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Pablo Iglesias

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El 18 de octubre de 1850  se cumple el  aniversario del nacimiento de Pablo Iglesias y el 9 de diciembre de 1925 el de su fallecimiento. Con tal motivo, en los próximos meses, el fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores va a ser objeto de homenaje en diversos actos, la mayoría organizados por ambas organizaciones junto a la Fundación Pablo Iglesias.

Quien fuera conocido como "El Abuelo", como se sabe, fue también el creador de "El Socialista". Esta revista ha preparado este "ESPECIAL PABLO IGLESIAS" con su biografía, una recopilación de sus reflexiones políticas, una selección de fotos históricas, distintos artículos y una extensa bibliografía sobre la figura más destacada del socialismo español. Este "ESPECIAL PABLO IGLESIAS" se irá actualizando para dar cumplida información de todos los actos de homenaje previstos y, en su apartado "HOMENAJE", recogerá opiniones de los visitantes de esta WEB sobre la figura de Iglesias.


La vida llevó a Pablo Iglesias de la infancia en un hospicio a ser una de las figuras más destacadas del movimiento obrero. Fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores; impulsor de "El Socialista"; primer diputado socialista que entró en el Parlamento español...

Siendo, como fue, un autodidacta que se pagó sus clases nocturnas tras largas jornadas de trabajo como aprendiz de tipógrafo, Iglesias dejó tras de sí una obra humana y política de imposible emulación. Antonio Machado, siendo niño, conoció a Iglesias hablando en un mitin. El escritor recordaría aquel encuentro, muchos años después, asegurando que "la voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible de la verdad humana".

El fundador del PSOE también conmovió a Ortega y Gasset. En un artículo publicado el 13 de mayo de 1910 en "El Imparcial", el filósofo catalogaba a Iglesias de "santo", aunque "ejercitado" en una "nueva santidad, la santidad enérgica, activa, constructora, política, a que ha cedido el paso la antigua santidad quietista, contemplativa". "Parece un hombre -añadía Ortega y Gasset- traspasado íntegramente por una idea. Pablo Iglesias es todo socialismo (...) es una magnífica incitación al respeto, porque es la transustación de la idea socialista".


 

Biografía

Pablo Iglesias Posse nació el 18 de octubre de 1850 en El Ferrol (La Coruña). A los nueve años, al morir su padre -un humilde peón municipal-, se trasladó a vivir a Madrid con su madre, Juana Posse, y su hermano menor, Manuel. Hicieron el viaje a pié y tirando de un pequeño carromato en el que llevaban sus pertenencias. Instalada la familia en Madrid, por la escasez de recursos que le ofrecía su trabajo como sirvienta, la madre se vio obligada a ingresar a sus hijos en el Hospicio de San Fernando. Allí Pablo -Paulino, como le llamaban familiarmente- acabó los estudios primarios y aprendió el oficio de tipógrafo. Después de numerosas escapadas del centro para visitar a su madre, a los doce años abandonó definitivamente el Hospicio para empezar a trabajar en una imprenta. Ya con los primeros salarios empezó a cultivar su afición por la lectura que aplicó especialmente al conocimiento del movimiento obrero mundial. Asistía a clases nocturnas y aprendió francés, lo que le serviría para leer las obras de algunos clásicos de la ciencia política y, con el paso del tiempo, traducir a los socialistas franceses y entenderse en los congresos internacionales en los que participaría.

Inteligente y laborioso, el joven Paulino pronto alcanzó un buen nivel de instrucción y ejerció su profesión en diferentes imprentas. A los dieciocho años, sin embargo, fue despedido por participar en una huelga. Sufrió de nuevo la miseria y la desgracia. Su hermano Manuel murió de tuberculosis.

Aprovechando las libertades de la Constitución de 1869, la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Internacional, organizó una serie de conferencias en Madrid. Pablo Iglesias asistiría a ellas y en 1870 ingresaba en la sección de tipógrafos de la Federación Madrileña de la Internacional. Formó parte del Consejo Federal de la Región Española de la misma en 1871. En aquellas fechas, Iglesias conoció a Paul Lafargue, el yerno de Karl Marx, que había venido a España huyendo de la represión de los que participaron en la Comuna de París. En estos años, Iglesias sufrió persecuciones, condenas de cárcel y fue despedido de varias imprentas. Por esa época, Iglesias publicó su primer artículo -titulado "La Guerra"- en "La Solidaridad", periódico de la Internacional, uniéndose también al Comité de Redacción de "La Emancipación", semanario en que se difundieron algunos escritos de Marx, como la primera traducción española de "El Manifiesto Comunista", en 1871. Iglesias iniciaba de esta forma una larga labor periodística, que desarrollaría hasta el final de su vida y que empleó para difundir el ideal socialista.

Después de la ruptura de los anarquistas con Marx, Iglesias solicitó su ingreso en 1873 en la primera organización socialista de importancia, la Asociación General del Arte de Imprimir, pasando a ser su Presidente desde 1874 a 1885. Desde esta nueva plataforma preparó durante varios años de trabajo clandestino la creación del segundo partido obrero de los que se constituirían en el mundo. El 2 de mayo de 1879 Iglesias, con 28 años, fundaba el Partido Socialista Obrero Español que presidiría hasta su muerte. La fundación del PSOE tuvo lugar en una comida de fraternidad organizada en la taberna Casa Labra, en la calle Tetuán de Madrid, a la que asistieron 25 personas: 16 tipógrafos, 4 médicos, un doctor en ciencias, dos joyeros, un marmolista y un zapatero.

Pablo Iglesias participó también en la constitución de la Federación Tipográfica Española, en 1882, de la cual fue también Presidente a partir de 1885. Mientras, el PSOE iba experimentando un lento crecimiento -los anarquistas le denominaban el "partido microscópico"- y no consiguió alguna notoriedad hasta 1886. El 12 de marzo de ese año, también de la mano de Iglesias, sale a la calle el primer número de "El Socialista". Salvo un corto periodo de tiempo, entre 1913 y 1915, Iglesias quedaría vinculado al órgano portavoz del PSOE hasta el final de sus días trabajando como su impresor, redactor y director.

En agosto de 1888, nueve años después de fundar el PSOE y tres años después de crear "El Socialista", Pablo Iglesias se convertiría también en el fundador de la Unión General de Trabajadores, siendo su presidente desde 1889 hasta su muerte.

Ese mismo año, 1889, Iglesias asistía en representación del PSOE al Congreso fundacional de la Segunda Internacional, acudiendo posteriormente a cuantos se celebraron hasta 1910.

1890 también es un año importante en la biografía del fundador del PSOE. Es el año en que se celebró por primera vez en España la jornada de lucha del Primero de Mayo. Iglesias encabezó una impresionante manifestación en Madrid y fue el encargado de entregar al Gobierno las reclamaciones de las reformas legislativas, entre ellas la reducción de la jornada laboral a ocho horas y la prohibición de emplear niños en el trabajo. Por otro lado, en su II Congreso, celebrado en 1890, el PSOE se decidía a participar en elecciones y fue así como en 1905 Pablo Iglesias, junto a los también socialistas Largo Caballero y García Ormaechea, salieron elegidos concejales de Madrid. Iglesias ejerció como concejal de Madrid hasta 1910 y entre 1914 y 1917. En ese espacio de tiempo se produciría, en 1908, la inauguración de la Casa del Pueblo de Madrid en un antiguo palacio ducal en la calle Piamonte, lo que se convirtió en un acontecimiento de gran importancia para el PSOE. Al año siguiente, 1909, Pablo Iglesias fue detenido como consecuencia de la represión por la Semana Trágica de Barcelona. A lo largo de su vida, el fundador del PSOE sufrió varios encarcelamientos, pero en todas las ocasiones rechazó la posibilidad de pedir indulto.

Uno de los capítulos más gratos en la vida de Iglesias, por el contrario, se produciría en las elecciones de junio de 1910, cuando gracias a la alianza republicano-socialista el fundador del PSOE salió elegido con el respaldo de 40.899 votos como el primer diputado socialista que entraba en el Parlamento español. Saldría reelegido en cuantas elecciones se celebraron posteriormente (1914, 1916, 1918, 1919, 1920 y 1923), aunque su delicado estado de salud le impediría asistir a muchas sesiones parlamentarias en los últimos años.

También a consecuencia del agravamiento de sus enfermedades dejó de participar activamente en la vida organizativa de las entidades socialistas -desde 1916 parcialmente y a partir de 1919, cuando contrae una grave pulmonía, totalmente- aunque sin dejar su labor de propagandista a través de su pluma -escribiendo cartas y artículos- y sin dejar de ser en todo momento un referente ético y moral para los socialistas españoles. Su salud se resintió muy especialmente a raíz de la escisión en el seno del PSOE, en 1921, cuando Iglesias se opuso al ingreso en la III Internacional fundada por Lenin y los disconformes con esta decisión abandonaron el PSOE y fundaron el Partido Comunista Obrero Español, antecesor del PCE.

Pocos líderes obreros han merecido a lo largo de la historia tanta atención y han generado tanta bibliografía como Pablo Iglesias. A lo largo de su vida, su figura estuvo sometida a la pasión de los detractores y de los partidarios que, con frecuencia, le elevaron a la categoría de mito.

Con este telón de fondo, Pablo Iglesias falleció en Madrid el 9 de diciembre de 1925. Se había terminado la confección de "El Socialista " e iba a dar comienzo la tirada cuando el viejo amigo de Iglesias, Matías Gómez Latorre -coincidieron en algunas de las primeras ejecutivas del PSOE- llegó a la redacción de la revista con la fatal noticia. Iglesias pensó en "El Socialista" hasta los últimos instantes de su vida ya que en un cajón de su humilde despacho, en su casa de la madrileña calle Ferraz, dejó un sobre con 1.000 pesetas y una nota destinando ese dinero, fruto de sus colaboraciones en la prensa, a "El Socialista".

El cadáver de Iglesias fue embalsamado y expuesto durante dos días en una capilla ardiente, instalada en la Casa del Pueblo, por la que desfiló un continuo río de gente. Su entierro constituyó una de las manifestaciones más multitudinarias de la historia de España en mucho tiempo. El Gobierno concedió autorización para celebrar el acto y más de 150.000 ciudadanos acompañaron el féretro hasta el Cementerio Civil de Madrid. Cuando la comitiva llegaba al pié de su tumba todavía partían algunas Sociedades Obreras de la Casa del Pueblo. Mientras, la mayoría de los periódicos, con las colaboraciones de destacados intelectuales y políticos rindieron un unánime y cálido homenaje al dirigente socialista desaparecido.

"El proletariado vencerá" fue el título del último artículo escrito por Iglesias, publicado en "El Socialista" un día antes de su muerte. "El ideario de los proletarios -decía en él Iglesias- está dictado por la razón e inspirado por la justicia, y hagan lo que hagan sus enemigos, vencerá, como viene venciendo desde que los opresores han adquirido conciencia bastante de su valer y de su fuerza ".


 

Aunque Pablo Iglesias tuvo una escasa formación académica y teórica -fue un autodidacta-, su producción intelectual alcanzó una extensión poco común en el panorama político. Desde su primer artículo, "La Guerra", publicado el 5 de diciembre de 1870, en "La Solidaridad", hasta el último, "El proletariado vencerá", publicado el 8 de diciembre de 1925 en "El Socialista", el día antes de su muerte, Iglesias dejó escritas unas 2.000 colaboraciones en numerosos periódicos y revistas de España y del extranjero.

Antes y después del fallecimiento del fundador del PSOE, estos escritos se han recopilado en distintos libros, junto a sus intervenciones como diputado en el Parlamento, y como concejal del Ayuntamiento de Madrid. También se han reunido en estos libros la práctica totalidad de su ingente correspondencia -la catalogada se cuenta por varios centenares de cartas- o sus intervenciones en Congresos u otras reuniones del PSOE, UGT o la Internacional Socialista. Esta extraordinaria obra ha convertido a Pablo Iglesias en uno de los mejores comunicadores del ideario socialista.


 

Su Opinión

¿Qué opinaba Iglesias de la política?, ¿de las metas del PSOE?, ¿de las huelgas?, ¿de la situación de las mujeres?. He aquí algunas citas suyas sobre estos y otros muchos temas.

La meta del PSOE
"El ideal del Partido Socialista es la completa emancipación de la clase trabajadora: es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores libres e iguales, honrados e inteligentes".

La acción política
"No dejen, no, los obreros de conquistar cuantas mejoras puedan mediante el empleo de la acción económica, pero no olviden que toda mejora general, lo mismo la jornada de ocho horas para todos los oficios, que cualquiera otra, únicamente podrán alcanzarla por la acción política, por la vía legislativa".

La huelga
"No hay que ir a las huelgas desorganizados y ciegamente, ni cuando intencionadamente las provoque el adversario. Por el contrario, hay que prevenirse bien, hay que organizarse mucho y saber de antemano los resultados que se pueden alcanzar. Donde no hay organización ni cálculo ni los medios complementarios que necesitan aquellas para dar buen fruto, se esconde una victoria patronal, un triunfo de los enemigos del trabajo".

Los proletarios
"Los proletarios no deben ser nunca sumisos ni esclavos del capitalismo, sino rebelarse siempre contra él; pero en su rebeldía deben ajustarse en todo momento a los dictados de la razón, no inspirados en el capricho o en la inconsciencia. Así serán fuertes y temibles y conseguirán, sin experimentar retrocesos, poner fin a la explotación que hoy sufren"

El capitalismo
"La miseria social, el envilecimiento intelectual y la dependencia política de la clase asalariada, según afirma nuestro programa, no tienen más origen que la sujeción económica de los obreros a la clase capitalista. Querer buscar en otra parte la causa y la explicación de los males de los desheredados es apartarse del camino de la verdad".

La burguesía
"Los privilegios de la burguesía están garantizados por el Poder político, del cual se vale aquella para dominar al proletariado".

Las desigualdades sociales
"Raya en lo absurdo ver a una porción de seres andar desnudos, carecer de albergue y morir de hambre, cuando hay casas inhabitadas, ropas y calzado que deteriora el tiempo, no el uso, géneros alimenticios de todas clases que se pudren y pierden por no haber sido entregados al consumo en el momento necesario".

Libertades y derechos
"Aun restringidos por los que tienen poder bastante para burlar la ley, nosotros reclamamos las libertades y los derechos individuales porque sabemos que mediante ellos hemos de movernos más desembarazadamente que hoy y trabajar con mayor resultado por el progreso de las ideas socialistas".

Política y honradez
"Por mucho que valgan las ideas, no pueden prosperar en el grado que deben si sus sostenedores, y principalmente los que ocupan las primeras filas, no son enteros, serios y morales. No sólo hacen adeptos los partidos con sus doctrinas, sino con los buenos ejemplos y la recta conducta de sus hombres".

La militancia socialista
"Sois socialistas no para amar en silencio vuestras ideas, ni para recrearos con su grandeza y con el espíritu de justicia que les anima, sino para difundirlas, para llevarlas a todas partes, para hacer que penetren en los cerebros de los muchos asalariados que todavía no las profesan"

El PSOE y los intelectuales
"Llamamos al campo socialista a los obreros intelectuales, porque salvo unos cuantos de ellos, todos los demás, poco o mucho, sufren el despotismo patronal y sólo serán libres, sólo verán respetada su dignidad y el fruto total de su trabajo en su poder cuando el socialismo haya puesto fin a la sociedad burguesa".

La Propaganda
"El progreso de las ideas depende mucho de las condiciones sociales, pero también de saber propagarlas y de la forma en que la propaganda se haga".

El PSOE y las mujeres
"Del Partido Socialista forman parte las mujeres, y es natural que así sea, porque si los hombres necesitan emanciparse, ellas lo necesitan más, por ser mayor su esclavitud, y para acabar con ella no pueden ir a otro partido, ya que solamente el socialista lucha por la desaparición de todas las esclavitudes".

La guerra
"¿Qué es la guerra? Volvemos a repetir. Un crimen de lesa humanidad. Si, un crimen que todos, absolutamente todos, y especialmente nosotros, los obreros, pues somos sus principales víctimas, debemos combatir, condenar y apostrofar, trabajando todo lo que nos sea posible para que no se lleve a cabo".

La guerra de Cuba
"Pedid con energía, reclamad con fuerza que vayan a Cuba los hijos de los ricos, que no se exima nadie, y veréis como produciendo con él una viva agitación en toda España, conseguís que la guerra acabe pronto. El patriotismo que tanto tienen los ricos en los labios, es mentira, y en cuanto vean que sus hijos corren el riesgo de ser sepultados en el mar o morir del vómito o de otro mal grave en los hospitales de Cuba, se apresurarán a buscar el medio de que la insurrección termine".

El militarismo
"El militarismo es un peligro para la paz del mundo y para las libertades y la tranquilidad del país donde domina".

Derecho al ocio
"Mientras no se aligere la carga del trabajo, la generalidad de los proletarios no se hallarán en situación de cultivar su inteligencia"
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(Fuente: Fundación Pablo Iglesias)


 

Pablo Iglesias, visto por Felipe González

Pablo Iglesias en el aniversario de un fundador

Los aniversarios son una excelente ocasión para recuperar memoria. Y tal vez sea la falta de memoria, rayana en la amnesia, uno de los rasgos de la España que desde 1978 estamos construyendo. Mala cosa; porque las sociedades se nutren también de sus tradiciones, su cultura, sus narraciones....su historia. Por eso aprovechar los aniversarios -por fuerza frecuentes en un viejo país como el nuestro- para hacer ejercicios de memoria, puede ayudar a construir mejor la España del futuro. En este caso, además, el aniversario no es el de un personaje oscuro que transitara por las orillas de nuestra historia y que apenas dejó huella. Es el 150 aniversario del nacimiento de Pablo Iglesias, el fundador del socialismo español y una de las personalidades más decisivas de la España del siglo XX. Bien merece, pues, aprovechar el acontecimiento para rescatar su recuerdo, su pensamiento y su trayectoria. Tal es el marco de esta edición de las Obras Completas que acomete la Fundación Pablo Iglesias.

A los volúmenes dedicados a los escritos, artículos e intervenciones parlamentarias, se añaden ahora estos dedicados a la correspondencia de Pablo Iglesias. Esta no podría falta en unas obras completas, pues atender la correspondencia fue una de las actividades a las que dedicó más tiempo. Al final de la jornada, tras cumplir con sus obligaciones parlamentarias o visitar las más alejadas agrupaciones socialistas, enfermo en muchas ocasiones, extenuado por los viajes y los mítines, Pablo Iglesias se encerraba hasta las tres o las cuatro de la madrugada para contestar las cartas recibidas o escribir a algún correligionario. Se ha calculado en 43.800 las cartas escritas de su puño y letra. No está aquí toda la correspondencia, claro está, pues mucha se ha perdido en medio de la atormentada y cruel historia de la España del siglo XX. Pero las 404 cartas que aquí se incluyen son una excelente muestra de lo que debió suponer de esfuerzo para Pablo Iglesias y de orientación y aliento para una organización que estaba naciendo en un medio un tanto hostil.

De los cincuenta y dos destinatarios de estas cartas, una parte relevante de los mismos son los líderes del movimiento socialista internacional. Ahí están, en una emocionante cercanía, el "estimado maestro" o "ciudadano Federico Engels" - que le pide que, por favor, le siga tuteando- o Jules Guesde, Paul Lafargue, Karl Kausky, W. Liebknecht o Albert Thomas. El lector de estas cartas podrá leer, entre otros interesantes documentos, los informes que Pablo Iglesias remite a Engels que, a veces, terminan con unos "cariñosos recuerdos a Aveling, la hija de Marx"; o las cartas a Liebknecht para recordar a este el compromiso de enviarle el texto y la música de la Internacional; o la petición de un permiso a Karl Kaustsky para que Oscar Pérez Solís, "ese capitán de artillería de Valladolid" pueda traducir al castellano el Chemin au Pouvoir. Es así como los grandes líderes de la Internacional se asoman, a través de estas cartas, a la vida no sólo de Pablo Iglesias sino del socialismo español.

Pero la correspondencia más sustanciosa es la que mantuvo con los líderes obreros. Son cartas hacia el interior del Partido; cartas para animar a los que flaquean, alentar a los militantes perseguidos, pedir informes sobre la marcha de la organización, poner sobre aviso frente a las tentaciones del poderoso anarquismo, sugerir suscripciones para EL SOCIALISTA o llamar la atención a ciertos correligionarios. Las cartas nos muestran esa atmósfera, a veces un tanto ensimismada, del socialismo español; pero al mismo tiempo ponen de manifiesto el talante pedagógico de este educador de muchedumbres que quiere una organización seria, dispuesta a basar su estrategia en los datos de la realidad: "no sólo quiero saber las mejoras alcanzadas por los obreros -escribe el 26 de junio de 1903- sino lo que les ha costado obtenerlas, el tiempo que las disfrutan y los individuos a quienes alcanzan. En una palabra, la mayor suma de datos". Datos de la realidad española y respeto a los compañeros es lo que se necesitaba: "creo, como tú, que hay que educar bien a los del monte para lo cual no ha de hablárseles apenas de sentimiento y sí mucho, todo cuanto permita su estado mental, a la razón". Sólo así, con rigor, con educación y seriedad, huyendo de aventurerismos - "sólo por cosas gordas debemos exponernos a perder la libertad"- se podría construir ese gran partido que, cuando llegara el momento, pudiera hacer realidad su propio proyecto de liberación económica, social y política para España.

A veces, se ha acusado a Pablo Iglesias de hacer del PSOE un partido huraño y al que el mito de la revolución final le impedía centrarse en la solución de los problemas estrictamente nacionales. Y, sin embargo, a sus cartas se asoma toda una época rebosante de acontecimientos transcendentales: desde los primeros momentos de la Restauración hasta la Dictadura de Primo de Rivera, pasando por el llamado "Desastre del 98", la Conjunción Republicano Socialista, las aventuras africanas, la Gran Guerra o la huelga general revolucionaria. Y aquí, en la intimidad de las cartas, que habían de leerse con cierta emoción religiosa en cada Casa del Pueblo, el fundador del Partido Socialista iba interpretando para sus compañeros los grandes acontecimientos de la historia de España y marcando la línea a seguir. Les explicaba, por ejemplo, cuán grande sería para España la pérdida de Cuba; pero les exponía también que si a "los hijos de Cuba" les parecía insuficiente la autonomía y reclamaban la independencia "perdiéramos o no perdiéramos, no teníamos derecho a obligarles a vivir de un modo que no les agradaba". Otras veces ponía en guardia sobre la falta de fundamento de las ilusiones que había despertado Canalejas, "ese falso radical" sin escrúpulos a la hora de alcanzar el poder y sometido a la tutela del Ejército. En ocasiones tenía que defender, frente a las críticas, la estrategia de la Conjunción Republicano Socialista que si no hubiera existido "nosotros no habríamos obtenido dos victorias" en las últimas elecciones. Explicaba a Besteiro hasta qué punto la Gran Guerra repercutiría en la política nacional española y se lamentaba de la miopía de la Corona y de sus consejeros que habían dejado pasar la oportunidad que supuso la huelga general revolucionaria de 1917 de regenerar el sistema de la Restauración: "Ya habéis visto -escribe a Besteiro, Largo, Saborit y Anguiano presos en el penal de Cartagena- la solución de la crisis. Arriba no quieren ir a unas Cortes Constituyentes, y mi opinión es que si se fuera a ellas se votaba a la Monarquía. Para que unas Cortes Constituyentes traigan la República es necesario que convoque aquellas un Gobierno revolucionario. Las Cortes, cualesquiera que fueran que traiga un Gobierno bajo el actual régimen, no derribarán a este. La corona o quienes la aconsejan no ha tenido talento en esta ocasión -casi nunca lo han demostrado". Las cartas, escritas posiblemente a altas horas de la madrugada, que enviaba para orientar a los todavía escasos correligionarios, ponen de manifiesto el interés y el compromiso con los problemas de España.

Hay un tercer destinatario de las cartas: los intelectuales que comenzaron a acercarse al Partido Socialista. Las cartas también obligan a matizar el cliché de un partido socialista obrerista, hosco y reticente ante los intelectuales. Basta con leer la correspondencia cruzada con Dorado Montero o Miguel de Unamuno. Al primero le escribía el 24 de mayo de 1894 para animarle a ingresar en el Partido Socialista: "Celebro muchísimo que el Socialismo tenga en usted un buen soldado. Ahora, le dice, no falta más que, sino que imitando a Ulibarri y Vera y otros, entre usted a formar parte de la organización socialista". Y pocos meses más tarde -en diciembre- daba la bienvenida a Miguel de Unamuno con un "Estimado correligionario... Excuso decirle que su ingreso en el Partido Socialista me ha causado un verdadero placer como lo experimentaré siempre que vea venir a las filas emancipadoras hombres del campo intelectual". Tal vez llevará razón Ortega y Gasset cuando afirmó años más tarde que el problema de España no estaba tanto en el pueblo como en sus elites.

Pero mejor que sea el propio lector el que se adentre en estos centenares de cartas y haga ese ejercicio de memoria que nos debe permitir recuperar parte de nuestra historia; posiblemente la parte más noble, más ambiciosa y moderna; la más generosa e integradora. Y tal vez al terminar la última carta de estas 404 que aquí se transcriben, el lector quiera recordar conmigo los versos de Goethe: Dichoso aquel que recuerda con agrado a sus antepasados; Que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza; Y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila.


 

Pablo Iglesias, por José Luis Rodríguez Zapatero

Evocación de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias evoca muchas cosas en la imaginación de los socialistas. Evoca la rebeldía primordial del socialismo. Hay un Pablo Iglesias adolescente, erguido ante la injusticia y la brutalidad del encargado contra un compañero. Un Pablo Iglesias solo en su rebeldía, que vuelve a casa de su madre despedido del trabajo, sin saber qué comerán al día siguiente. Es el Pablo Iglesias que nos habita cuando la gente de nuestro entorno trata de desanimarnos de nuestro empeño, cuando se nos hacen prudentes llamadas al pragmatismo, a la cordura. Es el Pablo Iglesias encarcelado, el Pablo Iglesias que no pide clemencia cuando lucha, que convierte su sufrimiento en vergüenza para quienes lo provocan y para los neutrales.

Hay un Pablo Iglesias que estudia, que lee a los teóricos del socialismo, el Pablo Iglesias que devora libros y periódicos, que se cartea con Engels, que participa en debates en los ateneos, al lado y en frente de intelectuales prestigiosos. Es el Pablo Iglesias de la idea, del proyecto diríamos ahora. Un líder que cree en el poder de la palabra, de la razón. Es el director y el alma de El Socialista, el pedagogo, un hombre volcado en el conocimiento como esperanza, como instrumento de emancipación de los oprimidos. Es el Pablo Iglesias que organiza y pone en marcha centros de formación de diverso tipo.

Cómo no, está el héroe esencial de la organización obrera, el líder orgánico, el hombre de partido y sindicato. Pablo Iglesias es el PSOE y la UGT, pero antes de eso es la Asociación del Arte de Imprimir, es la convicción de que este es un trabajo de muchos, de muchos y organizados. Todo es soportable cuando uno no está solo, cuando los días de cárcel y de persecución son el precio que se paga por un proyecto colectivo y no por una aventura individual. Es el líder que escribe cartas constantemente, que pregunta y trata de estar informado de todo lo relevante que pasa en la organización, que se preocupa por la situación de sus miembros, por los progresos organizativos.

Hay un Pablo Iglesias paciente, sereno, que sabe construir a largo plazo, que no se deja engañar por el fácil oportunismo. Un sólido Pablo Iglesias de los principios y de la acción, que se resiste a dejarse llevar por modas políticas exitosas y que se aplica en el camino recto de los valores del socialismo. Es posible imaginarlo, resistiendo sin desmayo la herida de su propia lucidez, manteniendo sus posiciones y aceptando el desgarro de la organización antes que la destrucción de los principios que le dan sentido.

Está el Pablo Iglesias de las instituciones, el parlamentario, el concejal, el hombre que representa ante los poderosos los intereses de los débiles, de los oprimidos y que lo hace acrecentando su dignidad y la de su causa. Un político al que se le niega la condición de político, al que sus enemigos tratan de ningunear en términos de hoy. Un político, que por el contrario, se impone como una evidencia imposible de obviar.

El rebelde, el estudioso, el organizador, el hombre de honor, el mártir, el líder orgánico y social, el propagandista. Todas esas cosas, y muchas otras, nos evoca Pablo Iglesias. Y los días tranquilos, cuando no hay nadie en Ferraz, uno podría sentir su benévola presencia en la que fue su casa, esa mezcla de firmeza y ternura que buscaron en él los que lo conocieron y que nosotros sólo podemos imaginar. Por eso, cuando vemos el enorme busto de piedra mutilado a la entrada de la sede federal, da la sensación de que está hecho a escala real, de que él era así. Pero no, era como nosotros, un hombre, y por eso precisamente nos parece un gigante.


 

Pablo Iglesias, por Joaquín Almunia

Coincidiendo con la celebración del sesquicentenario del nacimiento de Pablo Iglesias, así como con el septuagésimo quinto aniversario de su fallecimiento, ven la luz por primera vez las obras completas del fundador de las organizaciones socialistas en España.

Muchas de las vicisitudes por las que ha transcurrido la existencia de nuestro país desde tan lejanas fechas, y ahora, cuando finalmente el pueblo español ha conseguido establecer sólidamente sus instituciones democráticas, parece llegado el momento de dar a conocer públicamente esas páginas de nuestra historia y de nuestro pensamiento que elaboró, a lo largo de su prolongada y fructífera existencia, Pablo Iglesias.

Cuando la obra de una personalidad como la suya se extiende a lo largo de más de cinco décadas y se distribuye a través de docenas de publicaciones de difícil localización o en multitud de cartas y documentos extraordinariamente dispersos, la labor de localización, reunión, ordenación y edición ha constituido, sin lugar a dudas, una tarea difícil, perseverante y abnegada, de carácter netamente altruista y guiada exclusivamente por el interés en la divulgación de unos hechos y unas ideas en gran parte ignorados o conocidos insuficientemente.

Este mérito corresponde a su recopilador, Aurelio Martín Nájera, que desde su responsabilidad al frente de los archivos y la biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias, ha dado lugar a una extensa y copiosa serie de publicaciones en torno a la bibliografía y las fuentes del Partido Socialista, de la UGT y de las Juventudes Socialistas y que hoy se ven dignamente completadas con la publicación, tan esperada, de esta exhaustiva compilación. Vaya, pues, para el autor, mi reconocimiento personal y el agradecimiento en nombre del Partido Socialista Obrero Español.

En función del tiempo transcurrido desde que se elaboraron los textos que presentamos, algunos se preguntarán sobre su utilidad y no faltarán quienes cuestionen interesadamente su oportunidad.

Bastaría recordar la innegable ascendencia de Pablo Iglesias sobre organizaciones como la Unión General de Trabajadores, que cuenta con ciento doce años de existencia, o como el Partido Socialista, que pronto alcanzará el siglo y cuarto la suya. Haber contribuido a crear estas organizaciones justificaría, sin más, esta recopilación. Pero razón de mayor peso es el exponer que ambas, las de más dilatada existencia en su género de nuestro país, pueden resultar incomprensibles en buena parte de su organización y de sus postulados actuales si se ignora la labor y el pensamiento de su fundador.

El lector se preguntará por las causas de que, pese al tiempo y los cambios que se han producido desde 1925, las organizaciones socialistas se sigan reclamando directamente herederas de su fundador. Y como explicación de lo expuesto podría aducir, por respeto a la brevedad exigida en una presentación, dos profundas razones.

La primera se refiere a los valores que Pablo Iglesias defendió con la pluma y la palabra, y que prodigó generosamente con su ejemplo. El poeta Antonio Machado, rememorando en su madurez los recuerdos de un niño de trece años que escuchaba en un acto público al dirigente obrero, resume en una sola línea lo que queremos exponer: "La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible -e indefinible- de la verdad humana". ¿De qué hablaba Iglesias ? ¿Qué hechos denunciaba ? ¿Qué principios y derechos defendía ?

Estoy seguro que, en cuanto el lector se interne en estas páginas y recorra detenidamente las intervenciones parlamentarias que recogen, podrá extraer, como en un alambique, infinidad de referencias a la justicia, a los derechos humanos -fundamentalmente de los trabajadores asalariados- a la libertad, a la solidaridad, a la igualdad entre los hombres y a la paz, así como también a valores referidos a la conducta del individuo como la honestidad, la austeridad, la abnegación, la honradez y la coherencia con los propios ideales, entre otros muchos.

Estos principios, en los que, contemplando la figura de Pablo Iglesias debemos vernos reflejados los socialistas, ¿han caducado?, ¿han sido superados?, ¿han perdido actualidad? Pienso seriamente que no, y de ahí que la figura de nuestro fundador mantenga para nosotros, en aspectos tan trascendentales, toda su vigencia.

Pero es que, además de este riquísimo legado ético, Pablo Iglesias representó en su tiempo uno de los intentos más serios llevados a cabo en España para modernizar nuestro país y encaminarlo, desde postulados democráticos, por la senda del progreso.

En 1910, al poco de alcanzar su escaño parlamentario, Ortega y Gasset no se recataba en afirmar que tanto Pablo Iglesias como Giner de los Ríos eran "los europeos máximos de España", mientras que las organizaciones socialistas por su parte, para el destacado filósofo, representaban "la única esperanza abierta en la política".
Y, ¿cuáles serían los rasgos más destacados del proceso modernizador emprendido por Pablo Iglesias? A mi parecer, con el riesgo de dejar siempre algo en el tintero, señalaría, en primer lugar, su empeño constante por superar las deficiencias y carencias del sistema canovista de la Restauración, reclamando que se aplicaran en España las soluciones ya ensayadas por las democracias más avanzadas de la época. Así, Pablo Iglesias se manifestó siempre fiel defensor de la supremacía del poder civil, de la transparencia de los procesos electorales y la pureza del sufragio frente a la manipulación y el caciquismo, y de los derechos y libertades recogidos en la Constitución de 1876 que sistemáticamente se vulneraban desde las instancias del poder.

Apoyó sin fisuras la secularización de las instituciones públicas, en contra de las intromisiones constantes y de los privilegios de la Iglesia, sin caer por ello en actitudes anticlericales. Fue pacifista declarado y contrario al militarismo en ocasiones que, como las guerras de Cuba, Filipinas y Marruecos, la voz del socialismo, prácticamente aislada, fue objeto de todo tipo de ataques e improperios desde el resto de las fuerzas políticas, entregadas al más grosero pseudopatriotismo imperialista.

Rechazó cualquier tipo de dogmatismo o fanatismo viniera de donde viniera y defendió a ultranza la autonomía democrática del socialismo español, repudiando sin titubeos el servilismo despersonalizador que exigían las 21 condiciones de Moscú para el ingreso en la IIIª Internacional.

Finalmente, fue, como era norma en todos los partidos integrantes de la Internacional Socialista, un claro defensor de la igualdad de la mujer, cuando aún era un principio de general aceptación su dependencia y supeditación al varón.

Su labor, más que la de un teórico, fue la de un pedagogo, un dirigente obrero autodidacta que supo conjugar la defensa de un proyecto que se adelantaba a su tiempo con la resolución de los problemas reales que acuciaban a los trabajadores, que eran los actores políticos llamados a desarrollarlo.

Esta tarea, como expresivamente resumía en su intervención parlamentaria del 3 de junio de 1913 -recogida en esta obra- consistía en formar y preparar a los trabajadores en el ejercicio de sus derechos "para hacer que haya ciudadanos".

La vigencia del pensamiento y del ejemplo de Pablo Iglesias en las filas socialistas está netamente justificada, porque los valores que encarnó y los objetivos por los que trabajó siguen orientando o formando parte inseparable del proyecto socialista que defendemos.

Fieles a ese pasado, estamos obligados -a las puertas del próximo siglo- a reforzar el compromiso con nuestro partido y con la sociedad española a la que debemos servir, y nada nos parece mejor para fortalecer esa obligación que mantener vivo el legado de Pablo Iglesias y de todos aquellos que, como él, nos precedieron en el esfuerzo por alcanzar unos mismos ideales.


 

Pablo Iglesias, por Alfonso Guerra

Pablo Iglesias: presencia y legado

El Instituto Monsa de Ediciones y la Fundación Pablo Iglesias editan las Obras Completas de Pablo Iglesias al cumplirse ciento cincuenta años de su nacimiento y setenta y cinco de su desaparición. La edición se hace bajo la responsabilidad de Aurelio Martín Nájera que ha desarrollado una importante labor de recopilación y aclaración de los textos de Pablo Iglesias.
La elección de la fecha conmemorativa no debiera convertirse en una suerte de velo que acabase por ocultar la intención que ha animado a quienes hemos participado en la iniciativa: rescatar de la dispersión documental la producción política e intelectual de una personalidad pionera a la vez que señera del socialismo y del movimiento obrero en nuestro país y su consiguiente puesta a disposición tanto de los investigadores como del público más amplio, para intentar provocar una lectura certera y rigurosa de su significación histórica y de su proyección en el presente.

Al editar estas publicaciones se pretende también que las generaciones jóvenes tengan conocimiento del significado histórico de Pablo Iglesias, así como de su extraordinaria talla como hombre político, sindicalista y pensador, pues hoy una "modernidad" entendida interesadamente, se empeña en que los jóvenes no conozcan el pasado de su país, para que no ejerciten la capacidad crítica y la libertad de espíritu.

El objetivo de estas Obras Completas es dar unidad editorial al legado del fundador y principal animador durante varias décadas de su vida de las dos Organizaciones que han marcado poderosa y decisivamente el trayecto histórico de la izquierda en España a lo largo de más de un siglo de existencia. Aunque fuese exclusivamente por esta condición de fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores, la tarea ya hubiese merecido la pena en sí misma desde la perspectiva historiográfica pues afecta de manera importante a un periodo extensivo y relevante -el alumbramiento del siglo XX- que ha tenido como uno de sus rasgos primordiales en España la emergencia del movimiento obrero, las luchas que marcaron su desarrollo y, posteriormente, su paulatina liberación de la condición de cultura marginada para convertirse en proyecto mayoritario capaz de liderar las transformaciones políticas, económicas y sociales del país.

Con todo lo que de valioso tiene esta contribución, me atrevo a sugerir que la recopilación de las aportaciones de los distintos volúmenes, debería tener un mayor alcance para lograr extraer de ellas una lectura más ambiciosa que nos pueda valer en términos de presente. Es decir, mi propuesta es que no nos detengamos en la estricta interpretación histórica -dimensión que insisto tiene una extraordinaria importancia- y rescatemos a Pablo Iglesias de la estrecha condición de "abuelo" del socialismo español para conceder a su obra y, por ello, a su trayectoria un valor más vivo, a la luz de la situación en la que ha desembocado la evolución de la izquierda desde la desaparición de Pablo Iglesias.

No ignoro que ambas dimensiones -el trabajo historiográfico y la reflexión política- son en realidad indisociables y no pueden ser objeto de caprichosa división como si se tratase de esferas ajenas. Más sencillamente, me mueve el deseo de que la tarea del historiador por librar a Pablo Iglesias de los tópicos que en gran medida se han apoderado -para bien y para mal- de su figura a lo largo de los años tenga afortunada correspondencia en una lectura política más amplia que nos permita descubrir el valor de su legado, la capacidad que, en mi opinión, conserva de constituirse en un referente positivo para influir en algunos de los debates actuales, sin pretender una suerte de regreso al pasado, como si Pablo Iglesias debiera permanecer intacto frente al curso de los tiempos, si no que sepamos identificar del balance de su vida y de su pensamiento los elementos que han formado parte del trayecto del socialismo democrático y los que deben seguir constituyéndose en aspectos relevantes que conformen el presente y el futuro del proyecto socialista.

Aunque en modo alguno intento agotar el inventario de todos aquellos rasgos de la trayectoria de Pablo Iglesias, que son merecedores de consideración, no me resisto a la tentación de apuntar, siquiera de manera esquemática, algunos de los que pueden dar cuenta de manera certera de su identidad política, intelectual y hasta vital.

En primer término, es imprescindible aludir a que su biografía, en coherencia con su condición de hombre de izquierdas, estuvo presidida por la permanente y frecuentemente despiadada persecución de la que fue objeto por parte de sus enemigos que, no dudaron en trasladar la confrontación de los términos estrictamente ideológicos a la más elemental "caza del hombre", haciéndole víctima de no pocas insidias y calumnias que contrastaban abiertamente con la probada austeridad que presidió su vida y con la radicalidad con la que siempre percibió el compromiso moral del socialismo con el ejercicio de la acción política.

Es precisamente a partir de esta ejemplar coincidencia entre el universo moral y la praxis política, sobre la que se crea la leyenda de la supuesta intransigencia de Pablo Iglesias expresada por lo general en términos inequívocamente peyorativos, tratando de desvirtuar que, en realidad, encierra un testimonio de coherencia entre "lo que se dice y lo que se hace" que forma parte del acervo socialista en contraposición a la política de componendas y el clientelismo, elementos esenciales del férreo control político que se ejercía en la España de la Restauración por parte de las viejas clases dominantes que se resistían a cualquier atisbo de participación política de las masas, contra la que Iglesias luchó desde los frentes político y sindical.

¿Se encuentra caduco este testimonio de coherencia entre la palabra y la obra que es tan fácilmente reconocible en la trayectoria de Pablo Iglesias? No lo creo; muy al contrario, estoy persuadido de que cobra vigencia en un momento en el que buena parte de los problemas de legitimación a los que se enfrenta en la actualidad la política democrática descansan precisamente en el descrédito al que se ha visto sometida entre amplias franjas de la ciudadanía como resultado de la creciente distancia entre el discurso político y la acción política que afecta a los ciudadanos.

El socialismo era para Pablo Iglesias tanto una pasión como una dedicación, vividas con intensidad, que nacían de una radical rebeldía frente a las injusticias producto de un modelo de sociedad que él mismo había tenido la oportunidad de sufrir. Desprovisto de adolescencia, sus primeras luchas sindicales son la consecuencia directa de su muy temprano contacto con el mundo laboral, en unas condiciones de dureza y explotación extremas que despertaron en el aún muy joven Iglesias la consciencia de que la organización política y sindical de la clase obrera representaba un requisito imprescindible para afrontar una dura batalla que debería librarse para afirmar, ampliar y defender los derechos de los trabajadores. A partir de esta temprana lucidez, comienza a dibujarse el perfil de un líder enérgico y tenaz, como requerían los tiempos, entregado a una empresa cuyos frutos marcarían el devenir de la historia de España durante las décadas inmediatamente posteriores a su muerte.

Algunos de los contemporáneos de Iglesias nos lo describen como prudente y reflexivo a la vez que consciente de su responsabilidad. He de confesar que estos juicios me interesan en escasa medida pues, como en otros ámbitos, con probabilidad se hallan condicionados por la proximidad o alejamiento de quien los emite con respecto al personaje en cuestión. A nadie se le oculta que, sobre todo en política, los calificativos resultan, por definición, sumamente endebles y lo que hoy se estima como riguroso mañana se convierte en meramente formalista de igual modo que lo que se admira como prueba de muy elevados principios pasa en muy poco tiempo a constituirse en intolerable muestra de inflexibilidad. Prefiero, antes que atender a los exegetas, sumergirme en la evidencia de una extensa trayectoria que se soporta en una basta producción a modo de discursos políticos e intervenciones parlamentarias, además de una muy prolífica correspondencia, dimensiones recogidas con amplitud en la edición de estas Obras Completas.

De la personalidad de Pablo Iglesias, expresado con sencillez, valoro especialmente su voluntad, el tesón que imprimió siempre a su liderazgo en el Partido y en el Sindicato, el coraje que puso de manifiesto para superar las adversidades y la marginalidad política y ensanchar progresivamente el horizonte del socialismo en España. Pertenece por derecho propio a la categoría de los pioneros, definición que utilizo sin ninguna intención retórica. Esto es, figura entre aquellos que, en distintos lugares y momentos, nacieron a la vida pública con la inquebrantable decisión de luchar contra un orden que les resultaba injusto sin que ninguna adversidad les hiciera distraerse de lo que entendían una obligación superior por anteponer los intereses colectivos a los propios, por defender los derechos de los débiles frente a la opresión de los poderosos, por afirmar el ideal socialista en un mundo adverso en el que su sola adscripción equivalía de manera inevitable a la persecución y la cárcel.

Personas, en suma, sin cuyo sacrificio y entrega, no hubiese sido posible que el socialismo se extendiese a lo largo del siglo XX a todos los continentes y marcara su huella y su impronta en el desarrollo histórico de la humanidad.

Es esta voluntad la que concede unidad a la producción política e intelectual de Pablo Iglesias y la perspectiva que mejor nos permite valorar sus aportaciones en un escenario histórico trabado por la intransigencia de una clase social frente a la emergencia de un movimiento que irrumpía con fuerza y que representaba una amenaza real para la perpetuación de los viejos privilegios. Iglesias expresa el advenimiento de un nuevo tiempo y, como ya se ha apuntado, no pudo llegar a constatar por unos pocos años que la aparente marginalidad en la que se movió el socialismo a lo largo de su propia existencia, expresada gráficamente en la soledad de su escaño en el Congreso de los Diputados durante varias legislaturas, desembocaría, cuando se derribaron los muros que impedían la libre expresión de la voluntad popular, en un apoyo masivo que confirmaba al PSOE como el instrumento político que aglutinaba el caudal de izquierdas de la sociedad española.

Tras Pablo Iglesias, iniciados en su magisterio, aparece una generación de socialistas -Prieto, Besteiro, Largo Caballero, De los Ríos- que avanzan en la calidad y profundidad de sus elaboraciones políticas y estratégicas y que merecidamente forman parte del legado del socialismo en España. Sin embargo, su labor difícilmente hubiese encontrado cauce de realización de no contar con "la brecha" abierta por sus antecesores que, bajo el marcado liderazgo de Iglesias, abrieron el camino disponiendo por todo patrimonio de una incontestable pasión por la igualdad y de la firme determinación de no dejarse vencer por las dificultades.

Observados desde esta óptica, que apenas se ha esbozado, cobran sentido juicios a los que ya se ha aludido con austeridad, radicalismo, intransigencia, hasta la acuñada expresión de "pablismo" con la que se ha tendido a desvirtuar el legado del fundador, ignorando quizá de manera intencionada que enjuiciar las decisiones estratégicas de una Organización haciendo abstracción del contexto preciso en las que se sucedieron representa, lisa y llanamente, vaciar de toda verosimilitud al análisis. Por ello, regresando al inicio de estas líneas, acometer la lectura de las aportaciones de Pablo Iglesias requiere de la lucidez para entender que su mejor testimonio, y el más vigente en términos de presente, se deriva de su inquebrantable decisión para vencer lo que se presentaba como insuperable y confiar en el poderoso influjo de la voluntad colectiva para guiar los destinos de la humanidad.

Así, en el escenario en el que discurrió la trayectoria política y vital de Pablo Iglesias, no debe extrañar que su ficha policial de la época destaque precisamente su condición de propagandista socialista, apuntando, con probabilidad de manera no deliberada por el encargado de tal menester, que en esta condición -la de propagandista- residía la mayor cualidad del fichado y la más grave amenaza para el orden establecido que significaba el líder socialista. Porque la propaganda -un concepto, hoy prácticamente abandonado, que la cursilería al uso ha convertido en comunicación política- constituía el único arma del que disponían los marginados por el poder para la difusión de sus ideas y un vehículo que, prácticamente con su sola palabra, le valió a Pablo Iglesias darse a conocer por toda la geografía del país y hacer llegar a la conciencia de las masas que el socialismo encarnaba la alternativa a aquel sistema caduco que pretendía seguir encadenándolas a su propia decadencia. Baste apuntar, a título de ejemplo, la campaña protagonizada por el PSOE contra la leva obligatoria, y groseramente discriminatoria, en la guerra de Cuba, para comprender la eficacia de la propaganda socialista por elementales que nos puedan resultar en la actualidad los procedimientos utilizados.

La propaganda se convertía en el vértice de la estrategia del PSOE para, de un lado, denunciar la ilegitimidad de las clases dominantes para seguir ejerciendo su poder excluyente y, de otro, reclutar al mayor número posible de voluntades para la causa del socialismo. Proselitismo y pedagogía resultaban, por tanto, elementos complementarios e imprescindibles para dirigirse a una población, desprovista de los derechos inherentes a la condición de ciudadanía, cuyo atraso secular se amparaba en la ignorancia y en la incultura a las que interesadamente se la condenaba en beneficio de la perpetuación del poder establecido. La respuesta a esta injusta situación fue la creación de Casas del Pueblo en las ciudades y pueblos de España, verdaderos centros de cultura popular que sustituyeron a las escuelas y universidades, vetadas entonces para la mayoría de los trabajadores.

Observe con atención el lector como estas cualidades se aúnan con singular maestría en el discurso, en la producción propagandística que nos ha legado Pablo Iglesias, cuya extensión da cuenta cabal de la incesante actividad que desplegó a lo largo de su vida política y sindical el primer líder del socialismo español.

Y, a la vez, no reprima la sana osadía de aventurarse a una reflexión ambiciosa sobre la necesaria vigencia, más allá del explicable desfase histórico de muchas de las propuestas, de una actitud, de una pasión y de un compromiso que han logrado que el socialismo haya perdurado en el tiempo y que deben ser la mejor garantía para su proyección hacia el futuro que nos aguarda.


 

Pablo Iglesias, por Luis Gómez Llórente

Pablo Iglesias hoy

Reconsiderar cómo fue el socialismo vivido por Pablo Iglesias nos hace pensar inevitablemente en las profundas diferencias que existen con respecto al socialismo europeo actual.

Creemos que no conviene rehuir la consideración de estas diferencias, ni eludir el tema aludiendo sólo al legado moral de Pablo Iglesias, como si lo único vigente de su vida y de su obra fuesen sólo sus ejemplares virtudes ético-cívicas. Por el contrario, conviene esclarecer -siquiera sea en lo más fundamental- cuáles son esas diferencias, y en qué consiste la continuidad de actitudes y planteamientos, pues ello afecta a la definición de nuestra propia identidad, al tiempo que nos ayuda a saber en qué sentido y en qué medida siguen siendo socialistas las entidades que él tan laboriosamente contribuyó a crear.

Pablo Iglesias
fue ciertamente un demócrata, un defensor de los más débiles, y de la igualdad entre los sexos, un acérrimo partidario del laicismo, y un pacifista militante, cuyas campañas contra las guerras coloniales de Cuba y Filipinas, y luego contra la Guerra de Marruecos, fueron memorables. Pero si sólo hubiera sido eso, cabrían todos sus ideales bajo otras banderas de la época, como las del republicanismo al estilo Pi y Margall. Si sólo hubiera sido eso, no habría sentido la necesidad de crear ni el Partido Socialista Obrero, ni un sindicato como la UGT de vocación revolucionaria.

   

Pablo Iglesias, por su formación , marxista, estaba convencido además, como todos los líderes que fundaron la IIª Internacional, de que la emancipación del trabajo o extinción de la explotación humana requería superar el capitalismo como régimen de producción y establecer la socialización de los bienes productivos. Asimismo, conforme muestran los textos de estos paneles, pensaba que del Parlamento podían obtenerse mejoras importantes para la clase trabajadora, pero que los ideales últimos del socialismo no se realizarían por vía parlamentaria. Pensaba igualmente que la Iglesia, y que los aparatos represivos o coactivos de la sociedad eran inherentes a la sociedad de clase, y que -en definitiva- la verdadera libertad real del ser humano, tanto de las necesidades materiales, como de su espíritu, sólo serían posibles en una sociedad socialista. Era rigurosamente fiel a las tesis del materialismo histórico, a la teoría de la lucha de clases, y con gran energía dio la réplica a las condiciones vejatorias y miserables a que estaba sometida la clase trabajadora.

Setenta y cinco años después de su muerte no podemos limitarnos a recordarle simplemente con gratitud histórica por haber puesto en marcha un formidable movimiento de resistencia obrera, de cuyos frutos sociales somos beneficiarios, ni tampoco limitarnos a rendirle admiración por la ejemplar coherencia de que hizo gala entre el pensamiento y la acción.

Sin menoscabo de esos reconocimientos, es preciso constatar que buena parte de sus ideas y planteamientos han sido rebasados por cambios y mejoras sociales que en gran parte se deben principalmente al tipo de luchas que él mismo inició, y a las exigencias que suscitaron aquellos socialistas en los inicios de la centuria que ahora concluye. De ahí que el socialismo actual tenga rasgos diferenciales importantes, y siga sin embargo fiel a los mismos criterios de inspiración que alentaron la obra de Pablo Iglesias.

Las dos diferencias fundamentales que distinguen al socialismo de la segunda mitad del siglo XX con respecto al socialismo de la época clásica de la IIª Internacional, conciernen a los objetivos de la reforma social, y a los métodos preconizados para conseguirlos.

Para conseguir un razonable bienestar de los trabajadores la socialdemocracia fue configurando el llamado Estado de Bienestar, o Estado redistribuidor de las rentas, de tal suerte que la regulación de las condiciones del trabajo, los mecanismos de Seguridad Social, y la extensión de eficientes servicios públicos, garantizasen a todos unas condiciones mínimas de subsistencia digna.

Lo que a principios de siglo se consideraba sólo como paliativos y como conquistas parciales que animaran el impulso del movimiento fueron tomando tal envergadura al compás del desarrollo económico, como para descubrir que por ese camino evolutivo era posible alcanzar un modelo de vida aceptable, tanto más valioso cuanto que se hacia compatible con un amplio ejercicio de las libertades individuales.

El objetivo de la socialización de los bienes productivos, (de lo que se consideraba como un anticipo parcial la política de nacionalizaciones), fue cediendo al objetivo de constituir sólidamente el Estado redistribuidor. En lugar de socializar las fuentes de riqueza, se puso mayor énfasis en socializar (por vía fiscal) aquella parte de las rentas producidas que fuera preciso para sostener los servicios sociales.

El fundamento en los ideales socialistas del Estado de Bienestar es obvio. Dado un sistema fiscal progresivo, todos contribuirán a su sostenimiento en proporción directa a las rentas de cada cual, beneficiándose cada uno de los ciudadanos no según la aportación hecha, sino según sus necesidades.

El Estado redistribuidor venía a realizar -en lo más necesario al menos- el añorado principio: "De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades".

De este modo la socialdemocracia quiso hacer compatible por un lado lo que la propiedad privada y el mercado pudieran tener de estímulo positivo para la creación de riqueza, y por otro una razonable regulación jurídica de las relaciones laborales, la garantía estatal de unos servicios accesibles a todos independientemente de su suerte en el mercado, así como un sistema digno de jubilaciones, y atención a los desvalidos.

La asignación de recursos para la cobertura de estos fines sociales sería determinada por el Parlamento en vía presupuestaria para cada ejercicio, de tal modo que el espacio del sector público -no regido por criterios de lucro empresarial, sino de mera utilidad social- fuese corrector de las desigualdades menos tolerables generadas en el ámbito regido por las leyes del mercado.

Los grandes objetivos del socialismo, la cobertura mediante la solidaridad social de las necesidades primarias -materiales e intelectuales- de cada uno, se realizaban progresivamente a través del también llamado por ello Estado providencia.

En el ámbito de la salud y de la educación se consiguieron ciertamente logros casi inimaginables a principios de siglo. En cuanto a facilitar el acceso a la habitación se dieron pasos significativos bajo la égida de algunas administraciones socialdemócratas a escala estatal o municipal.

Es ese modelo de sociedad que excluye del campo competitivo la garantía de algunos elementos básicos de bienestar para todos, y que fija límites jurídicos adecuados en el mercado del trabajo, descansó la paz social europea durante la segunda mitad del siglo XX, y por ello resultan tan inquietantes las tendencias reductoras del papel del Estado, la pretensión neoliberal del Estado mínimo, o las tendencias desreguladoras que vuelvan a dejar en la intemperie del mercado a los vendedores de trabajo.

La segunda diferencia fundamental concierne a la metodología del cambio transformador del orden social.

La profundización o autentificación de las instituciones representativas de la voluntad popular, en el marco del libre ejercicio de las libertades amparado por el régimen constitucional, permitió concebir que tales instituciones, y el acceso por vía electoral a los Gobiernos, constituiría el procedimiento más ordenado, menos costoso, y más seguro, para lograr -aunque paulatinamente- los cambios apetecidos.

La profunda vocación constitucionalista de la socialdemocracia, el hacerse adalid de los derechos humanos en su integridad, se arraigó más profundamente al comprobar por una parte las transformaciones positivas que se iban consiguiendo mediante las instituciones del Estado social de derecho, y por otra el advertir las crueldades en que degeneraron los sistemas totalitarios de la época de entreguerras. Ambas cosas determinaron que la socialdemocracia confirmase su inequívoca opción por la defensa de las libertades públicas y por la vía de las instituciones representativas.

Con ello se redimensionaba el papel de los sindicatos, confiriéndoles no sólo su tradicional misión de defensa de los intereses de los trabajadores, de dirigir los conflictos sociales, y de negociar las condiciones de trabajo no reguladas por la ley, sino también la de representar a los trabajadores en las instituciones participativas propias de la democracia social. Los sindicatos, sin pérdida de su autonomía organizativa, pasaron a estar presentes en el entramado de corporaciones abiertas a la participación social. Incluso se planteó bajo el influjo de los ideales autogestionarios esa forma de profundización en el uso cívico de las libertades que es la democracia participativa.

Todo el profundo giro operado en torno a la valoración de las instituciones políticas hubiera carecido en gran parte de sentido y de eficacia si no se hubiera realizado, simultáneamente, en gran parte otro de los más apreciados objetivos del socialismo: la emancipación de la mujer.

Abolir las desigualdades de género no sólo supone un imperativo ineludible de justicia en orden a la seguridad y el bienestar individual; es además una condición imprescindible de progreso social. Toda la sociedad progresa en tanto que la mujer se incorpora en pie de igualdad a la educación y al mundo del trabajo, haciéndose plenamente consciente de sus derechos laborales y cívicos, y haciéndose por ello mismo solidaria en las luchas del progreso social. Sin este fenómeno emancipador de la mujer no hubiera podido hablarse de una verdadera autentificación de la democracia.

Por otra parte, no podemos dejar de tener en cuenta otro cambio fundamental operado en el último medio siglo, cual es el nuevo escenario internacional condicionante de las políticas socialdemócratas. Pablo Iglesias vivió en un contexto fuerte de soberanía de los Estados europeos, sobre todo de las potencias; en una época de colonialismo, y consecuentemente de exacerbado belicismo, y supo dar la réplica asumiendo y practicando las posturas antibelicistas y anticolonialistas de la IIª Internacional.

Ahora el contexto es muy distinto. Tras una prolongada fase de confrontación bipolar, en el curso de la cual se produjo una cierta descolonización, la socialdemocracia tienen que hacer frente a las dificultades derivadas de las globalización, y tiene que plantear la defensa y la consolidación del Estado de Bienestar concertando políticas en el nuevo marco de la Unión Europea. Su internacionalismo, adquiere al mismo tiempo y principalmente la dimensión de luchar contra la pavorosa desigualdad entre los pueblos.

Asimismo, se hace patente en la segunda mitad del siglo que un modelo de desarrollo capitalista salvaje es incompatible con la conservación del medio ambiente, emergiendo la evidente necesidad de la planificación y de imponer límites al negocio privado para asegurar la subsistencia colectiva. De nuevo se advirtió que los más serios problemas ecológicos sólo pueden tener solución a escala mundial, de donde se deriva que los partidarios de racionalizar la economía según criterios de utilidad social, hayan de considerar como cuestión prioritaria el cambio perceptivo de las actuales instituciones internacionales.

Siendo, pues, los objetivos y los métodos tan distintos, cabe preguntarnos por dónde discurre el hilo de continuidad que inspira permanentemente a las organizaciones fundadas por Iglesias , y en qué se fundamenta substancialmente la identidad socialista.

Ese nexo puede buscarse, más allá de los símbolos, de las personalidades paradigmáticas, y de ciertas características organizativas, amén de una larga historia, (que también son importantes valores unitivos), en algunas ideas básicas sobre los conceptos de libertad e igualdad. Lo demás son estrategias mudadizas.

Una constante del pensamiento socialista es desde sus orígenes la critica al concepto liberal de la libertad.

El liberalismo, con todo lo que de positivo tuvo en su momento histórico, afirmó un valioso conjunto de libertades o derechos del individuo, y preconizó las instituciones de un régimen político concebido para proteger y garantizar el uso de esas libertades frente al poder del Estado y de la Iglesia. De ahí su lucha contra el absolutismo y contra los privilegios eclesiásticos. Su fruto es el Estado demoliberal, la separación de poderes y el laicismo.

El pensamiento socialista advierte que la libertad real de los seres humanos no sólo puede verse amenazada o anulada por los poderes públicos, sino que la libertad también puede sucumbir bajo la coacción económica, bajo el poder que engendra la riqueza de quienes tienen en demasía sobre los que carecen de lo necesario.

El socialismo afirma que la libertad no se garantiza suficientemente por el mero hecho de proclamar un repertorio de derechos civiles, y ni aun siquiera por garantizarlos jurídicamente.

La libertad ha de afirmarse ciertamente frente a todo poder autocrático, pero para que la libertad de todos sea real, es preciso también liberar a los seres humanos de la miseria, de la enfermedad, de la ignorancia, de la inseguridad, del infortunio.

La conquista de estas condiciones precisas para ejercitar la libertad, para que ésta no sea de hecho el privilegio de unos pocos, requiere introducir en la sociedad ciertas condiciones en el régimen de producción y distribución y de la riqueza.

El contrato social no es sólo un pacto de no agresión entre los particulares que confiere al Estado el monopolio de la fuerza para garantizar la propiedad y el libre uso de los bienes, sino que el contrato social ha de ser también un pacto de solidaridad en virtud del cual la sociedad exige a todos que contribuyan, pero garantiza a todos sus miembros un cierto bienestar y una seguridad que cimenten el ejercicio efectivo de la libertad. Sin ello la libertad es para la mayoría un apura entelequia.

El orden económico tiene que someterse a los fines superiores de la comunidad política, y para garantizarlo es preciso que la sociedad pueda ejercer un control efectivo sobre el uso de los bienes materiales. De otro modo la minoría que acumula la propiedad de los recursos necesarios para la subsistencia de todos impone su voluntad oligárquica a la mayoría. No existirá democracia plena, ni suficiente garantía real de las libertades, en tanto se substraiga al dominio de la voluntad popular, y de sus legítimos representantes, la dirección y el control sobre el uso y circulación de la riqueza.

Quienes absolutizan la autonomía del mercado y someten todas las relaciones económicas a la ley del máximo lucro con mínimo coste, atomizan la sociedad artificialmente, e impiden aplicar los criterios de racionalidad en la asignación de recursos en que se ha fundado el progreso intelectual, social, y moral de la cultura.

La otra constante del pensamiento socialista es su aspiración de igualdad, y su critica al enteco concepto de igualdad característico del liberalismo.

Nunca les pareció suficiente a los pensadores socialistas la igualdad de derechos o igualdad ante la ley. Más aún, creyeron que ésta tampoco sería jamás efectivamente real en una sociedad donde las desigualdades económicas permitieran la prepotencia y dominación de los más pudientes.

Desde los orígenes del socialismo se viene afirmando que la igualdad entre los hombres significa no sólo igualdad de derechos, abolición de privilegios, sino también abolición de las formas de dominación y explotación que pueden derivarse del uso despótico e incontrolado de la propiedad.

La historia práctica del socialismo ha sido en cierto modo la historia de una lucha por la conquista de derechos inalienables de los trabajadores, por leyes protectoras que limitasen el poder empresarial, y simultáneamente por el establecimiento de servicios públicos que complementasen las percepciones salariales. Salario individual según el mérito, capacidad, dedicación y riesgo del trabajador/a y "salario social" según las necesidades personales y familiares de cada persona.

Frente a quienes consideran como un desideratum la llamada "igualdad de oportunidades" los socialistas han afirmado que la igualdad de condiciones para competir no es suficiente garantía de un orden social justo.

La "igualdad de oportunidades", convencionalmente entendida como forma de legitimar la desigualdad de resultados en la competición, no puede ser aceptada si deviene en que unos acumulan lo superfluo y otros carezcan de lo imprescindible.

De ahí que el acceso a determinados bienes no pueda ser algo competitivo o concursivo. Todos tienen que tener acceso a la cultura, a la salud, al alimento, a la habitación, por lo menos en condiciones de digna subsistencia. En tanto esto no suceda, no está satisfecho el ideal igualitario del socialismo.

Todos tienen que tener acceso al trabajo. Poder trabajar o no tener algún trabajo tampoco puede ser concursivo, y en tanto no esté garantizado el trabajo para todos, la sociedad tiene que indemnizar de algún modo a quienes margina del ejercicio del derecho al trabajo. La protección del desempleo, no es -pues- algo caritativo, sino un imperativo de justicia.

La dramática y creciente desigualdad entre los pueblos, más acentuada que la desigualdad interna de las naciones desarrolladas, reclama urgentemente actuaciones tan enérgicas como las que en otro tiempo supieron los socialistas adoptar frente al colonialismo, reclamando el derecho de los pueblos a su autogobierno.

Estos criterios, los ideales de libertad y de igualdad reelaborados por el pensamiento socialista constituyen quizá el más íntimo nexo que liga en una sola identidad todas las épocas de las organizaciones fundadas por Pablo Iglesias, que no sólo se consideran legítimas herederas de un paradigma ético-cívico, de sus convicciones democráticas, de sus enérgicas actitudes antibelicistas, de su pasión por la defensa de los oprimidos, sino que pretenden -pese a errores o tropiezos- mantener intacto, y transmitir a las nuevas generaciones, aquel sentido irrenunciable de igual libertad para todos los ciudadanos.


 

Pablo Iglesias, por Elías Díaz

1975: otro aniversario (Franco contra Pablo Iglesias)

En aquel año de 1975 se cumplía el cincuenta aniversario de la muerte de Pablo Iglesias (1850-1925), día nueve de diciembre. En la revista Sistema, que veníamos publicando (Revista de Ciencias Sociales) desde enero de 1973, nos pareció oportuno y necesario intentar aprovechar de modo coherente tal fecha conmemorativa del medio siglo -que era, a su vez, la de los ciento veinticinco años de su nacimiento, el diez y siete de octubre- para editar un número sobre las ideas políticas y las actividades públicas del fundador del Partido Socialista Obrero Español. A tal fin, desde meses antes, haciendo caso omiso de incertidumbres y dificultades (estábamos en el que luego resultaría ser último año, hasta el veinte de noviembre, de la vida de Franco y también de su régimen), en Sistema nos pusimos a la tarea de preparar y organizar dicho volumen de recuerdo, estudio y homenaje, contando con el concurso de destacados especialistas e investigadores.

El buen resultado fue, en efecto, la aparición del número once de la revista expresamente presentado como (así podía leerse en el frontispicio mismo de él) “Número monográfico sobre Pablo Iglesias en el cincuenta aniversario de su muerte”: lleva la fecha de octubre de 1975, pero ya algo antes, a finales de septiembre, había quedado hecho el, por ley, preceptivo, obligatorio, depósito en las dependencias del denominado Ministerio de Información e iniciada su distribución a los suscriptores. El sumario se abría con el conocido escrito (primero, conferencia) que en 1926 Julián Besteiro había publicado sobre la obra de Pablo Iglesias; a él seguían, al hilo de la biografía de este, las bien seleccionadas y contextualizadas “notas sobre un dirigente obrero” de Enrique Moral y el trabajo muy documentado de Antonio Elorza en el que lleva a cabo un riguroso análisis teórico e histórico sobre los esquemas socialistas de aquel; el volumen se completaba, hasta las más de doscientas páginas, con una valiosa Antología de textos de Pablo Iglesias, presentada y seleccionada por Aquilino González Neira, así como el adelanto de una detallada clasificación de los numerosísimos artículos de prensa publicados por aquel, ardua tarea llevada a cabo por Luis Arranz, Mercedes Cabrera, Antonio Elorza (él fue coautor muy principal de este número de Sistema), Lidia Meijide, José Muñagorri y otros colaboradores; cerraba el número una muy cuidada y útil cronología preparada por Alfonso Ruiz Miguel. La revista se editaba entonces en el marco de la Fundación Fondo Social Universitario que presidía (como también Cuadernos para el Diálogo) Joaquín Ruiz-Giménez; el director de ella era, ya se habrá adivinado o recordado, el autor ahora de estas líneas y José Félix Tezanos ejercía como muy eficaz secretario, bien asesorados ambos por un amplio Consejo de, entonces, jóvenes profesores, filósofos, gentes de ciencias sociales y otros prestigiosos profesionales.

Junto a ese número de Sistema algunas cosas más, no muchas, se publicaron aquí sobre (o de) Pablo Iglesias en ese año conmemorativo de 1975, varias de ellas bordeando ya los inicios de 1976 con sus mejores expectativas. Antes se habían reeditado únicamente, en 1968, la conocida biografía política de aquel (Educador de muchedumbres) hecha en 1931 por Juan José Morato, y, en 1969, (reducida) la de Julián Zugazagoitia en su versión también de 1931. Hasta entonces había las referencias en obras de carácter más general sobre el socialismo español o sobre otros intelectuales y políticos más relacionados con él a que luego aludiré. Pero de manera más directa e inmediata sobre su pensamiento, sus escritos y su acción política, prácticamente nada más teníamos desde la guerra civil: tras ella, “en el interior del país se hizo el silencio sobre la figura y la obra del fundador del Partido Socialista”, señalaba Manuel Pérez Ledesma precisamente en el muy significativo prólogo a su edición de Escritos de Pablo Iglesias que iba a aparecer en ese 1975.

Allí mismo (p.34) recordaba aquel las muy escasas contribuciones habidas en el mencionado cincuentenario: algún artículo de Tierno Galván, Victor Manuel Arbeloa o Antonio Padilla Bolivar y poco más; sin olvidar que también aparecería en ese año la obra, clarificadora, del propio Pérez Ledesma sobre Pensamiento socialista español a principios de siglo, y la tesis doctoral de María Teresa Martínez de Sas, El Socialismo y la España oficial: Pablo Iglesias, diputado a las Cortes. Pero entre lo más relevante estaría sin duda la publicación de esos Escritos de Pablo Iglesias, en edición a cargo de Santiago Castillo y Manuel Pérez Ledesma de un primer volumen formado fundamentalmente por los artículos de aquel recogidos en Reformismo social y lucha de clases, de 1935, y Propaganda socialista, de 1919, así como por otras notas, discursos y cartas, junto a un segundo volumen compuesto por sus escritos en la prensa socialista y liberal (1870-1925) con selección y estudio preliminar de Luis Arranz y los mencionados autores que ya habían adelantado en Sistema la clasificación cronológica y sistemática de los mismos, ahora con una nueva Introducción de Antonio Elorza. Un poco después ya en 1976, aparecía la versión de la biografía de 1925 por Julián Zugazagoitia, Pablo Iglesias: una vida heróica, seguida aquí de una correspondencia inédita con Enrique de Francisco, Edición e ilustrativa Introducción de Juan Pablo Fusi.

También en ese mismo número de Sistema (o en mi libro de entonces, Pensamiento español en la era de Franco, Cuadernos para el Diálogo, 1974) podía encontrarse amplia información acerca de esas publicaciones de aquellos años sobre la historia del socialismo español y las áreas de la realidad política y social a él más conectadas. Además de los nombres antes ya mencionados, algunos de ellos autores de obras imprescindibles para todos esos temas, y junto a reediciones de clásicos (Anselmo Lorenzo, Federico Urales, Jaime Vera, Andrés Saborit, etc) recordaría aquí, en elenco para nada exhaustivo, los trabajos, por ejemplo, de Manuel Tuñón de Lara, Albert Balcells, José Termes, David Ruiz, José Alvarez Junco, Marta Bizcarrondo, María del Carmen Iglesias, Tomás Giménez Araya, Juan Trias Vejarano, Luis Gómez Llorente, Carlos Blanco Aguinaga, Rafael Pérez de la Dehesa, Raúl Morodo, Emilio Lamo de Espinosa, Virgilio Zapatero y otros, yo mismo, anteriores a ese 1975. (Para más datos, nombres y obras de entonces puede consultarse, entre otros, en ese libro mío el epígrafe “Para una recuperación de la historia del socialismo español”, pp 176-181).

Como se ve, se habían ido pudiendo publicar algunas cosas de y sobre el socialismo español y su historia (otras muchas, de entre las más cercanas, no) en esas últimas fases del régimen franquista: incluso a veces habían aparecido en la Revista de Trabajo que editaba la Secretaría General Técnica de ese Ministerio (rojos infiltrados). Ya no estábamos, se aducía desde ciertas instancias oficiales, en aquellos lejanos primeros tiempos de la dictadura, en la defensa del totalitarismo nazi-fascista, en el odio a las democracias, al liberalismo, al pluralismo cultural, a las heterodoxias religiosas y filosóficas que, todas ellas, se presentaban y querían verse como lógicas e irreversibles vías hacia el comunismo o la anarquía. De este modo, en la oposición, denunciando los enmascaramientos pseudodemocráticos del régimen, puede decirse que contábamos también con esos cambios y posibilidades, a pesar del retroceso y endurecimiento de la represión que se había producido desde el “estado de excepción” de enero de 1969: y así actuamos, por ejemplo, en la revista Sistema cuando preparábamos -primavera del 75- ese número conmemorativo sobre Pablo Iglesias; y con esa buena, confiada y democrática voluntad lo publicamos.

Sin embargo, la dura realidad institucional se nos imponía tozuda, o sea arbitraria e irracionalmente, una vez más: con fecha dos de octubre “el Iltmo. Sr. Magistrado, Juez del Juzgado de Orden Público” cursaba cédula de citación personal al director de la revista Sistema para comparecer ante él como “presunto inculpado” (sumario 1412-75) “bajo apercibimiento -rezan siempre estas cédulas- de que si no comparece ni justifica causa legitima que se lo impida, esta orden de comparecencia podrá convertirse en una orden de detención”. Así lo hice inmediatamente, bien acompañado y aconsejado por mis abogados defensores y cómplices amigos los profesores Gregorio Peces Barba y Enrique Gimbernat, manifestándonos el Juez Sr. Gómez Chaparro que la inculpación se hacía en efecto a causa de la publicación de ese número de la revista Sistema, ya que en él -tuvimos que oír- podría haber materia delictiva entre la tipificada en los artículos cuarto y diez del recientísimo “Decreto-ley 10/1975 de 26 de agosto (Jefatura del Estado) sobre prevención del terrorismo”. La tal norma contravenía los más elementales principios jurídicos de la modernidad, no respetaba los pactos internacionales sobre garantías y derechos, atentaba contra las más fundadas convicciones y concepciones acerca de la justicia, incluso violaba las legalidades retóricas y grandilocuentes del “Fuero de los españoles”: léase el muy razonado y bien argumentado “recurso de contrafuero” por entonces interpuesto sin éxito por Joaquín Ruiz-Giménez y otros miembros de “Justicia y Paz”. El Juez asímismo tuvo a bien indicarnos, lo recuerdo perfectamente, que el asunto, el tema, la acusación -y señalaba con el dedo- “venía de arriba”: interpretamos que sería desde algún miembro del Gobierno, posiblemente el ministro de Justicia, no sé si a su vez instado, como en otras ocasiones, por algunos sectores o miembros concretos del estamento docente de la Universidad frecuentes colaboradores de aquel en delaciones de disidencias y en denuncias de heterodoxias políticas e ideológicas.

El hecho es que, de una forma y otra, se nos amenazaba con hacer entrar en juego nada menos que el susodicho inicuo decreto-ley antiterrorista promulgado en un alto clima de tensión en ese agosto de 1975. En tal disposición normativa, posiblemente hasta ilegal, tras un largo preámbulo en el que repetida y expresamente se identificaba, de modo totalmente ilegítimo, al régimen franquista como un Estado de Derecho, se daba después paso a un arbitrario articulado en principio y más directamente referido, es cierto, a los delitos propiamente de terrorismo para los que los artículos primero y segundo imponían (y así se hizo) la pena de muerte. Pero involucrado a su vez confusamente con todo ello, el ya citado y alegado artículo cuatro tras señalar, entre otras cosas, que “declarados fuera de la ley, los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas y aquellos otros que preconicen o empleen la violencia como instrumentos de acción política y social” (...) establecía -y ahí es donde podía entrar toda la oposición democrática y, en este caso, el director de Sistema- que “a quienes, por cualquier medio, realizaren propaganda de los anteriores grupos u organizaciones que vaya dirigida a promover o difundir sus actividades, se les impondrá una pena correspondiente a tal delito en su grado máximo”. Por otra parte, asímismo podría resultar incurso, para acabar de rematar la faena, en el artículo diez que dictaminaba: “los que, públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas ideologías a que se refiere el artículo cuarto de esta disposición legal” (comunistas y demás) “serán castigados con la pena de prisión menor, multa de cincuenta mil a quinientas mil pesetas e inhabilitación especial para el ejercicio de funciones públicas y para las docentes, públicas o privadas”.

El Juez Goméz Chaparro y después también el Fiscal Jefe de Orden Público, don Eugenio Antonio Herrera, nos hicieron saber -eso sí, reconozco que con buenos modales y educada actitud- que la causa de la inculpación había sido quizás impulsada por la especial “hipersensibilidad” con que se estaban viviendo aquellos momentos en nuestro país. En efecto, a finales de aquel septiembre -recuerdese- habían tenido lugar los fusilamientos, las ejecuciones de los miembros activos de ETA y FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico) condenados sumarísimamente y sin las necesarias garantías; y, precisamente, el día anterior (mi cédula de citación llevaba fecha del dos) se había producido el múltiple asesinato obra del oscuro grupo terrorista que por vez primera aparecía públicamente como GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre). Sí, eran días de gran, máxima, tensión, por desgracia como tantos otros anteriores y posteriores a ellos, de especial desesperanza y pesadumbre para todos los demócratas contrarios al terrorismo y a la pena de muerte. Pero lo que no alcanzábamos a comprender, mejor dicho a aceptar ni justificar, es que tenía que ver Pablo Iglesias o los profesores socialistas de Sistema con todo aquello. Lo que, desde luego, veíamos muy claro es que tal decreto-ley supuestamente antiterrorista era a la vez (no sé si sobre todo), un decreto-ley antidemocrático y enemigo de la libertad de pensamiento y de expresión. Así es como operan las dictaduras aunque se disfracen, por lo demás, inútilmente, como Estado de Derecho.

Parecía con todo ello como si ahora, en 1975, se quisieran volver a resucitar contra Pablo Iglesias los viejos fantasmas del pasado, aquellos furibundos ataques e invectivas que en 1912 los sectores más reaccionarios de la prensa y la clase política habían dirigido contra el fundador del PSOE, entonces recién elegido diputado a Cortes: intentaban culpabilizarle a toda costa por el asesinato de Canalejas, aprovechándose de una expresión aislada y no muy afortunada ( sobre el “atentado personal”) que aquel había pronunciado en 1910, influido emocionalmente por los sucesos de la Semana Trágica, la condena y ejecución de Ferrer y los inicios de la guerra de Marruecos, con objeto de frenar la perniciosa vuelta de Maura al poder: pueden verse sobre tales circunstancias y en acertada interpretación, entre otros, los citados escritos de Morato (pp. 148 y 173) o de Juan Pablo Fusi (pp 19 y 22). Aunque a la vez de repudiar de nuevo a Pablo Iglesias como terrorista, el Gobierno de su paisano, el también ferrolano Francisco Franco, con más corta perspectiva histórica y con efectos mucho más próximos e inmediatos, lo que en realidad buscaba con esas y otras incriminaciones de aquellos momentos era acosar, tratar de amedrentar y hacer callar como fuera a toda la oposición democrática. Lo que, por el contrario, se ponía así una vez más de manifiesto es que las leyes de aquel falsario Estado de Derecho, además de no tener de ningún modo su origen en el soberanía popular, eran lo suficientemente ambiguas y arbitrarias (la analogía penal por doquier) como para que quedase instaurada y asegurada la total inseguridad jurídica a través de las oportunas interpretaciones que ciertos jueces, escuchando a los de “arriba” y alegando “hipersensibilidad”, pudieran obtener para la defensa de la dictadura y la negación de las libertades y los derechos fundamentales.

Así estaban las cosas, otras mucho peor, en aquellos duros y negros inicios de octubre de 1975, cuando hacia mediados de mes comenzaron a circular los primeros rumores, las primeras fiables noticias sobre la grave enfermedad del general superlativo (como lo denominó luego Tomás y Valiente), el acabamiento del Jefe de aquel antidemocrático Estado. Y así hasta aquel inolvidable 20 de noviembre, mientras Franco, ya desahuciado, era sometido sin piedad a operación tras operación, negándose sus contumaces adictos a aceptar lo que en verdad y después de tantos años a todos nos parecía imposible: su muerte y su desaparición de la vida política española y -salvo como ejemplo y paradigna del “nunca más”- también de nuestras propias vidas personales. Quedarían, quedan, sin duda, restos del franquismo, pero las cosas empezaron de verdad a cambiar. Y, a pequeña escala, por descontado que después del tan esperado “hecho biológico”, de aquel sumario 1412-75 contra el número de Sistema dedicado a Pablo Iglesias tampoco nunca más se volvió a saber: me libraba, nos librábamos de él. Así terminó el franquismo, casi (simbólicamente) como había empezado, con sangre, fusilamientos, manifestaciones y protestas de gobiernos y ciudadanos libres de otros muchos países, con persecuciones contra los demócratas, estudiantes, obreros, profesionales, intelectuales. Pero Franco había muerto y el futuro, otro futuro, podía al fin comenzar


Pablo Iglesias, por Antonio Buero Vallejo

En homenaje a Pablo Iglesias

En su libro, que es ya como un clásico ingenuo y transparente, Morato le llamó "el Apóstol". La calificación es acertada, y no ya en el sentido de propagador de una doctrina, sino en el del hombre excepcional a quien se venera tan devotamente como el creyente venera a un santo. Pues la redención de los trabajadores, además de fundarse en muy objetivas exigencias de justicia social y de requerir tenaces empeños organizativos, necesita siempre, y aún más en sus primeros pasos, el fervor y la ejemplaridad.

Pablo Iglesias
supo recorrer sin desmayo y abrir a los demás oprimidos el penoso camino que va de la indefensión a la organización, de la ignorancia a la educación, de la debilidad a la fuerza obrera; pero no lo consiguió por el solo ejercicio de su capacidad y su lucidez, sino también, y aún más, con el ejemplo de su abnegación. Por una feliz fatalidad de su temperamento, su trayectoria moral es intachable. Y únicamente los hombres de tal índole son quienes pueden transformarse para los demás, de modo duradero, en verdaderos dirigentes. Pero no debe olvidarse que ninguna fatalidad, y menos la del carácter, impide la constante y libre elección de unas u otras vías. Iglesias tuvo que elegir de continuo, y en esas decisiones libres reside su grandeza. Las trampas, toscas unas veces, sutiles otras, del poder, no lo atrapan; si no bastara para evitarlas su aguda conciencia de clase, le sobraría con su firmeza ética para desdeñarlas. A un hombre despejado y voluntarioso como él no le habrían sido difíciles sustanciosos pactos, y no dejaron de serle brindadas ocasiones de aceptarlos.

Pero, entre la cárcel y el medro personal, optó por sufrir persecución y prisiones; entre las sinecuras y la pobreza, prefirió mantenerse fiel a esta última, en la que había nacido y crecido. No era asimilable y, por no serlo, pronto se instrumentaría contra él ese cínico descrédito con el que se intenta manchar al adversario que no se deja intimidar ni sobornar. Quienes se consideran con el más sagrado derecho a usar abrigos de pieles, viajar en departamentos de primera clase, vivir ociosos de sus fincas y sus rentas, o pagar salarios de hambre y mandar al otro mundo a unos cuantos desdichados que piden, en manifestación pacífica, sólo un poquito de todo lo que se les roba, pondrán en circulación, con farisaico escándalo, los infundios de que Pablo Iglesias -¡él,no ellos!- vive de explotar a los obreros que le siguen; usa pieles y billete de primera, pero lo oculta; es propietario de hoteles... Tales infamias, dicho sea de paso, no han terminado hoy, ni acabarán en muchos años, de lanzarse contra ciertos representantes del pueblo: republicanos, socialistas y comunistas de nuestro tiempo han tenido y tendrán que soportarlas, aunque sus cuentas estén claras o mueran sin dejar fortuna. Hasta tal punto subleva (¡ay!, palabra terrible) y alarma a los privilegiados que los explotados reclamen justas nivelaciones.

Aquel gran dirigente socialista fue hombre de salud precaria, porque prefirió gastar sus energías en defensa de los trabajadores antes que en cuidarse. Pudo ser un moderado bien retribuido y aún próspero, pero, ya viejo, sus amigos y compañeros tenían que seguir ayundándolo. Pudo resignarse a la incultura y eligió el estudio. Pudo debilitar sus objetivos, pero el iluminador marxismo de su tiempo lo mantuvo tan inexorablemente combativo como eficaz. Y todo ello fue consecuencia, cierto, de una inconmovible ética personal. ¿De una fatalidad, en suma? Tal vez. Mas no olvidemos que siempre se puede elegir.

En esa dura y libre elección que es toda su vida veo yo su gran talla humana. Y en la luz proyectada por su inteligencia y su conducta brilla todavía la más imperiosa consigna, que aún no hemos sabido realizar hoy del todo: la de la unión de las izquierdas. Figura como la suya nos permiten alimentar esa esperanza; pues todos, independientes o adscritos a muy diversas familias políticas, podemos seguir llamando a este apóstol, con total veracidad, "el abuelo".


Pablo Iglesias, por José Bergamín

Instantáneas del recuerdo: Pablo Iglesias

En los primeros años de este siglo, hacia 1904, siendo yo un niño, conocí a Pablo Iglesias. Lo conocí "de vista". Porque lo veía desde las ventanas de nuestra casa, en El Escorial, en verano, sentado en el balcón alto de la suya, donde siempre estaba, respirando el aire puro de la montaña. Nuestras casas estaban a la salida del pueblo, al final de la cuesta de la alameda y la calle de Peguerinos, en el comienzo del romeral, camino de la presa y la fuente de la teja, a campo abierto, poblado de pinos muy pequeños todavía y sin sombra, ardiendo al sol.

Al bajar al pueblo, teníamos que cruzar la calle pasando bajo su balcón. Allí estaba siempre. Me parecía muy viejo. Cuando pasábamos mi padre y yo, hacía ademán de levantarse para saludarnos. Recuerdo muy bien su gesto cariñoso, su sonrisa amable, su rostro "dulcemente duro" -que diría el poeta- como el que vi de Lenin momificado muchísimos años después en Moscú: casi diría que parecidos en mi recuerdo. Nos saludaba siempre con la mano, como mi padre a él; y cuando yo pasaba solo o con mis hermanos nos saludaba lo mismo.

Mi padre me hablaba algunas veces de Pablo Iglesias, aquél viejecito que yo veía constantemente en su balcón. La primera vez que me dijo quien era (ahora lo recuerdo muy bien) me dijo que era un obrero republicano y socialista. Yo lo único que comprendía era lo de obrero: la palabra republicano y socialista fue siempre inalterable para mí. Tiempos después, sin alterarlo, pensaba que un obrero no podía ser más que republicano (de esto estaba seguro y aún creo que lo sigo estando) y luego, socialista. Pero de esto último no estaba ni estuve muy seguro nunca.

Lo importante y seguro para mi (y repito que lo sigue siendo, desde mi niñez hasta ahora, pasando por las "edades medias" o intermedias de mi vida) es lo de que un obrero español, por serlo y para serlo de veras, tiene que ser republicano: o, como si dijéramos, republicano de nacimiento. Si no es así, el obrerismo muere en él: el "obrerismo" popular, y por consiguiente, inmortal, de Pablo Iglesias, el obrero republicano que inventó o descubrió, por primera vez en España, el socialismo. Y que como obrero y republicano y español hablada marxismo sin saberlo.

Aquel partido obrero republicano y socialista español de Pablo Iglesias y sus sucesores legítimos, a los que yo, no solamente vi, como a él, sino que conocí y traté con amistad viva (Francisco Largo Caballero, Daniel Anguiano, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, Julián Besteiro, Luis Jiménez Asúa, Luis Arasquistáin, Julián Zugazagoitia, Juan Negrín...) murió como su fundador Pablo Iglesias. Y no murió "a manos de la melancolía" -que diría Cervantes- sino a las de la "cruzada" sangrienta que lo exterminó para siempre. Y precisamente porque era obrero y republicano y español como Pablo Iglesias.


Pablo Iglesias, por José Hierro

Una nube para Pablo Iglesias

Mi padre era republicano. Mejor dicho, mi padre era de Azaña. Alguna vez me leyó fragmentos de El jardín de los frailes. Yo estaba mentalizado - como se dice ahora - para emocionarme, cuando comenzó el asedio a Madrid, con aquellas palabras de Azaña: "y en Madrid, donde nunca pasaba nada, pasa hoy lo más grande de la historia". Mi padre era republicano, muy liberal y respetuoso con todos, y por ello no trató jamás de hacerme republicano. Ni me habló de política, sino de algún ser concreto, como Azaña. Seguramente no mencionó jamás el nombre de Pablo Iglesias. Pero ese nombre existía, vagamente, para mí. Era el nombre de alguna avenida de alguna ciudad española. Existía su imagen: un hombre de barba blanca y mirada bondadosa que se me confundía con otras imágenes: la del arquitecto Gaudí, la del filántropo Marqués de Valdecilla. Yo me enteré que había sido tipógrafo, lo que me lo aproximaba al Julián de La Verbena de la Paloma. A los 14 años míos, Pablo Iglesias era una imagen borrosa, un antepasado romántico de otros seres bien concretos cuyos nombres y apariencia física - gracias a los periódicos - tenían una realidad para mí: Prieto, Largo Caballero, el de los ojos claros, Besteiro, don Fernando de los Ríos, el de los ojos oscuros y barba semítica y juanramoniana. Pablo Iglesias era, además de muchas avenidas en muchas ciudades españolas, además de un antepasado de unos seres concretos, un arma arrojadiza utilizada por quienes, en la década de los treinta, trataban de mantener las esencias más puras de aquel socialismo que, en 1879, había conmovido a un Madrid donde nunca pasaba nada. Pablo Iglesias era, para mí, una incógnita que debía ser despejada. Era un demonio revolucionario. Era un santo laico cuyo nombre sonaba beatamente en labios obreros y socialistas. Estas versiones, tan disímiles, me lo convertían en una figura lejana y decorativa, en un ser arqueológico más que en un punto de partida hacia el futuro.

Hay una biografía suya que debes leer", me dijo alguien. Pero eso sucedería más tarde, cuando yo tenía diecisiete años o dieciocho. Cuando me lo dijeron había que hablar muy secretamente de Pablo Iglesias, de Largo Caballero, de Besteiro, de Fernando de los Ríos. Cuando todos ellos no eran otra cosa que recuerdo, remoto o próximo. Si yo hubiese hallado esa biografía, la hubiese leído con ese placer de lo clandestino y prohibido. Ocurría esto cuando Besteiro, preso, era increpado por sus compañeros de prisión porque "por tí estamos aquí". Y yo pensaba si Pablo Iglesias, muerto en olor de multitud, no habría padecido la pena de escuchar palabras semejantes en caso de estar vivo en 1939. Sus ojos bondadosos me hacían pensar que él también hubiese creído las palabras de quienes aseguraban que "sólo serán castigados los que tengan las manos manchadas de sangre". Pero no era posible prever las reacciones de un ser, un mito, que había concienciado a la clase obrera española, los Julianes de finales de siglo. Me faltaban datos para aventurarme en esa tarea de recomponer lo que pudo haber sido.

"Hay una biografía suya que debes leer". Me dijeron que estaba escrita por un periodista exiliado en Francia, Julián Zugazagoitia. Un nuevo nombre para incorporar a mi nebulosa galería. No conocía su rostro, ni su importancia. Pero el nombre me bastaba para saber que en él estaba encerraba la llave del secreto que me revelaría la personalidad de Pablo Iglesias. El libro - me adelantaré a decir que no lo he leído jamás - tendría poder para convertir un rostro difuso en un ser concreto.

Fue entonces cuando vi el rostro de Zugazagoitia. Aunque sería más exacto decir que no llegué a ver su rostro, sino su figura lejana, abajo, en el patio, cuando los demás estábamos en las galerías. Creo que eran cuatro figuras de nombre familiar: Cruz Salido, Teodomiro Menéndez, Rivas Cherif. Corrían rumores de que habían sido traídos a España por la Gestapo. Cuatro siluetas lejanas de las que llegué a conocer dos rostros: el de Rivas Cherif, cuñado del mitificado Azaña de mi padre, y el de Teodomiro Menéndez, grabado en mi mente adolescente cuando, durante el octubre de 1934, se arreó desde una ventana cuando fue detenido. Un mito mío al que oí hablar con cerrado acento asturiano de pintorescos sucesos que tenían como protagonistas a los concejales republicanos del ayuntamiento de Gijón. Y pensé que algún día Zugazagoitia podría contarme cosas de aquel desvaído Pablo Iglesias.
Ahora me doy cuenta de que, cuando escuchaba a Teodomiro Menéndez, yo no pensaba en la posibilidad de escuchar a Zugazagoitia. Hay una razón: Teodomiro y Rivas Cherif podían hablar con nosotros porque su incomunicación terminó el día que fusilaron a sus compañeros: Zugazagoitia se llevaba con él la llave del secreto. Ya nunca podría saber quién y cómo era en realidad el mítico Pablo Iglesias. Y no quiero leer su biografía, la he tenido en mis manos.

Esta nube tenía lugar en el año - no estoy muy seguro, y no me apetece consultarlo - 1941, en la prisión Porlier de Madrid, cuarta galería.


Pablo Iglesias, por Aurelio Martín Nájera

Rehaciendo el camino

Hoy, a finales del año 2000, al cumplirse el 150 aniversario del nacimiento y el 75 del fallecimiento de Pablo Iglesias, volvemos a lograr los tres compromisos que las organizaciones socialistas españolas se propusieron al despedir a su fundador en el Cementerio Civil de Madrid en diciembre de 1925.

La creación de una "Fundación" que dedicara su labor propagandista y educativa a difundir el pensamiento y la obra de Pablo Iglesias; la publicación de sus artículos, discursos y correspondencia en la edición de sus Obras Completas y la construcción de un "Monumento" en Madrid dedicado a consagrar su memoria, fueron los tres propósitos que se marcaron sus discípulos como homenaje a la figura de "el abuelo".

Estos tres anhelos se fueron consiguiendo a partir de abril de 1931 tras la proclamación de la Segunda República y la instauración de un régimen de libertad y democracia tras largas décadas de monarquía absoluta.

La "Institución Pablo Iglesias" quedó inscrita, el día 14 de junio de 1932, en la Dirección General de Seguridad, con arreglo a la nueva Ley de Asociaciones y, en el plazo de cuatro años, logró su propósito fundacional de "adquirir por suscripción pública nacional un edificio, que se denominará Fundación Pablo Iglesias, el que tendrá por objeto difundir sus ideas en salón de conferencias, biblioteca, imprenta, redacción y administración de El Socialista....".

A partir de 1936, la Fundación Pablo Iglesias, con sede en la calle Trafalgar número 31 de Madrid, inició sus actividades -limitadas por la situación bélica- albergando el periódico El Socialista y la Gráfica Socialista y exponiendo en una de las plantas del edificio el despacho y la biblioteca de Pablo Iglesias, cedidos a la Fundación por su viuda Amparo Meliá.

El resultado de aquel gran esfuerzo colectivo tuvo corta vida. En 1939, concluida la guerra civil, el régimen franquista usurpó estos locales y en ellos se editará, con la maquinaria trabajosamente adquirida por las organizaciones socialistas, el Boletín Oficial del nuevo régimen.

En segundo lugar, en 1935, Juan Almela Meliá inició la edición de las Obras Completas de Pablo Iglesias, con un primer volumen titulado Reformismo social y lucha de clases, en el que se recogía su informe escrito ante la Comisión de Reformas Sociales en 1884 y sus artículos en los dos primeros años de vida de El Socialista (1886-1887).

La promesa de publicar en volúmenes posteriores sus intervenciones parlamentarias, su correspondencia y sus colaboraciones periodísticas no pudo llevarse a término por el estallido de la sublevación militar en julio de 1936.

Y, en tercer lugar, el domingo 3 de mayo de 1936, Indalecio Prieto, como miembro de la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista; Marcelino Domingo, como Ministro de Instrucción Pública y en representación del Presidente de la República y Pedro Rico, como Alcalde de Madrid, inauguraron el monumento a Pablo Iglesias que el Ayuntamiento de Madrid erigió en el Parque del Oeste.

   

Allí se reunieron, sobre una planta arquitectónica diseñada por Santiago Esteban de la Mora, numerosos frescos del pintor Luis Quintanilla y varias esculturas de Emiliano Barral. Como figura central, la cabeza de Pablo Iglesias que fue mutilada bárbaramente por los picos falangistas al final de la guerra civil.

El monumento, muy deteriorado por haber quedado durante la guerra civil en el frente de fuego del cerco de Madrid y por las acciones destructoras de los falangistas, fue demolido en 1947.

De la destrucción total se salvaron dos piezas escultóricas de Emiliano Barral: una copia en escayola del "Grupo de Obreros" que figuró en dicho monumento y que se ha conservado en el Museo Municipal de Madrid y la cabeza mutilada de Pablo Iglesias, que fue trasladada y enterrada en el Parque de El Retiro por funcionarios municipales socialistas. En febrero de 1979 y gracias a los planos conservados por José Pradal Gómez, fue desenterrada y, en diciembre de 1982, colocada en la entrada de la sede de la Comisión Ejecutiva del PSOE en Madrid, en la calle de Ferraz, al inaugurarse ésta.

La muerte de Franco en noviembre de 1975 y la celebración de elecciones democráticas en junio de 1977, hicieron posible que las organizaciones socialistas, de nuevo en régimen de libertad y democracia, decidieran rehacer el camino.

En 1977 se constituyó la Fundación Pablo Iglesias en Madrid, con el doble propósito de: "favorecer la difusión del pensamiento socialista" y "recuperar y reunir la documentación histórica y actual del socialismo español".

Hoy, tras veintitrés años de intensa labor de recuperación del patrimonio histórico, se han publicado los seis primeros volúmenes de las Obras Completas de Pablo Iglesias con el objetivo de dar a conocer a las generaciones actuales todo cuanto éste escribió desde 1870, fecha de su primer artículo en La Federación hasta diciembre de 1925, cuando dejó sus últimas cuartillas inacabadas en su mesa de trabajo.

Sus escritos y discursos entre 1870 y 1887 se recogen en el primer volumen. Las intervenciones parlamentarias desde su primer discurso en 1910 hasta su última presencia en la Cámara en 1919 se incluyen en los volúmenes 2 a 4 y la correspondencia que se ha conservado del mismo ha sido transcrita en los volúmenes 5 y 6.

En años próximos aparecerán: el resto de sus escritos y discursos; sus intervenciones en las actas de las Comisiones Ejecutivas y Comité Nacionales del PSOE y la UGT y en los Congresos Socialistas Internacionales y un volumen que recogerá sus principales biografías.

Por último, sólo queda por cumplirse el tercero de los compromisos adquiridos por los socialistas a la muerte de Pablo Iglesias. Quizás cuando estas páginas vean la luz, sean una realidad las buenas intenciones que el Alcalde de Madrid manifestó, a comienzos del presente año, a la petición que le hicieron Alfonso Guerra y Cándido Méndez para que Madrid contara de nuevo con un monumento dedicado al fundador de las organizaciones socialistas. ¿Será posible?


Pablo Iglesias, por Enrique Moral Sandoval

Pablo Iglesias y el progreso de España

Al celebrarse en este año el sesquicentenario del nacimiento de Pablo Iglesias, y el septuagésimo quinto aniversario de su muerte, pensamos que es una buena oportunidad para reflexionar brevemente sobre el legado del fundador por antonomasia del socialismo español.

Al contemplar la obra de este tipógrafo, que por toda enseñanza contó con dos años de aprendizaje del oficio en los talleres del Hospicio madrileño, más las esporádicas clases nocturnas para obreros que pudo seguir en su juventud, sorprende la pervivencia más que centenaria del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. Instituciones ambas, que además de ser las más veteranas de España en su campo, siguen jugando un papel institucional de primer orden dentro de nuestro sistema democrático.

Esta parte del legado de Pablo Iglesias es, sin duda, la más conocida y reconocida. Es por ello que en estas cuartillas vamos a referirnos a un aspecto poco conocido de la labor del dirigente socialista y que, sin embargo, constituyó un esfuerzo singularísimo cuyas benéficas consecuencias han contribuido en buena parte al progreso de nuestro país. Nos referimos al notable esfuerzo modernizador que desplegó durante la mayor parte de su existencia como dirigente político y sindical.

Para respetar los límites de este artículo, nos referiremos exclusivamente a dos aspectos básicos de las sociedades contemporáneas: la educación y la posición de la mujer.

Formado en las filas de la Asociación Internacional de Trabajadores, donde tuvo la oportunidad de conocer a las máximas figuras del socialismo como Marx y Engels, con el que sostuvo una interesante relación epistolar, fue consciente desde muy temprano de la importancia suprema que para la sociedad en general, y para los trabajadores en particular significaban la educación, la formación y la cultura.

La España de finales del siglo XIX, en la que inicia su andadura el socialismo hispano, era un país notablemente atrasado, con un 70% de analfabetos, una gran masa de niños y jóvenes sin escolarizar, con graves carencias en el magisterio y una población mayoritariamente asentada en el medio rural. La enseñanza pública, durante la Restauración, no constituyó pese a sus lacerantes carencias una preocupación destacada para los gobiernos turnantes. Las partidas presupuestarias destinadas a educación, retribución del profesorado y construcción de centros escolares llamaban la atención por su exigüidad.

No hacía falta ser un profundo conocedor de los principios de la lucha de clases, como era el caso de Pablo Iglesias, para percatarse de que las clases superiores de la sociedad española no carecían de este servicio esencial, mientras que los trabajadores y los campesinos eran los principales perjudicados por tan imperdonables carencias. Ante esta situación, la labor de Iglesias se desarrolló en una doble vertiente. Desde la prensa y desde la tribuna política primero, y más tarde desde el escaño parlamentario no dejó de denunciar tan penosa situación, reclamando insistentemente la actuación urgente de los poderes públicos. En el plano interno de las organizaciones socialistas por otra parte, dio curso desde las Casas del Pueblo a todo tipo de iniciativas con el fin de paliar, en la medida de sus limitadas posibilidades, tan escandalosas carencias.

De esta forma, los centros obreros socialistas, que desde muy pronto fueron extendiéndose por toda la geografía nacional, además de albergar a las entidades políticas y a los sindicatos, se fueron constituyendo en auténticos espacios de educación y formación en los que funcionaban, con carácter gratuito, escuelas laicas, escuelas para adultos, orfeones, grupos de danza y teatro, entidades deportivas y asociaciones educativas de diverso género, que abarcaban desde la formación profesional hasta la enseñanza del esperanto. Estas actividades más o menos regladas, se veían complementadas con la existencia de una surtida biblioteca, cuyo contenido de carácter vario no se limitaba a la literatura política, y la proliferación de conferencias y coloquios en los que, con frecuencia, ocupaban la tribuna notables profesores, médicos, escritores y personalidades del mundo cultural que, sin compartir en muchos casos los postulados socialistas, tenían a gala y aceptaban como un honor el dirigirse a un auditorio obrero desde el estrado de las Casas del Pueblo.

A esta labor, que sin duda fructificaría más tarde, dedicó Iglesias buena parte de sus energías como organizador y como orador, lo que no en balde le valió el honroso título de educador de muchedumbres.

Como socialista, era muy consciente de que la situación de incultura y atraso en que los gobernantes mantenían a los trabajadores facilitaba su explotación. Pero como hombre avanzado, que estudiaba con interés la marcha de los países más desarrollados y la situación allí de sus clases obreras, no dejó de fustigar la ceguera y el atraso de unas clases dominantes que ignoraban a su vez el carácter negativo que aquella situación que intentaban perpetuar producía directamente en el resultado de sus actividades económicas.

Mostrando una actitud tan clarividente y progresiva en su tiempo, como también prácticamente aislada, exponía el 26 de noviembre de 1912 en el Congreso de los Diputados, dirigiéndose al Presidente del Gobierno, a la sazón el conde de Romanones, que invirtiendo más en educación "ganaríamos todos con ello porque aunque existe una clase explotadora y otra explotada, a los mismos explotadores les conviene que aquellos individuos sean los más instruidos que quepa y más competentes". Y añadía : "Para la producción no vale lo mismo el obrero inculto, que no sabe nada, que el que sabe; el producto que éste elabora será siempre más perfecto".

Pero además de luchar por la mejora de la enseñanza, incluyendo el incremento de las retribuciones dignas que percibía el magisterio, también se ocupó Iglesias ampliamente de una notable faceta modernizadora, la elevación de la educación cívica y política para transformar a las masas de obreros subordinados y dependientes en auténticos ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus obligaciones. También en esto, la ceguera tanto de los gobernantes como de las clases dirigentes, prefería mantener un electorado ignorante, pobre y manipulable -tan necesitado como para que la venta de su voto por cinco pesetas o un mal jergón le supusiera un verdadero alivio- en su deplorable situación. No se daban cuenta de que con ello se corrompía la voluntad popular, se socavaban las instituciones y se aceleraba, como de hecho sucedió, la descomposición del sistema constitucional vigente al que el propio monarca, en 1923, dio el golpe de gracia al respaldar el pronunciamiento militar de Primo de Rivera.

La práctica del "pucherazo" y la proliferación de todo tipo de fraudes electorales no fue exclusiva de nuestro país. Si bien, en la España de la Restauración ni se trató de evitar ni tampoco, a diferencia de otras naciones europeas cercanas, se hizo el menor esfuerzo por parte de nuestra oligarquía para integrar en el sistema a las fuerzas políticas más avanzadas tanto de la burguesía como de la clase trabajadora.

Pero además de procurar progresos por el lado institucional, Pablo Iglesias consiguió también destacados avances en el plano individual. Con notable esfuerzo, procuró que la mayoría de los trabajadores de la ciudad y del campo tomaran conciencia de que con la abstención que predicaban los apóstoles del libertarismo anárquico, desentendiéndose del protagonismo político que les correspondía, ellos serían los más directamente perjudicados.

En lo que a la mujer se refiere, las decisiones que desde el campo socialista se tomaron, así como los principios igualitarios que defendieron y divulgaron, puede decirse con justicia que supusieron en su época una puesta al día de tal envergadura, que tan sólo en estas últimas décadas se ha conseguido en buena parte llevarlos a la práctica.

En una sociedad que asumía como un valor inalterable la supeditación de la mujer y su dependencia prácticamente total del varón, con independencia incluso de sus posibilidades económicas, los postulados socialistas propugnados por Pablo Iglesias supusieron un aldabonazo e incluso, para la Iglesia católica, un permanente motivo de enfrentamiento.

Siguiendo fielmente las directrices de la Internacional Socialista y sus propias convicciones personales, Pablo Iglesias denunció sistemáticamente la doble explotación que sufrían las mujeres, por una parte en su casa y en su familia y por otra en el campo laboral, donde tanto las condiciones de trabajo como su retribución distaban mucho de equipararse a las del varón.

Desde la elaboración de los primeros programas del partido socialista, en los que intervino Iglesias muy directamente, la igualdad de "los individuos de uno y otro sexo", en todos los órdenes, fue un objetivo que se persiguió sin desmayo.

La tradición, la religión y la ley se oponían al unísono al cambio revolucionario que se promovió desde las filas socialistas.

Desde antes de que alumbrara el siglo XX, aquel pequeño partido incorporó en sus organizaciones, en pie de igualdad, a la mujer.

En el Congreso celebrado el año 1888 se propugnaba "la enseñanza general científica y especial de cada profesión a los individuos de uno u otro sexo". Asimismo, se incluía la jornada laboral de ocho horas, cuando lo normal eran doce y catorce, la prohibición del trabajo a los menores de catorce años y la exigencia del descanso "un día por semana". Se incluía ya la prohibición del trabajo de la mujer en condiciones insalubres o que menoscabaran su dignidad personal y, finalmente, ¡se reclamaba el salario igual para los trabajadores de ambos sexos! En 1888.

En fecha tan temprana como 1912, incorporó a sus programas la reivindicación del divorcio, conseguido con "sólo el deseo de una de las partes". Reclamó de las autoridades, en paralelo siempre con la UGT, la "asistencia médica y (el) servicio farmacéutico gratuitos, así como la creación de casas de maternidad", que hoy llamamos guarderías, "para los hijos de las obreras durante las horas de trabajo".

Y todo ello, como es obvio, junto a la reclamación de las mismas mejoras que pudieran alcanzarse para el varón.

Como puede verse por lo expuesto, y teniendo en cuenta que tan sólo nos hemos referido a dos facetas concretas, la labor de Iglesias y de los socialistas y sindicalistas que sumaron conjuntamente sus esfuerzos, constituyó un impulso modernizador difícil de igualar.

La Institución Libre de Enseñanza, bien que con un carácter eminentemente pedagógico, y en un campo de acción más limitado, había emprendido una tarea que muchos vieron de signo parecido y complementaria de la de los socialistas.

En ambos casos, la necesidad urgente de sacar al país y a sus habitantes del atraso y la incultura en que se hallaban eran coincidentes. De ahí que José Ortega y Gasset, pocos días después de que el dirigente socialista alcanzara por primera vez el escaño parlamentario (El Imparcial, 13-V-1910) publicara un artículo en que decía: "Si hoy consideramos como aspiración profunda de la democracia hacer laica la virtud, tenemos que orientarnos buscando con la mirada, en las multitudes, los rostros egregios de los santos laicos. Pablo Iglesias es uno; don Francisco Giner es otro: ambos, los europeos máximos de España"

 


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* De las obras precedidas de asterisco existen reediciones actuales.

(Fuente: Fundación Pablo Iglesias)


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