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1 de octubre de 1931
se aprobó el derecho al sufragio femenino en España

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La primera vez que se reconoció en España el sufragio femenino fue en la Constitución de 1931 de la Segunda República Española, aunque en las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931 que se realizaron por sufragio universal masculino, a las mujeres se les reconoció el derecho al sufragio pasivo, por lo que pudieron presentarse como candidatas. Aunque sólo tres mujeres resultaron elegidas (Margarita Nelken en las listas del Partido Socialista Obrero Español, Clara Campoamor en las del Partido Republicano Radical y Victoria Kent en las del Partido Republicano Radical Socialista) tuvieron un destacado protagonismo, especialmente las dos últimas, en el debate sobre la concesión del derecho al voto a las mujeres (sufragio activo).

Clara Campoamor.

Durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) hubo un primer intento de reconocer el derecho de sufragio a las mujeres, pero sólo se llegó a aprobar para las elecciones municipales (que nunca se celebraron) y solamente para las mujeres cabezas de familia que eran electoras y elegibles (se trataba del Estatuto Municipal, del 8 de marzo de 1924, que apareció en el Decreto-Ley sobre Organización y Administración Municipal, Arts. 51. y 84, Gaceta de Madrid, 8 de marzo de 1924). Así este electorado femenino fue recogido en el censo electoral (Real-Decreto para la depuración del Censo Electoral, Gaceta de Madrid del 12 de abril de 1924), con el resultado de que en el nuevo censo sólo alrededor de un cuarto de los electores eran mujeres, 1.729.793 mujeres de un total de 6.783.629 votantes (Archivo del Congreso de los Diputados, Sección de Varios, Serie de la Junta Central del Censo o Junta Electoral Central, Legajo 69/2. octubre de 1924). Al año siguiente, en el Estatuto provincial se reconocía también el derecho electoral a las mujeres en las mismas condiciones (Real Decreto-Ley sobre Organización y Administración Provincial de 20 de marzo de 1925, Gaceta de Madrid de 21 de marzo de 1925), pero de nuevo nunca pudieron ejercerlo, aunque fuera sólo las mujeres casadas y viudas, porque las elecciones nunca se celebraron.

En el plebiscito que organizó la Unión Patriótica, el partido único de la Dictadura, entre los días 11 y 13 de septiembre de 1926, que no fue ni siquiera un referéndum en que se pudiera ejercer el derecho al voto sino que fue una recogida de firmas (los que se oponían a la Dictadura no «votaban»), participaron las mujeres mayores de 18 años que quisieron, al igual que los varones. Según los datos facilitados por el propio régimen, en el censo «electoral» de ese plebiscito «patriótico», el 52% eran mujeres, y de éstas participaron un 40%.

En la llamada Asamblea Nacional Consultiva de la Dictadura de Primo de Rivera, cuyos miembros no fueron elegidos sino que fueron designados por el régimen, se autorizó que pudieran participar «varones y hembras, solteras, viudas o casadas», aunque éstas últimas «debidamente autorizadas por sus maridos». Así que en la Asamblea abierta el 11 de octubre de 1927 hubo 13 mujeres, de ellas, Concepción Loring fue la primera mujer en la historia en hablar en una asamblea política española. Una de las funciones encomendadas por el Dictador Primo de Rivera a la Asamblea fue elaborar un anteproyecto de nueva Constitución. En el artículo 58 del anteproyecto que nunca llegó a aprobarse se decía: «Serán electores de sufragio directo todos los españoles de ambos sexos... Serán electores en los colegios especiales los españoles de ambos sexos». Por otro lado, el valor del voto en el anteproyecto era muy reducido dado el carácter «corporativista» y antidemocrático del nuevo régimen que se quería construir. Finalmente el dictador Primo de Rivera presentó su dimisión al rey Alfonso XIII en enero de 1930.

En los debates que hubo en las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española uno de los principales oponentes a la concesión del derecho al voto a las mujeres fue el catedrático de patología de la Universidad de Madrid y diputado por la federación Republicana Gallega, Roberto Novoa Santos ue aprovechó su intervención como portavoz de su grupo parlamentario en el debate de totalidad del proyecto de la Constitución de 1931 para manifestarse en contra del mismo siguiendo argumentos biológicos como que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico sino la emoción y todo lo que tiene que ver con los sentimientos. Basándose en el psicoanálisis sostenía que el histerismo es consustancial a la psicología femenina. Asimismo recurrió al argumento de que conceder el voto a la mujer sería dar el triunfo a la derecha y convertir a España en un «Estado conservador o teocrático». En ese debate de totalidad realizó la siguiente argumentación para defender que a las mujeres no se les debía conceder el derecho al voto, sino solo permitirlas presentarse como candidatas («creo que podría concederse en el régimen electoral que la mujer fuese siempre elegible por los hombres; pero, en cambio, que la mujer no fuese electora»):

¿Por qué hemos de conceder a la mujer los mismos títulos y los mismos derechos políticos que al hombre? ¿Son por ventura ecuación? ¿Son organismos igualmente capacitados? (...) La mujer es toda pasión, toda figura de emoción, es todo sensibilidad; no es, en cambio, reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación. (...) Es posible o seguro que hoy la mujer española, lo mismo la mujer campesina que la mujer urbana, está bajo la presión de las Instituciones religiosas; (...) Y yo pregunto: ¿Cuál sería el destino de la República si en un futuro próximo, muy próximo, hubiésemos de conceder el voto a las mujeres? Seguramente una reversión, un salto atrás. Y es que a la mujer no la domina la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar siempre de la emoción, de todo aquello que habla a sus sentimientos, pero en poca escala en una mínima escala de la verdadera reflexión crítica. Por eso y creo que, en cierto modo, no le faltaba razón a mi amigo D. Basilio Álvarez al afirmar que se haría del histerismo ley. El histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer; la mujer es eso: histerismo y por ello es voluble, versátil, es sensibilidad de espíritu y emoción. Esto es la mujer. Y yo pregunto: ¿en qué despeñadero nos hubiéramos metido si en un momento próximo hubiéramos concedido el voto a la mujer? (...)¿Nos sumergiríamos en el nuevo régimen electoral, expuestos los hombres a ser gobernados en un nuevo régimen matriarcal, tras del cual habría de estar siempre expectante la Iglesia católica española?

El 30 de septiembre de 1931 comenzó el debate del artículo 34 del proyecto de la Comisión de Constitución (36 en la redacción definitiva) en el que se reconocía el derecho al voto de las mujeres. El diputado Hilario Ayuso propuso una enmienda por la que los varones puedan votar desde los veintitrés años, pero las mujeres desde los cuarenta y cinco, a lo que Clara Campoamor no sabe si responder con el «desdén o la indignación». A continuación interviene el portavoz del Partido Republicano Radical para advertir sobre los peligros que entraña el voto de la mujer y propone posponer la decisión a la futura ley electoral. Estas enmiendas son rechazadas.

Al día siguiente, 1 de octubre, interviene Victoria Kent para pedir que se aplace la concesión del voto a las mujeres, porque en su opinión la mujer española carecía en aquel momento de la suficiente preparación social y política como para votar responsablemente, por lo que, por influencia de la Iglesia, su voto sería conservador, lo que perjudicaría a los partidos de izquierdas (para Victoria Kent una de las pruebas del alineamiento mayoritario de las mujeres con la derecha antirrepublicana sería la entrega al Presidente de las Cortes un millón y medio de firmas de mujeres católicas pidiendo el cambio del proyecto de Constitución para que se respetaran los «derechos de la Iglesia»). En su intervención ante la Cámara dice:

Que creo que el voto femenino debe aplazarse. Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal. (...) Lo pido porque no es que con ello merme en lo más mínimo la capacidad de la mujer; no, Sres. Diputados, no es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República. (...) Cuando la mujer española se dé cuenta de que sólo en la República están garantizados los derechos de ciudadanía de sus hijos, de que sólo la República ha traído a su hogar el pan que la monarquía no les había dejado, entonces, Sres. Diputados, la mujer será la más ferviente, la más ardiente defensora de la República; pero, en estos momentos, cuando acaba de recibir el Sr. Presidente firmas de mujeres españolas que, con buena fe, creen en los instantes actuales que los ideales de España deben ir por otro camino, cuando yo deseaba fervorosamente unos millares de firmas de mujeres españolas de adhesión a la República (La Srta. Campoamor: Han venido.)... he de confesar humildemente que no la he visto. (...) Por hoy, Sres. Diputados, es peligrosos conceder el voto a la mujer

En seguida le responde Clara Campoamor en defensa de la concesión inmediata del derecho al voto a las mujeres:

Precisamente porque la República me importa tanto, entiendo que sería un gravísimo error político apartar a la mujer del derecho del voto. (...) Yo soy Diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven... Que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt, de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos, es caminar dentro de ella

Sometida a votación la propuesta de la Comisión quedó aprobada por 161 votos contra 121.

Artículo 36. Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes

Dos meses después Victoria Kent aún hizo un último intento para conseguir que se aplazara el sufragio activo femenino presentando una disposición transitoria en la que se decía que las mujeres no podrían ejercer el derecho al voto en unas elecciones generales hasta después de haberlo ejercido al menos dos veces en unas elecciones municipales. De nuevo intervino Clara Campoamor para oponerse a que «dentro de la Constitución, se eleve, a la manera de los lacedemonios un monumento al miedo». La propuesta de Victoria Kent fue rechazada por un estrechísimo margen, 131 votos contra 127. Reconocido el derecho al voto de las mujeres en la Constitución de 1931, aprobada por las Cortes Constituyentes españolas el 9 de diciembre de 1931.

La primera vez que pudieron ejercer el derecho al voto en todo el territorio español fue en las elecciones generales celebradas el 19 de noviembre de 1933


Margarita Nelken Mausberger

(Madrid, 1896 - México, 1968) Escritora, pintora y política española. El origen alemán de su apellido provocó que, en muchas ocasiones, esta mujer extraordinaria fuera tomada por extranjera en su propio país. Era hermana de otra artista e intelectual de la época, la actriz y escritora Carmen Eva Nelken.

Su afición a la pintura y la música se manifestó muy precozmente, sobre todo en el caso de la primera actividad citada, que cultivó con brillantez y entusiasmo desde la niñez. Así, a los quince años de edad ya había escrito artículos de arte, y desde los dieciocho hasta los veinte protagonizó importantes exposiciones tanto en España como en el extranjero. Pero ciertas dolencias visuales le impidieron seguir manejando los pinceles. Entretanto, comenzó a desarrollar una incipiente carrera literaria. Con tan solo quince años publicó su primer artículo en la prensa inglesa (en la revista The Studio), y enseguida pasó a colaborar con diversos medios de comunicación españoles. El primero en que publicó sus trabajos fue la revista La Ilustración Española y Americana, por aquel entonces dirigida por el brillante escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez.

Mostró interés por asuntos concernientes a los grupos sociales menos favorecidos. Su compromiso con la defensa y promoción de la mujer dio lugar a numerosos artículos sobre el tema, y al ensayo titulado La condición social de la mujer en España (1919), que dio a la imprenta cuando sólo tenía veinticinco años de edad. Al mismo tiempo, su lucha en favor de la infancia la impulsó a fundar un centro de atención para los hijos de las madres trabajadoras, al que llamó "La Casa de los Niños de España", institución que enseguida se vino abajo por el enojo que causó entre las clases más favorecidas.

El compromiso socio-político que daba sentido a su vida llevó a Margarita Nelken a formalizar su militancia en el Partido Socialista, en cuyas listas se presentó a las elecciones generales como candidata por la provincia de Badajoz. No sólo salió elegida, sino que pudo alardear de ser la única mujer que ocupó un escaño de diputada en las tres legislaturas de la República. Posteriormente, su propio espíritu combativo e inconformista -aliado con las dramáticas circunstancias provocadas por el fascismo insurrecto- la empujaron hacia posturas más radicales, que, en 1937, acabaron por conducirla a las filas de Partido Comunista.

Clara Campoamor

Política española, pionera de la militancia feminista (Madrid, 1888 - Lausana, 1972). Procedente de una familia modesta, estudió la carrera de Derecho al mismo tiempo que trabajaba, y se licenció en la Universidad de Madrid en 1924. Al tiempo que ejercía su actividad como abogada, sus inquietudes políticas le llevaron a aproximarse a los socialistas y a fundar una Asociación Femenina Universitaria.

Con el advenimiento de la Segunda República (1931), obtuvo un escaño de diputada por Madrid en las listas del Partido Radical. Formó parte de la Comisión constitucional, destacando en la discusión que condujo a aprobar el artículo 36, que reconocía por vez primera el derecho de voto a las mujeres.

Los gobiernos de la República le confiaron otros cargos de responsabilidad, como la vicepresidencia de la Comisión de Trabajo, la dirección general de Beneficencia, la participación en la comisión que preparó la reforma del Código Civil o la presencia en la delegación española ante la Sociedad de Naciones. También fundó una organización llamada Unión Republicana Femenina.

 

No consiguió renovar su acta de diputada en las elecciones de 1933. Y abandonó España en 1938, ante la inminente victoria del alzamiento de los militares reaccionarios; el subsiguiente régimen de Franco no le permitió regresar al país, de manera que permaneció exiliada, primero en Argentina, y, desde 1955 hasta su muerte, en Suiza.

Clara Campoamor fue una gran valedora de la igualdad de derechos de la mujer, en cuya defensa publicó numerosos escritos (como El derecho femenino en España de 1936, o La situación jurídica de la mujer española de 1938).

Victoria Kent Siano

(Málaga, 1898 - Nueva York, 1987) Política española. En una época en la que las mujeres apenas tenían intervención en la vida pública española, Victoria comenzó a romper las barreras al estudiar Derecho en la Universidad de Madrid, hacerse abogada (fue la primera mujer en ingresar en el Colegio de Abogados de Madrid en 1924, en plena dictadura de Primo de Rivera) y asumir la defensa de Álvaro de Albornoz ante el Tribunal Supremo de Guerra que le juzgó en 1930 por firmar un manifiesto republicano (fue la primera mujer del mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar).

Tras proclamarse la Segunda República (1931) se presentó a las elecciones por el Partido Radical Socialista y obtuvo un escaño de diputada en las Cortes constituyentes. El gobierno de Azaña le nombró directora general de Prisiones (1931-34), cargo desde el cual introdujo reformas para humanizar el sistema penitenciario: mejora de la alimentación de los reclusos, libertad de culto en las prisiones, ampliación de los permisos por razones familiares, creación de un cuerpo femenino de funcionarias de prisiones.

 

Paradójicamente, a pesar de sus convicciones democráticas y feministas, Victoria Kent se opuso a la concesión del derecho de voto a las mujeres, pues creía que lo emplearían en un sentido conservador; y sostuvo una polémica al respecto con otra representante feminista en las Cortes republicanas, Clara Campoamor.

Durante la Guerra Civil (1936-39) fue enviada a París como secretaria de la embajada española (1937). Allí se quedó cuando las fuerzas de Franco derrotaron a la República e instauraron una dictadura reaccionaria en España. Poco después se vio sorprendida por el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) y la invasión alemana de Francia, que le obligó a esconderse para no caer en manos de la Gestapo. Permaneció el resto de su vida exiliada en México y Estados Unidos, donde dirigió la revista de los exiliados españoles, Ibérica.

El sufragio femenino en España: cincuenta años de debate en Cortes y setenta y cinco de celebración

Esperanza Orihuela Clatayud Decana F. Derecho
de Murcia

Aprobado el artículo 36 de la Constitución.161 votos a favor, 121 en contra. Mujeres obtienen derecho a sufragio en igualdad de condiciones con hombres en España.

Éste bien podría ser el texto del telegrama enviado el 1 de octubre de 1931 para informar de la incorporación de España al grupo de países que reconocía el derecho de sufragio a la mujer.

El artículo 36 de la Constitución de 1931 preveía: “ Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes ”. Un artículo en el que se reconoce con todo su alcance y amplitud el derecho de sufragio.

No era esta la primera ocasión en la que nuestros diputados habían debatido sobre la oportunidad, conveniencia y alcance del reconocimiento del voto femenino (sufragio activo). Más de medio siglo hubo de transcurrir entre la primera enmienda (1877) y la aprobación del artículo 36 de la Constitución de la Segunda República para que la sociedad española asimilara, no sin oposición como demuestra el resultado de la votación, que no existía una ley natural que determinara la inferioridad de la mujer respecto del hombre y que la hiciera inepta o incapaz para participar en la vida pública.

En cinco ocasiones nuestras Cortes conocieron y/o debatieron enmiendas o propuestas sobre esta cuestión. Los tiempos los marcan: en 1877, un Proyecto de Ley electoral; en 1907 y 1908, la reforma de la Ley Electoral; en 1919, el Proyecto de Ley de Manuel Burgos y Mazo, y en 1924 el Estatuto Municipal. En todos ellos, salvo la honrosa excepción que confirma la regla (la propuesta de Emilio Alcalá Galiano en los debates habidos entre 1907 y 1908 y más limitadamente el proyecto de 1919 de Manuel Burgos y Mazo que ni siquiera fue debatido), había limitaciones, ya subjetivas, ya materiales, ya en combinación.

En las propuestas planteadas, o bien se acepta el voto femenino para cualquier tipo de elección, pero limitándolo a las mujeres que ostenten la patria potestad (enmienda de 1877) o a las viudas que paguen una contribución no inferior a cien pesetas (propuesta presentada en los debates habidos durante 1907 por el diputado Palomo), o se acompañan estas limitaciones subjetivas con otras relacionadas con el tipo de los comicios en los que se les permite participar. Son propuestas en las que el voto femenino queda limitado a las viudas que ostenten la patria potestad o a las solteras emancipadas (1907 y 1908), o como preveía el Estatuto Municipal de la Dictadura de Primo de Rivera a las mujeres mayores de veintitrés años no sujetas a patria potestad (a excepción de las casadas y las prostitutas) y constreñido exclusivamente a las elecciones municipales.

A la vista de lo dicho resulta evidente que en el primer tercio del siglo XX la confianza en la capacidad política de la mujer española era prácticamente nula. Nuestra Eva no suscitaba mucha confianza como electora y ninguna como elegible.

Si queremos conocer cuáles eran las razones que podían provocar tan injusta situación, puede resultar de gran utilidad echar una ojeada a la publicación de los Diarios de las Sesiones de las Cortes en los que se debatieron o se hizo referencia a estas enmiendas o propuestas. La negativa a reconocer el derecho de sufragio a la mujer no podía argumentarse más que sobre la afirmación de su inferioridad respecto del hombre, algo carente de fundamento como la historia se ha encargado de demostrar. La superioridad o inferioridad, la sabiduría o estulticia, nada tienen que ver con el sexo. La negación de un derecho a un colectivo por una característica común que no guarda relación alguna con el derecho del que se trata no es más que una injusticia y una arbitrariedad.

Pero, ¿qué podemos decir de las limitaciones? Empecemos por esa restricción del voto femenino a las elecciones municipales. ¿Acaso estaban las mujeres más capacitadas para votar en las elecciones municipales que en las de diputados a Cortes? Las razones que se esgrimían nada tenían que ver con la condición femenina. La cercanía, la proximidad con los problemas, intereses y candidatos en las elecciones municipales se produce también respecto del elector-hombre.

Y, ¿qué podemos decir de las limitaciones que discriminan entre un colectivo concreto de mujeres? Aquí es donde la sinrazón llega hasta sus últimas consecuencias. Hoy puede arrancarnos una sonrisa velada, pero para nuestras sufragistas la cuestión no debía ser motivo de risas. Afirmar que reconocer el derecho al voto a la mujer casada podía ser motivo de disputas matrimoniales es, a menos que se quiera fomentar la ruptura del vínculo, cosa no siempre ha sido posible en España, tanto como eliminar la discrepancia y evitar que se edifique la tolerancia en el seno familiar. ¿Habrá algo más positivo para una democracia que la división de opiniones en el seno familiar? Por lo visto a principios de siglo en España esto era impensable, quizá por ello escribimos parte de nuestra historia con tinta roja.

Negar el derecho de sufragio a la mujer carecía de lógica y, aunque los proponentes que hasta ahora hemos mencionado eran en su mayoría políticos de derechas que confiaban en el clericalismo de las viudas españolas, los políticos de la Segunda República fueron los primeros en incorporarlo al Texto Constitucional.

Conmemoramos, por tanto, el setenta y cinco aniversario del reconocimiento del derecho de sufragio a la mujer en España. Una conquista que, aunque experimentó un intento de rebaja dos meses después – - propuesta de reducción a elecciones municipales derrotada por 131 votos contra 127 - ha hecho posible otras muchas. ¿Acaso alguien puede imaginar ciertos avances legislativos sin la presencia de las mujeres en las Cortes Generales? ¿Habrían sido posibles, por ejemplo, las reformas que llevaron a eliminar las exigencias que impedían a la mujer casada disponer de sus bienes libremente, la equiparación de derecho entre los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, o avances normativos tan importantes como los relacionados con la investigación de la paternidad, o la ley integral contra la violencia de género?

Si el siglo XX , gracias a María de Maeztu, Clara Campoamor o Victoria Kent entre otras, ha sido el siglo de la revolución femenina - una revolución pacífica, inteligente, madura, global… - , el siglo XXI bien puede ser el de su acción. Un siglo en el que la mujer ha de demostrar que existen otras formas de gobernar, de gestionar recursos, de conseguir objetivos y priorizar intereses. Un siglo en el que lo femenino permita unir a las personas con independencia de su sexo u orientación sexual y donde el leitmotiv sea la tolerancia y la riqueza de la diversidad.

Fuente: Universidad de Murcia

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Víctor Arrogante
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