el 31 de Mayo de 1937, efectuado en represalia por el ataque aéreo que había sufrido el 28 de mayo de 1.937 el crucero "Deutschland" en Ibiza. Este ataque fue probablemente efectuado por tripulaciones rusas, sin conocimiento por parte del mando republicano. Pero el escándalo internacional que provocó hizo que la República dijese que era un error y que eran aviones republicanos que creían atacar al Canarias.

La aportación de la URSS fue mínima. Aportaron unos pocos mandos y especialistas a los submarinos y a algún buque de superficie.

Francia y Gran Bretaña participaron con varias unidades para evitar el apresamiento de buques propios por la flota nacional, siendo la participación francesa prácticamente testimonial.


La Guerra Aérea

Durante la guerra civil española se utiliza masivamente la aviación de combate, de forma que algunas de sus acciones llegan a ser hitos en la historia de la aviación militar.

  • Se efectúa el primer puente aéreo de la historia.
  • En el caso del bloqueo del Estrecho, la superioridad aérea local de los sublevados compensó su inferioridad naval.
  • En la utilización de la aviación de caza, hay un cambio importante, primando sobre las capacidades maniobreras de aviones y pilotos, el techo y la velocidad. Esto significa el fin de los biplanos como aviones de caza.
  • Por parte de ambos bandos se bombardean poblaciones indefensas. Los primeros fueron los aviones de la República, al bombardear la mezquita de Tetuán el mismo 18 de Julio. Pero estos ataques fueron muy poco efectivos. El más famoso fue el de Guernica, y los que produjeron más daños y bajas fueron probablemente los de Madrid y Barcelona. Otras ciudades bombardeadas fueron Alicante, Bilbao, Valencia.
  • Ambos bandos efectuaron ataques aéreos a unidades navales, en puerto y en la mar.
  • Casi todas las operaciones terrestres fueron previamente preparadas por bombardeos aéreos y ametrallamientos de las unidades enemigas.
  • Se demostró la importancia de la aviación de caza para el dominio del aire. Una aviación de caza eficaz evitaba los bombardeos enemigos. Se empezó a utilizar la caza nocturna.
  • Aunque anecdótico, se utilizaron aviones de bombardeo en picado para lanzar víveres y mensajes de ánimo a posiciones sitiadas, como el alcázar de Toledo o el Santuario de Santa María de la Cabeza.
  • Y, otra anécdota fueron los bombardeos ideológicos, mediante octavillas y soflamas a las ciudades que estaban en la retaguardia, como el bombardeo del pan sobre Alicante
Los medios aéreos en el Estrecho de Gibraltar
  • El 19 de Julio, una vez que las tropas de Queipo de Llano dominan el aeropuerto de Tablada, Kindelán organiza con tres aviones Breguet el primer puente aéreo de la historia, llevando a pequeños grupos de legionarios (10 a 15 por vuelo) de Tetuán a Tablada. Este puente aéreo se prolonga, ya con más medios, al haberse recibido aviones de transporte italianos y alemanes, hasta finales de septiembre. Efectuó un total de 677 vuelos y transportó 12.000 hombres con su material.
  • El 29 de Julio llegan a Marruecos los primeros aviones alemanes e italianos. El envío inicial es de 12 Savoia 81 italianos, de los que llegan 9, ya que tres se pierden en el viaje desde Italia, y de 20 Junker 52 (transporte y bombardeo) y 6 Heinkel 51 (cazas) por parte alemana. Hitler manifiesta que presta esta ayuda a Franco, no a los sublevados.
  • El 5 de Agosto, cinco bombarderos Savoia 81 consiguen alejar del Estrecho a la escuadra republicana, permitiendo el paso de un convoy con unos 1000 hombres y sus pertrechos.
  • Participan en la campaña aérea para impedir el bloqueo del Estrecho por la Flota Republicana 8 Savoia 81 y 9 Junker.
  • Las operaciones aéreas en el Estrecho se pueden considerar terminadas en octubre de 1936, cuando la flota de Franco consigue el dominio del Estrecho.
La Campaña de Extremadura

Con los aviones que la República compró a Francia, André Malraux forma la Escuadrilla España, y pasa a actuar en Extremadura Al principio obtiene éxitos relativos, retrasando a las tropas nacionalistas en su avance para unir las dos zonas sublevadas. A mediados de Agosto de 1936, al recibirse en el bando nacional los cazas italianos Fiat, estos empiezan a apoyar el avance en Extremadura, proporcionando a las tropas sublevadas el dominio del aire, e impidiendo la actuación de la aviación republicana.

La guerra aérea en la batalla de Madrid
  • El 23 y 25 de Agosto de 1936, los nacionalistas bombardean los aeropuertos de Getafe y Cuatro Vientos, y a partir del 27, empiezan a bombardear Madrid. Este es el primer bombardeo de este tipo, en el que se fuerza a la población civil a vivir pendiente de las alarmas aéreas, no encender luces de noche, etc. situación que después sufrirían muchas ciudades europeas en la Segunda Guerra Mundial. Madrid tiene el triste privilegio de haber sido la primera.
  • Aviones republicanos bombardean el alcázar de Toledo, y un avión Junkers alemán lanza sobre el alcázar alimentos y dos cartas de ánimo, una de Mola y otra de Franco.
  • En Octubre de 1936 llegan a Cartagena los primeros aviones rusos, y dan un vuelco a la situación. Los Chatos y los Moscas proporcionan a la República la superioridad aérea y hacen que Franco se replantee sus planes del asalto definitivo a la capital.
  • Del 23 al 30 de Octubre, aumenta el ritmo de los bombardeos por Junker 52. El 4 de Noviembre empieza a actuar los Chatos y dispersan a los Fiat que escoltaban a los Ju52 que iban a bombardear Madrid. En los primeros días derriban seis aviones.
  • El 13 de noviembre se enfrentan 14 Fiat contra 13 Chatos sobre el cielo de Madrid. Combaten sobre el paseo de Rosales, y, pese a su mayor velocidad, los aviones rusos no consiguen eliminar del cielo a los aviones rebeldes.
  • Los aviones de la Legión Cóndor, en su primera intervención, apoyan el avance de Varela y Asensio, consiguiendo así Asensio pasar el Manzanares y ocupar parte de la Ciudad Universitaria.

El 20 de Noviembre de 1936 se da por terminada la primera ofensiva sobre Madrid, aunque continúan los bombardeos aéreos y artilleros sobre la capital.

  • En febrero de 1937, en la batalla del Jarama, los Chatos rusos impiden los ataques de los Ju52 alemanes. La República tiene el dominio del aire. Pero el 18 de febrero, tras un combate aéreo dirigido por Joaquín García-Morato,al frente de la Patrulla Azul los nacionales recuperan el dominio del aire. En un combate entre Fiat y Chatos, pese a su menor velocidad, los Fiat derriban a ocho Chatos. A partir de este momento, los rusos, por precaución, deciden no enviar más Chatos a la batalla del Jarama.
  • El 8 de marzo, en la batalla de Guadalajara, debido a las fuertes lluvias los aeropuertos de fortuna de los nacionales están embarrados y no permiten que despegue la aviación. Loa republicanos tienen el dominio del aire y hostigan a las fuerzas italianas, empleando los aviones incluso para guerra psicológica, bombardeando a las tropas con pasquines que les invitan a desertar. El día 12, la aviación apoya el avance de las tropas republicanas.
La Campaña del Norte
  • En Agosto de 1936, Junkers alemanes bombardean Irún y San Sebastián.
  • El 22 de marzo de 1937 los nacionales concentran su aviación en el frente norte. Se reúnen en Vitoria 80 aviones alemanes y 70 italianos.
  • El 31 de marzo los alemanes bombardean Durango, causando 127 muertos (según Hugh Thomas. 258 o 500 según otras fuentes). Este es, en el frente norte, el primer bombardeo aéreo a una ciudad indefensa.
  • Hasta el 4 de abril, de 40 a 50 aviones bombardean diariamente Ochandiano.
  • El 20 de abril empieza el avance nacionalista en Vizcaya, precedido por bombardeo aéreo y artillero.
  • El 26 de abril la Legión Cóndor bombardea Guernica . El resultado es de unos 1.000 muertos (150 a 1.600 según fuentes), el 70% de las casas destruidas y el 20% dañadas. Se estima que se lanzaron unos 50.000 kilos de bombas desde 43 aviones. Los cazas Messerschmitt-109, en vuelo rasante, ametrallaron a los que huían del pueblo.
  • En Mayo la Legión Cóndor bombardea los bosques con bombas incendiarias, para obligar a retirarse a los nacionalistas.
  • A partir del 22 de mayo, la República envía a los aeropuertos vascos, atravesando el territorio en poder de Franco, unos 50 Moscas, Chatos y Katiuskas, de los que se pierden 5.
  • El 11 y 12 de junio se producen bombardeos masivos sobre el Cinturón de Hierro de Bilbao, previos al ataque artillero y al avance de las tropas.
  • El 14 de junio la caza efectúa ataques rasantes sobre la carretera de Bilbao a Santander, atacando al personal nacionalista y republicano que huye de Bilbao.
  • La Legión Cóndor deja el frente norte para apoyar a las tropas en Brunete.
  • Continua el avance nacionalista por Santander hacia Asturias, con el apoyo de unos 250 aviones, pese a la ausencia de la Legión Cóndor.
  • Ya en Asturias, reincorporados los alemanes, estos estrenan tácticas de bombardeo masivo sobre las tropas asturianas (Asturias se había proclamado independiente el 28 de agosto). No hay indicios de aviación asturiana.
  • El 21 de octubre, aviones franquistas hunden al Destructor Ciscar en el puerto de Gijón.
Batalla de Brunete
  • El 18 de Julio de 1937, la Legión Cóndor derriba 21 aparatos republicanos, volviendo a dar a los nacionales el dominio del aire.
  • Ente el 19 y el 22 de julio, la República pierde unos 100 aviones, y los nacionales 23.
La guerra aérea en Andalucía
  • En agosto de 1936, Savoia italianos hostigan a las tropas republicanas que pretenden recuperar Córdoba.
  • El 29 de octubre de 1936, una escuadrilla de Katiuska rusos bombardea Sevilla.
  • El 8 de febrero de 1937 aviones nacionalistas atacan a las tropas que se retiran de Málaga. En su última actuación, la escuadrilla de Malraux protege esa retirada.
  • A primeros de abril de 1937 cae en manos republicanas el Santuario de Santa María de la Cabeza, en la provincia de Jaén. Durante su asedio fue aprovisionado por aire habiendo recibido unas 70 toneladas de alimentos desde Córdoba y unas 80 desde Sevilla. Los nacionales empleaban para el aprovisionamiento técnicas de bombardeo en picado, y, para el material delicado (como medicinas), la “técnica del pavo”, que consistía en lanzar en la vertical del santuario un pavo vivo al que se le ataba el material delicado.
Bombardeos sobre poblaciones fuera de las campañas terrestres
  • El 18 de julio de 1936 los republicanos bombardean el barrio moro y la Mezquita de Tetuán, provocando una manifestación de marroquíes contra los españoles, que se disuelve al presentarse el Gran Visir y explicarles que los culpables no han sido los sublevados, sino sus enemigos. Franco concedió al Gran Visir la Cruz Laureada de San Fernando por esta intervención.
  • El 23 de agosto de 1936, despega del aeródromo del Prat de Llobregat un Fokker, y después de dar varias pasadas, lanza cuatro bombas en las proximidades de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Dos impactan en el templo, pero ninguna hace explosión. Los zaragozanos se lo atribuyen a un milagro de la Virgen del Pilar.
  • El 25 de noviembre de 1936 aviones alemanes de la Legión Cóndor efectúan un bombardeo nocturno sobre Cartagena.
  • El 4 de enero de 1937 Ju52 de la Legión Cóndor bombardean Bilbao. Dos son derribados, y uno de los pilotos, linchado. Se produce una revuelta popular que asalta las cárceles, asesinando a más de 200 prisioneros políticos. La revuelta, apoyada por un batallón de milicias de UGT, es reprimida por la fuerza de las armas de los gudaris, que consiguen así salvar la vida de parte de los prisioneros políticos.
  • A finales de enero de 1938, aviones republicanos bombardean Sevilla y Valladolid.
  • Como represalia, nueve Savoia 79 de la Aviación Legionaria basados en Palma de Mallorca bombardean Barcelona, en un ataque masivo de unos pocos minutos de duración, que produce 150 muertos y 500 heridos, todos civiles.
  • Desde el 16 hasta el 18 de marzo de 1938, durante la ofensiva sobre Cataluña y Levante, Heinkel «Zapatones» bombardean a baja altura y baja velocidad el casco urbano de Barcelona en diecisiete misiones separadas unas tres horas, dejando caer las bombas deliberadamente espaciadas. La población civil empieza a huir de Barcelona. Según Hugh Thomas, hubo unos 1.300 muertos y 2.000 heridos. Desde el primer día, García Lacalle, jefe de la caza, solicita el envío de I-16, y cuando consiguió que le enviasen tan sólo cuatro «Chatos», los bombardeos cesaron.
  • En mayo de 1938 se reanudan los bombardeos sobre Barcelona y su provincia, Valencia y Alicante. Especialmente duros fueron los bombardeos de Alicante y Granollers. En Alicante, el 25 de mayo, a las 11:05, 9 aviones dejaron caer 90 bombas sobre el Mercado Central, matando a 313 personas en lo que fue calificado como «Ataque deliberado a una zona civil». En Granollers fue el 31 de mayo cuando, a las 9:05, y sin alarma previa 5 Savoia-S 79 italianos lanzan en un minuto 30 bombas explosivas y al menos 10 incendiarias en el centro de la ciudad. Hubo un mínimo de 224 muertos, unos 200 en el acto, casi todos mujeres y niños. (Datos web Ayuntamiento de Granollers).

Participación extranjera

Las principales potencias democráticas de Europa, Francia (salvo un período inicial en el que vendió aviones y proporcionó pilotos a la República) y Gran Bretaña se mantuvieron oficialmente neutrales, pero dicha neutralidad era engañosa, ya que impusieron un embargo de armas y un bloqueo naval (poco efectivo, ya que los dos bandos recibieron armamento y municiones por vía marítima) a España además de intentar desalentar a la participación anti-fascista de sus ciudadanos en apoyo de la causa republicana, pero pese a estos intentos, muchos franceses e ingleses (Malraux, Orwell,etc..) participaron individualmente como voluntarios en la lucha. Dos temores alimentaban esta política: el triunfo de la revolución en España y una confrontación total en el ámbito europeo.

La neutralidad de las democracias occidentales tuvo su justificación oficial a través de su participación en el denominado Comité de No Intervención, del cual formaban parte, además de Francia e Inglaterra, Italia, Alemania, la URSS y otros países menores. Si la misión del comité era impedir el suministro de armas a cualquiera de los dos bandos enfrentados es fácil suponer, viendo su composición, que su gestión necesariamente habría de ser un completo fracaso, como así ocurrió.

Pero, a pesar de todo, el hecho cierto es que mientras los nacionalistas recibieron armamento, equipo y efectivos de las potencias fascistas, la República solo recibió ayuda importante desde la lejana URSS y, en mucha menor medida, de México. Las principales democracias occidentales (Gran Bretaña, Francia o los Estados Unidos) no le prestaron ayuda, temerosas de su carácter revolucionario y de un enfrentamiento abierto con Alemania e Italia.

Las potencias democráticas, concentradas en su política de apaciguamiento de los regímenes fascistas, no miraban con buenos ojos la oposición frontal de las izquierdas revolucionarias, en las que veían una cierta amenaza de que se extendiera el mal ejemplo soviético. Por ello la República era vista por esos países como un régimen inclinado a un comunismo al que no tenían gran simpatía.

La Guerra Civil Española fue una guerra total en la que ambos bandos se volcaron con todos los recursos disponibles e hicieron uso hasta del último hombre. Por ello cualquier ayuda era poca, siendo ésta significativamente mayor para el bando sublevado, lo que resultaría decisivo en el transcurso de la guerra.

Alemania

Ayudó a Franco enviando a España la Legión Cóndor, técnicos y asesores militares.

Aprovechó la guerra para probar sus nuevos modelos de armas y tácticas. Se probaron los cazas Messerschmitt Bf 109 Junkers Ju 87 A/B y los bombarderos Junkers Ju 52 y Heinkel He 111.

Estrenó en España sus tácticas de bombardeo sobre ciudades. Aunque no fue el único, el más famoso fue el bombardeo de Guernica representado por Picasso en su cuadro Guernica, expuesto en el pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937.

Italia

Envió a España al Corpo Truppe Volontarie y la Aviación Legionaria.

Ayudó al bloqueo del armamento enviado desde la URSS a España con acciones puntuales de su propia Armada.

Aportó cuatro «submarinos legionarios» a la flota de Franco y le vendió cuatro destructores y dos submarinos.

URSS

Probaron tácticas y comportamiento en combate de los I-15 («Moscas») e I-16 («Chatos»), así como tácticas de carros y bombardeos a objetivos navales. Aportaron asesores militares, e incluso oficiales de marina para mandar algunos submarinos republicanos.

La Unión Soviética vendió a la República armas, vehículos y material. Fueron 680 aviones, 331 carros de combate, 1.699 piezas de artillería, 60 coches blindados, 450.000 fusiles, 20.486 ametralladoras y fusiles ametralladores y 30.000 toneladas de munición. La República lo pagó con las reservas de oro del Banco de España, gastando unos 500 millones de dólares americanos. Hay que tener en cuenta que, entonces, España poseía la cuarta reserva de oro más grande del mundo, con un valor aproximado de 750 millones de dólares. Algunos han condenado, posiblemente con razón, a la URSS de abusar de la precaria situación republicana para venderles armas a precios excesivos, pero lo cierto es que los soviéticos también enviaron muchos asesores militares, los cuales participaron activamente, incluso en los combates. Desde el bando Nacional se criticó la salida de reservas de oro, como si hubiera sido un expolio, y se acuñó el término “el oro de Moscú”, considerando que era una especie de cuenta del gobierno republicano, depositada en Moscú y no un pago por el material bélico adquirido.

COMINTERN

El Comintern a través del NKVD organizó y dirigió una tropa de voluntarios para que fueran a luchar en favor de la República, las popularmente conocidas como Brigadas Internacionales. Los voluntarios americanos formaron el Batallón Lincoln y los canadienses el Batallón Mackenzie-Papineau (los Mac-Paps). También hubo un pequeño grupo de pilotos estadounidenses que formaron el Escuadrón Yankee, liderado por Bert Acosta. Hubo brigadistas famosos, escritores y poetas como Ralph Fox, Charles Donelly, John Cornford y Christopher Caudwell que describirían sus experiencias en el frente. Lucharon alrededor de 40.000 brigadistas y otros 20.000 sirvieron en unidades médicas o auxiliares. El 23 de septiembre de 1938 se ordenó su retirada total con el fin de modificar la posición de no-intervención mantenida por el Reino Unido y Francia.

Otros Países

  • Ayudaron a los sublevados Irlanda con la brigada del general Eoin O'Duffy y Portugal con tropas de voluntarios y permitiendo el paso de suministros alemanes por sus puertos.
  • México apoyó la causa republicana proveyendo a las fuerzas leales de rifles y comida.
  • Francia facilitó a la República al principio de la guerra aviones y pilotos, por los que cobró unos 150 millones de dólares.
  • EE.UU. vendió aviones a la República, y gasolina a Franco.

La represión en retaguardia

Durante los primeros días unas 50.000 personas que quedaron atrapadas en el bando contrario fueron ejecutadas mediante los llamados paseos. Estos eran realizados por grupos armados que iban a buscar a la gente a sus casas o las cárceles donde se hallaban presos y bajo el eufemismo de vamos a dar un paseo los llevaban a cualquier carretera o a las tapias del cementerio y los ejecutaban.

Posiblemente el más divulgado, por la personalidad del ejecutado, de tales ajusticiamientos, entre los llevados a cabo por el bando nacionalista, sea el del poeta y dramaturgo Federico García Lorca en el barranco de Viznar en Granada. Por parte del bando republicano se puede citar el caso de los presos sacados de las cárceles de Madrid (entre los que se encontraba el dramaturgo Pedro Muñoz Seca) y ejecutados en la localidad de Paracuellos, hecho que se asocia con la figura de Santiago Carrillo, responsable de Orden Público en aquellos días.

En el contexto de la guerra fueron muchos los que se aprovecharon para realizar tan macabros actos, a veces por venganza sin relación con la propia contienda, y cuando una zona caía en manos de uno u otro bando no tardaban en llegar los paseos. Especialmente cruel para la población fue el caso de las localidades que fueron intermitentemente ocupadas por ambos bandos, con las consiguientes y repetidas ejecuciones y venganzas.

En la zona bajo control de la República, los enfrentamientos entre milicias y facciones opuestas también sirvieron de coartada a episodios de represión sangrientos, como en el caso de los levantamientos populares de Barcelona en mayo de 1937.


La Revolución Social

 

mujer con la bandera de la CNT y FAI

En las áreas controladas por los anarquistas, Aragón y Cataluña, en suma a las temporales victorias militares, existió un gran cambio social en el cual los trabajadores y los campesinos colectivizaron la tierra y la industria, y establecieron consejos paralelos al ya entonces paralizado gobierno. Esta revolución se opuso a los republicanos y comunistas apoyados por la Unión Soviética. La colectivización agraria había tenido un considerable éxito a pesar de carecer de los recursos necesarios, cuando Franco ya había capturado las tierras con mejores condiciones para el cultivo. Este éxito sobrevivió en las mentes de los revolucionarios libertarios como un ejemplo de que una sociedad anarquista puede florecer bajo ciertas condiciones como las que se vivieron durante la Guerra Civil Española.

Cuando la guerra progresó, el gobierno y los comunistas fueron capaces de acceder a las armas soviéticas para restaurar el control del gobierno y esforzarse en ganar la guerra, a través de la diplomacia y la fuerza. Los anarquistas y los miembros del POUM fueron integrados al ejército regular, aunque con resistencia; el POUM fue declarado ilegal, denunciado falsamente de ser un instrumento de los fascistas. En las Jornadas de Mayo de 1937, muchos cientos de miles de soldados antifascistas se mataron unos a otros por el control de los puntos estratégicos de Barcelona, tal como George Orwell lo relata en Homenaje a Cataluña.


Consecuencias

El número de muertos en la guerra civil española sólo puede ser estimado de manera aproximada. Las fuerzas nacionalistas pusieron la cifra de 500.000, incluyendo no sólo a los muertos en combate sino también a las víctimas de bombardeos, ejecuciones y asesinatos. Estimaciones recientes dan también la cifra de 500.000 o menos. Esto no incluye a todos aquellos que murieron de malnutrición, hambre y enfermedades engendradas por la guerra. La cifra de 1.000.000, a veces citada, procede de una novela de Gironella, que la justifica entre los 500.000 reconocidos y otros tantos cuya vida resultó irremediablemente destrozada.

Las repercusiones políticas y emocionales de la guerra trascendieron de lo que es un conflicto nacional ya que, por muchos otros países, la guerra civil española fue vista como parte de un conflicto internacional que se libraba entre la religión y el ateísmo, la revolución y el fascismo. Para la URSS, Alemania e Italia, España fue terreno de prueba de nuevos métodos de guerra aérea y de carros de combate. Para Gran Bretaña y Francia, el conflicto representó una nueva amenaza al equilibrio internacional que trataban dificultosamente de preservar, el cual se derrumbó en 1939 (pocos meses después del fin de la guerra española) con la Segunda Guerra Mundial. El pacto de Alemania con la Unión Soviética supuso el fin del interés de ésta en mantener su presión revolucionaria en el sur de Europa.

Sin duda, la consecuencia más funesta fue el terror, la represión y el empobrecimiento material e intelectual del país. Hubo ejecuciones sumarias, miles de represaliados y un sentimiento de resentimiento entre los perdedores y de impunidad para con los vencedores que aún dura hasta nuestros días.

En cuanto a la política exterior, la GCE supuso el aislamiento de España y la retirada de embajadores de casi todo el mundo. Solo unos pocos países mantuvieron relaciones diplomáticas con España desde el final de la II Guerra Mundial hasta el inicio de la Guerra Fría. A partir de los años 50, las relaciones internacionales españolas pasan a ser casi normales, salvo con los países del Bloque Soviético.

Con la llegada, a partir de la muerte de Franco, de la democracia, el bando perdedor se sintió reivindicado, ya que el programa de reformas emprendido por el nuevo régimen democrático asumía gran parte del proyecto reformador de la II República y, de forma implícita, suponía una negación de los ideales que habían defendido los vencedores de la guerra civil. Esta nueva situación ha llevado a una continua reescritura de la historia por los simpatizantes de ambos bandos, unos reinterpretando la actuación de los partidos y movimientos de izquierdas y revolucionarios antes de y durante la guerra y para recuperar la memoria de las víctimas de la represión franquista y, otros reinterpretando el levantamiento nacional desde una óptica más acorde con la ideología hoy imperante, minimizando el componente fascista y relativizando el componente católico en favor del componente nacionalista y de orden.

Desgraciadamente, las diversas interpretaciones de la guerra civil se siguen utilizando en la lucha política a principios del siglo XXI, desvirtuando en gran medida la labor de historiadores serios en favor de propagandistas partidarios.

Con la llegada de la democracia se fueron promulgando una serie de decretos y leyes específicas para tratar de compensar las penalidades y sufrimientos de aquellos que padecieron los avatares de la guerra en el bando republicano o prisión en la época franquista. Algunas de ellas fueron:

  • Decreto 670/1976, de 5 de marzo, por el que se regulan pensiones a favor de los españoles que habiendo sufrido mutilación a causa de la pasada contienda no puedan integrarse en el cuerpo de caballeros mutilados de guerra por la patria
  • Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía.
  • Ley 5/1979, de 18 de septiembre, sobre reconocimiento de pensiones, asistencia médico-farmacéutica y asistencia social favor de las viudas, hijos y demás familiares de los españoles fallecidos como consecuencia o con ocasión de la pasada guerra civil
  • Ley 35/1980, de 26 de junio, sobre pensiones a los mutilados excombatientes de la zona republicana
  • Ley 6/1982, de 29 de marzo, de pensiones a los mutilados civiles de guerra
  • Ley 37/1984, de 22 de octubre, de reconocimiento de derechos y servicios prestados a quienes durante la guerra civil formaron parte de las fuerzas armadas, fuerzas de orden público y cuerpo de carabineros de la república
  • Disposición adicional decimoctava de la ley 4/1990, de 29 de junio, de Presupuesto Generales del Estado para 1990 que determina las indemnizaciones a favor de quienes sufrieron prisión como consecuencia de los supuestos contemplados en la ley 46/1977, de 15 de octubre, de amnistía
  • El 28 de julio de 2006 el gobierno español da luz verde al "Proyecto de Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura".

Estas leyes, decretos y disposiciones han sido mejorados y ampliados por algunas autonomías.

Realmente Franco nunca fue un verdadero fascista. Simplemente utilizó un pequeño partido fascista, la Falange, para sus fines; dejó que lo descabezasen permitiendo la ejecución de su fundador, y dejó fuera a los elementos más "puros" del partido, aprovechando la colaboración de otros más acordes con su conservadurismo, al más puro estilo del siglo XIX. En ambos bandos hubo un excesivo protagonismo de dos partidos como Falange Española y el Partido Comunista, los cuales apenas tenían representación parlamentaria antes del golpe militar. Posiblemente la radicalización de las posiciones en los dos lados del conflicto hiciera que los dos partidos crecieran rápida y simultáneamente a ambos lados del frente.


Direccion General de Regiones Devastadas

Durante la Guerra Civil Española de 1936 a 1939, muchos pueblos y ciudades, a lo largo de la geografía española fueron total o parcialmente destruídos. Una vez finalizada la guerra, la Dirección General de Regiones Devastadas asumió la función de reconstruirlos.

Entre muchas, regiones devastadas, se encontraron las siguientes:

  • Asturias: La Foz, Oviedo, Pendones, Tarna, Villamanin.
  • Bizkaia: Gernika.
  • Cantabria: Las Rozas de Valdearroyo.
  • Castellón: Benafer, Xilxes.
  • Guadalajara: Gajanejos, Hita, Masegoso de Tajuña.
  • Guipúzcoa: Éibar.
  • Huesca: Banariés, Banastás, Huerrios, Igriés, Lascascas.
  • Madrid: Brunete, La Hiruela, Prádena del Rincón, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo.
  • Teruel: Híjar.
  • Zaragoza: Belchite.

17/07/2006

18 de julio: conspiración y golpe,
setenta años después

Aniversario del complot fascista

Se cumplen siete décadas desde el día que los sectores más conservadores de la sociedad española vieron hecho realidad su deseo: un golpe de estado contra el intento democrático que significó la Segunda República. Las fuerzas políticas de la actual democracia española rechazan y condenan explícitamente aquella operación inspirada políticamente por el fascismo de Falange Española y ejecutada por un grupo de altos mandos militares que vulneraron la ley. Todas, menos el Partido Popular, que no ha condenado ni el golpe, ni los años de guerra y de represión que vinieron después. Aquí están resumidos los hechos más relevantes de aquellos días de verano de 1936.

La conspiración, a punto
 
   

Al llegar el verano del 36, algunos generales como Emilio Mola (a la derecha de la foto, junto a Franco) y José Sanjurjo, éste último exiliado en Portugal por su intentona golpista de 1932, llevaban tiempo ideando una sublevación militar contra la República. Especialmente tras la clara victoria de la izquierda, agrupada en el Frente Popular, en las elecciones del mes de febrero. Entre los conspiradores también figura el general Francisco Franco pero éste se mantiene cauto sobre cuando y cómo actuar. El nuevo gobierno del Frente Popular había destituido a Franco como Jefe del Estado Mayor. Las autoridades de la República lo destinaron a Santa Cruz de Tenerife como Comandante General de las Islas Canarias. Estaba bajo sospecha y él lo sabía.


23 de junio
Una carta desde Canarias

Antes de implicarse abiertamente en la sublevación, Franco toma sus medidas. Aplica su propia estrategia y, envía una carta al presidente del Gobierno republicano, Casares Quiroga, alertándole sobre el malestar del Ejército, en un gesto de supuesta lealtad. El franquismo siempre ha sostenido que con aquella carta Franco intentó in extremis evitar la guerra civil. La teoría de varios historiadores es que, en realidad, Franco quiso dejar una coartada escrita por si la operación fracasaba.

Documento:
Carta de Franco a Casares Quiroga

Franco en un acto con
Manuel Azaña

 

13 de julio
Franco dice "sí"
Tras conocer el asesinato del político derechista José Calvo Sotelo, el 13 de julio en Madrid, Franco decide que ha llegado el momento destapar sus cartas y sumarse al golpe.

 


14 de julio
Los últimos detalles

El general recibe al diplomático José Antonio Sangróniz, falangista, uno de los primeros conspiradores y llamado a ser jefe del gabinete diplomático de Franco. Sangróniz informa al general de los detalles de la operación. Un avión estará dispuesto en Las Palmas para trasladarle a Tetuán, desde donde encabezará la sublevación del Ejército en las posesiones de África. Al día siguiente, Franco reúne a jefes militares y oficiales para darles las últimas instrucciones.
 

 

17 de julio
A Las Palmas, de entierro

Franco se traslada a Las Palmas y tiene una perfecta coartada para hacerlo. Dispone de autorización oficial de Madrid para representar al Gobierno en el entierro del general Amado Balmes, que acababa de morir en un accidente de tiro. En el hotel donde se hospeda con su esposa y su hija, Franco recibe por telegrama la noticia de que la sublevación ya se ha producido en Melilla. Se adelantó porque hubo una filtración hacia las autoridades republicanas. Franco manda respuesta en otro telegrama: “Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros”.


18 de julio
Se extiende la rebelión

Las noticias de la sublevación en África han llegado a toda España. En Madrid, la prensa republicana lo cuenta como un hecho aislado.



ABC no dice nada al respecto pero, al explicar el accidente mortal del general Balmes, sí que subraya el viaje de Franco a Las Palmas.





Lo que no cuenta el periódico es que el avión Dragon Rapide que llevará al general hasta Tetuán ha sido contratado por su corresponsal en Londres, Luis Antonio Bolín. Era un encargo del propio director y propietario de ABC, Juan Ignacio Luca de Tena, otro de los grandes conspiradores del golpe que derivó en guerra civil. El financiero -antes contrabandista- Juan March apoya económicamente esa operación como otras de la sublevación y la guerra civil.

 

Dragon Rapide

Franco deja la comandancia de Canarias en manos del general Luis Orgaz y vuela en el Dragón Rapide hacia África. Primero, una parada técnica en Agadir. Después, Casablanca, donde pasa la noche. A primera hora de la mañana del domingo, 19 de julio, el avión aterriza en el aeródromo de Tetuán. En aquella ciudad, Franco toma el mando de las fuerzas sublevadas en África, pendiente de las noticias sobre los golpistas en la península. (En la foto, el momento en el que Franco asume el mando en Tetuán)


El golpe en Andalucía

El 18 de julio, la sublevación se había extendido sobre todo en Andalucía. El general Gonzalo Queipo de Llano, que por su cargo de Inspector General de Carabineros podía viajar por toda España sin levantar sospechas, se había trasladado a Sevilla. Se hizo rápidamente con el control de puntos estratégicos de la ciudad y aplastó la resistencia obrera. Cádiz, Córdoba y fueron también controladas por los golpistas. Granada estaba dividida. En Jaén, Málaga, Almería y Huelva, las tropas leales a la república consiguieron -en principio- controlar la situación.

 

 

 

Los voceros de la sublevación

El director de ABC, Luca de Tena se incorporó como oficial al Ejército sublevado. Desde Sevilla, puso su periódico al servicio de la sublevación, como ya había hecho en Madrid en una intensísima campaña contra la República. ABC de Sevilla y Queipo de Llano con sus arengas radiofónicas a través de Radio Sevilla (foto), fueron potentes elementos de propaganda de los rebeldes durante toda la guerra.

Armas para la población

Desde el primer momento, los partidos de izquierda y sindicatos pidieron al Gobierno que repartiera armas entre la población. El presidente, Casares Quiroga, no era partidario de ello y dimitió. Fue nombrado en su lugar Diego Martínez Barrios, pero al verse superado por los acontecimientos duró sólo tres horas en el cargo. Al final, quien se hizo cargo de la situación fue José Giral. Él sí accedió a armar a la población civil.

 


19 de julio
Barcelona reduce a los golpistas

La capital de Cataluña tuvo normalidad hasta el domingo, 19. El general Fernández Burriel había planeado hacerse con el control del centro de la ciudad preparando la llegada, desde Mallorca, de su jefe el general Manuel Goded. Pero la Guardia Civil y la Guardia de Asalto no le respondieron suficientemente. El capitán Frederic Escofet, comisario de Orden Público al servicio del Gobierno de la Generalitat, había conseguido mantener fieles a la República a la mayor parte de fuerzas de seguridad. Cuando el general Goded llegó de Mallorca, fue detenido.




20 de julio
La sublevación fracasa en Madrid

En Madrid, la sublevación fue un fracaso. Sólo el general Fanjul, se levantó en armas contra la República en el Cuartel de la Montaña. Efectivos de la Guardia de Asalto y civiles armados consiguieron abortar la rebelión. Hubo enfrentamientos en la sierra de Madrid, pero la capital no empezó a ser hostigada seriamente por los sublevados hasta el otoño.

 


 

La buena suerte de Franco

La guerra acabó muy pronto para uno de los mandos de la sublevación, el general José Sanjurjo (foto). El avión que debe trasladarle desde Lisboa hasta Burgos se estrella nada más despegar. El hombre que ya intentó acabar con la República en 1932 no volvió a pisar nunca suelo “nacional” y dejó un hueco importante en la dirección militar golpista. Se suponía que Sanjurjo debía ser la cabeza visible del nuevo régimen que los sublevados querían implantar. El camino de Franco hacia el liderazgo absoluto se iba despejando.

El otro gran responsable de la rebelión, el general Mola, moriría también en accidente de aviación, casi un año después. En aquellos momentos, Franco ya era reconocido por los responsables de la sublevación como Jefe del Estado, pero se ha dicho que sintió alivio por la muerte de Mola. Lo afirmó incluso Wilhelm von Faupel, el primer embajador que los nazis alemanes destacaron en Burgos. Resulta muy reveladora una anécdota, recogida por el profesor de Historia Contemporánea Gabriel Cardona en su libro Franco y sus generales. La manicura del tigre. Franco trabajaba en su despacho, cuando un ayudante abrió la puerta y dijo muy alterado: "¡Mi general! Acaba de ocurrir una terrible desgracia: el general Mola ha muerto en un accidente de aviación". Franco, fríamente, respondió: "Qué susto me ha dado usted, creí que nos habían hundido el Canarias".

 

23 de julio
Burgos, Junta de Defensa Nacional

Los sublevados crean en Burgos, la Junta de Defensa Nacional, el organismo supremo de los sublevados. La preside Miguel Cabanellas (un militar de avanzada edad que se sumó en el último momento al golpe de Estado. (En la foto, de izquierda a derecha, los generales Cabanellas, Franco y Queipo de Llano)

España, partida en dos

Los rebeldes tienen ya el control del protectorado de Marruecos, las islas Canarias (excepto La Palma), las Baleares (excepto Menorca e Ibiza), la mitad de Andalucía, el noroeste de la península a partir de la sierra de Guadarrama y del Ebro, excepto Asturias, Cantabria. En el País Vasco, el fascismo se había impuesto en Álava, pero no en Vizcaya ni en Guipúzcoa. Las fuerzas republicanas mantenían Cataluña, Valencia, Murcia, la parte oriental de Andalucía, Madrid, y toda La Mancha.


Antes de acabar el mes de julio, llegarán los primeros aviones alemanes e italianos en apoyo de la sublevación fascista en España. La pesadilla de las bombas duró tres años. La de la represión y la falta de libertad, casi cuarenta.

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Pocos acontecimientos en el siglo XX despertaron tantas pasiones y tan violentas parcialidades como la Guerra Civil española (1936-39). A ella acudieron los más grandes escritores y periodistas del mundo entero. Esta exposición recoge, en las crónicas originales, su mirada fresca y directa hacia los sucesos de España. De Hemingway a Ehrenburg, de Saint-Exupéry a Dos Passos, de Langston Hughes a Orwell, de Martha Gellhorn a Indro Montanelli, todos ellos estuvieron en España para reflejar, cada cual a su modo, el drama de la lucha fratricida.

El Instituto Cervantes, presente ya en medio centenar de países, quiere recuperar también la mirada de los extranjeros hacia España, sobre todo en uno de los momentos decisivos de su historia reciente, la Guerra Civil, de cuyo inicio se cumplen 70 años. Esta exposición, realizada con la colaboración de la Fundación Pablo Iglesias, ha sido posible gracias a la aportación de muchos centros del Instituto Cervantes de todo el mundo, que han investigado y rastreado archivos y hemerotecas hasta lograr esta representativa muestra del mejor reporterismo de la llamada «edad de oro» de los corresponsales en el extranjero.

Hoy en día son muy pocos los historiadores que no recurren a la prensa como fuente directa, esencial para el estudio y el análisis de los acontecimientos. Los que, como yo mismo, hemos dedicado buena parte de nuestra vida al ejercicio del periodismo, seguimos opinando que no hay nada comparable al relato del testigo presente en los hechos, aunque el noble oficio de la prensa lleve a veces en el tuétano la maldición del olvido. Es injusto. Y esta exposición, que recuerda las crónicas de grandes maestros, lo prueba

 
La guerra española (1936-39) tuvo como campo de batalla la geografía de España, pero la participación de tropas y armamentos italianos y alemanes en apoyo del bando rebelde, y de soviéticos en socorro del Gobierno de la República, permite considerarla como una guerra internacional, y hasta se podría hablar de una guerra mundial o, si se quiere, de preámbulo de la Segunda Guerra Mundial. Porque no sólo la participación militar de otros países le da un carácter internacional sino, sobre todo, el hecho de que el teatro de operaciones ideológicas abarcase el mundo entero. No quedó un solo rincón en el que no se discutiese acerca de los bandos en litigio. Nadie resultó indiferente al levantamiento militar apoyado por el fascismo europeo, que ya amenazaba al continente. Cada persona se situaba bien del lado del Gobierno democráticamente elegido en las elecciones de 1936 o bien del bando militar sublevado. Esta razón explica que miles de jóvenes de todo el mundo se alistaran en las Brigadas Internacionales y acudieran a luchar en España por lo que entendían era la defensa de la libertad y de la democracia, y el freno al ascenso de los regímenes autoritarios que amenazaban a Europa.

Estaba en juego mucho más que el resultado del enfrentamiento militar de dos bandos en España. La libertad del mundo se estaba decidiendo en un pequeño país del sur de Europa; a él acudían jóvenes desde los cinco continentes a luchar por sus ideales.

Contar lo que sucedía en España se convirtió en una exigencia para los periódicos de todos los países y allí enviaron a sus mejores cronistas.

Aquellos años fueron el tiempo de los corresponsales de guerra. En Madrid, ciudad sitiada y bombardeada, se reunieron figuras fundamentales del periodismo, la literatura y la intelectualidad: Ernest Hemingway, André Malraux, John Dos Passos, Antoine de Saint-Exupéry, Herbert L. Matthews, Gerda Taro, Robert Capa, Arthur Koestler, Ilya Ehrenburg, George Orwell, Martha Gellhorn, W. H. Auden, Willy Brandt, J. B. Priestley, Sean O’Casey, Indro Montanelli… Una constelación de artistas e intelectuales hondamente preocupados por lo que sucedía en España y con el compromiso moral de contárselo al mundo.

El Instituto Cervantes y la Fundación Pablo Iglesias organizan la exposición «Corresponsales en la Guerra de España» al cumplirse los setenta años del comienzo de aquella guerra para que se conozca, especialmente entre los jóvenes, el reflejo que de aquella tragedia española difundían por el mundo los corresponsales extranjeros.

 

 
Al finalizar la Guerra Civil española, Frank Hanighen, que durante un tiempo había sido corresponsal en España, editó los relatos de las vivencias de algunos de sus compañeros de profesión. Según Hanighen «la Guerra Civil española supuso el inicio de una nueva etapa, con mucho la más peligrosa de todas, en la historia del reportaje periodístico»1. Años más tarde, Herbert Southworth, que en aquel momento escribía para el Washington Post y se convirtió en un renombrado experto en periodismo y propaganda durante la guerra, subrayó el singular papel que jugaron los corresponsales en España: «La Guerra Civil española afectó de forma directa solamente a una pequeña parte del globo, pero atrajo hacia España la atención del mundo entero. De hecho, la prensa que cubrió la guerra española fue, tanto en lo que se refiere a los actores como a sus interpretaciones, más variada que la prensa que cubrió la Segunda Guerra Mundial. Por ello, durante la Guerra Civil el campo abierto a los propagandistas era amplio y diverso»

Hanighen destacó las dificultades a las que se enfrentaban los corresponsales: cinco de ellos murieron durante la guerra, otros resultaron heridos. En ambos bandos los corresponsales estaban expuestos al peligro de los francotiradores y a los ataques y bombardeos de las fuerzas aéreas. También en ambos bandos, era difícil sortear el control del aparato censor, aunque si esto podía ser un problema en la zona republicana, en la zona rebelde suponía directamente peligro de muerte. En la zona franquista, algunos corresponsales, como Edmond Taylor, jefe del departamento para Europa del Chicago Daily Tribune, Bertrand de Jouvenal del Paris-soir, Webb Miller de la United Press, Arthur Koestler y Dennis Weaver, ambos delNews Chronicle, se contaron entre los que fueron encarcelados y amenazados con ser ejecutados

En comparación, el aparato de prensa de la República facilitaba más que impedía el trabajo de los corresponsales. Constituía una sección del Ministerio de Estado, y algunos días después del golpe militar se estableció en el edificio de trece plantas de la Telefónica, donde se ubicaba el cuartel general de la American International Telephone and Teleghraph Company (ITT). Al ser el edificio más alto de Madrid, fue con frecuencia blanco del fuego de la artillería y era alcanzado con regularidad. Desde allí, los periodistas enviaban sus crónicas a los censores antes de que se les permitiera comunicarlas por vía telefónica a sus periódicos. En medio de un ensordecedor caos idiomático, los empleados de la ITT tenían que escuchar con gran atención para asegurarse de que lo leído no difería del texto censurado. A pesar de los bombardeos, los censores, las telefonistas y los corresponsales simplemente seguían trabajando. Algunos periodistas vivían en el Hotel Gran Vía, que estaba justo al otro lado de la calle. Mucho más popular era el Hotel Florida, en la esquina de la plaza de Callao, un poco más abajo, en la misma Gran Vía,


En la zona republicana las mayores dificultades se debían a las carencias materiales. Al avanzar la guerra, los periodistas, como el resto de la población, se veían obligados a gorronear para conseguir comida y cigarrillos. Ernest Hemingway incrementó su popularidad gracias a la enorme reserva de alimentos (tocino, huevos, café, mermelada) y bebidas (whisky y ginebra) que almacenaba en su habitación en el Florida. Sus existencias las reponía y distribuía su fiel amigo Sydney Franklin, un torero estadounidense. Sefton Tom Delmer tenía en su cuarto de baño un bar repleto de botellas, que había comprado a los anarquistas que habían saqueado las bodegas del Palacio Real. El Hotel Florida, al igual que el edificio de la Telefónica, se encontraba en la línea de fuego y con frecuencia recibía el impacto de la artillería rebelde. Ante la imposibilidad de dormir durante los bombardeos de la artillería, cada noche se convertía en una fiesta en el patio del hotel
5.

A través de un comunista llamado Velilla, que trabajaba en el Ministerio, se ofreció al socialista Arturo Barea un puesto en la oficina de prensa en octubre de 1936. Allí tuvo que trabajar con el Censor Jefe en la Oficina de Prensa Extranjera y Propaganda del Ministerio, el afable y astuto arribista Luis Rubio Hidalgo. Barea trabajaba de noche en el edificio de la Telefónica censurando despachos de prensa. Al principio, la censura era estricta y procuraba eliminar todo lo que pudiera sugerir cualquier cosa que no fuera una victoria de la República. Barea consideraba esta forma de proceder «torpe e inútil» y el estricto control pudo ser burlado con relativa facilidad por los periodistas británicos, norteamericanos y franceses mediante la utilización creativa del argot. Cuando las columnas franquistas se aproximaban ya al Madrid hambriento y atestado de refugiados, el trabajo en la Telefónica se convirtió en una pesadilla. Finalmente, cuando Barea acudió a su trabajo en la tarde del 6 de noviembre, Rubio Hidalgo le comunicó con una cortesía rayana en satisfacción que el Gobierno se trasladaba a Valencia. Afirmando que la caída de la capital era ya inevitable, Rubio, con la cara pálida, ordenó a Barea que clausurara la oficina de censura y salvara su propio pellejo6.

Rubio Hidalgo se alegró de poder marcharse y parece que le dijo a William Forrest, del News Chronicle: «Si me acompañas, serás el único corresponsal británico que salga de Madrid con toda la información. No tengas miedo de perderte nada. Los demás quedarán atrapados aquí por los fascistas y no dispondrán de medios de transporte ni de comunicación. En cualquier caso, después de que esta noche se marche el Gobierno, no habrá más llamadas telefónicas a Londres o París». Al llegar a Valencia, según Sefton Delmer, Rubio, que tenía talento para estas cosas, encontró un precioso palacio del siglo XVIII y allí, rodeado de tapices y brocados, se instaló en su nueva e imponente Oficina de Prensa y Relaciones Públicas7.

Barea desobedeció las órdenes de Hidalgo. Pensaba que era necesario algún tipo de control sobre la prensa extranjera mientras Madrid resistiera y sencillamente mantuvo el servicio en funcionamiento. Más tarde, se aseguró el permiso de la recién constituida Junta de Defensa para continuar trabajando como parte del Comisariado General de Guerra, donde ejercía una considerable influencia el corresponsal de Pravda, Mijail Koltsov, los «ojos y oídos» de Stalin en Madrid. Rubio Hidalgo nunca le perdonaría a Barea su iniciativa, pensando que su disposición a seguir trabajando bajo el fuego enemigo implicaba que él, al igual que otros que habían huido a Valencia, eran unos desertores. Rápidamente hizo valer la autoridad de su propio Departamento de Prensa y Censura del Ministerio de Asuntos Exteriores sobre la actividad que se llevaba a cabo en Madrid8.

Cuando Barea se hizo cargo de la censura en el Madrid asediado, las actividades se transfirieron por un breve espacio de tiempo al edificio histórico situado en la plaza de Santa Cruz, cerca de la plaza Mayor. Esto supuso que los corresponsales tuvieran que realizar un arriesgado trayecto por calles oscurecidas, desde la Gran Vía, donde vivían o tenían sus oficinas, hasta el Ministerio, para que sus originales fueran censurados, y luego regresar al edificio de la Telefónica para enviar sus crónicas. Las operaciones fueron trasladadas de nuevo al edificio de la Telefónica. Allí, cada noche los censores, las telefonistas y los periodistas trabajaban en condiciones penosas, a la luz de las velas, esperando el silbido de los proyectiles de artillería o el estruendo de los bombarderos alemanes e italianos de Franco, hasta que finalmente los bombardeos obligaron al regreso definitivo al Ministerio

 

El profundo compromiso de Barea con la causa de la República se vio minado por su salud, afectada por el exceso de trabajo, las preocupaciones y la precariedad de su posición frente a Rubio Hidalgo. Tenía que compaginar las instrucciones del Comisariado de Guerra en Madrid con las provenientes de Rubio Hidalgo en Valencia. Barea dormía durante unas pocas horas en un camastro en su oficina y se mantenía activo a base de café, coñac y cigarrillos. Delmer describió a Barea como «un español cadavérico con profundos surcos de amargura alrededor de la boca, acentuados por la luz de la velas. Parecía la personificación de la españolidad: tenso y desconfiado, siempre dispuesto a sentirse ofendido». Las condiciones en que Barea desempeñaba su trabajo sólo mejoraron cuando se unió a él voluntariamente Ilsa Kulcsar, una bajita y rolliza socialista austriaca con una melena de pelo rizado, de la que terminó enamorándose. Ella no sólo le ayudaba con su dominio del francés, alemán, húngaro, inglés y otros idiomas, sino que también convenció a Barea de que la censura debía ser más flexible. Ilsa argumentaba que el convencional triunfalismo que imponía la mentalidad militar convertía en inexplicables las derrotas y a la vez en irrelevantes las dificultades económicas y las victorias de los republicanos. Sin mucha dificultad convenció a Barea de que transmitir la verdad sobre las dificultades el Gobierno en las crónicas, sería beneficioso a la larga para la causa republicana.

Por iniciativa propia, Arturo e Ilsa relajaron la censura y establecieron, así, unas buenas relaciones con los corresponsales. Les ayudaron a conseguir habitaciones de hotel y bonos para gasolina y, a cambio, a menudo les solicitaban ayuda. Arriesgándose a sufrir la cólera de Koltsov y Rubio Hidalgo, permitieron a los corresponsales informar sobre la redada policial en la abandonada embajada alemana que puso en evidencia la connivencia de Alemania con la quinta columna franquista. Barea y Kulcsar hicieron posibles las entrevistas con miembros de la Brigadas Internacionales, que dieron lugar a artículos como el publicado por Louis Delaprée del Paris-soir y por Herbert Matthews de The New York Times10. En abril de 1937 recibieron la visita del gran novelista estadounidense John Dos Passos, quien les ayudó durante una tarde y escribió después sobre «un español cadavérico y una mujer austriaca pequeña y rolliza de voz agradable»11. Los esfuerzos de Arturo y de Ilsa obtuvieron un importante éxito, pero no lograron que disminuyera la hostilidad de Rubio Hidalgo, que en varias ocasiones intentó apartarlos de sus puestos12. La efectividad de los esfuerzos de Barea y Kulcsar queda ilustrada por los envidiosos comentarios de Sir Percival Phillips, corresponsal del Daily Telegraph en la zona rebelde. Molesto por la agresiva rigidez de la censura franquista, Phillips informó sobre las experiencias de sus colegas que habían trabajado con los republicanos: «No es necesario esperar durante tres horas para ser recibido, para que después te informen de que debes volver al día siguiente: puedes entrar al despacho por la puerta abierta y servirte tú mismo una bebida o un cigarro si el censor está ocupado. A veces incluso te pregunta si puedes echarle una mano o darle algún consejo». Phillips estaba convencido de que «la humildad y la camaradería de aquellos censores rojos» era tan irresistible que favoreció la causa republicana entre los periodistas13.

Muchos de los corresponsales que experimentaron los horrores del sitio de Madrid y el inspirador espíritu popular de resistencia, se convencieron de la justicia de la causa republicana. En algunos casos, como Ernest Hemingway, Jay Allen, Martha Gellhorn y Louis Fisher, eran firmes partidarios de la causa republicana de forma activa, lo que no necesariamente fue en detrimento de la veracidad de sus crónicas14. Esta actitud llevó a ciertos comentaristas a poner en duda la validez de estas, pero fueron algunos de estos periodistas tan comprometidos los que produjeron varios de los reportajes sobre la guerra más veraces y perdurables15. Hanighen comentó que «prácticamente todos los periodistas destacados en España se convirtieron en hombres distintos en algún momento después de haber cruzado los Pirineos». «Tras haber estado allí durante un tiempo, las dudas de sus directores en las lejanas Nueva York o Londres les parecían interrupciones carentes de importancia. Porque se habían convertido en participantes, más que en observadores, del horror, la tragedia y la aventura que supone la guerra»16.

Hubo muchos corresponsales que se convirtieron a la causa de la República pero informaban de manera veraz: William Forrest, Lawrence Fernsworth y el neozelandés Geoffrey Cox, cuyas crónicas desde la capital asediada se siguen citando hoy en día. Quizá el mejor ejemplo sea el alto, delgado, tímido y melancólico Herbert Matthews de The New York Times. Matthews consideraba los meses que pasó en la capital sitiada los más gloriosos de su vida. En 1938 escribió: «De todos los lugares en los que se puede estar en este mundo, Madrid es el que da más satisfacciones. Tuve esa impresión desde el primer momento que llegué y ahora, siempre que no estoy allí, no puedo evitar el ansia de volver. Todos nosotros sentimos igual, así que es algo más que un sentimiento personal mío. El drama, las emociones, el optimismo electrizante, el espíritu de lucha, el valor y la paciencia de esta gente frenética y maravillosa son cosas por las que vale la pena vivir, y dignas de ser vistas con los propios ojos». Después de la Segunda Guerra Mundial escribió: «En aquellos años vivimos lo mejor de nuestras vidas, y lo que vino después y aún vendrá, jamás volverá a transportarnos a aquella cumbre». Como otros muchos corresponsales, Matthews nunca dejó de estar orgulloso de haber apoyado a la República: «Aquellos de nosotros que defendimos la causa del Gobierno de la República frente a los franquistas, teníamos razón. Si hacemos balance, representaba la causa de la justicia, la moralidad y la decencia». «Todos los que vivimos la Guerra Civil española lo hicimos de una manera muy emocional… Siempre sentí la falsedad y la hipocresía de aquellos que decían ser imparciales y la simpleza, o más bien la estupidez, de los editores y lectores que exigen objetividad o imparcialidad a los corresponsales que escribimos sobre la guerra… condenando el partidismo se rechazan los factores que realmente importan: la honestidad, la comprensión y la precisión»17.

El grado de objetividad que mantuvo Matthews no lo alcanzó Claude Cockburn, un comunista educado en Oxford. Cockburn fue el fundador y editor del informativo satírico The Week, cuyas páginas mimeografiadas ejercían una fuerte influencia relatando las simpatías pro-fascistas del «grupo de Cliveden»*, de clase alta, y las conspiraciones de salón que había detrás de la farsa del apaciguamiento. Cuando comenzó la Guerra Civil, Cockburn se encontraba de vacaciones en Salou, cerca de Tarragona. El partido comunista británico le pidió que actuara de corresponsal para su periódico, el Daily Worker. Cockburn aceptó y utilizó para este cometido el seudónimo de Frank Pitcairn, pero sólo después de ir primero a Barcelona y después a Madrid. Allí se presentó voluntario a las milicias del Quinto Regimiento y luchó en la sierra situada al norte de la capital. Gracias a su amistad con Mijail Koltsov, Cockburn recibía información privilegiada de forma regular. A través de sus contactos con la Comintern se relacionó con el seductor y misterioso agente checo Otto Katz. El encantador y políglota Katz estaba comprometido, bajo el seudónimo de «André Simone», con la agencia de prensa republicana, la Agence Espagne. En marzo de 1938 trabajaron juntos en la invención de una historia según la cual había tenido lugar una rebelión militar en Tetuán, y para su elaboración utilizaron únicamente una guía de viajes con el fin de describir las calles y plazas en las que supuestamente había tenido lugar el motín. Hay quien afirma que aquel reportaje influyó en la decisión del Gobierno francés de reabrir la frontera y permitir la llegada de armas soviéticas a la República18.

Las dificultades que afrontaban los periodistas que trataban de mantener un compromiso tanto con la República como con su ética profesional quedan reflejadas en un incidente en el que se vio involucrado Louis Fisher. Durante el asedio al Alcázar de Toledo, Cockburn y Koltsov estuvieron acompañados por «un periodista estadounidense», casi con toda seguridad Fisher, que poco antes había publicado un artículo sobre la desmoralización de la milicia republicana. Koltsov, furioso, se negó a dar la mano a Fisher y le espetó: «Usted, con su reputación, realmente puede hacer que cundan la alarma y el desánimo. Y eso es lo que ha hecho. Ha causado más daño que treinta diputados británicos trabajando para Franco». Cuando Fisher objetó que él solamente había relatado los hechos, Koltsov respondió: «Si fuera más honesto, admitiría que lo único que le interesa es su maldita reputación como periodista. Tiene miedo de que si no es usted quien difunde estas cosas y lo hace otra persona, pensarán que es un mal reportero incapaz de ver lo que ocurre delante de sus narices y que probablemente esté a sueldo de los republicanos. Por esta razón, como dirían los franceses, ha perdido una excelente oportunidad de callarse la boca». Por su parte, Cockburn coincidía con Koltsov en que el público no necesariamente tenía derecho a leer la verdad. Cuando su mujer puso en duda esta opinión, le respondió enfadado: «¿Quién les ha dado ese derecho? Quizá cuando se hayan esforzado lo suficiente por cambiar la política de su propio y miserable Gobierno y los fascistas hayan sido derrotados en España, tendrán ese derecho. No estamos ante una cuestión abstracta. Esto es una guerra a tiros»19.

Un hombre que consiguió combinar un alto nivel profesional con una apasionada fe en la República española fue Jay Allen, probablemente el corresponsal mejor informado de ambos bandos. Nacido en el año 1900 en Seattle, Jay Allen había trabajado en la oficina parisina del Chicago Tribune. Entre 1925 y 1934 cubrió los acontecimientos en Francia, Bélgica, España, Italia, Austria, Alemania, Polonia y los Balcanes, aunque su ferviente interés por lo que ocurría en España se convirtió en una pasión que le cautivó por completo. A principios de 1934 había trasladado su residencia a España para seguir más de cerca los acontecimientos y con la intención de escribir sobre la cuestión agraria.

Forjó una estrecha amistad con varios destacados socialistas, entre ellos el artista Luis Quintanilla, Juan Negrín, que después sería presidente del Gobierno, y algunos seguidores de Largo Caballero, como Luis Araquistain, Julio Álvarez del Vayo y Rodolfo Llopis. Durante la represión que siguió a la huelga general de octubre de 1934, todos ellos, al igual que el líder de los mineros asturianos, Amador Fernández, se refugiaron por un tiempo en el piso que Allen ocupaba en la calle de Alcalá. Como resultado de lo que en el mejor de los casos fueron habladurías y, en el peor, la malicia del ferviente católico y corresponsal de The New York Times, William Carney, la prensa norteamericana informó erróneamente que Allen había sido arrestado por este motivo y acusado de haber dado cobijo a miembros del comité revolucionario, hasta ser liberado con la advertencia de que se arriesgaba a ser expulsado de España. En realidad, había sido detenido porque unos Guardias de Asalto armados con ametralladoras pensaron que un francotirador les había disparado desde el edificio donde él residía. Unas semanas más tarde lo arrestaron otra vez, a causa de un artículo sobre la represión en Asturias que había escrito para el Chicago Daily News. Según el embajador estadounidense, Claude Browers, la documentación sobre las atrocidades que se habían cometido se la había facilitado Indalecio Prieto. Después de ser interrogado y amenazado por la policía, fue puesto en libertad. Jay Allen se fue a vivir a Torremolinos y pasó la primavera de 1936 en Extremadura, donde coincidió durante un tiempo con Louis Fisher y recogió material para su libro20. Cuando regresó a Badajoz, ocupada ahora por los franquistas, en agosto de 1936, recuerda que «había estado allí en cuatro ocasiones durante el último año para realizar trabajos de investigación para el libro que estoy escribiendo y para tratar de estudiar las medidas de la reforma agraria que podían haber salvado a la República española —una República, que sea lo que sea, dio a España colegios y esperanza—, cosas que no había conocido en siglos»21.

Henry Buckley escribió sobre Jay Allen: «Desearía que hubiera en el mundo más personas como Jay y me gustaría ser un escritor lo suficientemente bueno para poder describirle adecuadamente. Para mí, su compañía es siempre un tónico maravilloso. Conversar con él es como beber el agua fresca de una fuente que mana al borde del camino. Jay, igual que yo, nunca ha pertenecido a ningún partido político, al menos que yo sepa. Su padre es un acaudalado abogado de Portland, Oregón, y Jay ha sido marinero, se graduó en Harvard y, finalmente, se hizo corresponsal en el extranjero. Tiene una mente prodigiosa que llega al meollo de las cuestiones más complicadas y es capaz, y lo demuestra, de explicarlas con claridad. Yo tengo una moral perezosa. Sé que está mal que un campesino español tenga que trabajar sin límite y siga medio muerto de hambre y que los trabajadores en las fábricas enfermen y mueran de tuberculosis porque nadie vigila las condiciones de higiene. Conozco la sórdida brutalidad de la pobreza, pero soy perfectamente capaz de ignorarla y de sentir que, después de todo, a mí no se me puede culpar de su existencia. Sé también que en lugar de señalar los puntos negros de nuestra civilización en mis crónicas periodísticas, me es mucho más fácil obviarlos y dar una palmadita en la espalda al hombre que está en el poder para acomodarme junto a la gente que realmente cuenta. Pero Jay no tiene esa capacidad mía de dejar la conciencia en duermevela. Su mente siempre alerta y activa limpia de telarañas los problemas actuales»22. En el transcurso de la contienda, Jay Allen firmó tres artículos que, junto a los reportajes de Mário Neves sobre la masacre de Badajoz y la crónica de George Steer sobre el bombardeo de Guernica, fueron los artículos más relevantes y más citados de los escritos durante la guerra: la entrevista en exclusiva a Franco en Tetuán el 27 de julio de 1936, la narración de las consecuencias de la captura de Badajoz por los nacionalistas y la última entrevista concedida por José Antonio Primo de Rivera antes de que fuera ejecutado.

La entrevista de Allen con Franco fue la primera que el futuro líder rebelde concedió a un corresponsal extranjero. Tras haberle sido denegado un salvoconducto para pasar al Marruecos español por el cuartel general rebelde en Algeciras (Cádiz), Jay Allen pasó la noche en la campiña cerca de la vecina localidad de San Roque. Allí se pusieron en contacto con él los hombres de Franco y le instaron a cruzar el estrecho de Gibraltar y dirigirse a Tetuán. Tras un viaje no exento de peligros, fue llevado ante la presencia de Franco, «otro enano que después gobernaría», en la mansión del Alto Comisionado. El optimismo de Franco y su despiadada determinación caracterizan esta histórica entrevista concedida al corresponsal norteamericano. Al preguntarle cuánto tiempo continuarían las matanzas tras el fallido golpe de Estado, Franco respondió: «No puede haber ni compromiso ni tregua. Continuaré preparando mi avance hacia Madrid. Avanzaré. Tomaré la capital. Salvaré a España del marxismo cueste lo que cueste… Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado el país y todo esto habrá sido sólo una pesadilla». Cuando Allen inquirió: «¿Significa esto que tendrá que matar a media España?», Franco, sonriendo, respondió: «He dicho cueste lo que cueste»23. Para conseguir su reportaje sobre Badajoz, Jay Allen necesitó aún más coraje que el que le llevó a introducirse en la boca del lobo que era el cuartel general de Franco. En una ciudad donde las fuerzas de ocupación compuestas por legionarios y mercenarios moros asesinaban y torturaban a voluntad, Allen deambulaba de incógnito recopilando información para un extenso artículo cuyo valor ha perdurado en el tiempo. Fue una narración representativa de la humanidad y el compromiso ético de este hombre, dos elementos que quedaban patentes desde los primeros párrafos: «Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo de cuerpo y alma, en el hediondo patio de la Pensión Central, en una de las tortuosas calles blancas de esta empinada ciudad fortificada. Nunca más encontraré la Pensión Central y nunca querré hacerlo. Vengo de Badajoz, a algunas millas de aquí, en España. Subí a la azotea para mirar atrás. Vi fuego. Están quemando cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que la legión y los moros del rebelde Francisco Franco treparan por encima de los cuerpos de sus propios muertos para escalar las murallas tantas veces empapadas de sangre. Intenté dormir. Pero no se puede dormir en una sucia e incómoda cama en una habitación que está a una temperatura similar a la de un baño turco, donde los mosquitos y los chinches te atormentan igual que los recuerdos de lo que has visto, con el olor a sangre en tu propio cabello y una mujer sollozando en la habitación de al lado»24.

También hay que destacar que Jay Allen consiguiera hablar, el 3 de octubre de 1936, con el dirigente falangista encarcelado José Antonio Primo de Rivera en lo que fue su última entrevista. Mientras se extendían los rumores de que José Antonio estaba muerto, Jay Allen logró entrevistarle en la cárcel de Alicante gracias a la invitación de Rodolfo Llopis, que entonces era subsecretario de la Presidencia del Gobierno de Francisco Largo Caballero. Para poder acceder hasta el prisionero, Allen tuvo que convencer en primer lugar al Comité de Orden Público local, que estaba dominado por los anarquistas. En dos tensas reuniones consiguió convencerles de que si no autorizaban la entrevista, tendría que escribir que el Gobierno republicano carecía de autoridad. Cuando entró en el patio de la prisión, encontró a José Antonio y a su hermano Miguel en buenas condiciones físicas.

El líder falangista reaccionó con furia cuanto le contaron que la defensa de los intereses de los privilegiados por parte de los rebeldes había ahogado las ambiciones declaradas de su partido de impulsar un amplio cambio social, y dijo: «Si esto no resultara ser más que reacción, retiraré a mis falangistas y probablemente volveré a estar en esta o en otra prisión en unos pocos meses. Si fuera así, cometerían un error. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España al abismo. Tendrán que enfrentarse conmigo. Usted sabe que siempre he luchado contra ellos. Me han llamado hereje y bolchevique»25. Puede que José Antonio exagerara sus intenciones revolucionarias para ganarse el favor de sus carceleros, pero con su descarada negativa a admitir las actividades de los pistoleros falangistas antes de la guerra y la complicidad de los falangistas en las atrocidades cometidas desde entonces, estaba sin duda enfureciendo a los anarquistas que eran testigos de la entrevista. Viendo que la actitud de José Antonio era cualquier cosa menos conciliadora, Jay Allen se sintió obligado a dar por terminada la entrevista «ante las sorprendentes imprudencias de Primo»26.

A resultas de las crónicas de estos periodistas, el reverendo Joseph Thorning del Saint Mary’s College en Maryland, uno de los más activos propagandistas de Franco en los Estados Unidos, hizo lo posible por desacreditar a Herbert Matthews y a Jay Allen con ayuda del material facilitado por William Carney y Edward Knoblaugh. Knoblaugh publicó una propaganda atroz y altamente dudosa a favor de los franquistas y contribuyó a encubrir lo ocurrido en Guernica. Según Jay Allen, todo el libro escrito por Knoblaugh era pura invención: «Como sabes, algún jesuita le ayudó con el libro. Él era casi analfabeto. Si recuerdas el libro, era un producto un tanto particular y disparatadamente falso. Claro que Eddie tenía algunas ideas extravagantes y su capacidad de observación no era nada excepcional, pero aun así fue extraño que sus “memorias” se publicaran en un formato tan peculiar»27.

Si bien el Gobierno republicano debía ejercer algún tipo de control sobre los reportajes que se enviaban a los periódicos extranjeros, los corresponsales en la zona leal parecían moverse con relativa libertad. El australiano Noël Monks, un católico devoto, quedó muy impresionado por lo que vio en Guernica, los muertos, los moribundos y los refugiados. Tiempo después escribió: «Aviones, bombas, balas, fuego. En 24 horas Franco iba a estigmatizar a aquella gente, que aún estaba en estado de shock y sin hogar, como mentirosos ante el mundo entero. Los llamados “expertos” británicos llegarían a Guernica meses después, cuando el olor a carne humana quemada había sido sustituido por el combustible esparcido aquí y allá por las ruinas, para emitir un juicio rimbombante: “Guernica fue incendiada por los rojos”. Mi respuesta a esta afirmación no se puede imprimir. Ningún funcionario gubernamental me acompañó a Guernica. Anduve entre las ruinas y entre los supervivientes a mi antojo. Regresé a Bilbao y tuve que despertar al telegrafista —eran las dos de la mañana— para enviar mi mensaje. La censura había sido levantada. El hombre que envió mi informe urgente no sabía leer inglés. Si los “rojos” hubieran destruido Guernica yo, por ejemplo, podría haber destapado esa historia sin que se enterasen. ¡Y cómo lo hubiera hecho si hubiera sido verdad!».

Guernica fue el tema de uno de los artículos periodísticos más importantes escritos durante la Guerra Civil española. Fue obra de George Lowther Steer, el enviado especial de The Times adjunto a las fuerzas republicanas en Bilbao durante la primavera de 1937.

Había estado con Noël Monks en Bilbao la noche del 26 de abril, cuando llegaron las noticias de que Guernica había sido bombardeado. Juntos fueron a la ciudad en llamas y hablaron largo y tendido con los supervivientes. El artículo de Steer, que fue publicado el 28 de abril en The Times y en The New York Times, era objetivo y evitaba cualquier sensacionalismo.

Sin él, y sin los artículos de Noël Monks, Christopher Holme, de Reuters, y Mathieu Corman, del parisino Ce Soir, la verdad probablemente hubiera quedado sepultada bajo el espeso manto de desinformación tejido por Luis Bolín y que el régimen de Franco mantuvo durante los 35 años siguientes28.

Una vez constituido el Gobierno de Juan Negrín el 16 de mayo de 1937, la atención principal de los corresponsales se trasladó de Madrid a Valencia. Arturo Barea se convirtió en un hombre del pasado. Rubio Hidalgo recuperó su importancia de antaño, aunque pronto sería eclipsado por una figura de especial trascendencia, Constancia de la Mora.

Louis Fisher, que la había conocido en abril de 1936 en casa de Julio Álvarez del Vayo, el periodista socialista que durante un tiempo fue embajador de la República en México, escribió: «Era una mujer española bella y morena que se rebelaba contra su educación aristocrática y católica y regentaba una tienda de antigüedades y arte popular enfrente de las Cortes». Desde que estalló la guerra, Constancia había trabajado atendiendo a niños refugiados. A comienzos de 1937, Jay Allen y el poeta Rafael Alberti la convencieron de que se presentara a un puesto en la Oficina de Prensa Extranjera de la República en Valencia, organismo que se encontraba bajo la jurisdicción del Ministerio de Asuntos Exteriores. Constancia rogó a Louis Fisher que intercediera en su favor ante Álvarez del Vayo, en aquel momento ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de Largo Caballero. Políticamente concienciada, casada con el jefe de la fuerza aérea republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, y conocedora a la perfección del inglés, francés y alemán, era la candidata ideal29.

Ya en su puesto y al igual que anteriormente Barea, tuvo que vérselas con Rubio Hidalgo. La única luz que entraba en la oscura oficina de Rubio Hidalgo era aquella que provenía de las grietas que había en la puerta, de su lámpara de mesa y la que reflejaba su brillante calva. En un principio la trató con aire condescendiente y Constancia fue asignada al Departamento de Censura. Allí se enteró de que los periodistas podían decir lo que quisieran siempre que fuera cierto y no constituyera información militar considerada confidencial. Por consiguiente, su trabajo consistiría en eliminar rumores infundados, mentiras y mensajes militares cifrados. Fue en la Oficina de Prensa donde conoció a la simpática Gladys Green, que más tarde se casó con Burnett Bolloten, en aquel momento corresponsal de la pro-comunista United Press30.

Como consecuencia de las maquinaciones de Rubio Hidalgo, Barea fue relegado a censor en la radio. En la primavera de 1937, Barea apuntaba: «Constancia ha asumido virtualmente el control del Departamento de Censura en Valencia y no le cae bien a Rubio; es una organizadora eficiente… y ha mejorado de manera importante las relaciones de la Oficina de Valencia con la prensa»31. Cuando en noviembre de 1937 el Gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona, la Oficina de Prensa Extranjera fue obligada a compartir sus oficinas con el Departamento de Propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores. Luis Rubio Hidalgo miraba con recelo lo que consideraba una pérdida de independencia e importancia y prefirió marcharse a París para hacerse cargo de la agencia republicana de noticias Agence Espagne. Constancia de la Mora fue nombrada directora de la Oficina de Prensa Extranjera32.

Constancia, al igual que Ilsa Kulcsar, creía que la mejor manera de contrarrestar la propaganda derechista sobre la República era «dar a los corresponsales todas las oportunidades posibles para que conozcan la verdad y proporcionarles todos los medios disponibles para que la puedan escribir y enviar fuera de España». Al igual que anteriormente Ilsa, Constancia descubrió que seguir la política de facilitar los contactos con altos funcionarios del Gobierno y permitir las visitas a los frentes de batalla daba sus frutos, aunque ocasionalmente ocurriera algún percance, como cuando William Carney de The New York Times reveló los detalles del emplazamiento de la artillería republicana en beneficio de sus amigos franquistas. Constancia era mucho más cordial y servicial con los periodistas de lo que Rubio Hidalgo lo había sido jamás, proporcionándoles habitaciones en la superpoblada Valencia, organizando medios de transporte y concertando entrevistas: «Yo sabía, al igual que todos nosotros, que la causa de la República dependía de que el mundo conociera los hechos». Les proporcionaba salvoconductos y carburante para sus automóviles con el fin de que ellos mismos pudieran informarse directamente de los hechos. Constancia quedó impresionada por la determinación con la que corresponsales como Herbert Matthews comprobaban ellos mismos lo que ocurría y por su sana desconfianza ante la línea oficial. «Llegué a admirar enormemente esa pasión por los hechos reales. Al principio estaba molesta, supongo que por comprobar que no me creían. Pero llegué a comprender que, después de todo, esa era la manera de conseguir que los hechos fueran fielmente descritos y de que los hombres que los enviaban estuvieran convencidos de su exactitud, dado que ellos mismos los habían constatado. Tengo que sonreír cuando escucho las historias de cómo ‘influíamos’ en los corresponsales extranjeros. Por supuesto que ahora, cuando se mira hacia atrás y se ve la forma en que cubrían las noticias, queda claro que si se equivocaban, era más bien por exceso de prudencia»33. Según Louis Fisher, Constancia «fue un acierto extraordinario. Sabía idiomas, conocía la mentalidad de los extranjeros y los corresponsales la apreciaban». Philip Jordan escribió: «Nadie era tan amable como Constancia ni se tomó tantas molestias para hacer que la vida fuera más fácil»34.

En la zona nacionalista, sólo los corresponsales de la Italia fascista y la Alemania nazi disfrutaban de tantas atenciones. Esto era reflejo no sólo de la mentalidad militarista predominante, sino también del personal que había sido seleccionado para supervisar las relaciones con la prensa extranjera. Anticipando su futura posición preeminente, Franco, a los pocos días de llegar a Sevilla, había constituido un servicio de prensa y propaganda. Este Gabinete de Prensa se formó bajo la dirección del periodista monárquico Juan Puyol, y el trato con los periodistas quedó encomendado en la práctica a Luis Antonio Bolín. Puyol había trabajado anteriormente para ABC, antes de convertirse en el director del derechista Informaciones, donde aceptó ayuda económica del Tercer Reich a cambio de artículos favorables a los nazis y otros ferozmente anti-judíos, incluido uno firmado por el propio Adolf Hitler y titulado «Por qué soy antisemita». Informaciones puso sus páginas a disposición de los líderes falangistas y otros españoles que simpatizaban con el fascismo. Su subdirector era Joaquín Arrarás, miembro del grupo monárquico ultraderechista Acción Española y amigo íntimo y biógrafo del mismo Generalísimo. El 24 de agosto el Gabinete pasó a denominarse Oficina de Prensa y Propaganda. Bolín, que había sido corresponsal de ABC en Londres, atrajo la atención de Franco por su participación en el alquiler del Dragon Rapide, el avión utilizado por el líder rebelde para trasladarse desde las Islas Canarias a Marruecos. Bolín dirigiría sucesivamente las Oficinas de Prensa Extranjera en Sevilla, Cáceres y Salamanca y durante los asaltos a Málaga y Bilbao35.

Cuando el general José Millán Astray, fundador de la legión extranjera española, llegó a Sevilla, Franco lo reclutó rápidamente para propagar su causa en toda la zona nacionalista. Se instaló junto a Franco y sus más estrechos colaboradores en el palacio de Yanduri en Sevilla36. Millán Astray consagró su actividad a la insistente proclamación de la grandeza del Caudillo. Esta adulación satisfizo lo suficiente a Franco como para persuadirle de remplazar, en el frío otoño de 1936, al menos carismático Puyol por su antiguo mentor. Millán se hizo cargo oficialmente de la ampliada Oficina de Prensa y Propaganda en sus improvisadas oficinas en el Instituto Anaya, una vieja casa palaciega en la que se ubicaba la Facultad de Ciencias de la Universidad de Salamanca37.

Bajo la total autoridad primero de Puyol y posteriormente de Millán Astray, la responsabilidad sobre los corresponsales recayó en Luis Bolín. A los que le conocían como un monárquico anglófilo les desconcertó encontrarlo en Salamanca ostentando el título de capitán Bolín y residiendo junto a otros miembros de alto rango del cuartel general de Franco en el palacio de Monterrey, cedido por el duque de Alba. Apenas se dignaba a hablar con sus antiguos amigos. Ahora que había obtenido una capitanía honoraria en la legión extranjera como recompensa por haber acompañado a Franco en su viaje, había pasado a vestirse como un legionario. Vestía pantalón de montar y botas altas contra las que golpeaba una fusta y hacía que los corresponsales se colocaran en fila como si fueran soldados a sus órdenes. Se paseaba entre ellos amenazador, frunciendo el ceño con aspecto fiero38. Durante la campaña de Málaga, Noël Monks, del Daily Express, quedó impresionado por el carácter cruel de Bolín: «Siempre que veía una de las espeluznantes pilas de “rojos“ recién ejecutados con las manos atadas a la espalda —generalmente detrás de alguna casa de labranza en un pueblo recién ocupado— escupía sobre los cuerpos diciendo “sabandijas”»39.

Sir Percival Phillips, corresponsal del Daily Telegraph, afirmaba: «Ha conseguido que los corresponsales le odien como a la peste»40. Todos los corresponsales extranjeros le detestaban y temían, en parte porque no permitía visitas al frente salvo con escolta militar, pero sobre todo porque frecuentemente amenazaba con fusilar a algún periodista. La censura no permitía mencionar las atrocidades cometidas por los nacionalistas ni a los cada vez más numerosos alemanes e italianos presentes en la zona nacionalista. Tres días después de la masacre de 1936, el cámara René Brut, del noticiario Pathé, filmó en Badajoz los montones de cadáveres. Fue arrestado en su hotel en Sevilla el 5 de septiembre y encarcelado durante varios días, mientras Bolín lo amenazaba de muerte. Únicamente se libró de ser fusilado porque Pathé envió al cuartel general de Franco una versión cuidadosamente cortada de la película41.

La edición parisina del New York Herald Tribune publicó una descripción de la masacre de Badajoz basada en una crónica de la agencia United Press. La firmaba Reynolds Packard, un periodista de United Press que en realidad no había sido quién había enviado la crónica. Cuando el Manchester Guardian hizo referencia al artículo original en enero de 1937, Bolín llamó a Packard a Salamanca, donde le amenazó. Packard, aterrorizado, envió un cable a Webb Miller, jefe de la oficina europea de United Press en Londres, rogándole que informara a Bolín de que él no había escrito el texto ofensivo, lo que aquél hizo. Un incidente parecido ocurrió cuando Bolín pidió explicaciones en términos similares a Jean d’Hospital, el representante de la Havas Agency en la España nacionalista. Tanto la United Press como la Havas Agency declararon que los cables en cuestión no los habían enviado ni Packard ni d'Hospital, aunque no negaron la veracidad de las crónicas ofensivas. Bolín pasó estas respuestas al comandante inglés pro-franquista Geoffrey McNeill-Moss, que las utilizó para «probar» que las crónicas sobre la masacre de Badajoz habían sido inventadas42. Bolín consiguió que no se permitiera a ningún corresponsal entrar en Toledo durante los dos días que duró el baño de sangre tras la ocupación de la ciudad el 27 de septiembre de 1936. La excusa que se dio a los corresponsales, que anteriormente habían sido llevados a los campos de batalla, fue que entrar en Toledo era «demasiado peligroso»43. Por consiguiente, los corresponsales tuvieron que conformarse con el material de propaganda que les facilitaba Bolín. Ejemplo de ello es la historia apócrifa que publicó Harold Cardozo en el Daily Mail el 30 de septiembre de 1936, en la que se afirmaba que el coronel Moscardó, comandante rebelde al mando en el Alcázar, recibió una llamada telefónica de las autoridades republicanas comunicándole que su hijo sería fusilado si no se rendía. Moscardó se negó y supuestamente su hijo fue fusilado de inmediato. En realidad, Luis Moscardó fue fusilado, junto con otros prisioneros, en represalia por un bombardeo de los nacionalistas el 23 de agosto44.

El 26 de octubre de 1936, Dennis Weaver, del News Chronicle, y el canadiense James M. Minifie, del New York Herald Tribune, salieron de Madrid para recorrer el frente en un automóvil facilitado por el servicio de prensa republicano, con un chófer y un marinero retirado de pelo cano como escolta. En el trayecto entre El Escorial y Aranjuez, las tropas marroquíes les dieron el alto en Seseña. El chófer y el marinero fueron fusilados en el acto. A los dos periodistas los llevaron al cuartel general del general Varela, donde se encontraron con Henry T. Gorrell de la United Press, que había sido capturado en circunstancias similares. Fueron tomados por espías y llevados a Salamanca para que fuera Franco personalmente quien decidiera su suerte. Acabaron siendo interrogados por Luis Bolín, que amenazó con ahorcarlos. Weaver averiguó posteriormente que el mismo día en que le capturaron, Bolín había rechazado una petición de su periódico, el News Chronicle,solicitando permiso para enviar un corresponsal a la zona franquista y había afirmado que «si algún representante del News Chronicle es encontrado en territorio franquista, peor para él». Tras pasar otros cinco días bajo custodia, los periodistas fueron expulsados de España a Francia45. El mismo día en que Weaver fue arrestado, pero algo más tarde, también dos hombres de negocios ingleses de Madrid, que habían salido en coche, tuvieron un encontronazo con los nacionalistas. Fueron arrestados e interrogados de forma cruel por Bolín. Uno de ellos, el capitán Christopher Lance, conocido después como el «Pimpinela español» por su destreza para facilitar la huida a algunos derechistas, caracterizó tiempo más tarde a Bolín como «burlón, sarcástico y despectivo», «sin duda el individuo más desagradable que he conocido»46.

A finales de noviembre de 1936, Alex Small, del Chicago Tribune, fue arrestado en Irún. El comandante militar anunció que iba a ser fusilado por el delito de publicar un artículo en el que vaticinaba que Madrid no caería. Según Arthur Koestler, la orden de fusilar a Small provenía de Bolín. Small se salvó sólo gracias a las vehementes protestas de un colega de profesión norteamericano47.

Los corresponsales trataban de esquivar la censura procurando que sus periódicos no les mencionaran como autores de sus artículos. Tras la derrota de los italianos en Guadalajara, Noël Monks se había desplazado en automóvil hasta la frontera francesa y había enviado su crónica por teléfono, insistiendo en que se omitiera su nombre. Lamentablemente, el artículo apareció con su firma. Fue arrestado en Sevilla, donde Franco se encontraba de visita junto a Bolín. Éste, furioso, amenazó a Monks en su perfecto inglés de Oxford: «Eludir la censura equivale a espiar y en este país a los espías los despachamos sin contemplaciones». Con Bolín vociferando que «vosotros los periodistas os merecéis algo peor que el fusilamiento», Monks fue llevado ante Franco en persona, quien le reiteró que iba a llevarlo ante un pelotón de fusilamiento. Finalmente, Monks fue expulsado de la España nacionalista48. Más adelante, Bolín adquiría cierta fama por arrestar y maltratar a Arthur Koestler tras la captura de Málaga por los franquistas en febrero de 193749.

Durante las últimas etapas de la marcha hacia Madrid de las columnas africanas de Franco, se estableció una oficina de prensa en Talavera de la Reina, poco después de que esta ciudad fuera ocupada. A su mando estaba el playboy falangista Pablo Merry del Val. El trato diario con los periodistas quedó en manos del capitán Gonzalo Aguilera y Yeltes, un latifundista profundamente reaccionario con propiedades en Salamanca y Cáceres, quien aseguró a los periodistas que los problemas de España no eran más que el resultado de la intromisión en el orden natural debido a la introducción del alcantarillado50. Aguilera se había retirado del ejército para protestar por la obligación de que los militares juraran lealtad a la República, y aprovechó las condiciones ventajosas para el retiro voluntario de los decretos promulgados del 25 al 29 de abril de 1931 por el recién nombrado Ministro de la Guerra, Manuel Azaña51. Al estallar la guerra, había salido de su retiro y se había presentado como voluntario a las fuerzas rebeldes. Le destinaron de manera informal al equipo de colaboradores del general Mola, comandante del Ejército del Norte. Dado que hablaba con fluidez inglés, francés y alemán, se le encomendó la tarea de supervisar los movimientos y el trabajo de los corresponsales extranjeros, actuando en ocasiones como guía y en otras como censor52. Cuando el Ejército del Norte dirigido por Mola finalmente entró en contacto con las columnas africanas de Franco a principios de septiembre, Aguilera se trasladó al sur para hacerse cargo de la prensa y acompañó a las columnas durante el último trecho de su marcha hacia Toledo y Madrid53.

Al contrario que la mayoría de los oficiales de prensa, que se sentían responsables de la seguridad de los periodistas que les habían asignado, Aguilera actuaba según el principio de que, si para conseguir información era necesario asumir riesgos, él estaba dispuesto a ayudar a los periodistas a superarlos, siempre que las noticias obtenidas fueran favorables a los nacionalistas. Llevaba con regularidad a sus protegidos a la línea de fuego y fue «bombardeado y ametrallado» junto a ellos54. La queja más frecuente de los periodistas que desarrollaban su labor en la zona rebelde era que se esperaba de ellos la publicación de comunicados anodinos mientras los mantenían alejados de las noticias más duras. Esto ocurría sobre todo cuando las cosas no iban bien para los rebeldes y afectaba especialmente a los periodistas considerados demasiado «independientes». Incluso aquellos que recibían un trato más favorable, tenían que aguantar retrasos humillantes en la entrega de los salvoconductos para realizar visitas acompañadas al frente55. Por todo ello, Aguilera estaba muy bien considerado entre los periodistas de derechas que trataban con él, ya que estaba dispuesto a llevarlos a las zonas peligrosas cercanas al frente y a utilizar su influencia ante los censores para ayudarles a que sus crónicas fueran autorizadas56.

Un periodista que sentía gran respeto por Aguilera era Sefton Delmer, del Daily Express. Sin embargo, Aguilera lo expulsó de la España nacionalista, aduciendo que en sus artículos publicaba información que podía ser útil al enemigo o que «deliberadamente ponía en ridículo a las fuerzas armadas españolas». La crónica en cuestión narraba un ataque aéreo republicano sobre Burgos. Delmer había descrito cómo un pequeño aparato británico aparecido por casualidad en plena batalla había atraído sobre sí la atención de las baterías de fuego antiaéreo burgalesas y aun así había aterrizado indemne. Esta crónica, le dijo Aguilera mientras tomaban una copa, «no sólo alienta a los rojos a volver a atacar Burgos. También consigue que nuestros efectivos antiaéreos parezcan ineficaces». Aguilera sentía simpatía por Delmer y le confió que a él personalmente no le importaba en absoluto lo que el periodista hubiera dicho sobre la artillería, dado que él pertenecía a la caballería57.

Sefton Delmer también representaba al Daily Express en la zona republicana. Allí, según Constancia de la Mora, «todos los que pertenecían a la Oficina de Prensa Extranjera aborrecían a Sefton Delmer y desconfiaban de él». Se debía en gran parte a que fingía simpatizar con la República. «Siempre aparecía en mi despacho vestido con ropa vieja y desgastada, las camisas sucias, los zapatos embarrados y los pantalones tiesos de grasa. Considerábamos un insulto su extraña vestimenta, porque sabíamos que en Londres vestía como un dandi. Madrid, Barcelona y Valencia eran ciudades perfectamente civilizadas, aunque fueran españolas. Delmer siempre hablaba y se comportaba como si los españoles pertenecieran a una extraña e ignorante tribu de salvajes enfrascados en una contienda estúpida y primitiva con arcos y flechas». En sus memorias se refería a los republicanos como «los rojos» y a Aguilera como «el querido Aggy»58.

Harold Cardozo, del Daily Mail, un ferviente partidario de los nacionalistas, era considerado una especie de líder por los demás corresponsales norteamericanos: le llamaban «El comandante»59. Edmund Taylor consideraba a Cardozo «un profesional valiente y audaz y un alegre compañero, si dejamos a un lado la política»60. Sin embargo, a pesar de sus relaciones amistosas y entusiastas con los oficiales franquistas, era evidente que existía una cierta tensión entre Bolín y Cardozo. Sir Percival Phillips opinaba que Bolín disfrutaba acosando y humillando a los corresponsales en general, pero que exhibía una particular animosidad contra Cardozo. Pensaba que como el Daily Mail había rehusado publicar unos artículos remitidos por Bolín mientras éste se encontraba en Londres, «ahora trata a los hombres del Mail como si fueran basura». Cardozo no ocultaba que creía que los artículos de Bolín habían sido rechazados porque eran «una porquería». Sin nombrar expresamente a Bolín, Cardozo se quejaba de que los nacionalistas aplicaban la censura con gran rigor incluso a aquellos periodistas que, como él, «apoyaban al movimiento con cuerpo y alma». Frustrado por los obstáculos burocráticos que se imponían incluso a los «periodistas de guerra responsables», llegó a comentar con envidia que en Madrid y Valencia los cables «se enviaban sujetos a una censura relativamente indulgente y tras una espera mínima». Cardozo no era el único que pensaba así.

A pesar de su estrecha relación personal con Bolín, Nigel Tangyne, admirador de los nazis, al poco tiempo terminó igual de exasperado ante el trato despectivo que se dispensaba a los periodistas61.

Phillips hizo un comentario similar: «En el otro bando, a los corresponsales se les trata mucho mejor. He conocido a docenas de tipos que están en Barcelona y Madrid, y me han dicho que aunque reinara un absoluto desconcierto, siempre fueron tratados como hermanos»62. La diferencia entre ambas zonas consistía en que en la España nacionalista los militares no se tomaban el tiempo de atender a los periodistas. Un oficial le dijo a sir Percival Phillips que «todos los generales rogaron a Franco que se expulsara a los periodistas del país hasta que hubiera finalizado la guerra» y otro oficial le dijo a F. A. Rice que «aquí hay demasiados periodistas»63. Un ejemplo ilustrativo de la actitud de los militares era la forma en que el general Millán Astray, mientras estuvo al mando de la Oficina de Prensa y Propaganda en Salamanca, convocaba cada mañana a los periodistas que no se encontraban en el frente. Los llamaba con un silbato y los formaba en filas para que escucharan su arenga diaria. No hay duda de que Bolín quedó impresionado por este ejemplo64.

Al igual que otros, Edmond Taylor engañaba a los censores enviando o llevando artículos a Francia. Como coartada, hacía llegar a Aguilera otras crónicas, conservando el material más conflictivo en una copia oculta. En la sala de prensa se puso un anuncio que prohibía a los periodistas referirse a los rebeldes como «rebeldes» o «insurgentes» y a los republicanos como «leales», «gubernamentales» o «republicanos». Los únicos términos permitidos eran «las fuerzas nacionales españolas» o «los nacionales» y «los rojos»65. Numerosos periódicos británicos y estadounidenses autocensuraban las menciones a las ayudas del Eje, pero cualquier transgresión de esta norma por parte de los corresponsales era castigada inmediatamente66. Aguilera se encontraba al mando de la censura en Burgos cuando ordenó, el 11 de septiembre de 1936, la detención de F. A. Rice, corresponsal del conservador Morning Post. Su delito era haber enviado dos artículos, uno sobre el colegio inglés donde se había educado Aguilera y otro, enviado desde Francia y por tanto no sometido a la censura de los rebeldes, donde había utilizado la expresión «el horror insurgente» en relación al ataque rebelde a Irún el 1 de septiembre de 1936. Aguilera consideró que ambos artículos revelaban «una actitud no del todo respetuosa» hacia su persona y hacia la causa que defendía. Después de amenazar a Rice con las graves consecuencias que esperaban a los periodistas que denominaran «insurgentes» a los rebeldes o se refirieran a los republicanos como «leales» o «las tropas gubernamentales» en lugar de «los rojos», Aguilera le conminó a elegir entre abandonar España o quedarse bajo estrecha vigilancia, sin permiso para cruzar la frontera —que era la única manera de enviar una crónica sin pasar por la censura franquista. Rice optó por marcharse. Su periódico, el Morning Post, comentó su expulsión en un editorial, que «proclamaba urbi et orbi que cualquier noticia que emanara de fuentes derechistas pertenecía más a la esfera de la propaganda que a la de los hechos»67. Los periodistas que trabajan en la zona nacionalista tenían claro que solamente los corresponsales de los periódicos alemanes, italianos y portugueses podían esperar un trato privilegiado. Una de las escasas excepciones era el corresponsal pronazi de la aviación inglesa Nigel Tangye, del Evening News, quien a su llegada presentó a un complacido Bolín recomendaciones de la embajada del Tercer Reich en Londres y de otros contactos alemanes68. En el caso de John Whitaker, al que Aguilera con toda la razón consideraba hostil a la causa nacionalista, el trato fue verdaderamente siniestro. Cuando Whitaker comenzó a visitar el frente solo, Aguilera se presentó en su alojamiento a primera hora de la mañana acompañado de un agente de la Gestapo y amenazó con matarle si se trasladaba al frente sin la vigilancia de alguno de los oficiales de la oficina de prensa: «La próxima vez que vaya al frente sin escolta, le mataremos. Diremos que fue víctima de una acción enemiga. Usted ya me entiende»69.

Millán Astray permaneció aún algún tiempo al mando de la propaganda tras su notorio enfrentamiento con Miguel de Unamuno. Según Franco, Millán Astray en su enfrentamiento con Unamuno había actuado como era su deber70. Sin embargo, incluso Franco tuvo que reconocer que era necesario actuar de una forma más rigurosa de como lo estaban haciendo Astray y Giménez Caballero. En consecuencia, el 24 de enero de 1937, la Oficina de Prensa y Propaganda se convirtió en la Delegación de Prensa y Propaganda bajo la dirección de Vicente Gay Forner, un profesor virulentamente antisemita de la Universidad de Valladolid. Gay, bajo el seudónimo de Luis de Valencia, había publicado en Informaciones artículos virtualmente ilegibles y apasionadamente favorables a los nazis. También había recibido subvenciones del Ministerio de Propaganda de Goebbels para sus escritos pro-nazis, incluido su libro La revolución nacional-socialista. Eligió como su segundo a Ramón Ruiz Alonso, antiguo representante de la CEDA en Granada, a quien se ha acusado de ser responsable del asesinato de Federico García Lorca. La falta de habilidades diplomáticas de Vicente Gay, así como su falta de consistencia ideológica, hicieron que pronto se ganara la animadversión de la mayoría de los grupos clave en Salamanca. En abril de 1937, Serrano Suñer sustituyó a Gay por el ingeniero Manuel Arias Paz, con el sorprendente razonamiento de que había construido un radiotransmisor. Arias Paz no era más que la cabeza visible. Su misión real consistía en organizar la propaganda nacionalista, que quedaría a cargo del intelectual monárquico Eugenio Vegas Latapie.71 Mientras tanto, Luis Bolín siguió supervisando el trabajo de los corresponsales aunque, tras sus chapuceros esfuerzos por negar el bombardeo de Guernica, fue sustituido en abril de 1937 por Luis María de Lojendio72.

Aguilera también estuvo implicado en el encubrimiento de los hechos tras el bombardeo de Guernica. Esto implicó la estrecha vigilancia de los periodistas «que no eran de fiar» y que intentaban acercarse a las ruinas de la ciudad, así como la expulsión de aquellos que escribían crónicas no deseadas. Incluso los periodistas afines recibieron directrices estrictas sobre la manera en que debían redactar sus artículos73. El trato que Bolín y Aguilera dispensaron a los corresponsales estaba muy alejado de los esfuerzos que hicieron Arturo Barea, Ilse Kulcsar y Constancia de la Mora por facilitar el acceso a información a aquellos periodistas que desarrollaban su labor en la zona republicana.

 

 

 
Parece ser que toda la documentación de la Oficina de Prensa Extranjera acabó perdiéndose. Sé de algún investigador que ha tratado infructuosamente de localizarla en diferentes archivos, y es una lástima porque la información allí contenida sería de gran utilidad para los historiadores que tratan de reconstruir la experiencia de los corresponsales extranjeros durante la Guerra Civil. La Oficina de Prensa Extranjera era el negociado oficial por el que todo periodista o escritor extranjero estaba obligado a pasar. Allí conseguía la pertinente acreditación y solicitaba todo aquello que pudiera necesitar para su trabajo: guías, intérpretes, autorizaciones, pases para el frente, entrevistas con personalidades republicanas...

Sin esa documentación, el historiador debe recurrir a otras fuentes vinculadas a la Oficina, y entre ellas destacan los libros autobiográficos de Constancia de la Mora y Arturo Barea. «Connie» de la Mora, que empezó a trabajar en la Oficina a comienzos de 1937 y no tardó en dirigirla, recuerda en Doble esplendor la atmósfera que se respiraba en aquellas dependencias, una atmósfera en la que la entrega y la fe de los colaboradores trataban de compensar la improvisación generalizada y la precariedad de medios. Pero la sección del libro consagrada a la guerra está llena de calculados silencios, y de todo lo que cuenta sobre esa etapa lo más interesante es su descripción del funcionamiento mismo de la Oficina, que ejercía a la vez labores de propaganda y de censura.

Por su parte, Arturo Barea (que acabaría detestando a Connie por su dogmatismo comunista) quedó al frente de la Oficina de Prensa Extranjera madrileña cuando, en noviembre de 1936, el Gobierno republicano se trasladó a Valencia, y en La llama,tercer volumen de La forja de un rebelde, nos dejó un pormenorizado relato de sus experiencias de la época. Por sus páginas desfilan los nombres de algunos corresponsales extranjeros. Aparece Ernest Hemingway presentándole a la que sería su tercera mujer, Martha Gellhorn: «Ésta es Martita. Tratadla bien, que escribe para Collier's. Una tirada de un millón...». Aparece John Dos Passos, «que hablaba de nuestros campesinos con una comprensión gentil y profunda». Aparece Josephine Herbst, que sería una espectadora privilegiada de la ruptura de la antigua amistad entre Hemingway y Dos Passos.

Pero el que con más frecuencia aparece citado en el libro de Barea es el corresponsal de Pravda, Mijail Koltsov, que en realidad era mucho más que un simple corresponsal. El propio Koltsov no se molestaba en ocultarlo, y en el Diario de la guerra española alude a su participación en las reuniones que el Comisario General de Guerra, Julio Álvarez del Vayo, mantenía diariamente con sus cinco subcomisarios. Y Barea le recuerda entrando en la Oficina para dar órdenes tajantes y emitir amenazas que no podían ser ignoradas: «¡Esto es una vergüenza! ¡Quienquiera que sea el responsable de esta clase de sabotaje merece que le fusilen!». ¿Qué demonios pintaba un corresponsal en las reuniones del Comisariado General de Guerra? ¿Y de dónde procedía su autoridad?

La respuesta es sencilla: aunque acreditado oficialmente como simple periodista, Koltsov era uno de los principales agentes de Stalin en la España republicana, y sus compadreos con Álvarez del Vayo encuentran su explicación en el acendrado filocomunismo de este último. Estalinista hasta la médula, Koltsov tendría el mismo final que muchos de los soviéticos que pasaron por España: el propio Stalin ordenó su encarcelamiento y su ejecución, y al parecer esto ocurrió poco después de que Pravda publicara una elogiosa reseña de su Diario de la guerra española, también poco después de que coincidiera en una función del Bolshoi con Stalin y éste le invitara a compartir su palco.

Un retrato de Koltsov más favorecedor que el ofrecido por Barea es el que Hemingway nos presenta en Por quién doblan las campanas, donde Koltsov aparece bajo el nombre en clave de Karkov: para Robert Jordan, protagonista de la novela, «era el hombre más inteligente que había conocido», y «tenía más talento y más dignidad interior, más insolencia y más humor que cualquier otro hombre que hubiera conocido». Desde luego, Koltsov inspiraba al novelista norteamericano bastante más simpatía que el otro gran corresponsal soviético, Ilya Ehrenburg, enviado de Izvestia, a quien dibuja como «un hombre de mediana estatura, de cara pesada y grisácea, grandes ojos hinchados, belfo prominente, con voz de dispéptico», que acepta con ingenua credulidad todas las afirmaciones de Dolores Ibárruri. «Ha sido para mí», dice Ehrenburg en la novela de Hemingway, «uno de los momentos cumbres de la guerra, cuando la he oído hablar con esa voz magnífica en que se mezclan la piedad, la compasión y la sinceridad. La bondad y la sinceridad irradian en ella como de una verdadera santa del pueblo. Por algo la llaman La Pasionaria».

Ehrenburg y Hemingway son precisamente dos de los visitantes de la Oficina de Prensa que con más frecuencia aparecen citados en las memorias inéditas de Kate Mangan, una treintañera inglesa que a comienzos de 1937 llegó a la España republicana buscando a su novio (voluntario de las Brigadas Internacionales) y que hasta junio de ese año trabajó en la Oficina valenciana. Mangan menciona también a Dos Passos, a Egon Erwin Kisch, a W. H. Auden... Este último, enviado especial de una emisora de radio, ayudó a Mangan a traducir al inglés un discurso de Manuel Azaña que sus superiores en la Oficina le habían encargado transcribir.

Es posible que otros colaboradores de la Oficina de Prensa hayan dejado escritos sus recuerdos de aquella época, pero yo no tengo noticia de más casos. He tratado, eso sí, a algunas personas que frecuentaron aquellos despachos, y gracias a eso he conocido el dato, para mí novedoso, de que entre los escritores que pasaron por allí estaba también Margaret Mitchell. ¿Se conoce algún escrito de la autora de Lo que el viento se llevó sobre la guerra española?

Probablemente sea eso lo que deba importarnos: los escritos que unos y otros dejaron sobre la contienda. Si no disponemos de un inventario completo de nombres, sí podemos elaborarlo siguiendo las pistas que unos y otros dejaron en sus textos. Eso es más o menos lo que en su momento hizo José Mario Armero, quien en España fue noticia ofreció un exhaustivo listado de los corresponsales que escribieron sobre la guerra, tanto desde la zona republicana como desde la nacional, tanto aquellos cuyos nombres nos resultan conocidos por sus actividades literarias como los anónimos, los simples profesionales del periodismo. Y algo no muy distinto es también lo que, trenzando los relatos de unos y otros (y agregándoles los de antiguos brigadistas), hizo Peter Wyden en La guerra apasionada. Entre estos dos libros, el de Armero y el de Wyden, se establece un fecundo diálogo. Un diálogo asimismo inevitable, porque algo semejante ocurre con todos los libros que tratan de la Guerra Civil, y en ellos no es difícil rastrear las muchas vías por las que se comunican: un libro conduce a otro, y éste a otro más, y así indefinidamente hasta que vemos que ante nosotros ha acabado tejiéndose una tupida red de peripecias, ilusiones y sinsabores.

Un ejemplo. El texto más conocido que W. H. Auden escribió sobre la guerra fue el poema «Spain», cuyos derechos de autor sirvieron para costear la compra de ayuda médica. Pero para saber de las actividades de Auden en España resulta bastante más útil acudir a Cyril Connolly, que viajó como corresponsal del New Statesman y coincidió con él en Valencia y Barcelona (en esta ciudad pasearon juntos por los jardines de Montjuïc, y Auden fue a orinar detrás de un seto, lo que hizo que fuera inmediatamente detenido por dos milicianos «muy indignados ante este abuso de la propiedad pública»). Al mismo tiempo, para saber de las andanzas de Connolly no basta con leer sus crónicas (como la titulada «Barcelona», en la que deja constancia de la división entre los partidos republicanos), y conviene echar un vistazo a su correspondencia con su amigo de infancia George Orwell, autor del clásico Homenaje a Cataluña, en el que dio testimonio de la represión desatada en la primavera de 1937 contra poumistas y anarquistas. Asimismo, los motivos que llevaron a Auden, Connolly y Orwell a viajar a España serían difíciles de comprender para alguien que no se detuviera a leer Un mundo dentro del mundo, las interesantísimas memorias del poeta Stephen Spender, que visitó nuestro país para asistir al Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura.

Otro ejemplo. «Cuando caía la noche de esos húmedos y fríos días de espera, Chicote era el lugar donde encontrar compañía, conversación y más rumores sobre la ofensiva.» La frase podría pertenecer a alguna de las crónicas que Hemingway escribió para la NANA, la North American News Agency. Su autora, sin embargo, fue Martha Gellhorn, que seguramente compartía con Hemingway esas veladas en Chicote del mismo modo que compartían el peligro de los bombardeos y las visitas a la primera línea del frente: «Allí estaban los altavoces. Por la noche, un bando u otro ofrecía a los soldados de aquellas trincheras un programa de música y propaganda... Esta noche le tocaba al enemigo. Una voz radiofónica ampulosa y engolada comenzó a decir: “El caudillo, el único líder de España, está dispuesto a dar su sangre por vosotros... Franco, Franco...”». En Madrid los corresponsales solían alojarse en el Hotel Florida, en la plaza de Callao, y ese hotel, junto al bar Chicote y al restaurante del Hotel Gran Vía, formaba parte de las rutinas de Gellhorn, de Hemingway, de Dos Passos... La figura de éste, aunque deformada, se reconoce con facilidad en algunas de las crónicas que Hemingway enviaba desde el rascacielos de la Telefónica, que era donde estaban Arturo Barea y su Oficina de Prensa Extranjera. Y en las crónicas de Dos Passos para Esquire puede rastrearse el episodio que provocó la ruptura de relaciones con Hemingway, el asesinato de su amigo y traductor José Robles (un episodio que muchos años después reaparecerá en su novela póstumaCentury's Ebb, con Hemingway de personaje secundario). Pero para hacerse una idea cabal de cómo fue esa ruptura habría que leer The Starched Blue Sky of Spain, en el que Josephine Herbst rememora la fiesta de las Brigadas Internacionales en la que se produjo el definitivo enfrentamiento entre los dos novelistas... Está claro: unas lecturas remiten a otras, y éstas a otras y a otras...

Dorothy Parker viajó a Valencia a comienzos de 1938 y desde allí envió al New Yorker una crónica en la que un soldado republicano se quejaba de que su mujer ni siquiera tenía hilo con el que remendar la ropa raída de sus hijos. Evidentemente, la escritora norteamericana intentaba de ese modo sensibilizar a la opinión pública de su país acerca de las acuciantes necesidades de la España republicana. En Hemingway y en Gellhorn y en los otros corresponsales que precedieron a Dorothy Parker resulta también perceptible ese afán por contribuir a la victoria republicana: su trabajo como periodistas es inseparable de su misión como propagandistas.

Para entender este fenómeno basta con recordar cómo estaban las cosas en 1936, con el fulgurante ascenso del nazismo como tenebroso trasfondo histórico. Su creciente expansionismo era observado con alarma por los intelectuales de Europa y América. Ante una amenaza como aquélla nadie podía quedarse cruzado de brazos, y el estallido de la guerra en España se presentó como la primera gran batalla que debía librarse contra el fascismo internacional. Todos parecían de acuerdo en que no había que escatimar esfuerzos para derrotarlo. Eso explica la intensa oleada de solidaridad que desde el primer momento concitó la causa republicana, una solidaridad que se volvió apremiante cuando la Italia fascista y la Alemania nazi salieron en apoyo de los militares rebeldes mientras las potencias europeas se desentendían de la suerte que pudiera correr la desvalida República española.

En una situación como ésa no puede extrañar que el compromiso de los intelectuales con la República fuera con frecuencia más allá del simple envío de crónicas. Ahí está el ejemplo del propio Hemingway, que junto a otros escritores fundó una productora con la que realizar el documental de propaganda Tierra española, que se esforzó por recaudar fondos para la causa, que en su campaña contra la neutralidad estadounidense llegó a reunirse con el presidente Roosevelt...

Ahí está también el caso de André Malraux, sin duda uno de los escritores que más tempranamente se movilizaron para reclamar el apoyo internacional al régimen republicano. Muy pocos días después de producirse la rebelión militar, Malraux dedicaba su tiempo y energías a comprar aviones y reclutar pilotos para organizar una escuadrilla que debía consolidar la hegemonía aérea republicana. El propio Malraux, habilitado como coronel, acabaría dirigiendo personalmente la Escuadrilla España (lo que no deja de ser sorprendente, dado que lo desconocía todo sobre aviación), y su versión de la contienda quedaría inmortalizada en la novela La esperanza y la película Sierra de Teruel, cuyo rodaje se llevó a cabo cuando el avance de las tropas nacionales se había vuelto ya imparable. Novelistas convertidos en hombres de acción, sólo podría hacerse una objeción al sincero y ardiente compromiso de Hemingway y Malraux con la causa republicana: su vanidosa y deliberada búsqueda de protagonismo, esa afición suya a posar ante las cámaras fotográficas como héroes de la libertad (motivo, por cierto, de la inquina que mutuamente se profesaban). Pero entre los escritores extranjeros que arriesgaron sus vidas por la República española no faltaron los héroes puros que en todo momento rehuyeron el exhibicionismo. Destacan entre ellos los que renunciaron a utilizar sus armas naturales, las palabras, para empuñar las otras armas, las de verdad. Y, por supuesto, brilla con luz propia la figura de George Orwell, quien, en Homenaje a Cataluña, proporcionaría un desapasionado y poco esperanzador recuento de sus experiencias en España.

Otro de esos escritores fue el alemán Gustav Regler. Éste, amigo de Mijail Koltsov, viajó pronto a España, y en Albacete se incorporó a las Brigadas Internacionales y fue nombrado comisario político de la brigada del general Lukács, nombre bajo el que se escondía la identidad de otro escritor, el húngaro Mata Zalka, que había publicado un libro de relatos y planeaba una novela sobre la guerra española. Junto a Lukács, Regler intervino en la batalla del Jarama, y particularmente en la defensa del puente de Arganda, que inspiraría a Hemingway uno de los episodios centrales de Por quién doblan las campanas. Algo después Lukács y él emprendieron un viaje en automóvil por tierras aragonesas, y un bombardeo acabó con la vida del general y causó gravísimas heridas al propio Regler, quien pese a todo seguiría luchando por la República hasta que la derrota se consumó.

Tampoco debe caer en el olvido el nombre de John Cornford, poeta inglés de veinte años que llegó a España como enviado delNews Chronicle y no tardó en cambiar la máquina de escribir por la ametralladora. Durante el verano del 36 peleó en el frente de Huesca con las milicias del POUM, y en septiembre tuvo que ser repatriado a causa deuna grave enfermedad. Regresó en noviembre e, incorporado ahora a las Brigadas Internacionales, participó en la defensa de la Ciudad Universitaria madrileña y en los combates en torno a la localidad andaluza de Lopera, donde un disparo acabó con su vida. Ese mismo día había cumplido veintiún años.

«De todas las historias de la historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal», dice el conocido poema de Jaime Gil de Biedma. La Guerra Civil fue una de esas tristes historias de la historia, una de esas historias de España que terminaron mal. Y sin embargo habría terminado todavía peor si no hubiera sido por aquellos hombres y mujeres que vinieron a participar en aquella gran epopeya colectiva. Algunos dejaron aquí su vida, otros sólo una parte, y ni siquiera esa generosidad en el esfuerzo y el sacrificio bastó para conseguir el propósito de salvar la República española y, por ende, defender el mundo y la civilización frente a la amenaza del fascismo. Pero, al menos, el ejemplo que dieron de grandeza y solidaridad sirvió para que las generaciones posteriores dispusieran de nos cuantos motivos más para reconciliarse con su propia condición de personas. Entre muchas otras cosas estaba en juego la dignidad humana, y eso sí que pudo ser salvado por aquel memorable ejército de novelistas y poetas.

¿Es posible, en los tiempos que vivimos, informar de un conflicto bélico con objetividad e independencia? ¿Dispone el periodista de medios para saber lo que ocurre? ¿Puede acceder siquiera al escenario de los hechos? En definitiva: ¿Tiene sentido, hoy, un corresponsal de guerra? No nos toca, afortunadamente, responder a estas preguntas sino retroceder a un tiempo en el que sí lo tenía, a la edad de oro de los corresponsales en el extranjero. La Guerra Civil española despertó un sentimiento inmediato a favor o en contra de uno de los contendientes y reunió a un buen número de periodistas, escritores e intelectuales que ejercieron de corresponsales. No hay otra guerra en los tiempos modernos que haya provocado tan intensa emoción y tan violentas parcialidades. La causa española fue la causa de todos los pueblos. Se habló de «guerra santa» y de «cruzada»; de «compromiso» y de «paraíso proletario». Los que llegaron fueron conscientes enseguida de que en tierra española se luchaba no sólo por un bando, sino por las ideas, por los ideales.

A la llamada de España acudieron varios centenares de periodistas o voluntarios que ejercieron en algún momento tareas informativas. Los grandes periódicos y revistas del mundo enviaron a sus mejores profesionales a un conflicto en el que se dilucidaba el modelo ideológico y político que habría de ahormar un futuro que tan incierto se presentaba a mediados de los años treinta. Muy pocos quedaron al margen de uno de los dos bandos; ninguno dejó de reflejar la tragedia española. Se escribieron poemas, reportajes, folletos y novelas, se rodaron películas, se tomaron fotografías y se pintaron los horrores de la guerra. Corrieron, sin duda, ríos de tinta.

La selección que aquí presentamos no pretende destacar los artículos y reportajes más conocidos escritos en España por los corresponsales extranjeros, ni tampoco los más verídicos o verosímiles; mucho menos los más objetivos. Setenta años después del comienzo de la Guerra Civil, cuando los historiadores han desvelado la práctica totalidad de lo acontecido, interesa menos la exactitud del dato del cronista que la intensidad de su descripción y la frescura de su mirada directa a los sucesos de España. Con ellos visitamos los frentes, los hospitales y las escuelas; escuchamos a los que sufren y a los héroes; sentimos el estallido de las bombas y el llanto de los moribundos.

Pretendemos mostrar a través de una treintena de crónicas —sin aditamentos, en su estado original— la diversidad de enfoques y actitudes de los periodistas. Hay frentes a los que acudió un ejército de corresponsales y otros a los que no se les dejó llegar. A partir del cerco de Madrid y con pocas excepciones (Teruel), los informadores deben conformarse con versiones oficiales y cobran relevancia las historias de contenido humano. La atención de la prensa internacional fue enorme entre el estallido de la contienda y la primavera de 1937 (hasta el bombardeo de Guernica), pero la guerra chino-japonesa, la lentitud del avance de Franco y la ocupación nazi de Austria, en marzo de 1938, y posteriormente de Checoslovaquia, eclipsaron las noticias de España. En la antología hemos tenido que dejar fuera algunos nombres importantes, fundamentales porque nuestra intención era ofrecer las diferentes caras de un poliedro que, en su conjunto, reflejase la riqueza, variedad y calidad del trabajo desarrollado. Más de las dos terceras partes de las crónicas están escritas en el bando republicano y la mitad de ellas en 1936; sólo hay tres mujeres. Es la proporción que hemos considerado representativa: queríamos que el poliedro fuera regular y nos permitiera asomarnos a lo acontecido en las tierras de España como si lo leyéramos en el periódico de ayer.

Hasta casi una semana después de la rebelión del 18 de julio de 1936, el mundo no tiene conciencia de que en España ha estallado una guerra y no una asonada militar más, tan frecuentes en nuestra historia reciente. Las noticias de graves incidentes y numerosas víctimas en ambos bandos muestran un país partido en dos que parece estabilizarse enseguida y un Gobierno paralizado por el estupor. A partir del 29 de julio se pone en marcha el ejército de África, la única fuerza que se presenta capaz de desequilibrar la balanza. En sólo una semana y gracias a la fundamental ayuda alemana que rápidamente había conseguido Franco, llegan a la Península 1500 hombres en el primer «puente aéreo» de la historia, más otros 2.500 en buques protegidos por los cazas italianos. El 6 de agosto, a bordo de un avión Douglas procedente de Tetuán, Franco aterriza en Sevilla.

Aunque Mola es el «director» del golpe tras la muerte en accidente de Sanjurjo el 20 de julio, Franco es el hombre del momento. En la capital andaluza, el excéntrico Queipo de Llano, que ha llenado las calles de discursos y carteles a su mayor gloria, es desplazado sin contemplaciones por el general en jefe del ejército de África, que llega para ocupar su sitio en la historia. ¿Pero quién es Franco y qué pretende?, se preguntan en las redacciones de todo el mundo. El 8 de agosto, después de atravesar los «salones magníficos» del palacio de Yanduri, cuartel general de los nacionales en Sevilla, Félix Correia, corresponsal del Diário de Lisboa, entra en el despacho del general. Le recibe de pie, sonriente, optimista, en uniforme de campaña. Es un hombre «de estatura normal, rostro afeitado y frente alta». Cada hora que pasa, le dice, disminuyen las posibilidades de resistencia del Gobierno de Madrid. El ejército ha tenido que intervenir porque «estaba preparada, para este mes de agosto, una revolución social destructora y sangrienta». Desde 1931 España vivía un progresivo proceso de desnacionalización y desmembramiento. La razón del alzamiento es clara: «Salvar a la patria del caos y de la vergüenza en el que se encontraba y evitar la hecatombe que se preparaba para estos días».

En la larga lista de agravios del Gobierno que Franco enumera, entre asesinatos de curas y monjas, señala que Mundo Obrero publicó un retrato suyo a toda página con una leyenda que incitaba al crimen: «Ave, César, ¡los que van a morir te saludan!». De su revolución, explica, surgirá una dictadura militar. ¿Larga o corta?, pregunta Correia. «Su duración depende de la resistencia que encontremos de parte de los organismos con funciones esenciales en la nueva estructura de la nación española». A un español que haya vivido la dictadura que duró cuarenta años no le chocará el estilo ampuloso y retórico del militar levantado en armas. Sobre todo cuando responde a dos cuestiones candentes que le plantea el periodista: la utilización de divisiones de marroquíes (dice que son soldados de España) y la falta de unidad en los símbolos de los rebeldes. A los pocos días cambiará de criterio, pero de momento es rotundo: la bandera es la tricolor y el himno oficial, el de Riego.

No son las primeras declaraciones a un periodista extranjero —a Jay Allen, que aparecerá enseguida en este relato, le había indicado en Tetuán a finales de julio que estaba dispuesto a fusilar a media España, si fuera preciso, para conseguir sus propósitos— pero sí la primera exposición clara de motivos e intenciones después del paso del ejército de África a la Península. La entrevista, publicada el 10 de agosto en el Diário de Lisboa, tuvo gran repercusión internacional y fue reproducida en Gran Bretaña por el dominical News of the World, que compró los derechos mundiales. Algún tiempo después, una agencia de noticias londinense ofreció a Correia un sustancioso contrato para que intercediera ante Franco y consiguiese su versión de la guerra, pero el periodista lo rechazó. Otros corresponsales portugueses lograron hablar también con el líder de la sublevación, como José Augusto, del Diário de Noticias, con quien mantuvo una charla informal, y Armando Boaventura, del mismo periódico, a finales de 1936. A todos les manifestó su simpatía por Salazar y el «estado novo». Félix Correira (1901-1969), recogió esta entrevista y otros reportajes escritos en España («Badajoz reconquistada», «Bombardeo aéreo de Mérida») en su libro Quem vem lá? (Lisboa, 1940), que tiene una segunda parte dedicada a ensalzar a la Alemania nazi e incluye una entrevista con Hitler. Fue director de la revista A Esfera y ocupó diversos cargos en el sindicato de periodistas bajo el régimen de Salazar. Ocasionalmente fue corresponsal en Lisboa del diario madrileño ABC.

Es evidente que los periodistas portugueses, al menos en los primeros meses, gozaron en la España nacional de una situación privilegiada, lo que no desmerece el trabajo eficaz, hasta heroico en algunas ocasiones, de sus más intrépidos reporteros. Es el caso de Leopoldo Nunes, corresponsal de O Século, que cubrió la resistencia de los mineros de Riotinto, en Huelva. No dudó en pasarse a las líneas enemigas y entrar en contacto con los mineros, entre ellos un portugués, ni tampoco en colaborar a la vuelta con Queipo de Llano e informarle de la posición, número y armamento de los atrincherados. Pero el periodista portugués más destacado fue sin duda Mário Neves, que dio a conocer al mundo por primera vez la represión de Badajoz.

Tal y como había planeado Franco, el ejército de África avanzó hacia el norte, en paralelo a la frontera portuguesa, con la intención de unir las dos zonas nacionales y dirigirse luego a Madrid. Al mando del coronel Yagüe, las tropas se desplazaban en destacamentos de unos cien hombres sin encontrar apenas resistencia: doscientos kilómetros en sólo una semana. Los días 10 y 11 de agosto se entabló batalla en Mérida. Salvado este escollo, Yagüe se encontró en la disyuntiva de continuar hacia Madrid lo más rápidamente posible o dirigirse a Badajoz, donde se habían concentrado muchos partidarios del Gobierno que huían del avance del ejército africano y unos quinientos soldados a las órdenes de Puigdengolas, un enérgico coronel que había vencido la sublevación de Alcalá de Henares y Guadalajara en los primeros días de la guerra. Yagüe decidió atacar Badajoz. El 14 de agosto, bajo un sol inclemente y el omnipresente hedor de la sangre, tuvo lugar la batalla. Con presupuestos estratégicos de la época de Napoleón, los legionarios intentaron escalar las murallas de la ciudad hasta que lograron abrir una brecha en la Puerta de la Trinidad. La conquista continuó casa por casa, incluso dentro de la catedral, donde también se combatió. La ciudad quedó cubierta de cadáveres. A la mañana siguiente, se desató la represión.

Ni a Leopoldo Nunes ni a otros corresponsales que acompañaban a las tropas nacionales les fue permitido llegar a Badajoz y les hicieron volver a Mérida. La única forma de acceder a la ciudad era desde Portugal, a través del cercano e importante paso fronterizo de Elvas. El día 11 de agosto había llegado allí un joven corresponsal del Diário de Lisboa, Mário Neves (1912-1993), periodista por tradición familiar, sin más experiencia hasta entonces que la redacción de las noticias emanadas de los ministerios. Desde la frontera de Caya, un puente a pocos kilómetros de la capital extremeña, envía varias crónicas en las que se hace eco del fragor de la batalla y recoge el testimonio de los que huyen. A las dos de la madrugada del día 15 y junto a dos periodistas franceses, Marcel Dany, de la agencia Havas, y Jacques Berthet, de Le Temps, consigue cruzar la línea divisoria, pero hasta las nueve y media de la mañana no logran subir a un coche en el que recorrer los cinco kilómetros que separan ambos puntos. «Soy el primer periodista portugués que entra en Badajoz tras la caída de la ciudad en poder de los rebeldes. Acabo de presenciar tal espectáculo de desolación y de pavor que tardará en borrarse de mis ojos”, comienza su crónica publicada el mismo día 15 (Diário de Lisboa era vespertino). Neves ve banderas blancas en casi todas las ventanas y las calles destrozadas con un aspecto desolador. En la plaza de toros, donde se concentraban los camiones de las milicias populares, hay algunos cadáveres y bombas que no han explotado, como en otros lugares que recorre, entre ellos la catedral. El cronista califica de «heroico» el ataque de los legionarios, pero «la resistencia, en valentía y tenacidad, ha estado a la altura del ataque», añade. Al coronel Yagüe le preguntan los periodistas por los fusilamientos y le dicen que se habla de dos mil. «No deben ser tantos...», responde el oficial. A las 16:30 logra volver a Portugal y ponerse en comunicación con su periódico. Suya fue, por tanto, la primera noticia: «Estas notas redactadas nerviosamente, no conseguirán dar una pálida idea del espectáculo que han visto mis ojos...».

Al día siguiente, domingo 16 de agosto de 1936, Le Populaire y Le Temps, en primera página, y Le Figaro y Paris-soir, en la página 3, publican la crónica del corresponsal de Havas en la que denuncia ejecuciones en masa, barrios enteros en llamas y un incalculable número de víctimas, entre ellas mujeres, niños y ancianos: «La sangre corre por las aceras. Por todas partes se encuentran charcos coagulados». Berthet, por su parte, escribe en su periódico que se mata por las calles y que había presenciado «imágenes de un horror sombrío». Neves vuelve a Badajoz y refleja sin lugar a dudas la terrible represión que se está llevando a cabo. Se refiere a «los fusilados de esta mañana»; a los cadáveres pudriéndose al sol de agosto para que sirvan de ejemplo y a la señal de la culata del fusil en el hombro, que es el pasaporte a la muerte. «La justicia militar prosigue con inflexible rigor», titula el Diário de Lisboa.

Aunque coincide en lo fundamental, esta crónica de Neves del día 16 es más tibia que las de sus compañeros franceses y esa supuesta divergencia fue una de las pruebas que los propagandistas de Franco adujeron después para descalificar lo que denominaron «leyenda de Badajoz». Por eso la hemos elegido aquí, para que el lector pueda comprobar que el periodista describe una ciudad repleta de cadáveres. Es cierto que califica de «infundado» el rumor de los numerosos fusilamientos en la plaza de toros, pero también dice que «algunas decenas de prisioneros aguardan allí su destino». Hay que tener en cuenta que Neves, a diferencia de los franceses, era un periodista de un país que apoyó desde el primer momento y sin el menor género de dudas el levantamiento militar español. Era consciente de que rozaba los límites de la censura y la prueba está en que su crónica del día 17 fue completamente tachada. En A chacina de Badajoz (hay traducción española: La matanza de Badajoz, Salamanca, 1986) recuperó esta crónica no publicada, que comenzaba así: «Voy a marcharme. Quiero dejar Badajoz, cueste lo que cueste, lo más rápido posible y prometiéndome solemnemente a mí mismo que no volveré nunca».

El estremecedor y honesto relato de Neves conmovió al corresponsal del Chicago Tribune Jay Allen (1900-1972), que se encontraba en Lisboa. Allen era tal vez el corresponsal extranjero mejor informado de España. Hablaba perfectamente español y había cubierto la revolución de Asturias en 1934. Fue el primero que logró hablar con Franco y uno de los últimos que lo hizo con José Antonio, poco antes de su fusilamiento. Gerald Brenan le describe como un hombre emotivo y generoso que llegó a intimar con Largo Caballero y Álvarez del Vayo. Constancia de la Mora, que dirigió la Oficina de Prensa Extranjera durante la guerra, le considera un «antiguo amigo» (Doble esplendor, Madrid, 2004). Conocía bien Badajoz y allí se dirigió.

Según recogió en su crónica, publicada en Chicago Tribune el 30 de agosto, el día 23 de agosto dijo en el hotel que se iba a Estoril para probar fortuna en la ruleta. Sin embargo, fue a la plaza del Rocío, tomó un taxi, recogió a un amigo portugués y ordenó al chófer: «A Elvas». En un reportaje intenso y perfectamente construido, posiblemente el más reproducido y para muchos el mejor de los que se escribieron durante la guerra, Allen describe los métodos de represión de los vencedores y su connivencia con la policía portuguesa, que detenía a los refugiados republicanos y los devolvía a una muerte segura. Afirma que es el primer periodista que llegó a Badajoz sabiendo lo que buscaba, el «incómodo testigo de los acontecimientos». Habían pasado nueve días desde la caída de la ciudad y, en el tiempo de un periódico, es prácticamente una historia vieja, escribe Allen: «Pero Badajoz es una de esas malditas bolsas de verdad de las que tardaremos en salir. Por eso no me importa en absoluto ir con diez días de retraso, si a mi periódico tampoco le importa».

La imagen del sol abrasador, la sangre y la arena de la plaza de toros (donde se ejecutó con una ametralladora montada en la contrabarrera del toril a no menos de 1200 prisioneros) llamó la atención del mundo sobre la cruenta confrontación civil que se había desatado en España y galvanizó a la opinión internacional. En cierta medida conformó lo que iba a ser la cobertura de la Guerra Civil. Un periódico de Madrid, para enardecer el ánimo de los defensores, habló de una fiesta en la plaza de toros a la que asistieron las fuerzas reaccionarias de la ciudad para contemplar el fusilamiento masivo, lo que sirvió a los nacionales para acusar a su enemigo de propaganda y negar matanza alguna. Se escribieron folletos en Europa y América y se manifestaron opiniones contrarias y apasionadas. Se atacó a Allen porque la cifra de 4000 muertos de los que hablaba no era verosímil y se adujo como prueba el artículo de Neves, que no citaba las ejecuciones masivas. Se habló de ética periodística y de la llegada tardía del norteamericano. La polémica no se ha apagado y, aunque parezca difícil de creer, todavía hay quien discute la matanza de Badajoz. Con tal revuelo parece que nadie hizo caso a John T. Whitaker, de The New York Herald Tribune, que preguntó poco después a Yagüe si era cierto lo que se decía sobre las ejecuciones. «Por supuesto que los matamos», contestó el coronel. «¿Suponía usted que iba a dejar a 4000 rojos a mis espaldas teniendo mi columna que avanzar a marchas forzadas? ¿Iba a permitir que Badajoz volviese a ser rojo?».

La crónica llegó por un tortuoso camino a Chicago, como explica una nota previa del periódico, y tiene su propio anecdotario, como la confusión de la ciudad de Almendralejo con el nombre propio de una persona y algunos otros errores de trascripción. En mayo de 1937, la entrevista de Allen con un aviador alemán abatido contribuyó a confirmar la intervención germana en Guernica. Por su parte, Neves se defendió como pudo de una avalancha de acusaciones, mientras el régimen de Salazar implantaba una férrea censura y sólo permitió desde entonces alabar las gestas de Franco. Llegó a ser director adjunto deDiário de Lisboa y siguió trabajando incansable en el periodismo. Por fin, tras la «Revolución de los Claveles» de 1974, fue nombrado primer embajador de Portugal en la URSS. Había jurado no volver nunca a Badajoz, pero en mayo de 1982 atendió a la invitación de una televisión británica, Granada TV, y recorrió sus calles nuevamente: «He aceptado venir aquí porque he creído mi deber, como testigo de los hechos, el revelarlos. Nos hemos encontrado en Badajoz a jóvenes que sabían que habían ocurrido aquí cosas terribles, que sus familias habían desaparecido, pero no sabían por qué. Aquí está vuestra televisión y aquí estoy yo para contar lo que ocurrió entonces. Este trágico recuerdo no puede ser borrado».

Mientras el ejército de África, vencida la resistencia de Badajoz, se dirige hacia Madrid, el mundo demanda noticias de España. Crisis, comunicados contradictorios, dimisiones y proclamas encendidas, por parte de un Gobierno que ha desaprovechado su superioridad inicial para aplastar la rebelión y parece sumido en el desconcierto. Los partidos políticos radicales y las organizaciones obreras, por su parte, ven llegada la hora de la revolución y reclaman el reparto de armas. En Barcelona, donde se registran violentos enfrentamientos y el golpe es neutralizado con virulencia, destaca la figura de un líder llamado a convertirse en uno de los símbolos del pueblo español en lucha y en un mito universal del anarquismo. Nacido en León en 1898 y mecánico de profesión, Buenaventura Durruti era partidario de las técnicas revolucionarias e insurreccionales, un hombre de acción más que de política. Diversas acciones armadas —desde el asalto al Banco de España hasta un atentado fallido contra Alfonso XIII— le condujeron a un largo exilio por diferentes países, hasta su regreso con la proclamación de la Segunda República. Era uno de los principales líderes de la FAI, la rama más revolucionaria del anarquismo español, cuando estalló la guerra. Al grito de: «¡Adelante, hombres de la CNT!» asaltó con su ejército de anarquistas el cuartel de las Atarazanas, último reducto de los militares golpistas en la ciudad condal. Su llamamiento convocó a una columna de valor legendario. A ella se adhirió un periodista que publicó una entrevista con Durruti que con el paso de los años se ha convertido en un texto fundamental para entender el desarrollo de la guerra y los fundamentos del anarquismo español.

Alertado por los acontecimientos, el 22 de julio había llegado a Barcelona Pierre van Paassen (1895-1968) procedente de Palestina, adonde —convencido sionista— había acudido para estudiar sobre el terreno el problema de los árabes y los judíos. De origen holandés pero formado en Canadá y Estados Unidos, Van Paassen, corresponsal para Europa del Toronto Daily Star, conocía bien España. Había cubierto la proclamación de la República en 1931 y entrevistado a Azaña. Posteriormente y enviado por la National American News Agency (NANA), el mismo consorcio periodístico que mandaría a Hemingway a España, recorrió el país de norte a sur y de este a oeste para estudiar las ocupaciones de tierras. Van Paassen era de esa clase de periodistas errantes que desarrollan su trabajo según su criterio y aceptan pocas indicaciones de las lejanas redacciones. En 1928 había entrevistado a Hitler para The New York World y en 1933 fue arrestado por los nazis. Como tantos otros corresponsales que estuvieron en España, cubrió también la guerra de Etiopía. Al día siguiente de su llegada a Barcelona se vio envuelto en un fuego cruzado entre milicianos y quintacolumnistas y terminó lleno de cristales. Salió de Barcelona con la columna de Durruti y en sus memorias, Days of Our Years (Nueva York, 1939), traza un retrato de aquellos hombres que con una mezcla de júbilo, exaltación, desorganización y precariedad se lanzaron a los caminos de España para derrotar al fascismo y hacer la revolución. Estuvo con ellos en el frente de Aragón y recuerda que muchos no habían disparado nunca un fusil. Era una tropa alegre que dormía y comía al raso discutiendo constantemente lo que había que hacer en la nueva época de la humanidad que acababa de comenzar.

Abel Paz y otros muchos autores que le siguen, creen que la entrevista que Durruti concedió a Van Paassen tuvo lugar en Barcelona el 24 de julio, esto es, inmediatamente antes de ponerse en marcha la columna hacia Aragón, pero en el periódico comprobamos que está fechada en Madrid el 5 de agosto, donde había llegado, en efecto, el líder anarquista para entrevistarse con Largo Caballero, recién nombrado presidente del Gobierno, e intentar conseguir armas. La entrevista fue enviada por avión a París y de allí cursada al Toronto Daily Star, que la publicó el 18 de agosto. Es un plazo razonable que elimina la distancia entre la conversación y su publicación en prensa que extraña a Paz y hace verosímil la afirmación del reportero de que a lo lejos retumbaban los cañones. También a esta entrevista pertenece la famosa respuesta de Durruti sobre las ruinas que heredarán los anarquistas, datada por Hugh Thomas con posterioridad y atribuida a otro diario canadiense.

Van Paassen describe a Durruti como un hombre alto, moreno, de rostro despejado y rasgos morunos, hijo de un campesino pobre, en el que llama la atención su peculiar habla chispeante y gutural. Representa a una organización sindical con dos millones de afiliados sin cuya colaboración nada puede hacer la República. La conversación entre ambos —más que entrevista, ya que Van Paassen interviene y matiza las palabras del —líder anarquista— es una exacta radiografía de los fines, métodos y ambiciones de la revolución. «A donde quiera que vayas» escribe el periodista, «es Durruti y otra vez Durruti de quien se oye hablar como de un hombre admirable». Cuando le pregunta si no teme que no van a heredar más que un montón de ruinas, le contesta que los trabajadores están acostumbrados a vivir en la miseria y en las ruinas: «Llevamos un nuevo mundo en nuestros corazones». Durruti insiste en la necesidad de tomar Zaragoza y de salir al encuentro del general Franco. Su intención es «aplastar al fascismo para que no vuelva a levantar la cabeza». Es una labor del pueblo, de los proletarios, de los anarquistas. Setenta años después, la reflexión del más famoso líder revolucionario español sigue produciendo un escalofrío: «Ningún Gobierno en el mundo lucha contra el fascismo hasta la muerte. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de las manos, recurre al fascismo para mantenerse».

Durruti murió unos meses después, el 20 de noviembre, en Madrid, en circunstancias nunca del todo aclaradas, tras haber perdido a buena parte de su columna en el frente más expuesto y arriesgado de la capital y de la guerra. Su entierro en Barcelona, al que asistieron cerca de medio millón de personas, fue la mayor manifestación de duelo que jamás se había producido en la ciudad. Van Paassen, por su parte, volvió a Barcelona y encontró una situación tranquila, comida abundante y un ambiente alegre de camaradería universal donde todos eran iguales y nada parecía tener precio: un espejismo de la historia.

El inmenso cielo azul de agosto bajo el que lucha la columna Durruti se rompe de pronto y se dibuja el perfil de un avión, que conduce el aviador más literario de la historia. «Después de Lyon, he girado a la izquierda rumbo a los Pirineos y a España», escribe Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944): «Ya estoy sobre los Pirineos. Aquí están España y Figueras. Aquí la gente se mata. Lo más extraño no es descubrir el incendio, las ruinas y las muestras de aflicción de los hombres, lo más extraño es que no se ve nada de esto». El piloto solitario pasa por Gerona y aterriza en Barcelona, donde percibe avenidas desiertas e iglesias devastadas que le parecen intactas. «Salvo algunos edificios quemados y algunos centenares de muertos en una población de 120 000 habitantes, ¿dónde están las hecatombes?», se pregunta. Pasea tranquilamente por la Rambla cruzando sin problemas las barricadas hasta que, sentado en el café, descubre el drama que está ocurriendo cuando una patrulla irrumpe de pronto y se lleva detenido a un hombre acusado de fascista. «Sus dos manos, levantadas por encima de la cabeza, semejaban las de un hombre que se ahoga», escribe en el primero de sus reportajes sobre la guerra de España, publicado en L’Intransigeant el 12 de agosto de 1936.

Cuando llega a Barcelona, Saint-Exupéry es autor de varias obras de éxito y, sobre todo, un experimentado piloto, pero está pasando una mala racha. Su intento, a finales de 1935, de batir el récord de vuelo entre París y Saigón terminó con un aterrizaje forzoso en el desierto de Libia, de donde le rescató in extremis un beduino (el episodio inspirará El principito). Sus proyectos de conferencias y de raids se vienen abajo, sus deudas se acumulan y debe dejar su apartamento para vivir en un hotel, del que también es expulsado. L’Intransigeanthabía sido un periódico de extrema derecha, pero con la llegada del Frente Popular pretendía mostrarse más moderado e incluso liberal, y manda a Saint-Exupéry con este propósito. No era, para el autor, su primera experiencia periodística ya que había escrito una serie de reportajes sobre la URSS en 1935, por encargo de Paris-soir, diario con el que volverá a España en 1937, esta vez a Madrid (le encontraremos más adelante en el Hotel Florida).

Barcelona es una ciudad controlada por los anarquistas, apunta en el segundo de sus artículos de este primer viaje, publicado el 13 de agosto: «Durante mi paseo matutino les veo ocupados en mejorar sus barricadas. Algunas son sencillos muros de adoquines, otras son modélicas barricadas con dos parapetos. Echo una ojeada por encima del muro. Están ahí. Han traído los muebles de la casa de al lado y se preparan para la Guerra Civil, aposentados en sillones de consejo de administración...». Esta mirada impresionista que revela una realidad abstracta dentro de un conflicto lejano e inútil es la que nos ofrece el autor en su visita a Barcelona. Asiste al embarque de las tropas anarquistas y le sorprende el silencio, la falta de uniformes, la ropa negra. No parece que se luche contra un enemigo, dice, sino contra una epidemia; por eso la guerra es tan terrible: «Se fusila más que se combate». En su siguiente etapa, Saint-Exupéry aterriza en Lérida, a 20 kilómetros del frente. No existe una trinchera que separe adversarios, sino una serie de pueblos amigos o rebeldes que cambian de la noche a la mañana. Una trilladora trabaja por el pan de los hombres y se desconoce de quién es la tierra que recorre. Después de dos días por el frente no se oye un tiro: «La frontera era como una puerta abierta».

Por fin, en la cuarta y última entrega de la serie, llega al frente y describe la cara más cruenta de la guerra: «Aquí se fusila como se tala árboles... y los hombres ya no se respetan unos a otros», titula L’Intransigeant del día 19 de agosto en su portada. Es la «España ensangrentada», el absurdo de la muerte. A un buen lector de Saint-Exupéry no se le escapará la imagen con la que se cierra el breve fragmento de la primera página: «Yo pensaba en esos desgraciados monos que se ponen a bailar frente a la boa, en un desesperado intento de enternecerla». El cronista se sumerge en la guerra e incluso intercede por varios prisioneros y logra salvar la vida, junto a un socialista francés, de un fraile (al que los propios anarquistas felicitan por haber sobrevivido y por su liberación), pero su mirada es irremisiblemente fría y distante y regresa a la soledad de su avión y a las alturas. En España, reflexiona, hay comités que se adjudican el derecho a depurar a cualquiera y luego cambian de criterio; en España hay un general que al frente de sus marroquíes condena a muchedumbres con la conciencia tranquila del profeta que aplasta un cisma... «Por lo que a mí respecta, me gustaría comprender a los hombres». Su avión se pierde de vuelta en el horizonte.

Inesperadamente, el ejército de África giró hacia Toledo para auxiliar a los sitiados en el Alcázar. Es una de las decisiones más polémicas de Franco, que consolidó su liderazgo entre los generales rebeldes, pero a costa de dar tiempo a la capital para reforzar su defensa. A Franco, al mando de la tropa militarmente más competente sobre la Península, le interesaba una guerra abierta y larga más que a nadie. Cuando Kindelán le advirtió de que aquella operación podría costarle Madrid, le contestó: «En toda guerra, y más en las civiles, los factores espirituales cuentan de modo extraordinario». El 23 de septiembre, el general Varela partió hacia Toledo con la intención de atacar la ciudad desde el norte.

Al comienzo de la contienda, como en otros lugares en los que había sido aplastada la rebelión, un reducido grupo de partidarios del levantamiento se había atrincherado en una fortificación militar, en este caso la Academia de Infantería. Muy pocos eran cadetes, en contra de lo que se dijo luego, pues la mayoría estaban de vacaciones, pero se les unió un numeroso contingente de guardias civiles procedente de los pueblos de alrededor. En total, algo más de mil hombres, con unas quinientas mujeres y niños y algunos rehenes de izquierda, al mando del coronel Moscardó, comandante militar de la plaza. El sitio del Alcázar comenzó enseguida y el Gobierno republicano, ante una resistencia que duraba ya dos meses, cometió la torpeza de convocar a los corresponsales extranjeros para que asistieran en directo al asalto final. Hugh Thomas asegura que Henry Buckley y Lord St. Oswald le confirmaron personalmente que estuvieron allí. Podemos añadir a Louis Delaprée y a Mijail Koltsov. Se evacuó a la población civil de la ciudad y se colocaron minas en las torres, que provocaron una tremenda explosión y convirtieron buena parte del fortín en un montón de escombros, pero los sitiados resistieron. Visiblemente alterado acudió a Toledo el presidente del Gobierno, Largo Caballero, que insistió en que el Alcázar tenía que caer antes de veinticuatro horas.

Las tropas nacionales, mientras tanto, ya se dirigían hacia allí. El 26 de septiembre Varela cortó las comunicaciones de Toledo con Madrid, y a la mañana siguiente los defensores pudieron vislumbrar en las colinas del norte a los soldados del ejército liberador. Algunos milicianos les hicieron frente con coraje, pero la mayoría se retiró hacia Aranjuez. La represión, de nuevo, fue colosal, y se volvió a hablar de ríos de sangre por las calles. Conquistada la plaza, Moscardó se cuadró ante Varela y pronunció su frase para la historia, repetida al día siguiente ante Franco y numerosos periodistas: «Sin novedad en el Alcázar».

Uno de esos periodistas era Harold G. Cardozo (1888-1961), corresponsal del Daily Mail de Londres y autor de una obra imprescindible para entender la evolución del ejército de África: The March of a Nation (Nueva York, 1937). Tocado con boina negra y un gran gabán, como posa en las fotografías de su libro, Cardozo había sido uno de los primeros corresponsales acreditados con Franco, y no creemos pecar de exagerados si añadimos que de los más entusiastas. Estuvo en todos los puntos candentes: Badajoz, Toledo, Madrid, Guernica... y mantenía relaciones cordiales con Varela y con Mola. La prensa británica, como la opinión política y pública del país, se hallaba dividida ante el conflicto. Había periódicos que defendían abiertamente la causa republicana, como News Chronicle y Manchester Guardian, y otros que intentaban mantener la neutralidad, caso de The Times y The Daily Telegraph; a favor de los nacionales estaban The Observer y, sobre todo, Daily Mail, introductor del periodismo popular en el Reino Unido y propiedad de lord Rothermere, que había apoyado a los fascistas de Mosley. Cardozo, para algunos autores pronacionales «el mejor corresponsal extranjero en la guerra de España» (Crónica del a Guerra Civil española, tomo II, Buenos Aires, 1966), escribió una reportaje en el que justificaba la actuación de los legionarios en Badajoz, aunque reconocía que «mataron todo lo que se les puso por delante». En sus crónicas narra con enorme viveza el avance de los soldados, con los que comparte penurias y sacrificios. En su libro refiere las dificultades para el desempeño de su trabajo (en alguna ocasión tuvo que mandar el mismo despacho por dos rutas distintas para asegurar su llegada a Londres) y evoca a otros dos corresponsales que le acompañaron esos días y junto a los que contó al mundo la gesta del Alcázar: H. R. Knickerbocker, que escribía para el grupo de periódicos de Hearst (muy proclive a Franco), y Reynolds Packard, de la agencia United Press.

El Daily Mail publicó el 30 de septiembre con un gran titular «La primera historia completa del sitio», y añadía: «De labios de los heroicos defensores». El corresponsal narra el emotivo episodio de la conversación telefónica entre Moscardó y su hijo, prisionero de los republicanos. Las autoridades «rojas» amenazaron con matarle si no se rendía la plaza. «Te ordeno, en nombre de Dios, que grites ¡Viva España! y ¡Viva Cristo Rey! y que mueras como un héroe. Tu padre nunca se rendirá”, dijo el coronel. «Se entendió que el muchacho había sido ejecutado casi inmediatamente», añade, cauto, Cardozo. El periodista sigue el relato que le ofrece un teniente de artillería, cuya poblada barba oscura y ojos hundidos daban testimonio de las diez semanas de lucha y tensión. Sacrificaron para alimentarse 124 caballos y mulas, carecían de luz eléctrica, y durante el sitio nacieron dos niños. Otros muchos detalles va desgranando el periodista en su apasionado relato, que incluye la completa relación de los proyectiles y bombas que soportó el Alcázar. La crónica salió en coche con un correo directamente hasta Hendaya y desde allí fue trasmitida por teléfono a Londres.

Los sucesos del Alcázar, como un mes antes los de Badajoz, alcanzaron una extraordinaria repercusión mundial, con la diferencia de que en este caso los militares rebeldes sabían perfectamente lo que buscaban. Reseñar siquiera la infinidad de publicaciones que niegan o defienden, completan o matizan desde entonces estas primeras recreaciones de los hechos, desbordaría los límites y las pretensiones de estas líneas. Baste mencionar el libro de Herbert L. Matthews, corresponsal deThe New York Times que pronto aparecerá en nuestro relato, en el que discute la existencia misma de la famosa conversación, aunque posteriormente rectificó. Hoy nadie duda que tuviera lugar, aunque el fusilamiento del hijo de Moscardó se produjo un mes después y no como consecuencia directa del chantaje. Nadie duda tampoco que la defensa fue verdaderamente heroica. El Alcázar se convirtió en el símbolo del levantamiento militar, a Moscardó se le comparó con Isaac y Guzmán el Bueno, y Cardozo se consagró como corresponsal. En su libro de memorias Mi siglo (Madrid, 1999), Günter Grass recuerda que de niño, en Danzig, jugaba en el recreo a defender el Alcázar de Toledo, que los rojos atacaban inútilmente. Uno hacía de Moscardó, otro de su hijo y a Grass le tocaba el papel de comisario rojo. Todo terminaba con la victoria de los nacionales y el famoso «Sin novedad en el Alcázar».

Franco, por su parte, fue elegido Jefe del Gobierno del Estado poco después, y desde entonces nadie puso en cuestión su autoridad. En una entrevista concedida con motivo del Día de la Raza (fue publicada el 12 de octubre) a La Nación, de Buenos Aires, la primera después de su nombramiento, el militar se refiere a la «epopeya» y asegura que el Alcázar «ha sentado los cimientos morales de nuestro futuro imperio». La entrevista la firma Javier E. Yndart [Indart] (1890-1966), un perito mercantil irunés con gran vocación de periodista que colaboró en numerosas revistas y periódicos, entre ellos varios diarios extranjeros, como The Daily Telegraph.

Con Franco entró también en la fortaleza toledana un cronista elegante, minucioso, un auténtico estilista al que los militares rebeldes, conscientes de su fama de primera pluma periodística, habían puesto un coche a su disposición con una bandera portuguesa. En el tercero de sus viajes por la España en guerra, Artur Portela (1901-1959), corresponsal del Diário de Lisboa,fue el primero en llegar a Talavera y el único que pudo relatar la conquista, sin ocultar la dureza empleada por el ejército de África. Su estilo, que desata al llegar al Alcázar, recuerda los cuadros de pintura romántica que evocan el patriotismo y el sacrificio como valores supremos. No sólo los vivos, afirma, defendieron la plaza, también los muertos, «las sombras vetustas de las tradiciones»; no en vano la espada de Carlos V «quedó intacta». El niño nacido durante el asedio «comió el pan mojado con el agua lustral del heroísmo» e incluso las mujeres empuñaron los fusiles de los moribundos. La prosa de Portela podía resultar vetusta incluso a los lectores de la época, acostumbrados ya al relato periodístico, pero no lo era para los militares que se levantaron el 18 de julio, encantados con el tono de los reportajes. En Larache, varias unidades militares desfilaron ante Portela. En su cuarto viaje —recogió sus peripecias en el volumen Nas Trincheiras de Espanha (Lisboa, 1937)— asiste al avance sobre Madrid: Getafe en llamas (Geoffrey Cox tendrá esta misma visión desde el lado republicano), Cuatro Vientos minado de bombas, fuego artillero en Alcorcón y por fin la Casa de Campo, donde el cronista posa tranquilo a pesar de que la foto «está tirada bajo un terrible bombardeo y en medio del crepitar enervante de las ametralladoras». Hemos seleccionado la crónica de la llegada de Portela al derruido Cerro de los Ángeles, donde los republicanos fusilaron al «Corazón de Jesús» en una de esas acciones absurdas, crueles e inútiles tan comunes de la Guerra Civil española.

Del otro lado, la relativa calma en la que había vivido la capital desde el asalto al cuartel de la Montaña en el mes de julio se rompió en octubre con el sonido perceptible de la artillería rebelde y los bombardeos de los Junkers alemanes. El Gobierno había intentado infructuosamente conseguir armas y apoyos, pero las potencias democráticas se habían decantado hacia la no intervención. Sólo contaba con la ayuda, entusiasta aunque testimonial, de México, y la colaboración de los rusos, tema polémico, polarizado y en buena parte desconocido hasta la apertura de los archivos de la URSS en los últimos años. Por diferentes razones, Stalin tardó en decidirse (en contra del apoyo inmediato a Franco de Hitler y Mussolini) y cuando lo hizo fue con cuentagotas para evitar una súbita ventaja republicana que los alemanes habrían interpretado como una provocación. A pesar de las dudas y de que la primera ayuda militar no entra en combate hasta el mes de octubre, los soviéticos fueron conscientes enseguida de que estaba en juego algo más que un cambio de Gobierno y de que España podía ser, según la famosa consigna comunista, «la tumba del fascismo». Muy pronto, el 8 de agosto, llegó Mijail Koltsov, al que siguieron los cineastas Roman Karmen y Boris Makaseev. Tres semanas más tarde se proyectaban en Moscú imágenes sobre la guerra española y se leían las crónicas en los periódicos.

Mijail Koltsov (1898-1942) era mucho más que un periodista. Enrolado a los veinte años en el Ejército Rojo, viajó por Asia y Europa y se especializó en grandes reportajes internacionales, que publicaba en Pravda, órgano oficial de los comunistas soviéticos, al que estuvo ligado toda su vida profesional. Fundó publicaciones y dirigió la famosa revista satírica Krokodil. En 1931 estuvo en Madrid entrevistándose con Azaña, ante el que intercedió en favor del partido comunista de España. Koltsov era, además de periodista, un agitador político y, según se dijo, «los ojos de Stalin», al que informaba directamente. Su intervención en la guerra trasciende el papel del corresponsal, aunque ni mucho menos lo anula, ya que era un reportero hondo e incisivo al que seguían miles de lectores. «La España que nos presenta no es un cliché, y uno se pregunta si existen, aun en países no totalitarios, muchos trabajos como éste, que den una impresión tan real de las cosas», escribe Aldo Garosci (Los intelectuales y la guerra de España, Madrid, 1981).

Koltsov analizó las causas de la pérdida de Badajoz, empuñó las armas en uno de los intentos fallidos de la toma del Alcázar, escribió tratados de táctica militar, intervino tal vez decisivamente en los sucesos de Paracuellos y representó a la URSS en el II Congreso de Escritores de Valencia, organizado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas. Arturo Barea, en La forja de un rebelde, lo pinta como un hombre joven, de facciones enérgicas, gafas de concha y pelo castaño que acusa, colérico, de sabotaje a los que habían permitido que se filtraran noticias cuando el Gobierno salió hacia Valencia. En noviembre de 1937, después de quince intensos meses en España, volvió a su país. Con sus características gafas redondas, pequeño, nervioso, ágil de cuerpo y mente, inspiró a Hemingway el personaje de Karpov en Por quién doblan las campanas. «Un periodista soviético ha de ser partícipe en la historia sobre la que escribe», aseguró en Diario de la guerra española, cuyo primer volumen se publicó en 1938. No tuvo ocasión de ver publicada su obra íntegra. En 1942, tras su misterioso paso por Checoslovaquia, desapareció en una de las purgas de Stalin.

Tras la salida del Gobierno a Valencia a comienzos de noviembre, los corresponsales extranjeros destacados en Madrid estaban convencidos de que la entrada de Franco en la capital era inminente. Edward H. Knoblaugh (Corresponsal en España, Madrid, 1967) recordó que cruzaron apuestas sobre cuándo se produciría y dieciocho de los diecinueve presentes sostuvieron que en el plazo máximo de cinco semanas. Sólo uno de ellos, Jan Yindrich, de United Press, dijo que no entrarían «nunca», aunque matizó luego que no había pretendido más que animar la conversación. A diferencia del grupo posterior, que se estableció en el Hotel Florida, los periodistas tenían entonces su base de operaciones en el Hotel Gran Vía, justo enfrente del edificio de la Telefónica. «El restaurante del Hotel Gran Vía y otro restaurante vasco cercano a la Puerta del Sol surtía a los aviadores extranjeros, a los comisarios políticos y a los corresponsales», rememora Knoblaugh, director de la agencia Associated Press en Madrid: «Además de esto, los corresponsales extranjeros teníamos almacenadas grandes cantidades de víveres enlatados a los que podíamos recurrir en caso de total asedio». Entre los periodistas se encontraba Geoffrey Cox (1910), un joven reportero que había llegado la última semana de octubre para sustituir a su compañero Denis Weaver, hecho prisionero en zona nacional y a punto de ser fusilado. «El servicio de noticias sin rival del News Chronicledesde España no se verá perjudicado por esta desgracia. Otro corresponsal ya está en camino hacia Madrid», informaba el periódico el 27 de octubre. Setenta años después, en febrero de 2006, mantuvimos una interesantísima charla con él en su retiro de Gloucestershire (oeste de Inglaterra) en la que ofreció un relato vivo e intenso de los informadores en España. A ella remitimos para recrear estas jornadas; aquí vamos sólo a presentar sus crónicas, siguiendo sobre todo a Martin Minchom (edición e introducción a La defensa de Madrid, de Geoffrey Cox; Madrid, 2005), que nos allanó, además, el camino para llegar al último de los grandes corresponsales extranjeros de la Guerra Civil española.

Geoffrey Cox llegó, por tanto, para cubrir la caída de Madrid, aunque antes, en París, se había encontrado con Jay Allen y le había sorprendido diciéndole que la capital resistiría. Con un fotógrafo alemán exiliado que le acompañaba, casi pierde la vida en su primera visita al frente el 30 de octubre. Su aspecto era impecable y los milicianos le confundieron con un enemigo y le llevaron ante Líster, que reaccionó con una carcajada y les ofreció una cerveza. Madrid era una ciudad sumida en la tensa calma que precede a las catástrofes. Cox, en sus primeras crónicas, explica que se levantaban barricadas y que enseguida comenzaron los bombardeos. Iniciadas las hostilidades, la visita al frente de Getafe, el 4 de noviembre, era uno de los recuerdos imborrables de su vida profesional, rememoró setenta años después. En la crónica publicada en el News Chronicleel 7 de noviembre, afirma que la situación es «sumamente crítica». El punto álgido fue la salida del Gobierno en pleno hacia Valencia. Cox llama a su periódico y pregunta si se va también o se queda. Hay que tener en cuenta que el Chronicle era el periódico británico que más claramente se decantaba hacia la causa republicana y la entrada de los militares rebeldes le habría causado, cuanto menos, enormes incomodidades si no unos meses de cárcel. Pero su redactor jefe le dijo que se quedara porque allí estaba la noticia.

Es entonces cuando Cox asiste de verdad a la guerra, que observa desde la torre de la Telefónica y otros lugares estratégicos junto a su amigo inseparable Henry Buckley (corresponsal de The Daily Telegraph), y cuando se produce la noticia que da la vuelta al mundo: Madrid resiste. Sus crónicas, reelaboradas luego en su libro Defence of Madrid (Londres, 1937), son un relato palpitante de aquellos días heroicos. «Franco todavía no está en Madrid», titula el Chronicle el 11 de noviembre. Registra las primeras intervenciones de las Brigadas Internacionales, la llegada de columnas anarquistas, el regreso de Largo Caballero, los combates en el Clínico... Escritas al hilo de los acontecimientos, muestran claramente que, en contra de algunas interpretaciones posteriores, Franco hizo lo posible por entrar en Madrid y utilizó todos los medios a su alcance. Entre ellos, los gases y las bombas incendiarias alemanas. Martin Minchom, a partir de una información de Cox publicada el 3 de diciembre en la que se habla de que cinco miembros de las Brigadas Internacionales estaban hospitalizados por la inhalación de gases, recaba información de este aspecto poco conocido y concluye que es posible que se utilizasen gases, aunque posiblemente de forma ocasional y experimental, dado sobre todo el trazado zigzagueante y urbano del frente. El 5 de diciembre, en la crónica que hemos elegido, denuncia el uso de bombas incendiarias de fabricación alemana en Madrid y destaca el papel en la defensa del general Kléber, al que más adelante aludiremos, además de referir algunas acciones de elementos de la Quinta Columna (ya era de uso el término). Su estilo es conciso, pues Cox siempre quiso distanciarse de los periodistas que se colocaban por delante de sus informaciones, y su relato, ágil y pródigo en datos. El periódico de este día parece consagrar su gran trabajo publicando su fotografía. Había llegado un mes antes como solución de urgencia y regresó unos meses después a Londres convertido en uno de los mejores corresponsales de la guerra de España.

El polaco Ksawery Pruszyński (1907-1950) también fue testigo excepcional de la resistencia de Madrid. Entró a España por Barcelona y después de recorrer Valencia y Almería se trasladó a la capital para alojarse, cómo no, en el Hotel Gran Vía.Wiadomosci Literackie (‘Noticias Literarias’) era una revista fundada en 1924 por un judío asimilado que la derecha consideraba demasiado progresista y cosmopolita. En los años treinta fue la primera publicación polaca en ofrecer reportajes de carácter social y político, y por sus páginas pasaron los mejores escritores de la época: un espacio de libertad inusitado en una Europa central dominada por las dictaduras. Las crónicas de Pruszyński son equilibradas, objetivas, ligeramente moralistas pero muy pendientes siempre del lado humano de la noticia.

Arturo Barea explica la organización del trabajo en el edificio de la Telefónica: «Los periodistas tenían su propia sala de trabajo en el piso cuarto, escribían sus informaciones en duplicado y las sometían al censor. Una copia se devolvía al corresponsal, sellada y visada, y la otra se mandaba a la sala de conferencias, con el ordenanza. Cuando se establecía la comunicación telefónica con París o Londres, el corresponsal leía en alta voz su despacho, mientras otro censor sentado a su lado escuchaba y, a la vez, a través de micrófonos, oía la conversación accidental que pudiera cruzarse. Un conmutador le permitía cortar instantáneamente la conferencia». Las condiciones de trabajo de Pruszyński fueron especialmente difíciles. Una nota de su revista da cuenta de que las crónicas están llegando de forma intermitente y desordenada y de que el censor en lengua polaca se había ido con el Gobierno a Valencia, por lo que el enviado especial había tenido que enviar su último despacho en francés. En la crónica que reproducimos describe inmejorablemente el ambiente de los periodistas: el edificio de la Telefónica, las colas para llamar a París y a Londres y, sobre todo, el método para recabar información sobre el bombardeo al palacio del duque de Alba. «España siempre fascinó a la gente de mi generación. Desde los comienzos de la Guerra Civil, que fue el prefacio de la gran tragedia de toda Europa. El escritor polaco Ksawery Pruszyński escribió entonces un excelente libro en el que dio constancia de ese dramático conflicto que son las razones repartidas entre dos bandos», anotó el escritor, periodista y fundador de Solidaridad Adam Michnik en referencia a Wczerwonej Hiszpanii (En la España roja), publicado en 1939, donde Pruszyński recoge su trabajo como corresponsal en España.

La intervención de las Brigadas Internacionales —a cuya entrada en combate alude Cox y se referirá Pruszyński en su siguiente crónica— es posiblemente el episodio que más expectación levantó en la prensa de todo el mundo y el que dio definitivamente a la guerra de España su dimensión universal. No sólo por el reportaje, casi obligado, que todos los corresponsales hicieron de sus compatriotas brigadistas, sino por la intensidad del drama de muchos jóvenes extranjeros que dejaron su vida en la contienda. Barea, el mejor cronista del «otro lado» de los corresponsales durante estos días, se refiere al ofrecimiento que le hizo el escritor alemán Gustav Regler para llevar a los periodistas al cuartel general de las Brigadas y hacer que Kléber los recibiera. Aquello llenaría las primeras planas: «Habíamos echado a rodar la bola». Hay una inmensa bibliografía del tema, que sigue creciendo cada día, así como asociaciones de veteranos, encuentros anuales en campos de batalla, páginas web para reunir a antiguos combatientes o para rendirles homenaje... De las muchas crónicas que se escribieron sobre las Brigadas Internacionales (Barea señala las de Delmer, del Daily Express, y Delaprée, del Paris-soir), hay una que alcanzó enorme repercusión, escrita, además, por uno de los grandes corresponsales en España.

Herbert L. Matthews (1900-1977), corresponsal de The New York Times, llegó a Madrid a primeros de diciembre. «Era el lugar donde había que estar», escribió en Two Wars and More to Come (Nueva York, 1938): «Se había convertido en el centro del universo, aunque en aquel momento no era consciente de ello. Lo que sí sabía es que la gran noticia era Madrid». Neoyorquino, «larguirucho» (como lo definió Martha Gellhorn) y graduado en la Universidad de Columbia, Matthews había ascendido uno a uno todos los escalones del Times hasta terminar en Abisinia en 1935, como tantos otros enviados especiales a España. Con el trabajo de Matthews, el diario norteamericano sienta las bases de la mejor cobertura de la Guerra Civil en la prensa internacional: informaciones propias, directas y contrastadas (en la medida de lo posible) y, sobre todo, un corresponsal en cada zona y en cada lugar en el que se producía la noticia. «La importancia que dio The New York Times a la Guerra Civil española reflejó la intensa preocupación mundial que produjo la contienda», escribe Gabriel Jackson en La Guerra Civil española. Antología de los principales cronistas de guerra americanos en España (Barcelona, 1984), que recoge una selección de artículos del diario neoyorquino.

Matthews no era un profesional que se conformara con los comunicados oficiales, sino que se implicaba a fondo en su trabajo. En una de sus crónicas da cuenta de la presión de Franco sobre varios puntos con el objetivo de cortar la carretera entre la capital y Valencia. Hay rumores en las semanas posteriores de que la comunicación había sido finalmente interrumpida, por lo que el corresponsal —con Irving Pflaum, de la agencia United Press— se sube a un taxi, viaja hasta Valencia, comprueba que el camino sigue expedito y envía a su periódico información de primera mano. En las últimas fases de la batalla del Ebro, cansado de la estabilidad del frente, cruza el río en una barcaza con Hemingway y Buckley para entrevistar a Líster. Barea recuerda que en una ocasión, junto a la crónica, Matthews le alargó una cuenta que quería pasar a su editor que incluía gastos por el tratamiento de los sabañones. Para demostrarle que aquello no era una clave, le mostró las úlceras de los dedos y señaló «un sabañón púrpura descaradamente instalado en la punta de su nariz melancólica». No era cómoda la vida de los corresponsales.

El 3 de enero de 1937, The New York Times Magazine publica un amplio reportaje profusamente ilustrado que lleva por título «Combatientes autónomos de Madrid»: «Hoy se está librando en suelo español una guerra entre guerras», comienza Matthews, y cita las guerras contra el fascismo, las civiles en Alemania e Italia, las del proletariado en todos los lugares... En España «se ha puesto en marcha algo que va a dejar una huella profunda en las próximas generaciones. En la actualidad no se puede cometer un error mayor que considerar esta lucha como un simple conflicto localizado». Para comprender lo que está pasando, un buen camino es considerar a los hombres «que han venido de los cuatro rincones de la tierra a luchar por sus ideales» Comienza con Emil Kléber, comunista austriaco de vida novelesca cuyo arrojo, astucia e inteligencia habían salvado a Madrid del fascismo. Es ésta una de las principales mitificaciones del famoso general, en realidad un judío húngaro oficial del ejército bolchevique (la propaganda se ocupó de camuflar la presencia soviética en las Brigadas Internacionales) que terminó siendo ejecutado por Stalin en una purga. La entrada en combate de la XI Brigada Internacional tuvo un poderoso efecto en la población de Madrid y Kléber, a su mando, fue convertido en héroe, ensalzado por Rafael Alberti (que le dedicó una oda) y canonizado por Matthews, pero el reverso de la fama llegó pronto, y pasó al ostracismo e incluso dio nombre al «kleberismo» (que denominaba la actitud de los que se apropiaban de la gloria en detrimento de los españoles). El reportaje contiene también el perfil de otros brigadistas: el italiano Picciardi, el escritor alemán Gustav Regler; el sobrino de Churchill, Esmond Romilly, y el francés André Malraux. A todos les une que odian el fascismo. Esta crónica, afirma Varela Gomes (Guerra de Espanha, Lisboa, 1987), «hizo más por la gloria del legendario cuerpo de los voluntarios internacionales que sus propios méritos en combate».

Incansable, melancólico, quejándose de sus neuralgias, su figura desgarbada se hizo habitual en los escenarios de la guerra junto a Hemingway, al que a menudo orientaba en las informaciones (hay rasgos suyos en Robert Jordan, protagonista de Por quién doblan las campanas). Matthews personifica, además, el debate del periodista entre objetividad y compromiso tan característico de la guerra española. Consideraba «una estupidez absoluta» la pretensión de algunos corresponsales de estar libres de prejuicios y añadía que el lector puede exigir que se le proporcionen todos los datos en torno a un hecho, pero no que el redactor esté de acuerdo con él. Barea, que le oyó discutir con su diario y amenazar con dimitir si se matizaban sus referencias a la intervención italiana, asegura que triunfó en el enfrentamiento. «Los buenos periodistas», decía, «deben escribir con el corazón y con el cerebro» (The Education of a Correspondent, Nueva York, 1946). Después de España se fue a Roma y luego dirigió la oficina en Londres de The New York Times. Precisamente su compromiso —escribió algunos libros casi propagandísticos (The Yoke and the rrows, Nueva York, 1957), fue amigo de Fidel Castro— y los nuevos tiempos le fueron apartando de la primera línea del periodismo norteamericano de la que sin duda era merecedor.

Muchos corresponsales extranjeros en la Guerra Civil han reflexionado de una u otra forma sobre los límites de su trabajo. Con frecuencia se refieren a la censura de los dos bandos: intermitente, desordenada y en ocasiones fácil de burlar, en el caso republicano; más sólida en su planteamiento y compensada además con la posibilidad de confirmar sobre el terreno victoria tras victoria, en el nacional. Pero lo más frecuente es que las restricciones, advertencias y consignas fueran impuestas por las propias redacciones, como acabamos de comprobar con Matthews y veremos enseguida en Guernica. Para todos estaba en juego mucho más que un cambio político en España. Si Matthews representa al profesional comprometido, el francés Louis Delaprée (1902-1936) es el mejor ejemplo del corresponsal que lucha contra los límites que quiere imponer el periódico.

Con una tirada de 1 700000 ejemplares, Paris-soir era entonces el diario de mayor difusión de Francia, muy por encima deL’Intransigeant, que alcanzaba sólo los 200 000. Enviado por Paris-soir y uno de los primeros en llegar a España había sido Bertrand de Jouvenal, miembro de unas de las mejores familias de Francia, al que perseguía la leyenda de que había sido introducido en los secretos del amor cuando apenas era un adolescente por Colette, segunda mujer de su padre (y autora del detallado relato de los hechos). Luego él introdujo en los secretos del amor a una jovencita norteamericana ingenua e idealista que recaló en París y está a punto de llegar a España, Martha Gellhorn, y habría sido el padre de su hijo si ésta no hubiera decidido volver a Estados Unidos y abortar. Martha, de la que al parecer estaba enamorado Matthews, acabó en la cama de Hemingway, pero sin que John Dos Passos lo supiera porque era muy amigo de la todavía mujer de éste, aunque una noche de bombardeo parece que se descubrió el pastel delante de otro testigo, Antoine de Saint-Exupéry, que había llegado a la guerra de España por segunda vez, enviado en esta ocasión por Paris-soir, el mismo periódico que contrató a Bertrand de Jouvenal al comienzo de las hostilidades...

Pero volvamos al periodismo antes de que los enredos de la tribu nos lleven demasiado lejos. Al tiempo que Jouvenal y dentro de la gran cobertura de Paris-soir (hasta 35 enviados especiales enumera François Fontaine: La Guerre d’Espagne, París, 2003) llegó Louis Delaprée. Arturo Barea, que hizo amistad con él, le describe como un hombre de una gran cultura, aficionado a la literatura, de cara pálida y con una bufanda rojiza al cuello. Cox añade a su aspecto un sombrero de fieltro gris y le recuerda exaltado, intentando convencer a todos de que su periódico no era fascista y que sólo intentaba dar noticias exactas. «Odio la política, como usted sabe, pero soy un hombre liberal y un humanista», dijo a Barea. Fue testigo del sitio del Alcázar y uno de los primeros en escribir el reportaje sobre Kléber y las Brigadas Internacionales. Contrató a la austriaca Ilsa Kulcsar, futura mujer de Barea, hasta que esta pasó a trabajar en la censura española. No cabe duda de que era un gran periodista, bien informado y minucioso en su trabajo, muy impresionado siempre por el horror de la guerra. En una de sus crónicas afirma que hasta el 19 de noviembre, en las tres semanas que Madrid llevaba siendo objeto de intensos bombardeos, habían muerto 2000 civiles, y añade: «¡Oh, vieja Europa, siempre tan ocupada con tus pequeños juegos y tus graves intrigas! ¡Dios quiera que toda esta sangre no te ahogue!». En nuestra antología recogemos la última crónica de Delaprée —no de las enviadas sino de las publicadas por su periódico—, en la que se refiere a los ataques y contraataques de la Ciudad Universitaria y contiene un patético llamamiento a la evacuación de la población civil.

En la mañana del 8 de diciembre, el avión en el que volvía a París fue abatido —por fuego republicano­— y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en Pastrana. Delaprée resultó herido y murió al cabo de unos días. Su cuerpo fue trasladado a París, donde el Gobierno francés le concedió la legión de honor y organizó un solemne entierro. Poco después L’Humanité dio a conocer un mensaje que había escrito antes de salir de Madrid (gracias a la copia con la que se quedaba la censura española) y que transcribe Cox en su libro: «Ustedes no han publicado la mitad de mis artículos. Tienen derecho, pero me imaginaba que, por amistad, me habrían ahorrado un trabajo inútil. Durante tres semanas me he levantado a las cinco de la mañana para darles noticias para sus primeras ediciones. Me han hecho trabajar para la papelera. Gracias. Cojo un avión el domingo salvo que encuentre el sino de Guy de Traversay, lo que sería una buena cosa, ¿no es verdad?, así tendrían ustedes también su propio mártir. Mientras tanto no enviaré nada más. No merece la pena. La masacre de cientos de niños españoles es menos interesante que un suspiro de Mrs. Simpson» (divorciada norteamericana por la que Eduardo VIII, rey de Inglaterra, renunció al trono). Un año después de su muerte se editó El martirio de Madrid, en el que se recogen las crónicas que publicó en Paris-soir, las que no pasaron la censura y las partes, bastante numerosas, que el periódico tachó. Martin Minchom afirma que se suprimieron referencias a aspectos militares, como la confusión entre gubernamentales y rebeldes en la Ciudad Universitaria, la mención a la falta de recursos para evacuar a mujeres, niños y ancianos, y, en ocasiones, se retrasó la publicación de las crónicas, con la consiguiente pérdida de actualidad.

En su último mensaje, Delaprée se refiere a de Traversay, un reportero de L’Intransigeant que murió en Mallorca y al que su periódico derechista convirtió en un mártir. Por su parte, el partido comunista francés convirtió en héroe a Delaprée. La fotógrafa alemana Gerda Taro falleció aplastada por un tanque en la batalla de Brunete y su compañero Robert Capa le rindió homenaje en una célebre fotografía. Veremos más adelante que tres periodistas que iban con Kim Philby encontraron la muerte cerca de Teruel. No es fácil saber el número de corresponsales muertos en España. Edward Knoblaugh habla de «unos doce de distintas nacionalidades», pero es muy posible que fueran más. En ocasiones la frontera entre el informador y el soldado es difusa. José Mario Armero (España fue noticia, Madrid, 1976) se refiere a Mathieu Corman, corresponsal belga que cubrió el avance sobre Teruel con una granada en la mano izquierda y una pistola en la derecha. Ludwig Renn, Louis Fischer y John Cornford, descendiente de Charles Darwin, también dejaron la pluma por la espada. En Estados Unidos, el caso más célebre y comentado en la prensa fue el de Jim Lardner, que llegó como corresponsal del Herald Tribune pero se enroló en las Brigadas Internacionales poco después. Hemingway y Matthews no pudieron convencerle de que desistiera de su idea. Desapareció en combate y al cabo de varias semanas identificaron su cadáver por la acreditación de periodista. La carta en la que explica a su madre los motivos de su alistamiento, fechada en Barcelona en mayo de 1938, es sobrecogedora.

Milagrosamente salvó la vida Arthur Koestler (1905-1983), comunista húngaro que se había infiltrado en la España nacional como corresponsal de prensa. Fue descubierto al llegar a Sevilla, pero logró huir a Gibraltar y Luis Bolín, jefe de Prensa de Franco que le había facilitado una entrevista con Queipo de Llano, juró matarle personalmente. Después de no pocas peripecias, Koestler apareció en Málaga en enero de 1937 y allí fue testigo de la rendición de la ciudad y de la terrible represión. «Un hombre estaba corriendo escaleras arriba como un conejo», escribe Bolín (España. Los años vitales, Madrid, 1967): «Le di el alto. Cuando se volvió hacia mí reconocí a Arthur Koestler, el periodista que había desaparecido de Sevilla el verano anterior después de presentarse a nosotros como enviado especial del News Chronicle, diario izquierdista de Londres. De los dos, el más sorprendido puede que fuese yo, el más asustado él, y no sin razón, porque le estaba apuntando con una pistola del nueve largo». No apretó el gatillo, sin embargo, y aunque fue condenado a muerte, tres meses después Koestler fue canjeado por la esposa de un capitán detenida en el bando republicano, gracias a las presiones de la prensa anglosajona. En una nota publicada el 15 de febrero de 1937, News Chronicle informa de que Koestler ha sido indultado y agradece la solidaridad de todos los compañeros de la profesión. La experiencia mística que el corresponsal vivió en la prisión malagueña le inspiró una de las obras fundamentales escritas en la Guerra Civil, Spanish Testament.

Los lunes eran día de mercado en Guernica, una pequeña población a diez kilómetros del mar considerada como la patria de las libertades vascas. Ante su famoso roble, los reyes castellanos o sus representantes juraban respetar los fueros vascos. La mañana del lunes 26 de abril acudieron a la plaza de Guernica agricultores y ganaderos de la región, a pesar de que el frente se encontraba sólo a una treintena de kilómetros. El general Mola había iniciado un mes antes la campaña definitiva para la conquista del País Vasco con la siguiente amenaza: «Si no hay una rendición inmediata, arrasaré toda Vizcaya, empezando por las industrias de guerra. Tengo medios para hacerlo». A las cuatro y media de la tarde, el repicar de las campanas anunció que se acercaban aviones. Ya había habido alguna incursión aérea, pero Guernica no había sufrido nunca un bombardeo. Los Heinkel 111 de la Legión Cóndor bombardearon intensamente la ciudad y luego se dedicaron a ametrallar a la población que huía despavorida, sin tiempo de llegar a los refugios. Verdaderas oleadas de aviones aparecían cada veinte minutos, dejando caer bombas de 500 kilos; después, nuevas incursiones soltaban bombas incendiarias. Hubo más de 1600 víctimas, entre muertos y heridos, y la ciudad quedó derruida, aunque el roble permaneció intacto.

Dos periodistas viajaban aquella tarde hacia Guernica: George L. Steer (1909-1944), corresponsal de The Times, y Christopher Holme, de la agencia británica Reuter. Detuvieron su coche y vieron con claridad a los aviones alemanes, que arrojaron bombas sobre ellos y también intentaron ametrallarles durante unos quince minutos. Lograron regresar a Bilbao. Cuando cesó el bombardeo volvieron a Guernica con otros reporteros: Nöel Monks, del Daily Express, y Mathieu Corman, deCe Soir. No había muchos más informadores en la zona porque el País Vasco había quedado aislado del resto del territorio de la República, y su misión era cubrir el bloqueo marítimo de Bilbao, que había sido violado por la armada británica. Monks publicó en su periódico el 28 de abril que no había visto nada más horrible que aquella ciudad en llamas y Steer trazó un relato exacto, contenido y riguroso de la mayor atrocidad de la Guerra Civil española: «Por su ejecución y el grado de destrucción perpetrado, el bombardeo de Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar».

Curiosamente, en los dos primeros días nadie puso en duda esta versión, pero la indignación fue creciendo de tal modo en el mundo y las imágenes eran tan atroces, que los militares rebeldes optaron por desmentir el bombardeo y llevaron allí a un grupo de periodistas para explicarles que la destrucción principal había sido debida a los incendiarios vascos. El embajador alemán en Londres, Von Ribbentrop, exigió una rectificación y amenazó casi con la guerra. The Times había hecho todo lo posible por minimizar las crónicas: su valoración y titulación contrasta con la misma información del mismo corresponsal y el mismo día publicada en Nueva York. Incluso en un editorial del 5 de mayo llegó a afirmar que era posible que parte de la destrucción hubiera sido obra de incendiarios, aunque no se podía negar que habían caído bombas. «Sin duda les ha molestado la primera crónica de Steer sobre Guernica», anotó el entonces director de la edición londinense, Geoffrey Dawson, «pero la veracidad de los hechos no ha sido desmentida y nosotros no hemos intentado recalcar ni remachar el tema».

El régimen de Franco negó siempre el bombardeo de Guernica a pesar de las pruebas abrumadoras. En su libro The Tree of Guernika (Londres, 1938), Steer afirma: «La destrucción de Guernica no fue sólo un espectáculo horrible para los que la presenciamos, fue además el objeto de la más gigantesca y absurda mentira que jamás escucharon oídos cristianos desde que Ananías fue conducido con los pies por delante a un horno ardiente». Pablo Picasso, que había recibido el encargo de pintar un mural para el pabellón español de la feria mundial de París, hizo universal el horror de Guernica con la obra que comenzó a pintar cuando leyó la noticia. Sudafricano de nacimiento y alumno de Winchester, Steer había cubierto para The Times la guerra de Abisinia, de donde fue expulsado por los italianos (Evelyn Waugh en Scoop [Merienda de negros], traza un divertido relato de estas peripecias). El periódico le prestó poca ayuda en la intensa polvareda que se levantó en todo el mundo a propósito de Guernica. Poco a poco dejó de escribir y se enroló en el ejército británico. Murió combatiendo contra los japoneses, en 1944, cuando contaba sólo 35 años de edad. A su muerte, el diario londinense publicó una breve necrológica en la que no se mencionaba Guernica, la gran noticia de la guerra que Steer se empeñó en contar al mundo. Decía escuetamente: «Fue nombrado corresponsal especial de The Times en España cuando hizo furor la Guerra Civil». La crónica se estudia en las escuelas de periodismo.

«Me resulta difícil describir ahora España en aquella lejana primavera», escribió en sus memorias Ilya Ehrenburg (1891-1967), «pasé en ella no más de dos semanas, y luego la vi durante dos años ensangrentada, martirizada, vi pesadillas de guerra que no soñó ni Goya». La mirada de Ehrenburg es siempre trascendente y sus crónicas son un grito desgarrado que escarba en la desolación en busca de la esperanza. Después de que la guerra mostrara su verdadera faz en Guernica, Ehrenburg entra en España, visita ciudades y frentes, vuelve a París y regresa al poco tiempo para asistir al II Congreso de Escritores de Valencia, celebrado en julio de 1937, en el que participaron o al que se adhirieron autores como André Malraux, Alexei Tolstoi, Tristan Tzara, Stephen Spender, Ernest Hemingway, Mijail Koltsov, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Rafael Alberti, Antonio Machado, Miguel Hernández, José Bergamín, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y un largo etcétera. Conocía bien España, había escrito sobre la dictadura de Primo de Rivera y sobre la revolución de Asturias. Le interesaban la cultura, Goya y Cervantes, y estudió español para leer los versos del Arcipreste de Hita. El periódico Izvestia le mandó a la guerra, y sus crónicas, recogidas en el volumen Corresponsal en España (Barcelona, 1998), son un ejemplo de percepción profunda del drama que se desarrolla ante sus ojos. Regresó en varias ocasiones, buscando siempre el testimonio directo, la reflexión capaz de explicar por qué pasan las cosas. A diferencia de su compatriota Koltsov, Ehrenburg no era un hombre de acción, sino un literato que en sus crónicas bebe con los campesinos, denuncia el uso de rehenes en el Alcázar, discute con Durruti, canta La Internacional y se entusiasma con los brigadistas: «Algún día, uno de los héroes supervivientes escribirá, con lágrimas en los ojos, un libro deslumbrante sobre el coraje y la fraternidad. Será la historia de las Brigadas Internacionales. Escribo estas líneas sentado en un camión. He olvidado lo que es una mesa, un tintero». Tuvo más suerte que el corresponsal de Pravda y se salvó, no sin problemas, de las purgas estalinistas. En su crónica «Primavera en España» observa la vulnerabilidad de las casas de Madrid, expuestas a las miradas de los curiosos, sin paredes, al borde del derrumbe. A pesar de todo, la ciudad se ve sorprendida por la irrupción de la primavera. Junto a los cañones, cantan los pájaros: es la época de su amor fugaz. Una criatura ha nacido mientras retumban los cañones y aúllan las sirenas. «Jamás hubiese creído que había tantos héroes en el mundo», escribe Ehrenburg.

La primavera de 1937, en Barcelona, se tiñó de sangre. A finales de abril estalló la tensión tanto tiempo acumulada entre comunistas y anarquistas y se sucedieron una serie de incidentes que desembocaron en una guerra dentro de la guerra. En el centro de la ciudad la lucha se intensificó en los primeros días de mayo, sobre todo en torno al edificio de la Telefónica de la plaza de Cataluña, que controlaban los anarquistas. Lo que sucedió esos días marcó la trayectoria literaria y humana de un joven escritor que había llegado a la ciudad condal el día después de Navidad de 1936.

Eric Blair, que utilizaba el seudónimo literario de George Orwell (1903-1950), se sintió asqueado y culpabilizado por la política colonial británica después de cinco años de servicio en Birmania y regresó a Europa con la firme convicción de convertirse en escritor y denunciar la explotación y la injusticia, siguiendo la estela de los reportajes sociales de Jack London. Anduvo por París y Londres disfrazado de vagabundo, husmeó en las minas inglesas para denunciar las condiciones de vida de los trabajadores hasta que se apuntó a la guerra de España, donde acudió con la idea de escribir artículos para los periódicos. Aunque su intención primera fue engrosar las filas comunistas, terminó alistándose en el POUM y estuvo en el frente de Aragón entre enero y abril de 1937. Regresó a Barcelona con un permiso para encontrarse con su mujer, cuando empezaban los enfrentamientos callejeros. Todavía Orwell no es consciente, pero se ha abierto una brecha entre dos concepciones de la revolución. Diez días después una bala perdida le atraviesa el cuello y le deja una cuerda vocal inutilizada. Ramón Fernández Jurado, su compañero de habitación en el hospital, dirá que era «un tipo antipático». Mientras tanto, Andreu Nin, líder del POUM, es secuestrado —será asesinado poco después en Madrid—, el partido declarado ilegal y sus líderes encarcelados. Orwell, con su esposa y otros dos ingleses, logra salir de Barcelona.

Su libro Homenaje a Cataluña, publicado en 1938, forma parte de la memoria de la guerra de España y es una rotunda y valiente denuncia del estalinismo y de los regímenes totalitarios, un sentimiento que cristalizará en obras posteriores comoRebelión en la granja y 1984. Pero antes Orwell escribió un artículo para la revista New English Weekly en dos entregas: «Spilling the Spanish Beans», el germen de lo que será el Homenaje..., que estaba entonces redactando. El autor muestra en este artículo su sentimiento de fraternidad con las víctimas de la represión comunista y critica la deformación de los acontecimientos que ofrecen los periódicos de izquierdas. Señala también el carácter contrarrevolucionario del comunismo español y la contradicción en la que éste cae al unirse a los capitalistas para combatir el fascismo mientras reprime a los revolucionarios. Orwell denuncia a la prensa, pero desde la prensa, y seguirá vinculado a ella toda su vida con sus trabajos para la BBC y como director literario del Herald Tribune.

Para llegar a España, Martha Gellhorn (1908-1998) tuvo que dejarse la piel. Tras no poca insistencia, había conseguido una carta que la identificaba como enviada especial de la revista Collier’s, una publicación inspirada en el New Deal de Roosevelt que, bajo la dirección de Bill Chenery, había cosechado en poco tiempo un resonante éxito, al que no era ajeno su impecable factura. La revista le proporcionó la carta, pero Martha, para pagarse el pasaje, aceptó la bien remunerada propuesta deVogue y escribió un reportaje sobre «los problemas de belleza en la mediana edad». Aunque estaba lejos aún de la mediana edad —tenía sólo 27 años— no tuvo inconveniente en experimentar en carne propia el milagroso tratamiento que exfoliaba la primera capa de piel y descubría otras «más frescas». Años después, confesó a una amiga que aquel mejunje le arruinó la piel, pero le condujo a España. No era, desde luego, mujer que se arredrada fácilmente: «Estudié un mapa, cogí un tren, me bajé en la estación más cercana a la frontera hispano-andorrana, recorrí la escasa distancia que mediaba entre los dos países y subí a otro tren de viejos vagones fríos y pequeños llenos de soldados de la República española que volvían a Barcelona después de un permiso».

Hija del único ginecólogo de Saint Louis y de una luchadora por los derechos civiles, Martha recibió una formación progresista y liberal, estudió literatura inglesa y se fue a vivir a París con la «generación perdida» hasta que cayó en los brazos del primer hombre de su vida, Bertrand de Jouvenal. Gran amiga de Eleanor Roosevelt, formaba parte del entorno gubernamental decidido a sacar al país de la crisis cuando, a finales de 1936, conoció al segundo hombre de su vida, Ernest Hemingway, acodado en el bar Sloppy Joe’s de Cayo Oeste. Hemingway —Hem, para los amigos— comentó que las piernas de aquella chica arrancaban de sus hombros, y ella le habló de compromiso y de la guerra de España. Cuando Martha planteó la posibilidad de ir juntos, el «glorioso ídolo», como le definió, le repuso que no era posible, pero tal negativa no varió un ápice sus planes.

Martha Gellhorn describe Barcelona como una ciudad «luminosa y alegre» abarrotada de milicianos con toda clase de uniformes y armas en la que no se paga por nada y todos parecen hermanos: «A los muchos que no han experimentado esta sensación, siquiera un instante, puedo decirles que es lo más maravilloso que puede suceder». Deja a los dos días Barcelona —cuyo sueño anarquista está a punto de quebrarse— y en Valencia encuentra a Sidney Franklin, un rubio torero norteamericano protegido de Hemingway y secretario de todos —«un alegre estúpido» le bautizaron las víboras de la prensa— que había ido a por provisiones. Viaja con él a Madrid, a donde llega el 27 de marzo de 1937. Encuentra una ciudad fría, enorme, envuelta en la más absoluta oscuridad y por la que se avanza con cuidado atendiendo a los ruidos que encogen el corazón. En el Hotel Florida están los muchachos, los «extranjeros de la prensa», entre los que se adelanta Hem: «Sabía que vendrías». Según Caroline Moorehead, biógrafa de la Gellhorn (Martha Gellhorn, Barcelona, 2004), a los pocos días, en la habitación 109, entre el rumor de los bombardeos y el trajín de la multitud que pululaba por el hotel, consumaron su relación. Después de la guerra Martha se convirtió en su tercera mujer y en la coprotagonista (con otro nombre) de La quinta columna,la única pieza teatral de Hemingway, en la que recrea la vida del mítico hotel de la Plaza de Callao, hoy ocupado por unos grandes almacenes de nombre inglés.

Entre putas, humo y comisarios políticos que entran y salen, el Hotel Florida era un hervidero de periodistas y visitantes extranjeros, de voces y pasiones desatadas donde podía encontrase casi de todo menos información fidedigna. En la habitación de Sefton Delmer (gran amigo de Barea), corresponsal del Daily Express que parecía «un obispo inglés», se bebíawhisky y cerveza a cualquier hora con la Quinta Sinfonía de Beethoven de fondo. Soldados, poetas, aventureros de todas las razas y nacionalidades se dejan caer por el único lugar de Madrid, según se dice, donde es posible darse una ducha con agua caliente. El actor Errol Flynn hace una aparición espectacular por el hotel en busca de publicidad. Saint-Exupéry reparte pomelos. Hemingway monta en cólera porque han desaparecido de su armario dos botes de mermelada. Matthews quiere mudarse a un lugar más tranquilo, aunque hay quien dice que se va porque Martha, que le daba masajes en la cabeza, no le hace caso. El alemán Gustav Regler y otros jefes de las Brigadas Internacionales cuentan la evolución de las operaciones a quien quiere escucharles. De allí a la Telefónica y a los bares que, como Chicote, siguen abiertos y servirán de escenario a los grandes escritores que acudieron a la llamada de España.

Martha es autora de un libro sobre la Depresión de cierto éxito y de algunos artículos, pero no se considera corresponsal de guerra. Sostiene que no sabe nada de operaciones militares ni de lo que en realidad está pasando y que sólo si fuera testigo de algo extraordinario tendría tema para escribir un artículo. Fue Hemingway —al que Martha, después de una tormentosa separación, se refiere sólo como «un amigo periodista»— quien intenta convencerla: «A quién podría interesarle, pregunté yo; no era más que la vida cotidiana. Él me hizo ver que aquella no era la vida cotidiana de todo el mundo» (The Face of War, Londres, 1959). Se decidió: «Envié a Collier’s mi primer artículo sobre Madrid, sin esperar que lo publicaran; pero yo tenía aquella carta, y conocía la dirección de la revista. Collier’s aceptó mi artículo, y después del siguiente puso mi nombre junto al del resto de la plantilla. Me enteré por casualidad. Si estaba en plantilla, no había duda de que yo era corresponsal de guerra. Y así empezó todo» .

Su primera crónica, «Only the Shells Whine» («Sólo gimen los obuses»), publicada el 17 de julio de 1937, ya muestra sus extraordinarias dotes de periodista. La descripción del sonido de los obuses cayendo, la interminable espera, la apariencia de normalidad que intenta alcanzar una ciudad sitiada, el café que vuelve a abrir después de que por la mañana murieran tres hombres... Refugiarse no conduce a nada, y los limpiabotas esperan clientes en la plaza Mayor. El portero resiste en la zona de Madrid más castigada porque espera para sus hijos una vida mejor; el hospital se improvisa en el Hotel Palace; a Chicote, tan lleno como siempre, se accede por una calle que es tierra de nadie. Martha Gellhorn lleva al lector de la mano por una ciudad sin pánico, sin histeria, sin odio, resignada a su destino fatal. Había captado la guerra y ya no dejaría de contarla. Desde entonces, no hubo escenario bélico al que no acudiera. Estuvo en China a comienzos de los años cuarenta y entró en Dachau con las tropas aliadas; cubrió tanto el conflicto árabe-israelí como el del Vietnam. Con 81 años viajó a Panamá para ver lo que ocurría con las tropas estadounidenses. Vicente Molina Foix contó en un artículo que conoció en Madrid a una Martha Gellhorn de 82 años «humorística, aguda, hermosa en su ancianidad». Cenaron con Juan Benet y Javier Marías y, al terminar, quiso seguir la velada y propuso ir a tomar una copa. Cuando oyó el nombre de Chicote preguntó: «Is it still there?». Cerraron el bar a las tres de la madrugada.

Por aquellos días, en un Hispano-Suizo y procedente de Valencia, llegó también al Florida John Dos Passos (1896-1970), uno de los escritores norteamericanos del momento, portada de Time a comienzos de agosto de 1936, para envidia de Hemingway. No venía como corresponsal de guerra sino para localizar los exteriores de la película documental Spanish Earth(Tierra española), una iniciativa que había puesto en marcha junto a Lillian Hellman y Hemingway, entre otros, con la intención de influir en el presidente Roosevelt y en la opinión pública estadounidense en favor de la República. La película iba a ser dirigida por el comunista holandés Joris Ivens, y enseguida habían surgido discrepancias entre los dos guionistas, ya que Hemingway quería mostrar la evolución militar de las campañas mientras Dos Passos se decantaba por reflejar la vida cotidiana. La vieja amistad entre ambos terminó de quebrarse en España y el detonante fue el llamado «caso Robles», del que se ha ocupado en un libro reciente Ignacio Martínez de Pisón (Enterrar a los muertos, Barcelona, 2005). Traductor deManhattan Transfer al español y amigo de Dos Passos desde hacía veinte años, José Robles desapareció sin dejar rastro después de ser detenido por los servicios secretos soviéticos. Al comienzo de la guerra se había puesto incondicionalmente al servicio de la República, y trabajaba como traductor en el Ministerio de la Guerra y en la embajada de la URSS en Valencia. Una inoportuna y tal vez involuntaria indiscreción, o simplemente una represalia ejemplar hacia quien no comulgaba con los comunistas, le costaron la vida, ante el silencio general o las medias palabras con las que se topó Dos Passos cuando se interesó por su suerte. Josephine Herbst fue testigo del enfrentamiento a mediados de abril entre Hemingway y Dos Passos a propósito de Robles. Para el primero, un caso aislado, incluso la vida de un hombre, no podía hacer tambalear la causa de la República; el segundo, horrorizado por los métodos comunistas y la connivencia general ante semejante crimen, salió de Madrid a los pocos días y ni siquiera figura en los títulos de crédito de la película de Ivens.

Pero Dos Passos escribe y reflexiona paseando por Madrid y su crónica, publicada en Esquire unos meses después, es una certera recreación de la ciudad sitiada, del sinsentido de la guerra. Se despierta con el cuello tenso y con el estruendo de las bombas, entre los periodistas que comparten pomelos e intentan hacer café. Recorre las calles de la ciudad que conoció años antes y evoca el edificio de la Telefónica, tan neoyorquino, el destruido cuartel de la Montaña, la extraña mirada de don Quijote y Sancho en la plaza de España, la librería que permanece abierta, la puerta acristalada que, abierta, se vuelca al frente... Visita trincheras, habla con soldados y se fija en el rostro de los brigadistas. Alude a la visita esa noche de «un grupo de pelucones parlamentarios británicos» (una delegación de damas británicas, encabezada por la duquesa de Atholl), al que atiende un agotado Arturo Barea. Se han comido todo lo que había y los corresponsales norteamericanos, hartos de whisky,protestan. Vuelve al hotel: «Al desvestirme en mi tranquilo y limpio cuarto con luz eléctrica, agua caliente y baño, yo no podía menos que sentir una especie de temor reverente ante la gente de esta ciudad». Una noche, posiblemente la del 17 de abril de 1937, cayó un obús y entre la polvareda, los cascotes y las prostitutas que gritan y corren por los pasillos, se cruzaron en el hall tres corresponsales irrepetibles: Antoine de Saint-Exupéry, con una impecable bata de satén azul; John Dos Passos, con batín corto de cuadros escoceses, y Martha Gellhorn, que se había echado el abrigo encima del pijama y salía de la habitación de Hemingway.

Hay una fotografía, tomada el 14 de julio de 1936, que muestra a los comensales de la cena de amistad anglo-alemana ofrecida en honor de la hija del káiser, la duquesa de Brunswick. Entre las personalidades británicas que, en mesas presididas por esvásticas, manifestaron su solidaridad con la causa nazi, se puede atisbar, al fondo, la cabeza de un joven que permanece atento. Harold Kim Philby (1912-1988) completaba así una apariencia de evolución política que supuestamente le habría llevado de los planteamientos comunistas de su juventud hasta el fascismo en versión británica. Estaba en el lugar oportuno en el momento preciso y cuatro días más tarde estalló la guerra de España. Philby trabajaba entonces en la Review of Reviews resumiendo artículos de manera anodina y aprendiendo a la vez el oficio. Comenzó a colaborar en la revista de la Sociedad Anglo-Germana hasta que, en febrero de 1937, llegó a la España de Franco, en la que permaneció hasta el final de la guerra. No traía más que una indefinida conexión con The Times, al que envió una serie de artículos, consiguiendo que le publicaran alguno de ellos. En mayo de 1937 sustituyó al corresponsal hasta entonces, James Holburn, y regresó unos días a Londres para recibir instrucciones. Philby sabía que, desde la Primera Guerra Mundial, una corresponsalía del Times en el extranjero era el mejor camino para conseguir su objetivo: ingresar en las filas del servicio secreto británico. Ni sus más íntimos allegados sospechaban que, mientras tanto, era un activo agente del espionaje soviético.

El tórrido verano de 1937, después de la batalla de Brunete, se centra por parte de los sublevados en la ofensiva sobre Santander. Tras la desaparición de Mola en accidente de aviación y estacionado el frente en Madrid, Franco avanza hasta conquistar por completo en octubre toda la zona norte. En Salamanca, cuartel general del Generalísimo, Philby es un corresponsal ejemplar, que jamás dio un problema a Pablo Merry del Val, encargado de informar y atender a los corresponsales extranjeros, ni a Luis Bolín, que le describió como «un chico muy decente, cuyas informaciones inspiraban confianza por ser siempre objetivas». Para terminar su camuflaje ideológico y tal vez animar las veladas de la pacata España nacional, Philby mantuvo una relación amorosa con lady Frances, ardiente monárquica y mediocre actriz a la que hizo creer que compartía sus opiniones.

Cuando se desencadenó la ofensiva final sobre Santander, el corresponsal mandó una información que ilustra la inclinación nacionalista de todos sus trabajos. Aséptica, descriptiva, muy documentada, pero descansando sutilmente sobre la abrumadora superioridad armamentística de los atacantes y su eficacia, la crónica, publicada el 26 de agosto y fechada dos días antes, estaba llamada a despertar el interés internacional ya que describía el avance de tres divisiones italianas. Afirma, por ejemplo, que los «observadores rusos estaban impresionados por la actuación de los tanques italianos Fiat-Ansaldos». El día 26 anota que el entusiasmo de la población ante la entrada de los nacionales en la ciudad era «inequívocamente verdadero». The Times publicó encantado estas notas de su enviado especial, que atemperaban la marejada de sonoras protestas del Eje desencadenadas por la crónica de Steer sobre Guernica. Los compañeros de Philby en España recordaron que no paraba de hacer preguntas sobre el número de regimientos, divisiones y soldados. Alguien le vio en contacto con miembros del servicio secreto británico, por lo que es más que probable que se hubiera convertido ya en agente al servicio de su majestad británica. Un funcionario de prensa español, que hacía en el bando nacional lo que Barea en el republicano, se extrañó de que no recurriera a las habituales artimañas para intentar obtener información o pasarla: pensó que era porque se trataba de un caballero, del representante de The Times.

Philby siguió el avance de Franco hasta que, a finales de año, la caravana de coches con periodistas que había partido de Zaragoza con destino a la batalla de Teruel paró en un pueblo llamado Caudé. Salieron todos a estirar las piernas, pero volvieron pronto al interior del vehículo por el intenso frío. La bomba arrojada por un cañón ruso —precisamente— impactó de lleno en el coche. Bradish Johnson, fotógrafo de Newsweek, se desplomó sin vida con la espalda agujereada y otro norteamericano, Ed Neil, de la Associated Press, logró salir con la pierna rota por dos sitios, pero murió un par de días después por la gangrena. Dick Sheepshanks, de la agencia Reuter, que charlaba en ese momento con Philby, fue alcanzado en la cabeza, perdió el sentido y falleció a las pocas horas. El único que se libró de la muerte y no sufrió más que cortes en la cabeza y la muñeca fue el corresponsal de The Times. La prensa internacional publicó las fotos del coche impactado y de Philby herido. El 3 de marzo de 1938, en Burgos, Franco personalmente prendió la Cruz Roja del Mérito Militar en el pecho del más famoso espía comunista del siglo XX.

Las memorias de Philby, publicadas cuando ya había pasado al otro lado del telón de acero y muy tamizadas por la censura soviética de entonces, no se refieren a este episodio, pero sí a otro que no nos resistimos a reseñar. Un fin de semana anterior a la toma de Santander, aburrido por la inactividad del frente, decidió ir a Sevilla, para escribir sobre los discursos radiofónicos de Queipo de Llano que apasionaban a los ingleses. De allí se trasladó a Córdoba para asistir a una corrida de toros. Le aseguraron que no hacía falta pase alguno, pero una pareja de desconfiados guardias civiles le despertó de la habitación del hotel en el que se alojaba, le pidió que recogiera sus pertenencias y que les acompañara a comisaría sin quitarle ojo de encima. Hacía falta un pase que no tenía y le registraron minuciosamente el equipaje. En un bolsillo interior de los pantalones escondía un papelito con las instrucciones para el uso del código del servicio secreto ruso. En un instante, arrojando con fuerza la billetera para desviar la atención de sus vigilantes, hizo una bolita con el papel y se lo tragó. Philby concluye diciendo que pasó muchos peligros en su vida de espía, pero que en las operaciones arriesgadas se calculan todos los riesgos: «Son los incidentes como el que acabo de describir, los que le exponen a uno a un peligro mortal» (Mi guerra silenciosa, Barcelona, 1969). Lo que no consiguieron ni el espionaje ni el contraespionaje británico y norteamericano, estuvo a punto de lograrlo la Guardia Civil de Córdoba en aquellos heroicos días de la guerra.

Nada heroica, sin embargo, es la imagen que ofrece de Philby otro corresponsal que coincidió con él en Salamanca y luego en la cobertura de Santander. «Una mañana llamó a mi puerta un periodista inglés que me pareció que se encontraba ya en estado avanzado de embriaguez», escribe Indro Montanelli (1909-2001) en Memorias de un periodista (Barcelona, 2003). Philby le dijo que le habían echado de su habitación porque no pagaba y que en España el whisky era muy caro. Se acomodó en la habitación de Montanelli y se dedicó a «saquear» no sólo su información sino también sus pertenencias. Hasta que un día desapareció «aquel borrachín gandul, y lo lamenté porque en el fondo me caía simpático». Veinticinco años después, cuando se pasó a la URSS, reconoció su foto en los periódicos. Le envió sus saludos y Philby le contestó con una caja de caviar y una nota que decía: «Gracias por todo, incluidos los calcetines». Montanelli afirma que Philby trabajaba para The Daily Telegraph, lo que puede ser cierto, y no un error como se ha dicho, porque al principio el inglés envió crónicas a varios periódicos hasta que consiguió hacerse un hueco en The Times, y además no hay que olvidar que hizo fortuna aparentando lo que no era.

Indro Montanelli fue contratado por Il Messaggero gracias al éxito que había obtenido con la publicación de sus experiencias como voluntario en la aventura italiana en Eritrea. Enseguida sospecha que la guerra de España en manos de la propaganda de Roma habría de convertirse «en una charlotada». Franco les contenía, pero los mandos italianos exigían un papel protagonista para sus legionarios. Tanto las reflexiones recogidas en las memorias como las crónicas son, por tanto, necesariamente distantes y satíricas, adoptando un punto de vista crítico y escéptico. La guerra en Soncillo, un pueblo cercano a Vitoria, no es más que «una existencia suspendida entre la vida y la muerte, típicamente española». Un guardia civil le invita a presenciar el fusilamiento de dos milicianos. Hacía un frío intenso y el guardia dice a los condenados: «Dichosos vosotros que no habéis de hacer el viaje de vuelta». Llega a Brunete un día después de terminar los combates: «Veinte mil hombres, entre rojos y azules, habían quedado pudriéndose en el campo de batalla». En Salamanca tiene ocasión de conocer a Franco, de quien dice que no era un guerrero sino «un hombre de gabinete metódico y sin nervios», y, en los días de la guerra, «conversador y campechano». En San Juan de Luz coincide con Hemingway, que «no quiso entender cómo era el comunismo», al que acompañaba una «hermosísima» Martha Gellhorn, «una roja endemoniada que se convirtió en su tercera esposa».

La crónica más conocida de Montanelli es la referida a la conquista de Santander. El reportero había estado en el frente y sabía que la ciudad estaba cercada y que se rindió finalmente sin presentar batalla. Mandó una crónica en la que hablaba de un avance de veinte kilómetros sin disparar un tiro. «Un largo paseo y un solo enemigo: el calor», publicó Il Messaggero el 19 de agosto: «Un avance que no se produjo a fuerza de fuego, sino de agua». Contradecía al resto de las informaciones triunfalistas en las que los periodistas italianos hablaban de un combate heroico a vida o muerte y de que la derrota de Guadalajara había sido vengada. Montanelli fue repatriado inmediatamente, le retiraron el carné del partido fascista y le expulsaron del colegio de periodistas. Cuando amenazaron con juzgarle, se defendió: «Desafío a mis acusadores a que mencionen el nombre y lugar de nacimiento de alguien muerto en aquella batalla. Porque en una batalla debe haber por lo menos un muerto». No llegaron a procesarle, pero fue confinado en el Instituto de Cultura de Tallín (Estonia). Montanelli terminó así su relación con el partido fascista e ingresó en una oposición activa en la que se mantuvo durante su larga vida de periodista.

Ese mismo mes de agosto de 1937, marcado por la tan aireada conquista de Santander, llega a España, procedente del Congreso Internacional de Escritores de París, un personaje singular. Poeta, dramaturgo y novelista, Langston Hughes (1902-1967) había inspirado toda su obra en el barrio neoyorquino de Harlem y en la lucha de sus compatriotas afroamericanos por sus derechos. Hablaba español, y el diario The Afro American de Baltimore le ofreció un contrato para que contase su visión del conflicto. Pasó por Barcelona y Valencia y se instaló con su amigo Nicolás Guillén en una lujosa mansión madrileña de la calle Marqués del Duero n.º 7, sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Hughes apenas visitó los frentes durante los seis meses que estuvo en la capital y se relacionó poco con la tribu que recalaba en el Hotel Florida. Le interesaba más lo que ocurría en un bar cercano a la Puerta del Sol: «En el mostrador pusieron jarras de cerveza. Ese iba a ser el zumo del desayuno, ¿pero dónde estaba la parte sólida?... Colocaron sobre la barra unas bandejas sobre las que cayeron las manos de los clientes; yo hice lo mismo y cogí un puñado de pequeños objetos, duros, calientes y grises, ¡mi primer desayuno fueron caracoles hervidos!». Su producción poética fue muy intensa: «Barcelona: ataque aéreo», «Luz de luna en Valencia: Guerra Civil», «Carta desde España a Alabama», «Canción de España» y «Madrid»; tradujo a Lorca y se relacionó con Alberti, Altolaguirre y Miguel Hernández. «Durante los meses que estuve en España», recordó, «traté a más escritores blancos que en cualquier otro periodo de mi vida». En un mismo café y bajo las bombas, podía coincidir con Hemingway, Dos Passos, Lillian Hellman, Stephen Spender y W. H. Auden.

La serie de reportajes para el The Afro American comienza con su llegada, junto a Nicolás Guillén, a Barcelona bajo un bombardeo aéreo. Al día siguiente, en las Ramblas, se encuentran con un hombre joven de color, un puertorriqueño de Harlem que trabaja como intérprete y les conduce a un club en el que se mezclan los cubanos negros y blancos, también con negros portugueses. Lo que resulta impensable en Estados Unidos, es posible aquí: «En España, como pude ver en el baile durante la tarde, no hay barrera de color y las chicas catalanas se mezclan alegremente con sus invitados negros». En su segunda crónica, publicada el 30 de octubre, expone que quiere escribir no sólo de los afroamericanos de las Brigadas Internacionales, sino también de los moros que luchan con Franco y son víctimas de la opresión en el Norte de África. Casi un centenar de médicos y enfermeras de color trabajan en España, entre ellos Salaria Kee, de Harlem. El cronista habla de la solidaridad de los negros con la República, desde Denver y Salt ­Lake City hasta los bailes benéficos de Josephine Baker en París. Los moros, por su parte, ocupan los lugares ofensivos más arriesgados y en muchas ocasiones han sido engañados para combatir a cambio de grandes sueldos. Sus crónicas, que continuó publicando hasta finales de enero de 1938, son a veces amables e incluso humorísticas, pero no duda, cuando tiene que hacerlo, en expresar con rotundidad sus ideas: «Denle a Franco un capirote y se hará miembro del Ku-Klux-Klan».

Otra mirada original es la de Virginia Cowles (1910-1983), una redactora que trabajaba para la sensacionalista prensa de Hearst hasta que un día decidió que la guerra de España era su oportunidad. «No tenía más cualificación de corresponsal que la curiosidad», anotó. Su planteamiento debía ser distinto, y lo fue. Cubrió el conflicto repartiendo el tiempo que estuvo en España entre los dos bandos; el libro en el que recoge sus experiencias, Looking for Trouble (Londres, 1941), se ha ido afianzando como una de las fuentes directas más citadas para la reconstrucción de la vida cotidiana en ambas zonas. Su paso por el Hotel Florida y el Madrid sitiado de 1937, con sus joyas y sus zapatos de tacón, a buen seguro fue impactante. Era alta, atractiva y muy aficionada a ir de compras. Junto a su amiga Martha Gellhorn descubre unos soberbios zorros plateados que ambas se mueren por tener. Con Delmer entra en una sastrería especializada en capas de lujo y pregunta al encargado qué tal va el negocio. «Son tiempos difíciles ¡Quedan tan pocos caballeros en Madrid!», responde. Lo que más le llama la atención es que los dependientes vuelvan a abrir los portones de las tiendas protegidos por sacos terreros después de cada bombardeo. Cuando llega a la España nacional, Virginia Cowles se da cuenta de que nadie quiere saber lo que de verdad pasa en Madrid y se rechaza todo lo que no se ajusta a los prejuicios generalizados. No se amontonan los cadáveres de los muertos en las cunetas hasta que se pudren ni se alimenta a los animales del zoo con prisioneros de derechas. Sus desmentidos caen en saco roto. Pablo Merry del Val, jefe de prensa de Franco, admirando la pulsera de oro que llevaba puesta, le dijo con una sonrisa: «Espero que no la llevara usted en Madrid». Al responderle que, en efecto, la llevaba, Merry del Val se sintió profundamente ofendido y nunca más volvió a dirigirle la palabra.

Pero detrás de las apariencias brotó una auténtica corresponsal de guerra. A diferencia de Martha Gellhorn, cuyas crónicas intentan suspender en el tiempo una palabra, un olor, una sensación, Virginia Cowles prefiere la discusión, el análisis, el artículo redondo en el que se recogen todos los puntos de vista. Ambas firmarán juntas Love Goes to Press, una comedia de enredo en tres actos con trasfondo de corresponsales, estrenada en Broadway con escaso éxito en 1947, pero que desgraciadamente no transcurre en España, sino en Italia. Cuando Virginia llega a Guernica con los nacionales, no se conforma con la versión oficial y pregunta a un viejo que removía cascotes. Le habla de muchos aviones italianos y alemanes. Luego, en el Estado Mayor, obtiene esta declaración (de obligada mención en cualquier análisis de los hechos) de un alto oficial: «La bombardeamos y la bombardeamos y la bombardeamos, y bueno ¿por qué no?”. Una nota de The NewYork Timesdel 9 de enero de 1938 dice que Cowles ha dejado España después de cinco meses en la guerra, tiempo que dividió entre los dos territorios. En marzo vuelve, enviada por el diario neoyorquino, y cubre los bombardeos sobre Barcelona. El 10 de abril,The New York Times Magazine publica el impecable reportaje que reproducimos en el que demuestra todo su conocimiento sobre lo que está ocurriendo en España. Con la misma naturalidad de siempre, Virginia Cowles regresó a su país y se dedicó a escribir best-sellers sobre los zares, el káiser, los Rothschild y los duques de Marlborough. Como si hubiera ido a Madrid a probarse un abrigo de zorros plateados.

La tercera de nuestras miradas de este apartado es también rabiosamente intensa y personal. Es de otra mujer, la sueca Barbro Alving (1909-1987), que firmaba «Bang» y escribía para Dagens Nyheter. Llegó a comienzos de diciembre de 1936 y pasó por Barcelona, Alicante y Albacete. En esta última ciudad se detiene para escribir una crónica, publicada el 9 de diciembre, sobre las Brigadas Internacionales, pero elige el lugar en el que se forman y de donde saldrán a luchar en la guerra. Hay un motorista de Manchester que está casado y su esposa piensa que está en una concentración de motos en Londres, y una francesa que ha estado ya en tres frentes y ha sido herida. No encuentra suecos ni noruegos por allí, sólo algunos daneses. La guerra se habría perdido de no ser por las Brigadas, que en Albacete entierran a sus muertos con un emocionado cortejo funerario. Se dice que han dado la vuelta a la situación en el frente. Bang sólo puede añadir una palabra: «¡Venceremos!». Llega a Madrid atravesando un camino lleno de restos de coches y en la radio sólo oye jazz porque no se soporta el silencio. Visita la embajada sueca, registra que todavía quedan cinco familias suecas en la capital, y recorre las calles, donde ve la destrucción y la muerte.

Bang escribe en forma de diario, con frases cortas y reflexiones profundas y propias mediante las que trata de conmover a sus lectores. A pesar de la derrota y la desolación, la periodista sueca cree en la transformación de la sociedad. Sobre todo en su segunda serie de reportajes, escritos a finales de 1937, se sumerge en escenarios que no frecuentan los corresponsales. Como la nueva universidad popular de Valencia, que ha sido abierta porque el fuego de la guerra no apaga la sed de formación. A su regreso de España, Barbro Alving decidió tener un hijo soltera y vivió con su compañera, Loyse, una experiencia precursora en el desarrollo de los derechos de los homosexuales. Fue sólo una de sus batallas, pues también militó activamente desde su trinchera periodística contra el belicismo y las armas nucleares.

Y por fin Ernest Hemingway (1899-1961). Ha ido apareciendo de forma intermitente a lo largo de este relato: su relación con la guerra de España merecería un catálogo aparte. En noviembre de 1936, el director general de la NANA, que reunía a sesenta grandes periódicos, le ofreció un contrato para cubrir el conflicto: 500 dólares el despacho (diez veces más de lo que cobraban los más afortunados). Hemingway se lo tomó con calma y tuvo tiempo para pescar, beber y admirar las piernas de Martha Gellhorn antes de hacer las maletas. Era ya una figura indiscutible del panorama literario de su país y no necesitaba un reconocimiento periodístico sino que buscaba nuevos y sugerentes temas para su obra, así como ejercer su militancia política. Antes de trasladarse a Europa realizó sonoras declaraciones sobre la necesidad de ayudar a la causa republicana, aunque era contrario a la entrada de Estados Unidos en una guerra europea. Pauline Pfeiffer, su mujer, intentó oponerse al viaje porque ya conocía a Martha y suponía que iba a ocurrir exactamente lo que ocurrió. Hemingway estuvo en España durante un par de meses en marzo y abril de 1937, como corresponsal de guerra y como guionista de Spanish Earth, proyecto al que ya hemos hecho referencia. Vuelve a Estados Unidos para el montaje y lanzamiento de la película, regresa en agosto y permanece en España hasta la batalla de Teruel. Durante 1938 todavía realizará un par de visitas más cortas. Su primera serie de crónicas, sobre la derrota italiana en Guadalajara y la defensa de Madrid, le llevaron a asegurar que Franco nunca tomaría la capital. Entonces llegó Martha Gellhorn y el Hotel Florida se animó aún más. Según Anthony Burgess (Hemingway, Barcelona, 1995) «se lo estaba pasando en grande». Era asiduo a las fiestas a base de caviar y vodka del cuartel general ruso, en el Hotel Gaylord de la calle Alfonso XI y raro el día que no pasaba por Chicote, donde transcurre alguno de sus relatos (La denuncia). Enviaba sus despachos con regularidad a la NANA y era habitual el sonido de la máquina de escribir de la habitación 109, en la esquina trasera de la tercera planta del Florida, que se mezclaba con el olor de los guisos del torero Franklin. Al comienzo de La quinta columna se menciona un cartel en la puerta de la 109: «Gente trabajando. Se ruega no molestar». 

Hemingway era considerado como el principal corresponsal extranjero en España y en calidad de tal disponía de un coche cuando quisiera sin restricción de gasolina, lo que causaba la envidia de más de uno, como Nöel Monks, que le llamó grosero y prepotente. La reportera Josephine Herbst, que también pululaba por el Florida, comentó el derroche que rodeaba a Hemingway y criticó los pantalones Sak’s de la Quinta Avenida y el pañuelo verde que usaba la Gellhorn. Habitualmente con Matthews y Delmer (y ahora con Martha) y conducidos por el fiel Franklin, visitaban los frentes con dos banderas a ambos lados del vehículo: una inglesa y otra norteamericana. Hem explicaba a su novia sobre el terreno la evolución de las batallas y la forma de protegerse de un ataque aéreo mientras ella le miraba con fascinación. Los jefes militares pidieron en una ocasión al mando de Madrid que no volviera por allí una rubia como aquella. Es difícil encontrar entre la numerosa tribu que estuvo en España un solo comentario elogioso hacia Hemingway (imposible en el caso de Martha Gellhorn), pero lo cierto es que corrió riesgos, estuvo más cerca de la batalla que ninguno de ellos y situó la acción de sus obras en escenarios reales. En la ofensiva que lanzó la República en la sierra de Guadarrama con el objetivo de conquistar La Granja de San Ildefonso transcurre parte de la acción de su novela Por quién doblan las campanas (dedicada a Martha Gellhorn), operación que se saldó con tres mil bajas —una tercera parte perteneciente a las Brigadas Internacionales— y un nuevo fracaso gubernamental.

Una repetición desastrosa de la ofensiva de Segovia fue, a finales de 1937, la toma de Teruel, «una de las batallas más crueles de toda la guerra», según Juan Benet (Qué fue la Guerra Civil, Barcelona, 1976). Teruel fue elegido como objetivo de este canto de cisne republicano por su situación en el frente aragonés (el saliente de los nacionales peor comunicado) y supone para los millones de lectores de todo el mundo que siguen las evoluciones bélicas en los periódicos, el revés del calor infernal de Badajoz: la lucha se desarrolló en un clima siberiano y en ocasiones la nieve detuvo las hostilidades. El Gobierno echó el resto también en la guerra informativa y Prieto, Rojo y todo el Estado Mayor se presentaron en las afueras de la ciudad el 19 de diciembre con un numeroso grupo de periodistas y corresponsales extranjeros entre los que se encontraban Hemingway, Matthews y Capa. El día 21 se lucha en Teruel y las fotos de los tanques republicanos en la ciudad helada ocupan las portadas de los periódicos. «Se distinguía a los dinamiteros corriendo por las primeras calles y los fogonazos de sus granadas al estallar dentro de las casas. Había llegado el gran momento: uno de esos momentos dramáticos de la historia y del periodismo», anota Matthews. Hemingway anunciará al mundo que Teruel ha sido tomado, pero no será más que un espejismo y Franco reconquistará pronto la ciudad. No enviaba crónicas, sino despachos que cada periódico engarzaba a su conveniencia. De todas estas versiones, hemos elegido la del conocido semanario de la izquierda norteamericana The New Republic, que se presenta como completa. Su lectura nos confirma la impresión de un periodista español que selecciona también la crónica de Teruel en su antología: «El reportaje se ajustaba al talento de Hemingway como un cigarro a los labios de Lauren Bacall» (Ignacio Ruiz Quintano, prólogo a La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer,Madrid, 1996).

A partir de Teruel el interés informativo por la guerra de España desciende considerablemente y no sólo porque la victoria nacional parece ineludible y ya no es noticia, sino porque se abren otros frentes informativos, sobre todo a partir de la entrada de los alemanes en Austria en marzo de 1938. Falta un año más de confrontación en España y batallas tan cruentas como la del Ebro, pero la atención de los periódicos es fugaz. Para completar nuestro recorrido hemos elegido dos crónicas que cierran la guerra: la caída de Barcelona y la de Madrid.

La cobertura de The New York Times quedaría coja si no recogiéramos alguna de las muchas y buenas crónicas que se escribieron en el bando nacional. William P. Carney (1898-1971) era un veterano corresponsal cuando llegó a España, donde permaneció largos años: desde la revolución de Asturias de 1934 hasta la parada militar de Franco en Madrid el 19 de mayo de 1939. Ferviente católico y políticamente conservador, estaba muy bien considerado en el bando rebelde y a menudo polemizó con Matthews sobre los sucesos de la guerra, pues se inclinaba por los nacionales tanto como éste por los republicanos. «Las pasiones se encendieron en las columnas de las cartas porque nosotros intentamos conjugar en el periódico las dos versiones», dijo Arthur Hays Sulzberger, editor de The Times en aquellos días. Bill Carney estuvo en Burgos, San Sebastián, Teruel, Salamanca y el frente de Aragón, pero también visitó el otro lado: Valencia, Barcelona y Madrid (Knoblaugh cuenta cómo fue expulsado de la zona republicana). Fue uno de los primeros en llegar para socorrer a los heridos tras el accidente de Philby. Juntos entraron luego en Barcelona. En un coche conducido por Enrique Marsans, se colaron hasta el centro de la ciudad antes de que estuviese por completo bajo dominio de los asaltantes. «El coche de este corresponsal», escribió Philby, «fue el primero en recorrer la gran Diagonal y entrar en la plaza de Cataluña. Allí nos vimos rodeados de una multitud enloquecida de entusiasmo que, llevando banderas rojigualdas, se subía a los estribos, guardabarros y capotas, gritando y levantando los brazos. Las lágrimas se mezclaban a los gritos y risas. La gente parecía fluctuar entre la histeria y la incredulidad». Después de la entrada de Franco, Carney investiga y descubre las huellas de la represión que se ha llevado a cabo en la crónica que reproducimos y se ilustra con dos impactantes fotografías: mientras los militares entran en Barcelona, miles de refugiados —entre 15 000 y 25 000— cruzan la frontera francesa. Después de la guerra Carney se especializó en Latinoamérica y se instaló en México, donde murió a los 77 años.

Al surafricano O’Dowd Gallagher (1911-?), Geoffrey Cox le recordaba como un tipo simpático, bebedor y mujeriego con el que pasó muy buenos ratos. Su nombre se vio relacionado con el supuesto montaje de la famosa fotografía del soldado republicano caído de Capa, ya que fue quien desveló que el fotógrafo le había dicho que aquel día el frente estaba tranquilo y que le había pedido a un miliciano que fingiera que había sido alcanzado para tomar la instantánea. También aparece retratado en el personaje de Corker en Scoop, de Evelyn Waugh, a su paso por Abisinia. Gallagher había dado noticia de los últimos instantes del Madrid republicano en su periódico, Daily Express —uno de los de mayor tirada del mundo: más de dos millones de ejemplares diarios— con una crónica en la que se toma una copa de jerez con un vencido Miaja. Según la recreación de Peter Wyden (La guerra apasionada, Barcelona, 1983), aquella noche se fue a dormir a un piso alto frente al Retiro. A las ocho de la mañana del 27 de marzo de 1939, le despertaron los gritos de «¡Blanco!, ¡Blanco!». A punto estaba de dormirse de nuevo cuando le telefoneó un amigo y prestó atención de nuevo al exterior: «¡Franco!, ¡Franco!». Corrió a la oficina del censor y vio banderas nacionales por todos lados y jóvenes falangistas que saludaban brazo en alto. En vez de la resistencia final, Gallagher fue testigo de una celebración. Antes de huir, una última censora republicana le deja trasmitir la noticia: «La guerra de España termina». Cuando regresó a Fleet Street después de la Segunda Guerra Mundial, le gustaba comentar la última copa que compartió con Miaja y quitar importancia a lo que se dijo de que milagrosamente había salvado el pellejo cuando le sorprendieron solo en el edificio de la Telefónica, mandando crónicas a las que él mismo ponía el sello. Soltaba una gran carcajada ante su pinta de cerveza y contaba entonces cómo sobrevivió al hundimiento del acorazado inglésRepulse en 1941 durante la Segunda Guerra Mundial , en la que sirvió como oficial de prensa en el ejercito británico. Harto del aburrimiento de la posguerra, se mudó a Escocia, en busca del monstruo del lago Ness, y un día dio un mal paso por aquellos parajes, y desapareció. Debió ser hacia 1980, en su periódico no hay constancia de su muerte.

«Mientras mutilaba sus informaciones», escribe Barea en La forja de un rebelde, «siguiendo las órdenes que me daban, no podía por menos que admirar el valor personal de los corresponsales, aunque me enfureciera su indiferencia. Se marchaban a las primeras líneas, arriesgando hasta las balas de un miliciano xenófobo o la captura por los moros en las fluctuaciones de un combate para conseguir unas pocas líneas de información militar». Era el tiempo de los corresponsales de guerra.

© Instituto Cervantes (España), 2006-2012

 

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Víctor Arrogante
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