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Biografía
En Orihuela, un pequeño pueblo del Levante español,
rodeada del oasis exuberante de la huerta del Segura,
nació Miguel Hernández el 30 de octubre de 1910. Hijo
de un contratante de ganado, su niñez y adolescencia
transcurren por la aireada y luminosa sierra oriolana
tras un pequeño hato de cabras. En medio de la
naturaleza contempla maravillado sus misterios: la
luna y las estrellas, la lluvia, las propiedades de
diversas hierbas, los ritos de la fecundación de los
animales. Por las tardes ordeña las cabras y se dedica
a repartir la leche por el vecindario. Sólo el breve
paréntesis de unos años interrumpe esta vidad para
asistir a la Escuela del Ave María, anexa al Colegio
de Santo Domingo, donde estudia gramática, aritmética,
geografía y religión, descollando por su
extraordinario talento. En 1925, a los quince años de
edad, tiene que abandonar el colegio para volver a
conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Pero
sabe embellecer esta vida monótona con la lectura de
numerosos libros de Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla,
Rubén Dario, que caen en sus manos y depositan en su
espíritu ávido el germen de la poesía. A veces se pone
escribir sencillos versos a la sombra de un árbol
realizando sus primeros experimentos poéticos. Al
atardecer merodea por el vecindario conociendo a Ramón
y Gabriel Sijé y a los hermanos Fenoll, cuya panadería
se convierte en tertulia del pequeño grupo de
aficionados a las letras. Ramón Sijé, joven estudiante
de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en
sus lectura, le guía hacia los clásicos y la poesía
religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su
actividad creadora. El mundo de sus lecturas se
amplía. El joven pastor va llevando a cabo un
maravilloso esfuerzo de autoeducación con libros que
consigue en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes.
Don Luis Almarcha, canónigo entonces de la catedral,
le orienta en sus lecturas y le presta también libros.
Poco a poco irá leyendo a los grandes autores del
Siglo de Oro: Cervantes, Lope, Calderón, Góngora y
Garcilaso, junto con algunos autores modernos como
Juan Ramón y Antonio Machado. En el horno de Efén
Fenoll, que está muy cerca de su casa, pasa largas
horas en agradable tertulia discutiendo de poesía,
recitando versos y recibiendo preciosas sugerencias
del culto Ramón Sijé que acude allí a visitar a su
novia Josefina Fenoll. Desde 1930 Miguel Hernández
comienza a publicar poemas en el semanario El
Pueblo de Orihuela y el diario El Día de
Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y
diarios levantinos.
Primer viaje a Madrid y
Perito en lunas
Poseído por la fiebre de la fama, en diciembre de 1931
se lanza a la conquista de Madrid con un puñado de
poemas y unas recomendaciones que al fin de nada le
sirven. Aunque un par de revistas literarias, La
Gaceta Literaria y Estampa, acusan su
presencia en la capital y piden un empleo o apoyo
oficial para el "cabrero-poeta", las semanas pasan y,
a pesar de la abnegada ayuda de un puñado de amigos
oriolanos, tiene que volverse fracasado a Orihuela.
Pero al menos ha podido tomarle el pulso a los gustos
literarios de la capital que le inspiran su libro
neogongorino Perito en lunas (1933),
extraordinario ejercicio de lucha tenaz con la palabra
y la sintaxis, muestra de una invencible voluntad de
estilo. Tras este esfuerzo el poeta ya está forjado y
ha logrado hacer de la lengua un instrumento maleable.
En Orihuela continúa sus intensas lecturas y sigue
escribiendo poesía. También sus amigos le preparan
alguna actuación en público. En el Casino de Orihuela
recita y explica su "Elegía media del toro". Otra vez,
en abril de 1933, es en Alicante donde interpreta la
misma elegía después de una docta charla de Ramón Sijé
sobre Perito en lunas. La prensa local se hace
eco del acontecimiento literario alimentando en el
joven poeta el ansia y sed de celebridad.
Segundo viaje a Madrid
Un día, al salir de su trabajo, en una notaría de
Orihuela, conoce a Josefina Manresa y se enamora de
ella. Sus vivencias van hallando formulación lírica en
una serie de sonetos que desembocarán en El rayo
que no cesa (1936). Las lecturas de Calderón le
inspiran su auto sacramental Quien te ha visto y
quien te ve y sombra de lo que eras, que,
publicado por Cruz y raya, le abrirá las
puertas de Madrid a su segunda llegada en la primavera
de 1934. Allí se mantiene con un empleo que le ofrece
José María de Cossío para recoger datos y redactar
historias de toreros. En Madrid su correspondencia
amorosa no se interrumpe y la frecuente soledad
inevitable en la gran ciudad le hace sentir nostalgia
por la paz e intimidad de su Orihuela. Las cartas
abundan en quejas sobre la pensión, rencillas de
escritores, intrigas, el ruido y el tráfico. Así es
que en cuanto le es posible vuelve a su pueblo para
charlar con los amigos, comer fruta a satisfacción y
bañarse en el río. Aunque lentamente, va creándose en
Madrid su círculo de amigos: Altolaguirre, Alberti,
Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente
Aleixandre y Pablo Neruda. Entre ellos trata de vender
algunos números de la revista El Gallo Crisis,
recién fundada por Ramón Sijé, pero tienen que
constatar que ésta no gusta a muchos de sus nuevos
amigos. Neruda se lo confiesa abiertamente: "Querido
Miguel, siento decirte que no me gusta El Gallo
Crisis. Le hallo demasiado olor a iglesia, ahogado
en incienso". Ramón Sijé teme perder a su gran amigo
para sus ideales neocatólicos, pero pronto tienen que
constatar que el ambiente de Madrid puede más que los
ecos de la lejana Orihuela. Pablo Neruda insiste en
sus ingeniosos sarcasmos anticlericales: "Celebro que
no te hayas peleado con El Gallo Crisis pero
esto te sobrevendrá a la larga. Tú eres demasiado sano
para soportar ese tufo sotánico-satánico". Si Ramón
Sijé y los amigos de Orihuela le llevaron a su
orientación clasicista, a la poesía religiosa y al
teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el
surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el
ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la
poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y
Alberti, en la ideología social y política del joven
poeta provinciano. Superada esta crisi, Miguel
Hernández es ya un poeta hecho y comienza a crear lo
más logrado y genial de su obra.
La Guerra Civil
El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 le
obliga a tomar una decisión. Miguel Hernández, sin dar
lugar a dudas, la toma con entereza y entusiasmo por
la República. No solamente entrega toda su persona,
sino que también su creación lírica se trueca en arma
de denuncia, testimonio, instrumento de lucha ya
entusiasta, ya silenciosa y desesperada. Como
voluntario se incorpora al 5º Regimiento, después de
un viaje a Orihuela a despedirse de los suyos. Se le
envía a hacer fortificaciones en Cubas, cerca de
Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 1ª
Compañía del Cuartel General de Caballería como
Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino.
Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte,
Pozuelo, Alcalá. En plena guerra logra escapar
brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de
1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tiene que
marchar al frente de Jaén. Es una vida agitadísima de
continuos viajes y actividad literaria. Todo esto y la
tensión de la guerra le ocasionan una anemia cerebral
aguda que le obliga por prescripción médica a
retirarse a Cox para reponerse. Varias obritas de
Teatro en la guerra y dos libros de poemas que han
quedado como testimonio vigoroso de este momento
bélico: Viento del pueblo (1937) y El hombre
acecha (1939).
El poeta en la cárcel
En la primavera de 1939, ante la desbandada general
del frente republicano, Miguel Hernández intenta
cruzar la frontera portuguesa y es devuelto a las
autoridades españolas. Así comienza su larga
peregrinación por cárceles: Sevilla, Madrid. Difícil
imaginarnos la vida en las prisiones en los meses
posteriores a la guerra. Inesperadamente, a mediados
de septiembre de 1939, es puesto en libertad.
Fatídicamente, arrastrado por el amor a los suyos, se
dirige a Orihuela, donde es encarcelado de nuevo en el
seminario de San Miguel, convertido en prisión. El
poeta -como dice lleno de amargura- sigue "haciendo
turismo" por las cárceles de Madrid, Ocaña, Alicante,
hasta que en su indefenso organismo se declara una
"tuberculosis pulmonar aguda" que se extiende a ambos
pulmones, alcanzando proporciones tan alarmantes que
hasta el intento de trasladarlo al Sanatorio
Penitenciario de Porta Coeli resulta imposible. Entre
dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos,
Miguel Hernández se va consumiendo inexorablemente. El
28 de marzo de 1942 expira a los treinta y un años de
edad.
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VIENTOS DEL
PUEBLO ME LLEVAN
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
EL NIÑO YUNTERO
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.
Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.
Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.
Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.
Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.
Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.
A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.
Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.
Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.
Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.
Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.
Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.
¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.
EL ÚLTIMO RINCÓN
El último y el primero:
rincón para el sol más grande,
sepultura de esta vida
donde tus ojos no caben.
Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.
Por el olivo lo quiero,
lo persigo por la calle,
se sume por los rincones
donde se sumen los árboles.
Se ahonda y hace más honda
la intensidad de mi sangre.
Los olivos moribundos
florecen en todo el aire
y los muchachos se quedan
cercanos y agonizantes.
Carne de mi movimiento,
huesos de ritmos mortales:
me muero por respirar
sobre vuestros ademanes.
Corazón que entre dos piedras
ansiosas de machacarte,
de tanto querer te ahogas
como un mar entre dos mares.
De tanto querer me ahogo,
y no me es posible ahogarme.
Beso que viene rodando
desde el principio del mundo
a mi boca por tus labios.
Beso que va a un porvenir,
boca como un doble astro
que entre los astros palpita
por tantos besos parados,
por tantas bocas cerradas
sin un beso solitario.
¿Qué hice para que pusieran
a mi vida tanta cárcel?
Tu pelo donde lo negro
ha sufrido las edades
de la negrura más firme,
y la más emocionante:
tu secular pelo negro
recorro hasta remontarme
a la negrura primera
de tus ojos y tus padres,
al rincón de pelo denso
donde relampagueaste.
Como un rincón solitario
allí el hombre brota y arde.
Ay, el rincón de tu vientre;
el callejón de tu carne:
el callejón sin salida
donde agonicé una tarde.
La pólvora y el amor
marchan sobre las ciudades
deslumbrando, removiendo
la población de la sangre.
El naranjo sabe a vida
y el olivo a tiempo sabe.
Y entre el clamor de los dos
mis pasiones se debaten.
El último y el primero:
rincón donde algún cadáver
siente el arrullo del mundo
de los amorosos cauces.
Siesta que ha entenebrecido
el sol de las humedades.
Allí quisiera tenderme
para desenamorarme.
Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, nadie.
A MI HIJO
Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es rocío
alejándose a ciertas regiones matutinas.
Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,
como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,
con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,
como bajo la tierra quiero haberte enterrado.
Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas,
al fuego arrebatadas de tus ojos solares:
precipitado octubre contra nuestras ventanas,
diste paso al otoño y anocheció los mares.
Te ha devorado el sol, rival único y hondo
y la remota sombra que te lanzó encendido;
te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo,
tragándote; y es como si no hubieras nacido.
Diez meses en la luz, redondeando el cielo,
sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado.
Sin pasar por el día se marchitó tu pelo;
atardeció tu carne con el alba en un lado.
El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente,
carne naciente al alba y al júbilo precisa;
niño que sólo supo reir, tan largamente,
que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa.
Ausente, ausente, ausente como la golondrina,
ave estival que esquiva vivir al pie del hielo:
golondrina que a poco de abrir la pluma fina,
naufraga en las tijeras enemigas del vuelo.
Flor que no fue capaz de endurecer los dientes,
de llegar al más leve signo de la fiereza.
Vida como una hoja de labios incipientes,
hoja que se desliza cuando a sonar empieza.
Los consejos del mar de nada te han valido...
Vengo de dar a un tierno sol una puñalada,
de enterrar un pedazo de pan en el olvido,
de echar sobre unos ojos un puñado de nada.
Verde, rojo, moreno: verde, azul y dorado;
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos
yertos.
Mujer arrinconada: mira que ya es de día.
(¡Ay, ojos sin poniente por siempre en la
alborada!)
Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mía,
la noche continúa cayendo desolada.
TODO ERA AZUL
Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.
Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.
La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.
YO NO QUIERO MÁS LUZ QUE TU CUERPO ANTE EL MÍO
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda..
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo
ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.
MUERTE NUPCIAL
El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
flota como la tierra, se sume en la besana
donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.
Pasar por unos ojos como por un desierto:
como por dos ciudades que ni un amor contienen.
Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
el corazón a nadie, que todos la enarenen.
Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.
Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos
se veían, más lejos, y más en uno fundidos.
El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
Atravesaba el lecho la patria de los nidos.
Entonces, el anhelo creciente, la distancia
que va de hueso a hueso recorrida y unida,
al aspirar del todo la imperiosa fragancia,
proyectamos los cuerpos más allá de la vida.
Espiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
desplegados los ojos hacia arriba un momento,
y al momento hacia abajo con los ojos plegados!
Peron no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos. Somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.
VUELO
Sólo quien ama vuela. Pero, ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.
Amar ... Pero, ¿quién ama? Volar ... Pero, ¿quién
vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.
Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.
Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otro como el granizo grave.
Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.
Triste instrumento alegre de vestir; apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.
No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.
Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de debatirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. EL cielo se eleva. El aire mueve.
SENTADO SOBRE
LOS MUERTOS
Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo mantiene.
Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.
Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.
Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.
Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué ponerse,
hambriento y sin qué comer,
el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.
Aunque le falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.
Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.
Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.
NANAS DE LA CEBOLLA
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
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