También tuvimos nuestra
«revolución de Octubre» (I)

En España también tuvimos nuestra revolución. Fue en 1917 cuando los conflictos sociales, económicos y militares, convulsionaron España; y en Octubre de 1934 con el objetivo de subvertir el orden, por las contrarreformas antisociales del gobierno de turno y la amenaza del fascismo internacional. Los resultados y consecuencias fueron muy distintas a las que se dieron en otros lugares del mundo. Hoy cabría una pregunta ¿hay razones para una revolución? Hay razones, pero pocos instrumentos.

Los bolcheviques liderados por Vladímir Ilich Lenin habían tomado el poder en Rusia en Octubre de 1917; y en plena guerra mundial (Primera europea del Siglo XX), la neutralidad española favoreció el crecimiento económico. Pero los beneficios obtenidos por la  burguesía industrial y comercial y la oligarquía terrateniente y financiera, no llegó al proletariado urbano e industrial, ni a los campesinos, que perdieron nivel salarial y empeoraron aun más sus condiciones de vida. El conflicto estaba servido.

La injusticia social y la creciente desigualdad, llevó al PSOE y a la UGT a la convocatoria de una huelga general indefinida: «con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales del sistema que garanticen al pueblo el mínimo de condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras, se impone que el proletariado español emplee la huelga general, sin plazo definido de terminación, como el arma más poderosa que posee para reivindicar sus derechos». ¿Cómo hoy verdad?: no se convoca, y si se convoca no se secunda.

La huelga fue un completo éxito y el poder reaccionó con una dura represión. Los miembros del comité de huelga fueron detenidos y condenados a la pena de cadena perpetua. En las elecciones de 1918 fueron elegidos diputados y tras una campaña internacional para su excarcelación, fueron indultados o quedaron en libertad. La represión produjo 71 muertos, 156 heridos y unos dos mil detenidos. La desafección hacia el rey Alfonso XIII y hacia el sistema aumentó entre intelectuales y la clase obrera y clase media. Avanzaba la descomposición de la monarquía, que llevó a la dictadura de Primo de Rivera en 1923 y a la proclamación de la República en 1931.

En 1933, los socialistas perdieron las elecciones generales. El gobierno de la derecha radical salido de las urnas, con el apoyo parlamentario de la ultraderechista y católica Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), inició una política de contrarreformas, sobre lo reformado por los anteriores gobiernos republicano-socialistas. Está política produjo un giro radical en la estrategia del PSOE y de la UGT, que abandonan la «vía parlamentaria» para alcanzar el socialismo.

Todo se complica cuando la CEDA exige entrar en el gobierno. Gil Robles, agresivamente, ataca a la democracia y defiende el estado totalitario. Hitler sube al poder en Alemania y hace su aparición la violenta y fascista Falange Española. Todo «en defensa del orden y de la religión» era el lema de la coalición electoral. La derecha reaccionaria, con el apoyo de buena parte del ejército y de la jerarquía eclesiástica, desde 1931, se propusieron destruir la República y lo que representaba; y lo consiguió con la guerra fraticida, su victoria sangrienta y la dictadura represora.

La izquierda había perdido el poder parlamentario, pero la fuerza social seguía intacta en la lucha por mejorar sus condiciones de vida. Largo Caballero llevaba tiempo criticando la política de colaboración de clases, la democracia burguesa y el sistema capitalista. Su nueva estrategia se produce en enero de 1934, cuando defendiendo la «vía insurreccional», asume los cargos de presidente del PSOE y secretario general de UGT (con el apoyo de las Juventudes Socialistas). El «programa sucinto» del movimiento revolucionario, manifestaba: «Con el poder político en las manos anularemos los privilegios capitalistas y antes que ninguno el derecho que les da explotar a los trabajadores». No pudo ser.

Alejandro Lerroux formó un nuevo gobierno, incorporando a tres ministros de la CEDA. Ese mismo día, 4 de octubre de 1934, el comité revolucionario socialista reunido en Madrid, tras contar con el apoyo de los comunistas y de las Alianzas Obreras (no así con el de la CNT), convoca la «huelga general revolucionaria» que se iniciaría a las 0 horas del día siguiente. La «revolución de Octubre» había comenzado.

La «huelga general» tuvo un seguimiento masivo en casi todas las ciudades, pero muy desigual, sobre todo en el campo, que acababa de salir de la mayor huelga agraria de la historia de España (10.000 detenidos, 191 ayuntamientos socialistas destituidos, clausura de locales sindicales y casas del pueblo). El hecho de que la CNT y la FAI no secundaran el llamamiento revolucionario (salvo en Asturias), fue una razón de su relativo fracaso. En Madrid, el día 8 fueron detenidos casi todos los miembros del «comité revolucionario» socialista. Escapan Prieto, Negrín y Álvarez del Vayo. El martes 9 es detenido Azaña y Companys se entrega en Barcelona el 14.

El gobierno entregó el mando represivo a Franco, entonces gobernador militar de Baleares, quien moviliza al Tercio de Regulares. La represión se saldó con más de mil muertos y torturas de los detenidos en manos de la guardia civil; miles de despidos por su participación en la huelga y más de treinta mil presos; la mayoría de los dirigentes implicados apresados y se dictaron veinte penas de muerte, dos de ellas ejecutadas. Los procesos duraron hasta los primeros meses de 1936. La minoría socialista en las Cortes suspendió su actividad parlamentaria. Las presiones de la opinión pública liberal española y europea forzaron el levantamiento del «estado de guerra». Con el tiempo, la respuesta política y social, fue el triunfo del «Frente Popular» en 1936.

Hoy, un movimiento como el que se desarrolló en España en 1934, parece imposible. La indignación social es inmensa, pero la toma de conciencia sobre la realidad y sobre los instrumentos para resolver la crisis no encuentra organización que lidera la respuesta. Ni tan siquiera «una revolución moral» como la que pide Antonio Miguel Carmona. No existe una clase política y sindical convencida, que propugne acciones para subvertir la política que el gobierno de Rajoy establece y que el «Sistema» institucional permite. Están por los pactos.

La revolución en España, tuvo nombre propio: Asturies; donde los obreros de la industria y los mineros, tuvieron un protagonismo, del que hoy todavía se habla y se siente. Pero lo contaremos la semana que viene.

 

Se publicó en Diario Progresista el 24 de junio de 2013

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Víctor Arrogante
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