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Pablo Iglesias, visto por Felipe
González
Pablo Iglesias en el aniversario de un
fundador
Los
aniversarios son una excelente ocasión para recuperar memoria. Y tal vez sea la
falta de memoria, rayana en la amnesia, uno de los rasgos de la España que desde
1978 estamos construyendo. Mala cosa; porque las sociedades se nutren también de
sus tradiciones, su cultura, sus narraciones....su historia. Por eso aprovechar
los aniversarios -por fuerza frecuentes en un viejo país como el nuestro- para
hacer ejercicios de memoria, puede ayudar a construir mejor la España del
futuro. En este caso, además, el aniversario no es el de un personaje oscuro que
transitara por las orillas de nuestra historia y que apenas dejó huella. Es el
150 aniversario del nacimiento de Pablo Iglesias, el fundador del
socialismo español y una de las personalidades más decisivas de la España del
siglo XX. Bien merece, pues, aprovechar el acontecimiento para rescatar su
recuerdo, su pensamiento y su trayectoria. Tal es el marco de esta edición de
las Obras Completas que acomete la Fundación Pablo Iglesias.
A los volúmenes dedicados a los escritos, artículos e intervenciones
parlamentarias, se añaden ahora estos dedicados a la correspondencia de Pablo
Iglesias. Esta no podría falta en unas obras completas, pues atender la
correspondencia fue una de las actividades a las que dedicó más tiempo. Al final
de la jornada, tras cumplir con sus obligaciones parlamentarias o visitar las
más alejadas agrupaciones socialistas, enfermo en muchas ocasiones, extenuado
por los viajes y los mítines, Pablo Iglesias se encerraba hasta las tres
o las cuatro de la madrugada para contestar las cartas recibidas o escribir a
algún correligionario. Se ha calculado en 43.800 las cartas escritas de su puño
y letra. No está aquí toda la correspondencia, claro está, pues mucha se ha
perdido en medio de la atormentada y cruel historia de la España del siglo XX.
Pero las 404 cartas que aquí se incluyen son una excelente muestra de lo que
debió suponer de esfuerzo para Pablo Iglesias y de orientación y aliento
para una organización que estaba naciendo en un medio un tanto hostil.
De los cincuenta y dos destinatarios de estas
cartas, una parte relevante de los mismos son los líderes del movimiento
socialista internacional. Ahí están, en una emocionante cercanía, el "estimado
maestro" o "ciudadano Federico Engels" - que le pide que, por favor, le
siga tuteando- o Jules Guesde, Paul Lafargue, Karl Kausky,
W. Liebknecht o Albert Thomas. El lector de estas cartas podrá leer,
entre otros interesantes documentos, los informes que Pablo Iglesias
remite a Engels que, a veces, terminan con unos "cariñosos recuerdos a
Aveling, la hija de Marx"; o las cartas a Liebknecht para
recordar a este el compromiso de enviarle el texto y la música de la
Internacional; o la petición de un permiso a Karl Kaustsky para que
Oscar Pérez Solís, "ese capitán de artillería de Valladolid" pueda traducir
al castellano el Chemin au Pouvoir. Es así como los grandes líderes de la
Internacional se asoman, a través de estas cartas, a la vida no sólo de Pablo
Iglesias sino del socialismo español.
Pero la correspondencia más sustanciosa es la
que mantuvo con los líderes obreros. Son cartas hacia el interior del Partido;
cartas para animar a los que flaquean, alentar a los militantes perseguidos,
pedir informes sobre la marcha de la organización, poner sobre aviso frente a
las tentaciones del poderoso anarquismo, sugerir suscripciones para EL
SOCIALISTA o llamar la atención a ciertos correligionarios. Las cartas nos
muestran esa atmósfera, a veces un tanto ensimismada, del socialismo español;
pero al mismo tiempo ponen de manifiesto el talante pedagógico de este educador
de muchedumbres que quiere una organización seria, dispuesta a basar su
estrategia en los datos de la realidad: "no sólo quiero saber las mejoras
alcanzadas por los obreros -escribe el 26 de junio de 1903- sino lo que les ha
costado obtenerlas, el tiempo que las disfrutan y los individuos a quienes
alcanzan. En una palabra, la mayor suma de datos". Datos de la realidad española
y respeto a los compañeros es lo que se necesitaba: "creo, como tú, que hay que
educar bien a los del monte para lo cual no ha de hablárseles apenas de
sentimiento y sí mucho, todo cuanto permita su estado mental, a la razón". Sólo
así, con rigor, con educación y seriedad, huyendo de aventurerismos - "sólo por
cosas gordas debemos exponernos a perder la libertad"- se podría construir ese
gran partido que, cuando llegara el momento, pudiera hacer realidad su propio
proyecto de liberación económica, social y política para España.
A veces, se ha acusado a Pablo Iglesias
de hacer del PSOE un partido huraño y al que el mito de la revolución final le
impedía centrarse en la solución de los problemas estrictamente nacionales. Y,
sin embargo, a sus cartas se asoma toda una época rebosante de acontecimientos
transcendentales: desde los primeros momentos de la Restauración hasta la
Dictadura de Primo de Rivera, pasando por el llamado "Desastre del 98",
la Conjunción Republicano Socialista, las aventuras africanas, la Gran Guerra o
la huelga general revolucionaria. Y aquí, en la intimidad de las cartas, que
habían de leerse con cierta emoción religiosa en cada Casa del Pueblo, el
fundador del Partido Socialista iba interpretando para sus compañeros los
grandes acontecimientos de la historia de España y marcando la línea a seguir.
Les explicaba, por ejemplo, cuán grande sería para España la pérdida de Cuba;
pero les exponía también que si a "los hijos de Cuba" les parecía insuficiente
la autonomía y reclamaban la independencia "perdiéramos o no perdiéramos, no
teníamos derecho a obligarles a vivir de un modo que no les agradaba". Otras
veces ponía en guardia sobre la falta de fundamento de las ilusiones que había
despertado Canalejas, "ese falso radical" sin escrúpulos a la hora de
alcanzar el poder y sometido a la tutela del Ejército. En ocasiones tenía que
defender, frente a las críticas, la estrategia de la Conjunción Republicano
Socialista que si no hubiera existido "nosotros no habríamos obtenido dos
victorias" en las últimas elecciones. Explicaba a Besteiro hasta qué
punto la Gran Guerra repercutiría en la política nacional española y se
lamentaba de la miopía de la Corona y de sus consejeros que habían dejado pasar
la oportunidad que supuso la huelga general revolucionaria de 1917 de regenerar
el sistema de la Restauración: "Ya habéis visto -escribe a Besteiro,
Largo, Saborit y Anguiano presos en el penal de Cartagena- la
solución de la crisis. Arriba no quieren ir a unas Cortes Constituyentes, y mi
opinión es que si se fuera a ellas se votaba a la Monarquía. Para que unas
Cortes Constituyentes traigan la República es necesario que convoque aquellas un
Gobierno revolucionario. Las Cortes, cualesquiera que fueran que traiga un
Gobierno bajo el actual régimen, no derribarán a este. La corona o quienes la
aconsejan no ha tenido talento en esta ocasión -casi nunca lo han demostrado".
Las cartas, escritas posiblemente a altas horas de la madrugada, que enviaba
para orientar a los todavía escasos correligionarios, ponen de manifiesto el
interés y el compromiso con los problemas de España.
Hay un tercer destinatario de las cartas: los
intelectuales que comenzaron a acercarse al Partido Socialista. Las cartas
también obligan a matizar el cliché de un partido socialista obrerista, hosco y
reticente ante los intelectuales. Basta con leer la correspondencia cruzada con
Dorado Montero o Miguel de Unamuno. Al primero le escribía el 24 de
mayo de 1894 para animarle a ingresar en el Partido Socialista: "Celebro
muchísimo que el Socialismo tenga en usted un buen soldado. Ahora, le dice, no
falta más que, sino que imitando a Ulibarri y Vera y otros, entre
usted a formar parte de la organización socialista". Y pocos meses más tarde
-en diciembre- daba la bienvenida a Miguel de Unamuno con un "Estimado
correligionario... Excuso decirle que su ingreso en el Partido Socialista me ha
causado un verdadero placer como lo experimentaré siempre que vea venir a las
filas emancipadoras hombres del campo intelectual". Tal vez llevará razón
Ortega y Gasset cuando afirmó años más tarde que el problema de España no
estaba tanto en el pueblo como en sus elites.
Pero mejor que sea el
propio lector el que se adentre en estos centenares de cartas y haga
ese ejercicio de memoria que nos debe permitir recuperar parte de
nuestra historia; posiblemente la parte más noble, más ambiciosa y
moderna; la más generosa e integradora. Y tal vez al terminar la
última carta de estas 404 que aquí se transcriben, el lector quiera
recordar conmigo los versos de Goethe: Dichoso aquel que
recuerda con agrado a sus antepasados; Que gustosamente habla de sus
acciones y de su grandeza; Y que serenamente se alegra viéndose al
final de tan hermosa fila.

Pablo Iglesias,
visto por José Luis Rodríguez Zapatero
Evocación de Pablo
Iglesias
Pablo Iglesias evoca muchas cosas en la
imaginación de los socialistas. Evoca la rebeldía primordial del socialismo. Hay
un Pablo Iglesias adolescente, erguido ante la injusticia y la brutalidad
del encargado contra un compañero. Un Pablo Iglesias solo en su rebeldía,
que vuelve a casa de su madre despedido del trabajo, sin saber qué comerán al
día siguiente. Es el Pablo Iglesias que nos habita cuando la gente de
nuestro entorno trata de desanimarnos de nuestro empeño, cuando se nos hacen
prudentes llamadas al pragmatismo, a la cordura. Es el Pablo Iglesias
encarcelado, el Pablo Iglesias que no pide clemencia cuando lucha, que
convierte su sufrimiento en vergüenza para quienes lo provocan y para los
neutrales.
Hay un Pablo Iglesias que estudia, que lee a los teóricos del socialismo,
el Pablo Iglesias que devora libros y periódicos, que se cartea con
Engels, que participa en debates en los ateneos, al lado y en frente de
intelectuales prestigiosos. Es el Pablo Iglesias de la idea, del proyecto
diríamos ahora. Un líder que cree en el poder de la palabra, de la razón. Es el
director y el alma de El Socialista, el pedagogo, un hombre volcado en el
conocimiento como esperanza, como instrumento de emancipación de los oprimidos.
Es el Pablo Iglesias que organiza y pone en marcha centros de formación
de diverso tipo.
Cómo no, está el héroe esencial de la
organización obrera, el líder orgánico, el hombre de partido y sindicato.
Pablo Iglesias es el PSOE y la UGT, pero antes de eso es la Asociación del
Arte de Imprimir, es la convicción de que este es un trabajo de muchos, de
muchos y organizados. Todo es soportable cuando uno no está solo, cuando los
días de cárcel y de persecución son el precio que se paga por un proyecto
colectivo y no por una aventura individual. Es el líder que escribe cartas
constantemente, que pregunta y trata de estar informado de todo lo relevante que
pasa en la organización, que se preocupa por la situación de sus miembros, por
los progresos organizativos.
Hay un Pablo Iglesias paciente, sereno, que sabe construir a largo plazo,
que no se deja engañar por el fácil oportunismo. Un sólido Pablo Iglesias
de los principios y de la acción, que se resiste a dejarse llevar por modas
políticas exitosas y que se aplica en el camino recto de los valores del
socialismo. Es posible imaginarlo, resistiendo sin desmayo la herida de su
propia lucidez, manteniendo sus posiciones y aceptando el desgarro de la
organización antes que la destrucción de los principios que le dan sentido.
Está el Pablo Iglesias de las instituciones, el
parlamentario, el concejal, el hombre que representa ante los
poderosos los intereses de los débiles, de los oprimidos y que lo
hace acrecentando su dignidad y la de su causa. Un político al que
se le niega la condición de político, al que sus enemigos tratan de
ningunear en términos de hoy. Un político, que por el contrario, se
impone como una evidencia imposible de obviar.
El rebelde, el estudioso, el organizador, el hombre de honor, el
mártir, el líder orgánico y social, el propagandista. Todas esas
cosas, y muchas otras, nos evoca Pablo Iglesias. Y los días
tranquilos, cuando no hay nadie en Ferraz, uno podría sentir su
benévola presencia en la que fue su casa, esa mezcla de firmeza y
ternura que buscaron en él los que lo conocieron y que nosotros sólo
podemos imaginar. Por eso, cuando vemos el enorme busto de piedra
mutilado a la entrada de la sede federal, da la sensación de que
está hecho a escala real, de que él era así. Pero no, era como
nosotros, un hombre, y por eso precisamente nos parece un gigante.

Pablo Iglesias, visto por
Joaquín Almunia
Coincidiendo con la celebración del sesquicentenario del nacimiento de Pablo
Iglesias, así como con el septuagésimo quinto aniversario de su
fallecimiento, ven la luz por primera vez las obras completas del fundador de
las organizaciones socialistas en España.
Muchas de las vicisitudes por las que ha transcurrido la existencia de nuestro
país desde tan lejanas fechas, y ahora, cuando finalmente el pueblo español ha
conseguido establecer sólidamente sus instituciones democráticas, parece llegado
el momento de dar a conocer públicamente esas páginas de nuestra historia y de
nuestro pensamiento que elaboró, a lo largo de su prolongada y fructífera
existencia, Pablo Iglesias.
Cuando la obra de una personalidad como la suya se extiende a lo largo de más de
cinco décadas y se distribuye a través de docenas de publicaciones de difícil
localización o en multitud de cartas y documentos extraordinariamente dispersos,
la labor de localización, reunión, ordenación y edición ha constituido, sin
lugar a dudas, una tarea difícil, perseverante y abnegada, de carácter netamente
altruista y guiada exclusivamente por el interés en la divulgación de unos
hechos y unas ideas en gran parte ignorados o conocidos insuficientemente.
Este mérito corresponde a su recopilador, Aurelio Martín Nájera, que
desde su responsabilidad al frente de los archivos y la biblioteca de la
Fundación Pablo Iglesias, ha dado lugar a una extensa y copiosa serie de
publicaciones en torno a la bibliografía y las fuentes del Partido Socialista,
de la UGT y de las Juventudes Socialistas y que hoy se ven dignamente
completadas con la publicación, tan esperada, de esta exhaustiva compilación.
Vaya, pues, para el autor, mi reconocimiento personal y el agradecimiento en
nombre del Partido Socialista Obrero Español.
En función del tiempo transcurrido desde que
se elaboraron los textos que presentamos, algunos se preguntarán sobre su
utilidad y no faltarán quienes cuestionen interesadamente su oportunidad.
Bastaría recordar la innegable ascendencia de Pablo Iglesias sobre
organizaciones como la Unión General de Trabajadores, que cuenta con ciento doce
años de existencia, o como el Partido Socialista, que pronto alcanzará el siglo
y cuarto la suya. Haber contribuido a crear estas organizaciones justificaría,
sin más, esta recopilación. Pero razón de mayor peso es el exponer que ambas,
las de más dilatada existencia en su género de nuestro país, pueden resultar
incomprensibles en buena parte de su organización y de sus postulados actuales
si se ignora la labor y el pensamiento de su fundador.
El lector se preguntará por las causas de que, pese al tiempo y los cambios que
se han producido desde 1925, las organizaciones socialistas se sigan reclamando
directamente herederas de su fundador. Y como explicación de lo expuesto podría
aducir, por respeto a la brevedad exigida en una presentación, dos profundas
razones.
La primera se refiere a los valores que
Pablo Iglesias defendió con la pluma y la palabra, y que prodigó
generosamente con su ejemplo. El poeta Antonio Machado, rememorando en su
madurez los recuerdos de un niño de trece años que escuchaba en un acto público
al dirigente obrero, resume en una sola línea lo que queremos exponer: "La
voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible -e
indefinible- de la verdad humana". ¿De qué hablaba Iglesias ? ¿Qué hechos
denunciaba ? ¿Qué principios y derechos defendía ?
Estoy seguro que, en cuanto el lector se
interne en estas páginas y recorra detenidamente las intervenciones
parlamentarias que recogen, podrá extraer, como en un alambique, infinidad de
referencias a la justicia, a los derechos humanos -fundamentalmente de los
trabajadores asalariados- a la libertad, a la solidaridad, a la igualdad entre
los hombres y a la paz, así como también a valores referidos a la conducta del
individuo como la honestidad, la austeridad, la abnegación, la honradez y la
coherencia con los propios ideales, entre otros muchos.
Estos principios, en los que, contemplando la
figura de
Pablo Iglesias debemos vernos reflejados los socialistas, ¿han caducado?,
¿han sido superados?, ¿han perdido actualidad? Pienso seriamente que no, y de
ahí que la figura de nuestro fundador mantenga para nosotros, en aspectos tan
trascendentales, toda su vigencia.
Pero es que, además de este riquísimo legado ético, Pablo Iglesias
representó en su tiempo uno de los intentos más serios llevados a cabo en España
para modernizar nuestro país y encaminarlo, desde postulados democráticos, por
la senda del progreso.
En 1910, al poco de alcanzar su escaño
parlamentario, Ortega y Gasset no se recataba en afirmar que tanto
Pablo Iglesias como Giner de los Ríos eran "los europeos máximos de
España", mientras que las organizaciones socialistas por su parte, para el
destacado filósofo, representaban "la única esperanza abierta en la política".
Y, ¿cuáles serían los rasgos más destacados del proceso modernizador emprendido
por Pablo Iglesias? A mi parecer, con el riesgo de dejar siempre algo en
el tintero, señalaría, en primer lugar, su empeño constante por superar las
deficiencias y carencias del sistema canovista de la Restauración, reclamando
que se aplicaran en España las soluciones ya ensayadas por las democracias más
avanzadas de la época. Así, Pablo Iglesias se manifestó siempre fiel
defensor de la supremacía del poder civil, de la transparencia de los procesos
electorales y la pureza del sufragio frente a la manipulación y el caciquismo, y
de los derechos y libertades recogidos en la Constitución de 1876 que
sistemáticamente se vulneraban desde las instancias del poder.
Apoyó sin fisuras la secularización de las instituciones públicas, en contra de
las intromisiones constantes y de los privilegios de la Iglesia, sin caer por
ello en actitudes anticlericales. Fue pacifista declarado y contrario al
militarismo en ocasiones que, como las guerras de Cuba, Filipinas y Marruecos,
la voz del socialismo, prácticamente aislada, fue objeto de todo tipo de ataques
e improperios desde el resto de las fuerzas políticas, entregadas al más grosero
pseudopatriotismo imperialista.
Rechazó cualquier tipo de dogmatismo o
fanatismo viniera de donde viniera y defendió a ultranza la autonomía
democrática del socialismo español, repudiando sin titubeos el servilismo
despersonalizador que exigían las 21 condiciones de Moscú para el ingreso en la
IIIª Internacional.
Finalmente, fue, como era norma en todos los
partidos integrantes de la Internacional Socialista, un claro defensor de la
igualdad de la mujer, cuando aún era un principio de general aceptación su
dependencia y supeditación al varón.
Su labor, más que la de un teórico, fue la de un pedagogo, un dirigente obrero
autodidacta que supo conjugar la defensa de un proyecto que se adelantaba a su
tiempo con la resolución de los problemas reales que acuciaban a los
trabajadores, que eran los actores políticos llamados a desarrollarlo.
Esta tarea, como expresivamente resumía en su intervención parlamentaria del 3
de junio de 1913 -recogida en esta obra- consistía en formar y preparar a los
trabajadores en el ejercicio de sus derechos "para hacer que haya ciudadanos".
La vigencia del pensamiento y del ejemplo de Pablo Iglesias en las filas
socialistas está netamente justificada, porque los valores que encarnó y los
objetivos por los que trabajó siguen orientando o formando parte inseparable del
proyecto socialista que defendemos.
Fieles a ese pasado, estamos
obligados -a las puertas del próximo siglo- a reforzar el compromiso
con nuestro partido y con la sociedad española a la que debemos
servir, y nada nos parece mejor para fortalecer esa obligación que
mantener vivo el legado de Pablo Iglesias y de todos aquellos
que, como él, nos precedieron en el esfuerzo por alcanzar unos
mismos ideales.

Pablo Iglesias, visto por
Alfonso Guerra
Pablo Iglesias: presencia y legado
El
Instituto Monsa de Ediciones y la Fundación Pablo Iglesias editan
las Obras Completas de Pablo Iglesias al cumplirse ciento cincuenta años de su
nacimiento y setenta y cinco de su desaparición. La edición se hace bajo la
responsabilidad de Aurelio Martín Nájera que ha desarrollado una
importante labor de recopilación y aclaración de los textos de Pablo Iglesias.
La elección de la fecha conmemorativa no debiera convertirse en una suerte de
velo que acabase por ocultar la intención que ha animado a quienes hemos
participado en la iniciativa: rescatar de la dispersión documental la producción
política e intelectual de una personalidad pionera a la vez que señera del
socialismo y del movimiento obrero en nuestro país y su consiguiente puesta a
disposición tanto de los investigadores como del público más amplio, para
intentar provocar una lectura certera y rigurosa de su significación histórica y
de su proyección en el presente.
Al editar estas publicaciones se pretende también que las generaciones jóvenes
tengan conocimiento del significado histórico de Pablo Iglesias, así como
de su extraordinaria talla como hombre político, sindicalista y pensador, pues
hoy una "modernidad" entendida interesadamente, se empeña en que los jóvenes no
conozcan el pasado de su país, para que no ejerciten la capacidad crítica y la
libertad de espíritu.
El objetivo de estas Obras Completas es dar
unidad editorial al legado del fundador y principal animador durante varias
décadas de su vida de las dos Organizaciones que han marcado poderosa y
decisivamente el trayecto histórico de la izquierda en España a lo largo de más
de un siglo de existencia. Aunque fuese exclusivamente por esta condición de
fundador del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de
Trabajadores, la tarea ya hubiese merecido la pena en sí misma desde la
perspectiva historiográfica pues afecta de manera importante a un periodo
extensivo y relevante -el alumbramiento del siglo XX- que ha tenido como uno de
sus rasgos primordiales en España la emergencia del movimiento obrero, las
luchas que marcaron su desarrollo y, posteriormente, su paulatina liberación de
la condición de cultura marginada para convertirse en proyecto mayoritario capaz
de liderar las transformaciones políticas, económicas y sociales del país.
Con todo lo que de valioso tiene esta contribución, me atrevo a sugerir que la
recopilación de las aportaciones de los distintos volúmenes, debería tener un
mayor alcance para lograr extraer de ellas una lectura más ambiciosa que nos
pueda valer en términos de presente. Es decir, mi propuesta es que no nos
detengamos en la estricta interpretación histórica -dimensión que insisto tiene
una extraordinaria importancia- y rescatemos a Pablo Iglesias de la
estrecha condición de "abuelo" del socialismo español para conceder a su obra y,
por ello, a su trayectoria un valor más vivo, a la luz de la situación en la que
ha desembocado la evolución de la izquierda desde la desaparición de Pablo
Iglesias.
No ignoro que ambas dimensiones -el trabajo
historiográfico y la reflexión política- son en realidad indisociables y no
pueden ser objeto de caprichosa división como si se tratase de esferas ajenas.
Más sencillamente, me mueve el deseo de que la tarea del historiador por librar
a Pablo Iglesias de los tópicos que en gran medida se han apoderado -para
bien y para mal- de su figura a lo largo de los años tenga afortunada
correspondencia en una lectura política más amplia que nos permita descubrir el
valor de su legado, la capacidad que, en mi opinión, conserva de constituirse en
un referente positivo para influir en algunos de los debates actuales, sin
pretender una suerte de regreso al pasado, como si Pablo Iglesias debiera
permanecer intacto frente al curso de los tiempos, si no que sepamos identificar
del balance de su vida y de su pensamiento los elementos que han formado parte
del trayecto del socialismo democrático y los que deben seguir constituyéndose
en aspectos relevantes que conformen el presente y el futuro del proyecto
socialista.
Aunque en modo alguno intento agotar el inventario de todos aquellos rasgos de
la trayectoria de Pablo Iglesias, que son merecedores de consideración,
no me resisto a la tentación de apuntar, siquiera de manera esquemática, algunos
de los que pueden dar cuenta de manera certera de su identidad política,
intelectual y hasta vital.
En primer término, es imprescindible aludir a que su biografía, en coherencia
con su condición de hombre de izquierdas, estuvo presidida por la permanente y
frecuentemente despiadada persecución de la que fue objeto por parte de sus
enemigos que, no dudaron en trasladar la confrontación de los términos
estrictamente ideológicos a la más elemental "caza del hombre", haciéndole
víctima de no pocas insidias y calumnias que contrastaban abiertamente con la
probada austeridad que presidió su vida y con la radicalidad con la que siempre
percibió el compromiso moral del socialismo con el ejercicio de la acción
política.
Es precisamente a partir de esta ejemplar
coincidencia entre el universo moral y la praxis política, sobre la que se crea
la leyenda de la supuesta intransigencia de Pablo Iglesias expresada por
lo general en términos inequívocamente peyorativos, tratando de desvirtuar que,
en realidad, encierra un testimonio de coherencia entre "lo que se dice y lo que
se hace" que forma parte del acervo socialista en contraposición a la política
de componendas y el clientelismo, elementos esenciales del férreo control
político que se ejercía en la España de la Restauración por parte de las viejas
clases dominantes que se resistían a cualquier atisbo de participación política
de las masas, contra la que Iglesias luchó desde los frentes político y
sindical.
¿Se encuentra caduco este testimonio de coherencia entre la palabra y la obra
que es tan fácilmente reconocible en la trayectoria de Pablo Iglesias? No
lo creo; muy al contrario, estoy persuadido de que cobra vigencia en un momento
en el que buena parte de los problemas de legitimación a los que se enfrenta en
la actualidad la política democrática descansan precisamente en el descrédito al
que se ha visto sometida entre amplias franjas de la ciudadanía como resultado
de la creciente distancia entre el discurso político y la acción política que
afecta a los ciudadanos.
El socialismo era para Pablo Iglesias
tanto una pasión como una dedicación, vividas con intensidad, que nacían de una
radical rebeldía frente a las injusticias producto de un modelo de sociedad que
él mismo había tenido la oportunidad de sufrir. Desprovisto de adolescencia, sus
primeras luchas sindicales son la consecuencia directa de su muy temprano
contacto con el mundo laboral, en unas condiciones de dureza y explotación
extremas que despertaron en el aún muy joven Iglesias la consciencia de
que la organización política y sindical de la clase obrera representaba un
requisito imprescindible para afrontar una dura batalla que debería librarse
para afirmar, ampliar y defender los derechos de los trabajadores. A partir de
esta temprana lucidez, comienza a dibujarse el perfil de un líder enérgico y
tenaz, como requerían los tiempos, entregado a una empresa cuyos frutos
marcarían el devenir de la historia de España durante las décadas inmediatamente
posteriores a su muerte.
Algunos de los contemporáneos de Iglesias nos lo describen como prudente
y reflexivo a la vez que consciente de su responsabilidad. He de confesar que
estos juicios me interesan en escasa medida pues, como en otros ámbitos, con
probabilidad se hallan condicionados por la proximidad o alejamiento de quien
los emite con respecto al personaje en cuestión. A nadie se le oculta que, sobre
todo en política, los calificativos resultan, por definición, sumamente endebles
y lo que hoy se estima como riguroso mañana se convierte en meramente formalista
de igual modo que lo que se admira como prueba de muy elevados principios pasa
en muy poco tiempo a constituirse en intolerable muestra de inflexibilidad.
Prefiero, antes que atender a los exegetas, sumergirme en la evidencia de una
extensa trayectoria que se soporta en una basta producción a modo de discursos
políticos e intervenciones parlamentarias, además de una muy prolífica
correspondencia, dimensiones recogidas con amplitud en la edición de estas Obras
Completas.
De
la personalidad de Pablo Iglesias, expresado con sencillez, valoro
especialmente su voluntad, el tesón que imprimió siempre a su liderazgo en el
Partido y en el Sindicato, el coraje que puso de manifiesto para superar las
adversidades y la marginalidad política y ensanchar progresivamente el horizonte
del socialismo en España. Pertenece por derecho propio a la categoría de los
pioneros, definición que utilizo sin ninguna intención retórica. Esto es, figura
entre aquellos que, en distintos lugares y momentos, nacieron a la vida pública
con la inquebrantable decisión de luchar contra un orden que les resultaba
injusto sin que ninguna adversidad les hiciera distraerse de lo que entendían
una obligación superior por anteponer los intereses colectivos a los propios,
por defender los derechos de los débiles frente a la opresión de los poderosos,
por afirmar el ideal socialista en un mundo adverso en el que su sola
adscripción equivalía de manera inevitable a la persecución y la cárcel.
Personas, en suma, sin cuyo sacrificio y entrega, no hubiese sido posible que el
socialismo se extendiese a lo largo del siglo XX a todos los continentes y
marcara su huella y su impronta en el desarrollo histórico de la humanidad.
Es esta voluntad la que concede unidad a la producción política e intelectual de
Pablo Iglesias y la perspectiva que mejor nos permite valorar sus
aportaciones en un escenario histórico trabado por la intransigencia de una
clase social frente a la emergencia de un movimiento que irrumpía con fuerza y
que representaba una amenaza real para la perpetuación de los viejos
privilegios. Iglesias expresa el advenimiento de un nuevo tiempo y, como
ya se ha apuntado, no pudo llegar a constatar por unos pocos años que la
aparente marginalidad en la que se movió el socialismo a lo largo de su propia
existencia, expresada gráficamente en la soledad de su escaño en el Congreso de
los Diputados durante varias legislaturas, desembocaría, cuando se derribaron
los muros que impedían la libre expresión de la voluntad popular, en un apoyo
masivo que confirmaba al PSOE como el instrumento político que aglutinaba el
caudal de izquierdas de la sociedad española.
Tras Pablo Iglesias, iniciados en su
magisterio, aparece una generación de socialistas -Prieto, Besteiro,
Largo Caballero, De los Ríos- que avanzan en la calidad y profundidad
de sus elaboraciones políticas y estratégicas y que merecidamente forman parte
del legado del socialismo en España. Sin embargo, su labor difícilmente hubiese
encontrado cauce de realización de no contar con "la brecha" abierta por sus
antecesores que, bajo el marcado liderazgo de Iglesias, abrieron el
camino disponiendo por todo patrimonio de una incontestable pasión por la
igualdad y de la firme determinación de no dejarse vencer por las dificultades.
Observados desde esta óptica, que apenas se ha esbozado, cobran sentido juicios
a los que ya se ha aludido con austeridad, radicalismo, intransigencia, hasta la
acuñada expresión de "pablismo" con la que se ha tendido a desvirtuar el legado
del fundador, ignorando quizá de manera intencionada que enjuiciar las
decisiones estratégicas de una Organización haciendo abstracción del contexto
preciso en las que se sucedieron representa, lisa y llanamente, vaciar de toda
verosimilitud al análisis. Por ello, regresando al inicio de estas líneas,
acometer la lectura de las aportaciones de Pablo Iglesias requiere de la
lucidez para entender que su mejor testimonio, y el más vigente en términos de
presente, se deriva de su inquebrantable decisión para vencer lo que se
presentaba como insuperable y confiar en el poderoso influjo de la voluntad
colectiva para guiar los destinos de la humanidad.
Así, en el escenario en el que discurrió la
trayectoria política y vital de Pablo Iglesias, no debe extrañar que su
ficha policial de la época destaque precisamente su condición de propagandista
socialista, apuntando, con probabilidad de manera no deliberada por el encargado
de tal menester, que en esta condición -la de propagandista- residía la mayor
cualidad del fichado y la más grave amenaza para el orden establecido que
significaba el líder socialista. Porque la propaganda -un concepto, hoy
prácticamente abandonado, que la cursilería al uso ha convertido en comunicación
política- constituía el único arma del que disponían los marginados por el poder
para la difusión de sus ideas y un vehículo que, prácticamente con su sola
palabra, le valió a Pablo Iglesias darse a conocer por toda la geografía
del país y hacer llegar a la conciencia de las masas que el socialismo encarnaba
la alternativa a aquel sistema caduco que pretendía seguir encadenándolas a su
propia decadencia. Baste apuntar, a título de ejemplo, la campaña protagonizada
por el PSOE contra la leva obligatoria, y groseramente discriminatoria, en la
guerra de Cuba, para comprender la eficacia de la propaganda socialista por
elementales que nos puedan resultar en la actualidad los procedimientos
utilizados.
La propaganda se convertía en el
vértice de la estrategia del PSOE para, de un lado, denunciar la
ilegitimidad de las clases dominantes para seguir ejerciendo su
poder excluyente y, de otro, reclutar al mayor número posible de
voluntades para la causa del socialismo. Proselitismo y pedagogía
resultaban, por tanto, elementos complementarios e imprescindibles
para dirigirse a una población, desprovista de los derechos
inherentes a la condición de ciudadanía, cuyo atraso secular se
amparaba en la ignorancia y en la incultura a las que
interesadamente se la condenaba en beneficio de la perpetuación del
poder establecido. La respuesta a esta injusta situación fue la
creación de Casas del Pueblo en las ciudades y pueblos de España,
verdaderos centros de cultura popular que sustituyeron a las
escuelas y universidades, vetadas entonces para la mayoría de los
trabajadores.
Observe con atención el lector como estas cualidades se aúnan con
singular maestría en el discurso, en la producción propagandística
que nos ha legado Pablo Iglesias, cuya extensión da cuenta
cabal de la incesante actividad que desplegó a lo largo de su vida
política y sindical el primer líder del socialismo español.
Y, a la vez, no reprima la sana osadía de aventurarse a una
reflexión ambiciosa sobre la necesaria vigencia, más allá del
explicable desfase histórico de muchas de las propuestas, de una
actitud, de una pasión y de un compromiso que han logrado que el
socialismo haya perdurado en el tiempo y que deben ser la mejor
garantía para su proyección hacia el futuro que nos aguarda.

Pablo Iglesias, visto por
Luis Gómez Llórente
Reconsiderar cómo fue el socialismo vivido por
Pablo Iglesias nos hace pensar inevitablemente en las profundas diferencias
que existen con respecto al socialismo europeo actual.
Creemos que no conviene rehuir la consideración de estas diferencias, ni eludir
el tema aludiendo sólo al legado moral de Pablo Iglesias, como si lo
único vigente de su vida y de su obra fuesen sólo sus ejemplares virtudes
ético-cívicas. Por el contrario, conviene esclarecer -siquiera sea en lo más
fundamental- cuáles son esas diferencias, y en qué consiste la continuidad de
actitudes y planteamientos, pues ello afecta a la definición de nuestra propia
identidad, al tiempo que nos ayuda a saber en qué sentido y en qué medida siguen
siendo socialistas las entidades que él tan laboriosamente contribuyó a crear.
Pablo Iglesias fue ciertamente un demócrata, un defensor de los más débiles,
y de la igualdad entre los sexos, un acérrimo partidario del laicismo, y un
pacifista militante, cuyas campañas contra las guerras coloniales de Cuba y
Filipinas, y luego contra la Guerra de Marruecos, fueron memorables. Pero si
sólo hubiera sido eso, cabrían todos sus ideales bajo otras banderas de la
época, como las del republicanismo al estilo Pi y Margall. Si sólo hubiera sido
eso, no habría sentido la necesidad de crear ni el Partido Socialista Obrero, ni
un sindicato como la UGT de vocación revolucionaria.

Pablo Iglesias, por su formación , marxista, estaba convencido además, como
todos los líderes que fundaron la IIª Internacional, de que la emancipación del
trabajo o extinción de la explotación humana requería superar el capitalismo
como régimen de producción y establecer la socialización de los bienes
productivos. Asimismo, conforme muestran los textos de estos paneles, pensaba
que del Parlamento podían obtenerse mejoras importantes para la clase
trabajadora, pero que los ideales últimos del socialismo no se realizarían por
vía parlamentaria. Pensaba igualmente que la Iglesia, y que los aparatos
represivos o coactivos de la sociedad eran inherentes a la sociedad de clase, y
que -en definitiva- la verdadera libertad real del ser humano, tanto de las
necesidades materiales, como de su espíritu, sólo serían posibles en una
sociedad socialista. Era rigurosamente fiel a las tesis del materialismo
histórico, a la teoría de la lucha de clases, y con gran energía dio la réplica
a las condiciones vejatorias y miserables a que estaba sometida la clase
trabajadora.
Setenta y cinco años después de su muerte no podemos limitarnos a recordarle
simplemente con gratitud histórica por haber puesto en marcha un formidable
movimiento de resistencia obrera, de cuyos frutos sociales somos beneficiarios,
ni tampoco limitarnos a rendirle admiración por la ejemplar coherencia de que
hizo gala entre el pensamiento y la acción.
Sin menoscabo de esos reconocimientos, es preciso constatar que buena parte de
sus ideas y planteamientos han sido rebasados por cambios y mejoras sociales que
en gran parte se deben principalmente al tipo de luchas que él mismo inició, y a
las exigencias que suscitaron aquellos socialistas en los inicios de la centuria
que ahora concluye. De ahí que el socialismo actual tenga rasgos diferenciales
importantes, y siga sin embargo fiel a los mismos criterios de inspiración que
alentaron la obra de Pablo Iglesias.
Las dos diferencias fundamentales que distinguen al socialismo de la segunda
mitad del siglo XX con respecto al socialismo de la época clásica de la IIª
Internacional, conciernen a los objetivos de la reforma social, y a los métodos
preconizados para conseguirlos.
Para conseguir un razonable bienestar de los trabajadores la socialdemocracia
fue configurando el llamado Estado de Bienestar, o Estado redistribuidor de las
rentas, de tal suerte que la regulación de las condiciones del trabajo, los
mecanismos de Seguridad Social, y la extensión de eficientes servicios públicos,
garantizasen a todos unas condiciones mínimas de subsistencia digna.
Lo que a principios de siglo se consideraba sólo como paliativos y como
conquistas parciales que animaran el impulso del movimiento fueron tomando tal
envergadura al compás del desarrollo económico, como para descubrir que por ese
camino evolutivo era posible alcanzar un modelo de vida aceptable, tanto más
valioso cuanto que se hacia compatible con un amplio ejercicio de las libertades
individuales.
El objetivo de la socialización de los bienes productivos, (de lo que se
consideraba como un anticipo parcial la política de nacionalizaciones), fue
cediendo al objetivo de constituir sólidamente el Estado redistribuidor. En
lugar de socializar las fuentes de riqueza, se puso mayor énfasis en socializar
(por vía fiscal) aquella parte de las rentas producidas que fuera preciso para
sostener los servicios sociales.
El fundamento en los ideales socialistas del Estado de Bienestar es obvio. Dado
un sistema fiscal progresivo, todos contribuirán a su sostenimiento en
proporción directa a las rentas de cada cual, beneficiándose cada uno de los
ciudadanos no según la aportación hecha, sino según sus necesidades.
El Estado redistribuidor venía a realizar -en lo más necesario al menos- el
añorado principio: "De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus
necesidades".
De este modo la socialdemocracia quiso hacer compatible por un lado lo que la
propiedad privada y el mercado pudieran tener de estímulo positivo para la
creación de riqueza, y por otro una razonable regulación jurídica de las
relaciones laborales, la garantía estatal de unos servicios accesibles a todos
independientemente de su suerte en el mercado, así como un sistema digno de
jubilaciones, y atención a los desvalidos.
La asignación de recursos para la cobertura de estos fines sociales sería
determinada por el Parlamento en vía presupuestaria para cada ejercicio, de tal
modo que el espacio del sector público -no regido por criterios de lucro
empresarial, sino de mera utilidad social- fuese corrector de las desigualdades
menos tolerables generadas en el ámbito regido por las leyes del mercado.
Los grandes objetivos del socialismo, la cobertura mediante la solidaridad
social de las necesidades primarias -materiales e intelectuales- de cada uno, se
realizaban progresivamente a través del también llamado por ello Estado
providencia.
En el ámbito de la salud y de la educación se consiguieron ciertamente logros
casi inimaginables a principios de siglo. En cuanto a facilitar el acceso a la
habitación se dieron pasos significativos bajo la égida de algunas
administraciones socialdemócratas a escala estatal o municipal.
Es ese modelo de sociedad que excluye del campo competitivo la garantía de
algunos elementos básicos de bienestar para todos, y que fija límites jurídicos
adecuados en el mercado del trabajo, descansó la paz social europea durante la
segunda mitad del siglo XX, y por ello resultan tan inquietantes las tendencias
reductoras del papel del Estado, la pretensión neoliberal del Estado mínimo, o
las tendencias desreguladoras que vuelvan a dejar en la intemperie del mercado a
los vendedores de trabajo.
La segunda diferencia fundamental
concierne a la metodología del cambio transformador del orden
social.
La profundización o autentificación de las instituciones
representativas de la voluntad popular, en el marco del libre
ejercicio de las libertades amparado por el régimen constitucional,
permitió concebir que tales instituciones, y el acceso por vía
electoral a los Gobiernos, constituiría el procedimiento más
ordenado, menos costoso, y más seguro, para lograr -aunque
paulatinamente- los cambios apetecidos.
La profunda vocación constitucionalista de la socialdemocracia, el
hacerse adalid de los derechos humanos en su integridad, se arraigó
más profundamente al comprobar por una parte las transformaciones
positivas que se iban consiguiendo mediante las instituciones del
Estado social de derecho, y por otra el advertir las crueldades en
que degeneraron los sistemas totalitarios de la época de
entreguerras. Ambas cosas determinaron que la socialdemocracia
confirmase su inequívoca opción por la defensa de las libertades
públicas y por la vía de las instituciones representativas.

Con ello se redimensionaba el papel de los sindicatos,
confiriéndoles no sólo su tradicional misión de defensa de los
intereses de los trabajadores, de dirigir los conflictos sociales, y
de negociar las condiciones de trabajo no reguladas por la ley, sino
también la de representar a los trabajadores en las instituciones
participativas propias de la democracia social. Los sindicatos, sin
pérdida de su autonomía organizativa, pasaron a estar presentes en
el entramado de corporaciones abiertas a la participación social.
Incluso se planteó bajo el influjo de los ideales autogestionarios
esa forma de profundización en el uso cívico de las libertades que
es la democracia participativa.
Todo el profundo giro operado en torno a la valoración de las
instituciones políticas hubiera carecido en gran parte de sentido y
de eficacia si no se hubiera realizado, simultáneamente, en gran
parte otro de los más apreciados objetivos del socialismo: la
emancipación de la mujer.
Abolir las desigualdades de género no sólo supone un imperativo
ineludible de justicia en orden a la seguridad y el bienestar
individual; es además una condición imprescindible de progreso
social. Toda la sociedad progresa en tanto que la mujer se incorpora
en pie de igualdad a la educación y al mundo del trabajo, haciéndose
plenamente consciente de sus derechos laborales y cívicos, y
haciéndose por ello mismo solidaria en las luchas del progreso
social. Sin este fenómeno emancipador de la mujer no hubiera podido
hablarse de una verdadera autentificación de la democracia.
Por otra parte, no podemos dejar de tener en cuenta otro cambio
fundamental operado en el último medio siglo, cual es el nuevo
escenario internacional condicionante de las políticas
socialdemócratas. Pablo Iglesias vivió en un contexto fuerte de
soberanía de los Estados europeos, sobre todo de las potencias; en
una época de colonialismo, y consecuentemente de exacerbado
belicismo, y supo dar la réplica asumiendo y practicando las
posturas antibelicistas y anticolonialistas de la IIª Internacional.
Ahora el contexto es muy distinto. Tras una prolongada fase de
confrontación bipolar, en el curso de la cual se produjo una cierta
descolonización, la socialdemocracia tienen que hacer frente a las
dificultades derivadas de las globalización, y tiene que plantear la
defensa y la consolidación del Estado de Bienestar concertando
políticas en el nuevo marco de la Unión Europea. Su
internacionalismo, adquiere al mismo tiempo y principalmente la
dimensión de luchar contra la pavorosa desigualdad entre los
pueblos.
Asimismo, se hace patente en la segunda mitad del siglo que un
modelo de desarrollo capitalista salvaje es incompatible con la
conservación del medio ambiente, emergiendo la evidente necesidad de
la planificación y de imponer límites al negocio privado para
asegurar la subsistencia colectiva. De nuevo se advirtió que los más
serios problemas ecológicos sólo pueden tener solución a escala
mundial, de donde se deriva que los partidarios de racionalizar la
economía según criterios de utilidad social, hayan de considerar
como cuestión prioritaria el cambio perceptivo de las actuales
instituciones internacionales.
Siendo, pues, los objetivos y los métodos tan distintos, cabe
preguntarnos por dónde discurre el hilo de continuidad que inspira
permanentemente a las organizaciones fundadas por Iglesias , y en
qué se fundamenta substancialmente la identidad socialista.
Ese nexo puede buscarse, más allá de los símbolos, de las
personalidades paradigmáticas, y de ciertas características
organizativas, amén de una larga historia, (que también son
importantes valores unitivos), en algunas ideas básicas sobre los
conceptos de libertad e igualdad. Lo demás son estrategias
mudadizas.
Una constante del pensamiento socialista es desde sus orígenes la
critica al concepto liberal de la libertad.
El liberalismo, con todo lo que de positivo tuvo en su momento
histórico, afirmó un valioso conjunto de libertades o derechos del
individuo, y preconizó las instituciones de un régimen político
concebido para proteger y garantizar el uso de esas libertades
frente al poder del Estado y de la Iglesia. De ahí su lucha contra
el absolutismo y contra los privilegios eclesiásticos. Su fruto es
el Estado demoliberal, la separación de poderes y el laicismo.
El pensamiento socialista advierte que la libertad real de los seres
humanos no sólo puede verse amenazada o anulada por los poderes
públicos, sino que la libertad también puede sucumbir bajo la
coacción económica, bajo el poder que engendra la riqueza de quienes
tienen en demasía sobre los que carecen de lo necesario.
El socialismo afirma que la libertad no se garantiza suficientemente
por el mero hecho de proclamar un repertorio de derechos civiles, y
ni aun siquiera por garantizarlos jurídicamente.
La libertad ha de afirmarse ciertamente frente a todo poder
autocrático, pero para que la libertad de todos sea real, es preciso
también liberar a los seres humanos de la miseria, de la enfermedad,
de la ignorancia, de la inseguridad, del infortunio.
La conquista de estas condiciones precisas para ejercitar la
libertad, para que ésta no sea de hecho el privilegio de unos pocos,
requiere introducir en la sociedad ciertas condiciones en el régimen
de producción y distribución y de la riqueza.
El contrato social no es sólo un pacto de no agresión entre los
particulares que confiere al Estado el monopolio de la fuerza para
garantizar la propiedad y el libre uso de los bienes, sino que el
contrato social ha de ser también un pacto de solidaridad en virtud
del cual la sociedad exige a todos que contribuyan, pero garantiza a
todos sus miembros un cierto bienestar y una seguridad que cimenten
el ejercicio efectivo de la libertad. Sin ello la libertad es para
la mayoría un apura entelequia.
El orden económico tiene que someterse a los fines superiores de la
comunidad política, y para garantizarlo es preciso que la sociedad
pueda ejercer un control efectivo sobre el uso de los bienes
materiales. De otro modo la minoría que acumula la propiedad de los
recursos necesarios para la subsistencia de todos impone su voluntad
oligárquica a la mayoría. No existirá democracia plena, ni
suficiente garantía real de las libertades, en tanto se substraiga
al dominio de la voluntad popular, y de sus legítimos
representantes, la dirección y el control sobre el uso y circulación
de la riqueza.
Quienes absolutizan la autonomía del mercado y someten todas las
relaciones económicas a la ley del máximo lucro con mínimo coste,
atomizan la sociedad artificialmente, e impiden aplicar los
criterios de racionalidad en la asignación de recursos en que se ha
fundado el progreso intelectual, social, y moral de la cultura.
La otra constante del pensamiento socialista es su aspiración de
igualdad, y su critica al enteco concepto de igualdad característico
del liberalismo.
Nunca les pareció suficiente a los pensadores socialistas la
igualdad de derechos o igualdad ante la ley. Más aún, creyeron que
ésta tampoco sería jamás efectivamente real en una sociedad donde
las desigualdades económicas permitieran la prepotencia y dominación
de los más pudientes.
Desde los orígenes del socialismo se viene afirmando que la igualdad
entre los hombres significa no sólo igualdad de derechos, abolición
de privilegios, sino también abolición de las formas de dominación y
explotación que pueden derivarse del uso despótico e incontrolado de
la propiedad.
La historia práctica del socialismo ha sido en cierto modo la
historia de una lucha por la conquista de derechos inalienables de
los trabajadores, por leyes protectoras que limitasen el poder
empresarial, y simultáneamente por el establecimiento de servicios
públicos que complementasen las percepciones salariales. Salario
individual según el mérito, capacidad, dedicación y riesgo del
trabajador/a y "salario social" según las necesidades personales y
familiares de cada persona.
Frente a quienes consideran como un desideratum la llamada "igualdad
de oportunidades" los socialistas han afirmado que la igualdad de
condiciones para competir no es suficiente garantía de un orden
social justo.
La "igualdad de oportunidades", convencionalmente entendida como
forma de legitimar la desigualdad de resultados en la competición,
no puede ser aceptada si deviene en que unos acumulan lo superfluo y
otros carezcan de lo imprescindible.
De ahí que el acceso a determinados bienes no pueda ser algo
competitivo o concursivo. Todos tienen que tener acceso a la
cultura, a la salud, al alimento, a la habitación, por lo menos en
condiciones de digna subsistencia. En tanto esto no suceda, no está
satisfecho el ideal igualitario del socialismo.
Todos tienen que tener acceso al trabajo. Poder trabajar o no tener
algún trabajo tampoco puede ser concursivo, y en tanto no esté
garantizado el trabajo para todos, la sociedad tiene que indemnizar
de algún modo a quienes margina del ejercicio del derecho al
trabajo. La protección del desempleo, no es -pues- algo caritativo,
sino un imperativo de justicia.
La dramática y creciente desigualdad entre los pueblos, más
acentuada que la desigualdad interna de las naciones desarrolladas,
reclama urgentemente actuaciones tan enérgicas como las que en otro
tiempo supieron los socialistas adoptar frente al colonialismo,
reclamando el derecho de los pueblos a su autogobierno.
Estos criterios, los ideales de libertad y de igualdad reelaborados
por el pensamiento socialista constituyen quizá el más íntimo nexo
que liga en una sola identidad todas las épocas de las
organizaciones fundadas por Pablo Iglesias, que no sólo se
consideran legítimas herederas de un paradigma ético-cívico, de sus
convicciones democráticas, de sus enérgicas actitudes
antibelicistas, de su pasión por la defensa de los oprimidos, sino
que pretenden -pese a errores o tropiezos- mantener intacto, y
transmitir a las nuevas generaciones, aquel sentido irrenunciable de
igual libertad para todos los ciudadanos.

Pablo Iglesias, visto por
Elías Díaz
1975: otro aniversario (Franco contra Pablo
Iglesias)
En aquel año de 1975 se cumplía el cincuenta
aniversario de la muerte de Pablo Iglesias (1850-1925), día nueve de
diciembre. En la revista Sistema, que veníamos publicando (Revista de
Ciencias Sociales) desde enero de 1973, nos pareció oportuno y necesario
intentar aprovechar de modo coherente tal fecha conmemorativa del medio siglo
-que era, a su vez, la de los ciento veinticinco años de su nacimiento, el diez
y siete de octubre- para editar un número sobre las ideas políticas y las
actividades públicas del fundador del Partido Socialista Obrero Español. A tal
fin, desde meses antes, haciendo caso omiso de incertidumbres y dificultades
(estábamos en el que luego resultaría ser último año, hasta el veinte de
noviembre, de la vida de Franco y también de su régimen), en Sistema
nos pusimos a la tarea de preparar y organizar dicho volumen de recuerdo,
estudio y homenaje, contando con el concurso de destacados especialistas e
investigadores.
El
buen resultado fue, en efecto, la aparición del número once de la revista
expresamente presentado como (así podía leerse en el frontispicio mismo de él)
“Número monográfico sobre Pablo Iglesias en el cincuenta aniversario de
su muerte”: lleva la fecha de octubre de 1975, pero ya algo antes, a finales de
septiembre, había quedado hecho el, por ley, preceptivo, obligatorio, depósito
en las dependencias del denominado Ministerio de Información e iniciada su
distribución a los suscriptores. El sumario se abría con el conocido escrito
(primero, conferencia) que en 1926 Julián Besteiro había publicado sobre
la obra de Pablo Iglesias; a él seguían, al hilo de la biografía de este,
las bien seleccionadas y contextualizadas “notas sobre un dirigente obrero” de
Enrique Moral y el trabajo muy documentado de Antonio Elorza en el que lleva
a cabo un riguroso análisis teórico e histórico sobre los esquemas socialistas
de aquel; el volumen se completaba, hasta las más de doscientas páginas, con una
valiosa Antología de textos de Pablo Iglesias, presentada y seleccionada
por Aquilino González Neira, así como el adelanto de una detallada
clasificación de los numerosísimos artículos de prensa publicados por aquel,
ardua tarea llevada a cabo por Luis Arranz,
Mercedes Cabrera, Antonio Elorza (él fue coautor muy principal de
este número de Sistema), Lidia Meijide, José Muñagorri y otros
colaboradores; cerraba el número una muy cuidada y útil cronología preparada por
Alfonso Ruiz Miguel. La revista se editaba entonces en el marco de la
Fundación Fondo Social Universitario que presidía (como también Cuadernos para
el Diálogo) Joaquín Ruiz-Giménez; el director de ella era, ya se habrá
adivinado o recordado, el autor ahora de estas líneas y José Félix Tezanos
ejercía como muy eficaz secretario, bien asesorados ambos por un amplio Consejo
de, entonces, jóvenes profesores, filósofos, gentes de ciencias sociales y otros
prestigiosos profesionales.
Junto a ese número de Sistema algunas cosas más, no muchas, se publicaron
aquí sobre (o de) Pablo Iglesias en ese año conmemorativo de 1975, varias
de ellas bordeando ya los inicios de 1976 con sus mejores expectativas. Antes se
habían reeditado únicamente, en 1968, la conocida biografía política de aquel (Educador
de muchedumbres) hecha en 1931 por Juan José Morato, y, en 1969,
(reducida) la de Julián Zugazagoitia en su versión también de 1931. Hasta
entonces había las referencias en obras de carácter más general sobre el
socialismo español o sobre otros intelectuales y políticos más relacionados con
él a que luego aludiré. Pero de manera más directa e inmediata sobre su
pensamiento, sus escritos y su acción política, prácticamente nada más teníamos
desde la guerra civil: tras ella, “en el interior del país se hizo el silencio
sobre la figura y la obra del fundador del Partido Socialista”, señalaba
Manuel Pérez Ledesma precisamente en el muy significativo prólogo a su
edición de Escritos de Pablo Iglesias que iba a aparecer en ese
1975.
Allí mismo (p.34) recordaba aquel las muy escasas contribuciones habidas en el
mencionado cincuentenario: algún artículo de Tierno Galván, Victor
Manuel Arbeloa o Antonio Padilla Bolivar y poco más; sin olvidar que
también aparecería en ese año la obra, clarificadora, del propio Pérez
Ledesma sobre Pensamiento socialista español a principios de siglo, y
la tesis doctoral de María Teresa Martínez de Sas, El Socialismo y la
España oficial: Pablo Iglesias, diputado a las Cortes. Pero entre lo
más relevante estaría sin duda la publicación de esos Escritos de
Pablo Iglesias, en edición a cargo de Santiago Castillo y Manuel
Pérez Ledesma de un primer volumen formado fundamentalmente por los
artículos de aquel recogidos en Reformismo social y lucha de clases, de
1935, y Propaganda socialista, de 1919, así como por otras notas,
discursos y cartas, junto a un segundo volumen compuesto por sus escritos en la
prensa socialista y liberal (1870-1925) con selección y estudio preliminar de
Luis Arranz y los mencionados autores que ya habían adelantado en Sistema
la clasificación cronológica y sistemática de los mismos, ahora con una nueva
Introducción de Antonio Elorza. Un poco después ya en 1976, aparecía la
versión de la biografía de 1925 por Julián Zugazagoitia, Pablo
Iglesias: una vida heróica, seguida aquí de una correspondencia inédita
con Enrique de Francisco, Edición e ilustrativa Introducción de Juan
Pablo Fusi.
También en ese mismo número de Sistema
(o en mi libro de entonces, Pensamiento español en la era de Franco,
Cuadernos para el Diálogo, 1974) podía encontrarse amplia información acerca de
esas publicaciones de aquellos años sobre la historia del socialismo español y
las áreas de la realidad política y social a él más conectadas. Además de los
nombres antes ya mencionados, algunos de ellos autores de obras imprescindibles
para todos esos temas, y junto a reediciones de clásicos (Anselmo Lorenzo,
Federico Urales, Jaime Vera, Andrés Saborit, etc) recordaría
aquí, en elenco para nada exhaustivo, los trabajos, por ejemplo, de Manuel
Tuñón de Lara, Albert Balcells, José Termes, David Ruiz,
José Alvarez Junco,
Marta Bizcarrondo, María del Carmen Iglesias, Tomás Giménez
Araya, Juan Trias Vejarano, Luis Gómez Llorente, Carlos
Blanco Aguinaga, Rafael Pérez de la Dehesa, Raúl Morodo,
Emilio Lamo de Espinosa, Virgilio Zapatero y otros, yo mismo,
anteriores a ese 1975. (Para más datos, nombres y obras de entonces puede
consultarse, entre otros, en ese libro mío el epígrafe “Para una recuperación de
la historia del socialismo español”, pp 176-181).
Como se ve, se habían ido pudiendo publicar algunas cosas de y sobre el
socialismo español y su historia (otras muchas, de entre las más cercanas, no)
en esas últimas fases del régimen franquista: incluso a veces habían aparecido
en la Revista de Trabajo que editaba la Secretaría General Técnica de ese
Ministerio (rojos infiltrados). Ya no estábamos, se aducía desde ciertas
instancias oficiales, en aquellos lejanos primeros tiempos de la dictadura, en
la defensa del totalitarismo nazi-fascista, en el odio a las democracias, al
liberalismo, al pluralismo cultural, a las heterodoxias religiosas y filosóficas
que, todas ellas, se presentaban y querían verse como lógicas e irreversibles
vías hacia el comunismo o la anarquía. De este modo, en la oposición,
denunciando los enmascaramientos pseudodemocráticos del régimen, puede decirse
que contábamos también con esos cambios y posibilidades, a pesar del retroceso y
endurecimiento de la represión que se había producido desde el “estado de
excepción” de enero de 1969: y así actuamos, por ejemplo, en la revista
Sistema cuando preparábamos -primavera del 75- ese número conmemorativo
sobre Pablo Iglesias; y con esa buena, confiada y democrática voluntad lo
publicamos.
Sin embargo, la dura realidad institucional se nos imponía tozuda, o sea
arbitraria e irracionalmente, una vez más: con fecha dos de octubre “el Iltmo.
Sr. Magistrado, Juez del Juzgado de Orden Público” cursaba cédula de citación
personal al director de la revista Sistema para comparecer ante él como
“presunto inculpado” (sumario 1412-75) “bajo apercibimiento -rezan siempre estas
cédulas- de que si no comparece ni justifica causa legitima que se lo impida,
esta orden de comparecencia podrá convertirse en una orden de detención”. Así lo
hice inmediatamente, bien acompañado y aconsejado por mis abogados defensores y
cómplices amigos los profesores Gregorio Peces Barba y Enrique
Gimbernat, manifestándonos el Juez Sr. Gómez Chaparro que la
inculpación se hacía en efecto a causa de la publicación de ese número de la
revista Sistema, ya que en él -tuvimos que oír- podría haber materia
delictiva entre la tipificada en los artículos cuarto y diez del recientísimo
“Decreto-ley 10/1975 de 26 de agosto (Jefatura del Estado) sobre prevención del
terrorismo”. La tal norma contravenía los más elementales principios jurídicos
de la modernidad, no respetaba los pactos internacionales sobre garantías y
derechos, atentaba contra las más fundadas convicciones y concepciones acerca de
la justicia, incluso violaba las legalidades retóricas y grandilocuentes del
“Fuero de los españoles”: léase el muy razonado y bien argumentado “recurso de
contrafuero” por entonces interpuesto sin éxito por
Joaquín Ruiz-Giménez y otros miembros de “Justicia y Paz”. El Juez
asímismo tuvo a bien indicarnos, lo recuerdo perfectamente, que el asunto, el
tema, la acusación -y señalaba con el dedo- “venía de arriba”: interpretamos que
sería desde algún miembro del Gobierno, posiblemente el ministro de Justicia, no
sé si a su vez instado, como en otras ocasiones, por algunos sectores o miembros
concretos del estamento docente de la Universidad frecuentes colaboradores de
aquel en delaciones de disidencias y en denuncias de heterodoxias políticas e
ideológicas.
El hecho es que, de una forma y otra, se nos
amenazaba con hacer entrar en juego nada menos que el susodicho inicuo
decreto-ley antiterrorista promulgado en un alto clima de tensión en ese agosto
de 1975. En tal disposición normativa, posiblemente hasta ilegal, tras un largo
preámbulo en el que repetida y expresamente se identificaba, de modo totalmente
ilegítimo, al régimen franquista como un Estado de Derecho, se daba después paso
a un arbitrario articulado en principio y más directamente referido, es cierto,
a los delitos propiamente de terrorismo para los que los artículos primero y
segundo imponían (y así se hizo) la pena de muerte. Pero involucrado a su vez
confusamente con todo ello, el ya citado y alegado artículo cuatro tras señalar,
entre otras cosas, que “declarados fuera de la ley, los grupos u organizaciones
comunistas, anarquistas, separatistas y aquellos otros que preconicen o empleen
la violencia como instrumentos de acción política y social” (...) establecía -y
ahí es donde podía entrar toda la oposición democrática y, en este caso, el
director de Sistema- que “a quienes, por cualquier medio, realizaren propaganda
de los anteriores grupos u organizaciones que vaya dirigida a promover o
difundir sus actividades, se les impondrá una pena correspondiente a tal delito
en su grado máximo”. Por otra parte, asímismo podría resultar incurso, para
acabar de rematar la faena, en el artículo diez que dictaminaba: “los que,
públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas
ideologías a que se refiere el artículo cuarto de esta disposición legal”
(comunistas y demás) “serán castigados con la pena de prisión menor, multa de
cincuenta mil a quinientas mil pesetas e inhabilitación especial para el
ejercicio de funciones públicas y para las docentes, públicas o privadas”.
El Juez Goméz Chaparro y después también el Fiscal Jefe de Orden Público,
don Eugenio Antonio Herrera, nos hicieron saber -eso sí, reconozco que
con buenos modales y educada actitud- que la causa de la inculpación había sido
quizás impulsada por la especial “hipersensibilidad” con que se estaban viviendo
aquellos momentos en nuestro país. En efecto, a finales de aquel septiembre -recuerdese-
habían tenido lugar los fusilamientos, las ejecuciones de los miembros activos
de ETA y FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico) condenados
sumarísimamente y sin las necesarias garantías; y, precisamente, el día anterior
(mi cédula de citación llevaba fecha del dos) se había producido el múltiple
asesinato obra del oscuro grupo terrorista que por vez primera aparecía
públicamente como GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre).
Sí, eran días de gran, máxima, tensión, por desgracia como tantos otros
anteriores y posteriores a ellos, de especial desesperanza y pesadumbre para
todos los demócratas contrarios al terrorismo y a la pena de muerte. Pero lo que
no alcanzábamos a comprender, mejor dicho a aceptar ni justificar, es que tenía
que ver Pablo Iglesias o los profesores socialistas de Sistema con
todo aquello. Lo que, desde luego, veíamos muy claro es que tal decreto-ley
supuestamente antiterrorista era a la vez (no sé si sobre todo), un decreto-ley
antidemocrático y enemigo de la libertad de pensamiento y de expresión. Así es
como operan las dictaduras aunque se disfracen, por lo demás, inútilmente, como
Estado de Derecho.
Parecía con todo ello como si ahora, en 1975,
se quisieran volver a resucitar contra Pablo Iglesias los viejos
fantasmas del pasado, aquellos furibundos ataques e invectivas que en 1912 los
sectores más reaccionarios de la prensa y la clase política habían dirigido
contra el fundador del PSOE, entonces recién elegido diputado a Cortes:
intentaban culpabilizarle a toda costa por el asesinato de Canalejas,
aprovechándose de una expresión aislada y no muy afortunada ( sobre el “atentado
personal”) que aquel había pronunciado en 1910, influido emocionalmente por los
sucesos de la Semana Trágica, la condena y ejecución de
Ferrer y los inicios de la guerra de Marruecos, con objeto de frenar la
perniciosa vuelta de Maura al poder: pueden verse sobre tales
circunstancias y en acertada interpretación, entre otros, los citados escritos
de Morato (pp. 148 y 173) o de Juan Pablo Fusi (pp 19 y 22).
Aunque a la vez de repudiar de nuevo a Pablo Iglesias como terrorista, el
Gobierno de su paisano, el también ferrolano Francisco Franco, con más
corta perspectiva histórica y con efectos mucho más próximos e inmediatos, lo
que en realidad buscaba con esas y otras incriminaciones de aquellos momentos
era acosar, tratar de amedrentar y hacer callar como fuera a toda la oposición
democrática. Lo que, por el contrario, se ponía así una vez más de manifiesto es
que las leyes de aquel falsario Estado de Derecho, además de no tener de ningún
modo su origen en el soberanía popular, eran lo suficientemente ambiguas y
arbitrarias (la analogía penal por doquier) como para que quedase instaurada y
asegurada la total inseguridad jurídica a través de las oportunas
interpretaciones que ciertos jueces, escuchando a los de “arriba” y alegando
“hipersensibilidad”, pudieran obtener para la defensa de la dictadura y la
negación de las libertades y los derechos fundamentales.
Así estaban las cosas, otras mucho peor, en aquellos duros y negros inicios de
octubre de 1975, cuando hacia mediados de mes comenzaron a circular los primeros
rumores, las primeras fiables noticias sobre la grave enfermedad del general
superlativo (como lo denominó luego Tomás y Valiente), el acabamiento del
Jefe de aquel antidemocrático Estado. Y así hasta aquel inolvidable 20 de
noviembre, mientras Franco, ya desahuciado, era sometido sin piedad a
operación tras operación, negándose sus contumaces adictos a aceptar lo que en
verdad y después de tantos años a todos nos parecía imposible: su muerte y su
desaparición de la vida política española y -salvo como ejemplo y paradigna del
“nunca más”- también de nuestras propias vidas personales. Quedarían, quedan,
sin duda, restos del franquismo, pero las cosas empezaron de verdad a cambiar.
Y, a pequeña escala, por descontado que después del tan esperado “hecho
biológico”, de aquel sumario 1412-75 contra el número de Sistema dedicado
a Pablo Iglesias tampoco nunca más se volvió a saber: me libraba, nos
librábamos de él. Así terminó el franquismo, casi (simbólicamente) como había
empezado, con sangre, fusilamientos, manifestaciones y protestas de gobiernos y
ciudadanos libres de otros muchos países, con persecuciones contra los
demócratas, estudiantes, obreros, profesionales, intelectuales. Pero Franco
había muerto y el futuro, otro futuro, podía al fin comenzar

Pablo Iglesias, visto por
Antonio Buero Vallejo
En homenaje a Pablo Iglesias
En su libro, que es ya como un
clásico ingenuo y transparente, Morato le llamó "el
Apóstol". La calificación es acertada, y no ya en el sentido de
propagador de una doctrina, sino en el del hombre excepcional a
quien se venera tan devotamente como el creyente venera a un santo.
Pues la redención de los trabajadores, además de fundarse en muy
objetivas exigencias de justicia social y de requerir tenaces
empeños organizativos, necesita siempre, y aún más en sus primeros
pasos, el fervor y la ejemplaridad.
Pablo Iglesias supo recorrer sin desmayo y abrir a los demás
oprimidos el penoso camino que va de la indefensión a la
organización, de la ignorancia a la educación, de la debilidad a la
fuerza obrera; pero no lo consiguió por el solo ejercicio de su
capacidad y su lucidez, sino también, y aún más, con el ejemplo de
su abnegación. Por una feliz fatalidad de su temperamento, su
trayectoria moral es intachable. Y únicamente los hombres de tal
índole son quienes pueden transformarse para los demás, de modo
duradero, en verdaderos dirigentes. Pero no debe olvidarse que
ninguna fatalidad, y menos la del carácter, impide la constante y
libre elección de unas u otras vías. Iglesias tuvo que elegir
de continuo, y en esas decisiones libres reside su grandeza. Las
trampas, toscas unas veces, sutiles otras, del poder, no lo atrapan;
si no bastara para evitarlas su aguda conciencia de clase, le
sobraría con su firmeza ética para desdeñarlas. A un hombre
despejado y voluntarioso como él no le habrían sido difíciles
sustanciosos pactos, y no dejaron de serle brindadas ocasiones de
aceptarlos.
Pero, entre la cárcel y el medro personal, optó por sufrir
persecución y prisiones; entre las sinecuras y la pobreza, prefirió
mantenerse fiel a esta última, en la que había nacido y crecido. No
era asimilable y, por no serlo, pronto se instrumentaría contra él
ese cínico descrédito con el que se intenta manchar al adversario
que no se deja intimidar ni sobornar. Quienes se consideran con el
más sagrado derecho a usar abrigos de pieles, viajar en
departamentos de primera clase, vivir ociosos de sus fincas y sus
rentas, o pagar salarios de hambre y mandar al otro mundo a unos
cuantos desdichados que piden, en manifestación pacífica, sólo un
poquito de todo lo que se les roba, pondrán en circulación, con
farisaico escándalo, los infundios de que Pablo Iglesias -¡él,no
ellos!- vive de explotar a los obreros que le siguen; usa pieles y
billete de primera, pero lo oculta; es propietario de hoteles...
Tales infamias, dicho sea de paso, no han terminado hoy, ni acabarán
en muchos años, de lanzarse contra ciertos representantes del
pueblo: republicanos, socialistas y comunistas de nuestro tiempo han
tenido y tendrán que soportarlas, aunque sus cuentas estén claras o
mueran sin dejar fortuna. Hasta tal punto subleva (¡ay!, palabra
terrible) y alarma a los privilegiados que los explotados reclamen
justas nivelaciones.
Aquel gran dirigente socialista fue hombre de salud precaria, porque
prefirió gastar sus energías en defensa de los trabajadores antes
que en cuidarse. Pudo ser un moderado bien retribuido y aún
próspero, pero, ya viejo, sus amigos y compañeros tenían que seguir
ayundándolo. Pudo resignarse a la incultura y eligió el estudio.
Pudo debilitar sus objetivos, pero el iluminador marxismo de su
tiempo lo mantuvo tan inexorablemente combativo como eficaz. Y todo
ello fue consecuencia, cierto, de una inconmovible ética personal.
¿De una fatalidad, en suma? Tal vez. Mas no olvidemos que siempre se
puede elegir.
En esa dura y libre elección que es toda su vida veo yo su gran
talla humana. Y en la luz proyectada por su inteligencia y su
conducta brilla todavía la más imperiosa consigna, que aún no hemos
sabido realizar hoy del todo: la de la unión de las izquierdas.
Figura como la suya nos permiten alimentar esa esperanza; pues
todos, independientes o adscritos a muy diversas familias políticas,
podemos seguir llamando a este apóstol, con total veracidad, "el
abuelo".

Pablo Iglesias, visto por
José Bergamín
Instantáneas del recuerdo: Pablo Iglesias
En los primeros años de este siglo, hacia
1904, siendo yo un niño, conocí a Pablo Iglesias. Lo conocí "de vista".
Porque lo veía desde las ventanas de nuestra casa, en El Escorial, en verano,
sentado en el balcón alto de la suya, donde siempre estaba, respirando el aire
puro de la montaña. Nuestras casas estaban a la salida del pueblo, al final de
la cuesta de la alameda y la calle de Peguerinos, en el comienzo del romeral,
camino de la presa y la fuente de la teja, a campo abierto, poblado de pinos muy
pequeños todavía y sin sombra, ardiendo al sol.
Al bajar al pueblo, teníamos que cruzar la calle pasando bajo su balcón. Allí
estaba siempre. Me parecía muy viejo. Cuando pasábamos mi padre y yo, hacía
ademán de levantarse para saludarnos. Recuerdo muy bien su gesto cariñoso, su
sonrisa amable, su rostro "dulcemente duro" -que diría el poeta- como el que vi
de Lenin momificado muchísimos años después en Moscú: casi diría que parecidos
en mi recuerdo. Nos saludaba siempre con la mano, como mi padre a él; y cuando
yo pasaba solo o con mis hermanos nos saludaba lo mismo.
Mi padre me hablaba algunas veces de Pablo Iglesias, aquél viejecito que
yo veía constantemente en su balcón. La primera vez que me dijo quien era (ahora
lo recuerdo muy bien) me dijo que era un obrero republicano y socialista. Yo lo
único que comprendía era lo de obrero: la palabra republicano y socialista fue
siempre inalterable para mí. Tiempos después, sin alterarlo, pensaba que un
obrero no podía ser más que republicano (de esto estaba seguro y aún creo que lo
sigo estando) y luego, socialista. Pero de esto último no estaba ni estuve muy
seguro nunca.
Lo importante y seguro para mi (y
repito que lo sigue siendo, desde mi niñez hasta ahora, pasando por
las "edades medias" o intermedias de mi vida) es lo de que un obrero
español, por serlo y para serlo de veras, tiene que ser republicano:
o, como si dijéramos, republicano de nacimiento. Si no es así, el
obrerismo muere en él: el "obrerismo" popular, y por consiguiente,
inmortal, de
Pablo Iglesias, el obrero republicano que inventó o descubrió, por
primera vez en España, el socialismo. Y que como obrero y
republicano y español hablada marxismo sin saberlo.
Aquel partido obrero republicano y socialista español de Pablo
Iglesias y sus sucesores legítimos, a los que yo, no solamente
vi, como a él, sino que conocí y traté con amistad viva (Francisco
Largo Caballero, Daniel Anguiano, Indalecio Prieto, Fernando de los
Ríos, Julián Besteiro, Luis Jiménez Asúa, Luis Arasquistáin, Julián
Zugazagoitia, Juan Negrín...) murió como su fundador Pablo
Iglesias. Y no murió "a manos de la melancolía" -que diría
Cervantes- sino a las de la "cruzada" sangrienta que lo
exterminó para siempre. Y precisamente porque era obrero y
republicano y español como Pablo Iglesias.

Pablo Iglesias, visto por
José Hierro
Una nube para Pablo Iglesias
Mi padre era republicano. Mejor dicho, mi
padre era de Azaña. Alguna vez me leyó fragmentos de El jardín de los
frailes. Yo estaba mentalizado - como se dice ahora - para emocionarme,
cuando comenzó el asedio a Madrid, con aquellas palabras de Azaña: "y en
Madrid, donde nunca pasaba nada, pasa hoy lo más grande de la historia". Mi
padre era republicano, muy liberal y respetuoso con todos, y por ello no trató
jamás de hacerme republicano. Ni me habló de política, sino de algún ser
concreto, como Azaña. Seguramente no mencionó jamás el nombre de Pablo
Iglesias. Pero ese nombre existía, vagamente, para mí. Era el nombre de
alguna avenida de alguna ciudad española. Existía su imagen: un hombre de barba
blanca y mirada bondadosa que se me confundía con otras imágenes: la del
arquitecto Gaudí, la del filántropo Marqués de Valdecilla. Yo me
enteré que había sido tipógrafo, lo que me lo aproximaba al Julián de La
Verbena de la Paloma. A los 14 años míos, Pablo Iglesias era una
imagen borrosa, un antepasado romántico de otros seres bien concretos cuyos
nombres y apariencia física - gracias a los periódicos - tenían una realidad
para mí: Prieto, Largo Caballero, el de los ojos claros,
Besteiro, don Fernando de los Ríos, el de los ojos oscuros y barba
semítica y juanramoniana. Pablo Iglesias era, además de muchas avenidas
en muchas ciudades españolas, además de un antepasado de unos seres concretos,
un arma arrojadiza utilizada por quienes, en la década de los treinta, trataban
de mantener las esencias más puras de aquel socialismo que, en 1879, había
conmovido a un Madrid donde nunca pasaba nada. Pablo Iglesias era, para
mí, una incógnita que debía ser despejada. Era un demonio revolucionario. Era un
santo laico cuyo nombre sonaba beatamente en labios obreros y socialistas. Estas
versiones, tan disímiles, me lo convertían en una figura lejana y decorativa, en
un ser arqueológico más que en un punto de partida hacia el futuro.
Hay una biografía suya que debes
leer", me dijo alguien. Pero eso sucedería más tarde, cuando yo
tenía diecisiete años o dieciocho. Cuando me lo dijeron había que
hablar muy secretamente de Pablo Iglesias, de Largo
Caballero, de Besteiro, de Fernando de los Ríos.
Cuando todos ellos no eran otra cosa que recuerdo, remoto o próximo.
Si yo hubiese hallado esa biografía, la hubiese leído con ese placer
de lo clandestino y prohibido. Ocurría esto cuando Besteiro,
preso, era increpado por sus compañeros de prisión porque "por tí
estamos aquí". Y yo pensaba si Pablo Iglesias, muerto en olor
de multitud, no habría padecido la pena de escuchar palabras
semejantes en caso de estar vivo en 1939. Sus ojos bondadosos me
hacían pensar que él también hubiese creído las palabras de quienes
aseguraban que "sólo serán castigados los que tengan las manos
manchadas de sangre". Pero no era posible prever las reacciones de
un ser, un mito, que había concienciado a la clase obrera española,
los Julianes de finales de siglo. Me faltaban datos para aventurarme
en esa tarea de recomponer lo que pudo haber sido.
"Hay una biografía suya que debes leer". Me dijeron que estaba
escrita por un periodista exiliado en Francia, Julián
Zugazagoitia. Un nuevo nombre para incorporar a mi nebulosa
galería. No conocía su rostro, ni su importancia. Pero el nombre me
bastaba para saber que en él estaba encerraba la llave del secreto
que me revelaría la personalidad de Pablo Iglesias. El libro
- me adelantaré a decir que no lo he leído jamás - tendría poder
para convertir un rostro difuso en un ser concreto.
Fue entonces cuando vi el rostro de Zugazagoitia. Aunque
sería más exacto decir que no llegué a ver su rostro, sino su figura
lejana, abajo, en el patio, cuando los demás estábamos en las
galerías. Creo que eran cuatro figuras de nombre familiar: Cruz
Salido, Teodomiro Menéndez, Rivas Cherif. Corrían
rumores de que habían sido traídos a España por la Gestapo. Cuatro
siluetas lejanas de las que llegué a conocer dos rostros: el de
Rivas Cherif, cuñado del mitificado Azaña de mi padre, y el de
Teodomiro Menéndez, grabado en mi mente adolescente cuando,
durante el octubre de 1934, se arreó desde una ventana cuando fue
detenido. Un mito mío al que oí hablar con cerrado acento asturiano
de pintorescos sucesos que tenían como protagonistas a los
concejales republicanos del ayuntamiento de Gijón. Y pensé que algún
día Zugazagoitia podría contarme cosas de aquel desvaído
Pablo Iglesias.
Ahora me doy cuenta de que, cuando escuchaba a Teodomiro Menéndez,
yo no pensaba en la posibilidad de escuchar a Zugazagoitia.
Hay una razón: Teodomiro y Rivas Cherif podían hablar
con nosotros porque su incomunicación terminó el día que fusilaron a
sus compañeros: Zugazagoitia se llevaba con él la llave del
secreto. Ya nunca podría saber quién y cómo era en realidad el
mítico Pablo Iglesias. Y no quiero leer su biografía, la he
tenido en mis manos.
Esta nube tenía lugar en el año - no estoy muy seguro, y no me
apetece consultarlo - 1941, en la prisión Porlier de Madrid, cuarta
galería.

Pablo Iglesias, visto por
Aurelio Martín Nájera
Hoy, a finales del año 2000, al cumplirse el
150 aniversario del nacimiento y el 75 del fallecimiento de Pablo Iglesias,
volvemos a lograr los tres compromisos que las organizaciones socialistas
españolas se propusieron al despedir a su fundador en el Cementerio Civil de
Madrid en diciembre de 1925.
La creación de una "Fundación" que dedicara su labor propagandista y educativa a
difundir el pensamiento y la obra de Pablo Iglesias; la publicación de
sus artículos, discursos y correspondencia en la edición de sus Obras Completas
y la construcción de un "Monumento" en Madrid dedicado a consagrar su memoria,
fueron los tres propósitos que se marcaron sus discípulos como homenaje a la
figura de "el abuelo".
Estos tres anhelos se fueron consiguiendo a partir de abril de 1931 tras la
proclamación de la Segunda República y la instauración de un régimen de libertad
y democracia tras largas décadas de monarquía absoluta.
La "Institución Pablo Iglesias" quedó inscrita, el día 14 de junio de
1932, en la Dirección General de Seguridad, con arreglo a la nueva Ley de
Asociaciones y, en el plazo de cuatro años, logró su propósito fundacional de
"adquirir por suscripción pública nacional un edificio, que se denominará
Fundación Pablo Iglesias, el que tendrá por objeto difundir sus ideas en salón
de conferencias, biblioteca, imprenta, redacción y administración de El
Socialista....".
A partir de 1936, la Fundación Pablo Iglesias, con sede en la calle Trafalgar
número 31 de Madrid, inició sus actividades -limitadas por la situación bélica-
albergando el periódico El Socialista y la Gráfica Socialista y exponiendo en
una de las plantas del edificio el despacho y la biblioteca de Pablo Iglesias,
cedidos a la Fundación por su viuda Amparo Meliá.
El resultado de aquel gran esfuerzo colectivo tuvo corta vida. En 1939,
concluida la guerra civil, el régimen franquista usurpó estos locales y en ellos
se editará, con la maquinaria trabajosamente adquirida por las organizaciones
socialistas, el Boletín Oficial del nuevo régimen.
En segundo lugar, en 1935, Juan Almela Meliá inició la edición de las
Obras Completas de Pablo Iglesias, con un primer volumen titulado Reformismo
social y lucha de clases, en el que se recogía su informe escrito ante la
Comisión de Reformas Sociales en 1884 y sus artículos en los dos primeros años
de vida de El Socialista (1886-1887).
La promesa de publicar en volúmenes posteriores sus intervenciones
parlamentarias, su correspondencia y sus colaboraciones periodísticas no pudo
llevarse a término por el estallido de la sublevación militar en julio de 1936.
Y, en tercer lugar, el domingo 3 de mayo de 1936, Indalecio Prieto, como
miembro de la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista; Marcelino Domingo,
como Ministro de Instrucción Pública y en representación del Presidente de la
República y Pedro Rico, como Alcalde de Madrid, inauguraron el monumento
a Pablo Iglesias que el Ayuntamiento de Madrid erigió en el Parque del
Oeste.
Allí
se reunieron, sobre una planta arquitectónica diseñada por
Santiago Esteban de la Mora, numerosos frescos del pintor
Luis Quintanilla y varias esculturas de Emiliano Barral.
Como figura central, la cabeza de Pablo Iglesias que fue
mutilada bárbaramente por los picos falangistas al final de la
guerra civil.
El monumento, muy deteriorado por haber quedado durante la guerra
civil en el frente de fuego del cerco de Madrid y por las acciones
destructoras de los falangistas, fue demolido en 1947.
De la destrucción total se salvaron dos piezas escultóricas de
Emiliano Barral: una copia en escayola del "Grupo de Obreros"
que figuró en dicho monumento y que se ha conservado en el Museo
Municipal de Madrid y la cabeza mutilada de Pablo Iglesias,
que fue trasladada y enterrada en el Parque de El Retiro por
funcionarios municipales socialistas. En febrero de 1979 y gracias a
los planos conservados por José Pradal Gómez, fue
desenterrada y, en diciembre de 1982, colocada en la entrada de la
sede de la Comisión Ejecutiva del PSOE en Madrid, en la calle de
Ferraz, al inaugurarse ésta.
La muerte de Franco en noviembre de 1975 y la celebración de
elecciones democráticas en junio de 1977, hicieron posible que las
organizaciones socialistas, de nuevo en régimen de libertad y
democracia, decidieran rehacer el camino.
En 1977 se constituyó la Fundación Pablo Iglesias en Madrid, con el
doble propósito de: "favorecer la difusión del pensamiento
socialista" y "recuperar y reunir la documentación histórica y
actual del socialismo español".
Hoy, tras veintitrés años de intensa labor de recuperación del
patrimonio histórico, se han publicado los seis primeros volúmenes
de las Obras Completas de Pablo Iglesias con el objetivo de dar a
conocer a las generaciones actuales todo cuanto éste escribió desde
1870, fecha de su primer artículo en La Federación hasta diciembre
de 1925, cuando dejó sus últimas cuartillas inacabadas en su mesa de
trabajo.
Sus escritos y discursos entre 1870 y 1887 se recogen en el primer
volumen. Las intervenciones parlamentarias desde su primer discurso
en 1910 hasta su última presencia en la Cámara en 1919 se incluyen
en los volúmenes 2 a 4 y la correspondencia que se ha conservado del
mismo ha sido transcrita en los volúmenes 5 y 6.
En años próximos aparecerán: el resto de sus escritos y discursos;
sus intervenciones en las actas de las Comisiones Ejecutivas y
Comité Nacionales del PSOE y la UGT y en los Congresos Socialistas
Internacionales y un volumen que recogerá sus principales
biografías.
Por último, sólo queda por cumplirse el tercero de los compromisos
adquiridos por los socialistas a la muerte de Pablo Iglesias.
Quizás cuando estas páginas vean la luz, sean una realidad las
buenas intenciones que el Alcalde de Madrid manifestó, a comienzos
del presente año, a la petición que le hicieron Alfonso Guerra
y Cándido Méndez para que Madrid contara de nuevo con un
monumento dedicado al fundador de las organizaciones socialistas.
¿Será posible?

Pablo Iglesias, visto por
Enrique Moral Sandoval
Pablo Iglesias y el progreso de España
Al celebrarse en este año el sesquicentenario
del nacimiento de Pablo Iglesias, y el septuagésimo quinto aniversario de
su muerte, pensamos que es una buena oportunidad para reflexionar brevemente
sobre el legado del fundador por antonomasia del socialismo español.
Al contemplar la obra de este tipógrafo, que por toda enseñanza contó con dos
años de aprendizaje del oficio en los talleres del Hospicio madrileño, más las
esporádicas clases nocturnas para obreros que pudo seguir en su juventud,
sorprende la pervivencia más que centenaria del Partido Socialista Obrero
Español y de la Unión General de Trabajadores. Instituciones ambas, que además
de ser las más veteranas de España en su campo, siguen jugando un papel
institucional de primer orden dentro de nuestro sistema democrático.
Esta parte del legado de Pablo Iglesias es, sin duda, la más conocida y
reconocida. Es por ello que en estas cuartillas vamos a referirnos a un aspecto
poco conocido de la labor del dirigente socialista y que, sin embargo,
constituyó un esfuerzo singularísimo cuyas benéficas consecuencias han
contribuido en buena parte al progreso de nuestro país. Nos referimos al notable
esfuerzo modernizador que desplegó durante la mayor parte de su existencia como
dirigente político y sindical.
Para respetar los límites de este artículo, nos referiremos exclusivamente a dos
aspectos básicos de las sociedades contemporáneas: la educación y la posición de
la mujer.
Formado en las filas de la Asociación Internacional de Trabajadores, donde tuvo
la oportunidad de conocer a las máximas figuras del socialismo como Marx
y
Engels, con el que sostuvo una interesante relación epistolar, fue
consciente desde muy temprano de la importancia suprema que para la sociedad en
general, y para los trabajadores en particular significaban la educación, la
formación y la cultura.
La España de finales del siglo XIX, en la que inicia su andadura el socialismo
hispano, era un país notablemente atrasado, con un 70% de analfabetos, una gran
masa de niños y jóvenes sin escolarizar, con graves carencias en el magisterio y
una población mayoritariamente asentada en el medio rural. La enseñanza pública,
durante la Restauración, no constituyó pese a sus lacerantes carencias una
preocupación destacada para los gobiernos turnantes. Las partidas
presupuestarias destinadas a educación, retribución del profesorado y
construcción de centros escolares llamaban la atención por su exigüidad.
No hacía falta ser un profundo conocedor de los principios de la lucha de
clases, como era el caso de Pablo Iglesias, para percatarse de que las
clases superiores de la sociedad española no carecían de este servicio esencial,
mientras que los trabajadores y los campesinos eran los principales perjudicados
por tan imperdonables carencias. Ante esta situación, la labor de Iglesias
se desarrolló en una doble vertiente. Desde la prensa y desde la tribuna
política primero, y más tarde desde el escaño parlamentario no dejó de denunciar
tan penosa situación, reclamando insistentemente la actuación urgente de los
poderes públicos. En el plano interno de las organizaciones socialistas por otra
parte, dio curso desde las Casas del Pueblo a todo tipo de iniciativas con el
fin de paliar, en la medida de sus limitadas posibilidades, tan escandalosas
carencias.
De esta forma, los centros obreros socialistas, que desde muy pronto fueron
extendiéndose por toda la geografía nacional, además de albergar a las entidades
políticas y a los sindicatos, se fueron constituyendo en auténticos espacios de
educación y formación en los que funcionaban, con carácter gratuito, escuelas
laicas, escuelas para adultos, orfeones, grupos de danza y teatro, entidades
deportivas y asociaciones educativas de diverso género, que abarcaban desde la
formación profesional hasta la enseñanza del esperanto. Estas actividades más o
menos regladas, se veían complementadas con la existencia de una surtida
biblioteca, cuyo contenido de carácter vario no se limitaba a la literatura
política, y la proliferación de conferencias y coloquios en los que, con
frecuencia, ocupaban la tribuna notables profesores, médicos, escritores y
personalidades del mundo cultural que, sin compartir en muchos casos los
postulados socialistas, tenían a gala y aceptaban como un honor el dirigirse a
un auditorio obrero desde el estrado de las Casas del Pueblo.
A esta labor, que sin duda fructificaría más tarde, dedicó Iglesias buena parte
de sus energías como organizador y como orador, lo que no en balde le valió el
honroso título de educador de muchedumbres.
Como socialista, era muy consciente de que la situación de incultura y atraso en
que los gobernantes mantenían a los trabajadores facilitaba su explotación. Pero
como hombre avanzado, que estudiaba con interés la marcha de los países más
desarrollados y la situación allí de sus clases obreras, no dejó de fustigar la
ceguera y el atraso de unas clases dominantes que ignoraban a su vez el carácter
negativo que aquella situación que intentaban perpetuar producía directamente en
el resultado de sus actividades económicas.
Mostrando
una actitud tan clarividente y progresiva en su tiempo, como también
prácticamente aislada, exponía el 26 de noviembre de 1912 en el
Congreso de los Diputados, dirigiéndose al Presidente del Gobierno,
a la sazón el conde de Romanones, que invirtiendo más en educación
"ganaríamos todos con ello porque aunque existe una clase
explotadora y otra explotada, a los mismos explotadores les conviene
que aquellos individuos sean los más instruidos que quepa y más
competentes". Y añadía : "Para la producción no vale lo mismo el
obrero inculto, que no sabe nada, que el que sabe; el producto que
éste elabora será siempre más perfecto".
Pero además de luchar por la mejora de la enseñanza, incluyendo el
incremento de las retribuciones dignas que percibía el magisterio,
también se ocupó Iglesias ampliamente de una notable faceta
modernizadora, la elevación de la educación cívica y política para
transformar a las masas de obreros subordinados y dependientes en
auténticos ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus
obligaciones. También en esto, la ceguera tanto de los gobernantes
como de las clases dirigentes, prefería mantener un electorado
ignorante, pobre y manipulable -tan necesitado como para que la
venta de su voto por cinco pesetas o un mal jergón le supusiera un
verdadero alivio- en su deplorable situación. No se daban cuenta de
que con ello se corrompía la voluntad popular, se socavaban las
instituciones y se aceleraba, como de hecho sucedió, la
descomposición del sistema constitucional vigente al que el propio
monarca, en 1923, dio el golpe de gracia al respaldar el
pronunciamiento militar de Primo de Rivera.
La práctica del "pucherazo" y la proliferación de todo tipo de
fraudes electorales no fue exclusiva de nuestro país. Si bien, en la
España de la Restauración ni se trató de evitar ni tampoco, a
diferencia de otras naciones europeas cercanas, se hizo el menor
esfuerzo por parte de nuestra oligarquía para integrar en el sistema
a las fuerzas políticas más avanzadas tanto de la burguesía como de
la clase trabajadora.
Pero además de procurar progresos por el lado institucional,
Pablo Iglesias consiguió también destacados avances en el plano
individual. Con notable esfuerzo, procuró que la mayoría de los
trabajadores de la ciudad y del campo tomaran conciencia de que con
la abstención que predicaban los apóstoles del libertarismo
anárquico, desentendiéndose del protagonismo político que les
correspondía, ellos serían los más directamente perjudicados.
En lo que a la mujer se refiere, las decisiones que desde el campo
socialista se tomaron, así como los principios igualitarios que
defendieron y divulgaron, puede decirse con justicia que supusieron
en su época una puesta al día de tal envergadura, que tan sólo en
estas últimas décadas se ha conseguido en buena parte llevarlos a la
práctica.
En una sociedad que asumía como un valor inalterable la supeditación
de la mujer y su dependencia prácticamente total del varón, con
independencia incluso de sus posibilidades económicas, los
postulados socialistas propugnados por Pablo Iglesias
supusieron un aldabonazo e incluso, para la Iglesia católica, un
permanente motivo de enfrentamiento.
Siguiendo fielmente las directrices de la Internacional Socialista y
sus propias convicciones personales, Pablo Iglesias denunció
sistemáticamente la doble explotación que sufrían las mujeres, por
una parte en su casa y en su familia y por otra en el campo laboral,
donde tanto las condiciones de trabajo como su retribución distaban
mucho de equipararse a las del varón.
Desde la elaboración de los primeros programas del partido
socialista, en los que intervino Iglesias muy directamente,
la igualdad de "los individuos de uno y otro sexo", en todos los
órdenes, fue un objetivo que se persiguió sin desmayo.
La tradición, la religión y la ley se oponían al unísono al cambio
revolucionario que se promovió desde las filas socialistas.
Desde antes de que alumbrara el siglo XX,
aquel pequeño partido incorporó en sus organizaciones, en pie de
igualdad, a la mujer.
En el Congreso celebrado el año 1888 se propugnaba "la enseñanza
general científica y especial de cada profesión a los individuos de
uno u otro sexo". Asimismo, se incluía la jornada laboral de ocho
horas, cuando lo normal eran doce y catorce, la prohibición del
trabajo a los menores de catorce años y la exigencia del descanso
"un día por semana". Se incluía ya la prohibición del trabajo de la
mujer en condiciones insalubres o que menoscabaran su dignidad
personal y, finalmente, ¡se reclamaba el salario igual para los
trabajadores de ambos sexos! En 1888.
En fecha tan temprana como 1912, incorporó a sus programas la
reivindicación del divorcio, conseguido con "sólo el deseo de una de
las partes". Reclamó de las autoridades, en paralelo siempre con la
UGT, la "asistencia médica y (el) servicio farmacéutico gratuitos,
así como la creación de casas de maternidad", que hoy llamamos
guarderías, "para los hijos de las obreras durante las horas de
trabajo".
Y todo ello, como es obvio, junto a la reclamación de las mismas
mejoras que pudieran alcanzarse para el varón.
Como puede verse por lo expuesto, y teniendo en cuenta que tan sólo
nos hemos referido a dos facetas concretas, la labor de Iglesias y
de los socialistas y sindicalistas que sumaron conjuntamente sus
esfuerzos, constituyó un impulso modernizador difícil de igualar.
La Institución Libre de Enseñanza, bien que con un carácter
eminentemente pedagógico, y en un campo de acción más limitado,
había emprendido una tarea que muchos vieron de signo parecido y
complementaria de la de los socialistas.
En ambos casos, la necesidad urgente de sacar al país y a sus
habitantes del atraso y la incultura en que se hallaban eran
coincidentes. De ahí que José Ortega y Gasset, pocos
días después de que el dirigente socialista alcanzara por primera
vez el escaño parlamentario (El Imparcial, 13-V-1910)
publicara un artículo en que decía: "Si hoy consideramos como
aspiración profunda de la democracia hacer laica la virtud, tenemos
que orientarnos buscando con la mirada, en las multitudes, los
rostros egregios de los santos laicos. Pablo Iglesias es uno;
don Francisco Giner es otro: ambos, los europeos máximos de
España"
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