La batalla por Madrid

4 de noviembre de  2013

 
«El Gobierno ha resuelto, para poder continuar cumpliendo con su primordial cometido de defensa de la causa republicana, trasladarse fuera de Madrid, y encargar a VE la defensa de la capital a toda costa». Esta fue la orden emitida por el presidente del consejo de ministros Francisco Largo Caballero al general Miajas, el 6 de noviembre de 1936. Han pasado setenta y siete años, desde que comenzara la batalla por Madrid.
 
El gobierno legítimo de la República se traslada a Valencia, para seguir gobernando, lo que quedaba de la administración republicana, tras el colapso producido por el golpe de estado militar-fascista. Para la ardua y casi imposible misión de defender Madrid del ataque rebelde, se constituye la Junta de Defensa de Madrid, con facultades delegadas del gobierno para la coordinación de su defensa, que deberá llevarse al límite y «en el caso de que a pesar de todos los esfuerzos haya de abandonarse la capital, replegarse a Cuenca», para establecer una línea defensiva, dice la orden expeditiva.

Los rumores sobre la inminente entrada de los fascistas, recorre las calles solitarias y las casas oscuras de la villa. El derrumbamiento parece inminente. Antes de que amanezca, los moros y legionarios podrían pasearse por la Puerta del Sol. Los miles de seguidores de Franco, la llamada «quinta columna» de Mola, están preparados. «Franco se contentó con dejar descansar a sus vanguardias en los arrabales y se puso a repartir por Europa invitaciones para asistir a la toma de Madrid, que era suyo», Cuenta Chaves Nogales en su relato de la Defensa de Madrid. Perdió la oportunidad al regodearse de su victoria.

La defensa de Madrid fue posible, hasta que dejó de serlo, por el ardor del pueblo madrileño; mujeres y hombres, pese al gobierno, pese al estupor del momento y frente al acoso fascista, que con todo su poder militar —legionarios y regulares africanos y armamento alemán e italiano—, soportaron una guerra sin cuartel. José Miajas, general del ejército popular, «héroe de Madrid», hizo posible lo imposible: detener al enemigo en el Manzanares, tras feroces combates en la Ciudad Universitaria, en Vallecas o en el puente de Toledo. Sin Miaja, no se hubiera impedido la entrada de las tropas moras.

Cuando las tropas africanas llegan, Madrid está defendido por fuerzas milicianas, poco operativas, sin organización y con escasos mandos profesionales. Pero Madrid no fue ocupada. Posteriormente se creó el Ejército Popular —que tomó el testigo de los voluntarios del Quinto Regimiento— y puso bajo su mando a las milicias anarquistas, socialistas y comunistas. La mancha de Miaja, su apoyo al golpe del coronel Casado. Tanto esfuerzo y sacrificio para que, sin luchar contra el enemigo —sí lo hicieron contra los comunistas, provocando más de dos mil muertos— y sin la «paz honrosa» que perseguía Negrín, se entregó Madrid al ejercito rebelde y vengativo, como algunos esperaban, que ya había sido reconocido oficialmente por las potencias internacionales.

—Me voy al frente Felisa, que llega el tranvía—. Así, como si fuera a la cafetería Bolonia en Manuel Becerra donde trabaja. —Ten cuidado—. Contesta. —Y tú con los obuses en la Gran Vía—. Víctor se pone correajes y cartucheras, coge el fusil, se calza el gorro con orejeras y marcha a las trincheras del Manzanares, las casas de Carabanchel o al Canto del Pico, en la sierra. Hasta cuarenta mil combatientes defendieron Madrid y con ellos, los más de tres mil quinientos valientes de las Brigadas Internacionales, desde el Puente de los Franceses, la Ciudad Universitaria o la Casa de Velázquez. 

El general de la defensa de Madrid, recibe en su despacho —en los oscuros y húmedos sótanos del ministerio de hacienda— el número de bajas. Caen decenas y centenares de hombres soldados; mujeres, niños y hombres civiles caen también, Las balas de las ametralladoras, los morteros y obuses enemigos arrasan vidas y destruyen barrios enteros. No hay armas bastantes y faltan municiones, pero no se retrocede. «No pasarán» gritaba el pueblo por las calles, con el puño en alto convencido de su poder. Pero pasaron: «ya hemos pasao, decían los fascistas», con voz de Celia Gámez, tras tres años de lucha sin cuartel.

Madrid se fortifica, a la espera del día «D» y se prepara para «luchar hasta la muerte». Diez mil defensores murieron o fueron heridos en Madrid y entre cinco y diez mil soldados del ejército de Franco murieron en el asalto que no pudo ser. En la retaguardia, la vida sigue, el hambre se hace costumbre y el «biruji» curte el cutis. Hay que organizar el abastecimiento de alimentos, agua, electricidad y ropa de abrigo para los camaradas y compañeros, y crear un cuerpo de seguridad contra los «paseos». Una mañana, Miaja leyó en el parte diario: «sin novedad». Esa noche no había ningún asesinado en las tapias de los cementerios. El orden interno se estaba restableciendo. 

La defensa de Madrid se preparó en una noche. Se suponía que el gran ataqué vendría desde Carabanchel y Villaverde, donde estaban acuartelados cuarenta mi hombres enemigos. En una operación de distracción varias columnas avanzarían hacia el Puente de Segovia y el de Toledo. Pero el verdadero ataque —se descubrió— se produciría por la Casa de Campo y Ciudad Universitaria hasta el Hospital Clínico, para caer sobre Madrid por Rosales, Marqués de Urquijo y Princesa, hasta llegar a la Plaza de España. Se estableció una línea de defensa desde Villaverde-Entrevías, Vallecas, Puente de la Princesa, Carabanchel y carretera de Extremadura. La mayor fuerza en la Casa de Campo y Puente de la República —hoy Puente del Rey— y emplazamientos en el Puente de los Franceses, Humera-Pozuelo de Alarcón y Boadilla del Monte. Dio resultado. Madrid quedó cercado, salvo la salida hacia levante, hasta marzo de 1939. 

Miajas, Vicente Rojo, Emilio Kléber, Cipriano Mera, «El Campesino», Líster, Juan Modesto y Buenaventura Durruti —muerto en combate en la Ciudad Universitaria—, con su decisión y arrojo, fueron determinantes para la defensa de Madrid; pero sobre todo Víctor, Felisa, Luis, Teresa, Concha, Pepita, Pedro o Antonia, Manuel y Rosario y los miles de vecinos de este pueblo. En su memoria.
 

 

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Víctor Arrogante
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