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El arte del toreo
Conferencia dada en el Ateneo
de Madrid el 29 de Marzo de 1950
Señoras, Señores:
A requerimiento de Pedro
Rocamora, vengo a dar esta conferencia sobre
normas clásicas en el arte del toreo. Bien
sabe Dios que nunca pensé echarme en esta
plaza de espontáneo; pero tampoco a los
ruedos de las plazas de toros suele uno
tirarse por su propio impulso; son muchas
las circunstancias que le empujan y, entre
ellas, es quizá la más importante los
amigos. Dándome cuenta de lo que este ciclo
de conferencias puede representar para el
arte del toreo, le doy las gracias en nombre
de mis compañeros y en el mío propio, y al
mismo tiempo les pido a ustedes perdón por
éste atrevimiento. Es muy posible que, un
dia no muy lejano, un torero con una buena
preparación literaria se haga entender por
ustedes mejor que voy a hacerlo yo por medio
de estas cuartillas.
El arte del toreo es una
cosa muy compleja; digo compleja, porque
cada uno lo ve de manera distinta; por lo
tanto, yo trataré de hacer un esbozo del
arte, tal como lo he visto a través de mis
veinte años de profesión y veinticinco de
aficionado.
Ustedes comprenderán que
mi punto de vista es diferente del que tiene
el señor que se sienta en un tendido, para
registrar, como si fuera una maquina
fotográfica las imágenes que pasan por su
campo visual, y en el momento regocijarse o
disgustarse con ellas. Posiblemente, este
seria el ideal de la fiesta; pero si
solamente consideramos este aspecto,
caeremos en una cosa pobre, y, lo que es
peor, peligrosa para el arte del toreo.
Tenemos que partir de que
es un arte muy joven, en relación con las
demás artes, pues mientras éstas han
alcanzado tal definición hace miles de años,
nosotros llevamos, en total, dos siglos.
Se han escrito muchos
libros de toros, y no digamos artículos en
revistas y diarios; pero considerando aparte
la magnífica enciclopedia de José María de
Cossío, todo, o casi todo lo que se ha
escrito es apasionado y. por lo tanto,
negativo para un arte que, como tal, está
empezando.
El libro del arte del
toreo está haciendo falta. Creo dificilísimo
que aparezca, por ser muy pocos los hombres
capacitados para escribirlo. A mi modo de
ver, sólo dos tipos de hombre podrían
realizarlo: el primero, un gran filósofo que
sienta el arte de la fiesta nacional, y no
creo que reúna estas dos condiciones más que
don José Ortega y Gasset, que,
desgraciadamente, no tendrá tiempo de
hacerlo, por sus muchas ocupaciones
mentales; el otro podría ser un matador de
toros, y digo podría, porque esto es todavía
más difícil; si podía escribir el libro, es
decir, si estaba preparado para el arte de
las letras, sería casi imposible que hubiese
tenido tiempo para calar en lo profundo del
arte del toreo; por lo tanto, tenemos que
resignarnos a que corra el tiempo, y
esperar, a ver si un día surge en el toreo
un hombre del Renacimiento.
Decíamos anteriormente que
quizá lo bueno sería ver las suertes de la
fiesta en un aspecto exclusivamente visual;
pero esto no es suficiente, porque tenemos
delante de nosotros a un animal al que hay
que someter y reducir, y, por lo tanto, es
necesario ir a una fórmula, no sólo de
estética personal del artista, sino también
de estética con relación a la eficacia sobre
el animal. Porque no hay que olvidar que no
se trata de un ballet, en que, conseguida la
estética visual, está logrado todo, sino que
el toreo tiene un fin determinado, y una
estética visual, en su caso, si no lleva
consigo la eficacia que produce el bien
hacer el arte, será negativa, aun cuando
cuente con el aplauso de muchos de los
espectadores.
Ustedes, aficionados, a
poco que recuerden, habrán visto muchas
veces en las corridas de toros faenas de
veinte, treinta, cuarenta pases, y el toro
cada vez más entero, o, por lo menos, lo
mismo que cuando empezó, y a la hora de
matar estar el torero pegado a las tablas y
pinchar en hueso, o si se tiene mucha
suerte, atravesar el toro.
Cuando esto ocurre, hay
que ponerse en guardia y pensar que algo
raro está pasando: ¿ Cómo es posible que con
esa cantidad de pases que fueron
aparentemente bellos para gran parte del
público, el toro no se haya sometido? La
respuesta es muy sencilla: Lo que ha
ocurrido es que el torero ha estado dando
pases, y dar pases no es lo mismo que
torear. Puede un torero tenerle miedo a un
toro, esto es humano; pero si le ha dado
veinte o treinta pases, quiere decir que el
miedo se le ha olvidado, y en ese caso, si
no ha reducido, si no ha sometido al toro,
es porque no ha practicado el gusto de bien
hacer, que es un placer al cual hasta las
fieras se entregan.
Es muy curioso oir a los
aficionados lamentarse sobre el estado
actual de la fiesta, y yo les diría:
¿Pero cómo pueden ustedes sorprenderse de
esto? ¿ Es que creen que esta situación ha
surgido por ley espontánea? No, señores, ha
tenido su proceso, y ustedes han tenido gran
culpa de ello; digo gran culpa, porque no
sería justo echársela toda. Bien es verdad
que no sé si hoy existen aficionados, y si
existen se han dejado arrollar por la masa,
seguramente porque la vida tiene problemas
más importantes que la afición a los toros,
aun para los más apasionados. Ahora bien: no
es de hoy tampoco de cuando parte este
error, según mi modo de ver, sino de hace
treinta o cuarenta años.
Considero
culpables a los aficionados, porque no han sido
consecuentes en sus convicciones, probablemente
porque han sido partidarios de las personalidades
de los toreros,
pero nunca, o casi nunca, conscientes de las
buenas normas de practicar el arte; de no
haber sido así, con los malos ratos que han pasado
y el dinero que a muchos les costo esta afición
posiblemente no se hubiesen abandonado las normas
del bien hacer el toreo.
A ver si me explico, para que
ustedes me entiendan, aunque no cite nombres
cuando me refiero a toreros de este siglo.
Ahora sólo nos interesan las normas, y no nos
importa si Pedro fue mejor o peor que Antonio.
Ha habido aficionados partidarios de un torero
determinado, pongamos X. Era éste un torero de
normas clásicas, de formación rondeña, con
templanza, con cargazón en la suerte, con
lentitud. Pues en cuanto X se retiró de los toros,
se hicieron partidarios de Z, que era un torero
completamente distinto, no ya en la personalidad,
sino en la forma y en las reglas; y aquí
pondría ejemplos que nos llevarían demasiado
tiempo.
Entonces, yo deduzco: Estos
aficionados, siendo partidarios de X, no le
conocieron realmente, y la prueba es que jamás le
catalogaron como clásico en sus normas, sino como
estilista, como algo diferente de todo lo
anterior. Esto fue un gran error, porque este
torero X estaba reviviendo aquello que ya estaba
casi olvidado, traduciéndolo y expresándolo según
su propia personalidad, pero que tenía el germen
de los Romero, pues gracias a las normas de Pedro,
X, cuando se forma en su toreo, es decir, en el
clasicismo del bien hacer, llega a reducir a los
toros de tal forma que un buen día, al cuarto
pase, fíjense bien que digo al cuarto pase, puede
impunemente pasarle la mano por la testuz a muchos
toros de su época. Porque no se trata de
atontar a los toros a los quince o veinte pases,
sino de torearlos. En el toreo ha habido y hay
otras normas distintas de las de Romero, pero son
negativas para la eficacia y la belleza del arte
en toda su magnitud.
Al lado de X hay otro torero,
pongamos B, que, con más fuerza física, y, según
los aficionados, con más capacidad taurina, no
sometía a los toros tan pronto y mucho menos con
la belleza y sencillez con que los sometía X. Esto
los aficionados jamás lo vieron en esta forma:
vieron el poderío físico del uno, pero no vieron
el poderío clásico del otro.
Los aficionados tienen mucha
culpa por no haber seguido fieles a las normas
clásicas: Parar, Templar y Mandar. A mi modo de
ver, estos términos debieron completarse de esta
forma: Parar, templar, CARGAR y mandar; pues,
posiblemente, si la palabra cargar hubiese ido
unida a las otras tres desde el momento en que
nacieron como normas, no se hubiese desviado tanto
el toreo. Claro que también creo que el autor
de esta fórmula no pensó que fuese necesaria,
porque debía saber muy bien que, sin cargar la
suerte, no se puede mandar, y, por lo tanto,
en este término iban incluidas las dos.
Bien entendido que cargar la
suerte no es abrir el compás, porque con el compás
abierto el torero alarga, pero no se profundiza;
la profundidad la toma el torero cuando la pierna
avanza hacia el frente, no hacia el costado.
Parar, templar y mandar. ¡ Ahí
es nada! ¡ Se confunden tanto estos conceptos! ...
La mayoría cree que parar, templar y mandar es
esperar a que los toros vengan a estrellarse en el
objeto, sin que el torero se mueva; esto es un
error, porque si te paras, no puedes templar, y
mucho menos mandar. Los toros, cuando más tienen
que parar, templar y mandar es cuando más fuerza
tienen, y es muy curioso que hoy, que se torea
mejor que nunca, según tantísimos aficionados,
son muy pocos los toros que se torean con el
capote. ¿Y por que, si se torea mejor que
nunca? Pues sencillísimo: porque no se ponen en
práctica los conceptos que definen estas normas;
por lo tanto, no se torea, se dan pases; eso sí,
muchos pases.
Tratare de explicarlo mejor:
Fíjense ustedes, cuando van a un tentadero, cómo
todo aficionado, e inclusive aficionada, da pases
a poco que se decida. Yo, que he tenido siempre
bastante afición, he hecho muchos experimentos en
el campo con los aficionados. Les voy a contar a
ustedes uno de los más significativos: Había un
muchacho amigo mío que quería ser torero con gran
frecuencia me insistía para que le llevase a
torear unas becerras: yo veía que no podría ser
torero, entre otras muchas razones porque rondaba
ya los cuarenta, edad algo excesiva para empezar
esta profesión; pude convencerle de que para ser
torero a su edad era preciso hacer una cosa rara,
algo que a los demás no se les hubiese ocurrido:
le convencí de que podía ganar mucho dinero
haciendo lo que yo le dijese, le expliqué que era
muy importante, primero, un buen apodo para el
cartel, y segundo, llevar a la práctica un toreo
en relación con el anuncio; él a todo decía que
sí, porque lo que quería era torear .Me preguntó
:Oiga usted -porque su chaladura era tan profunda
que cuando hablábamos de cualquier asunto me
tuteaba, pero en cuanto se trataba de toros, me
hablaba de usted-: ¿cómo me voy a anunciar en los
carteles? Le dije: -El torero sonámbulo. -¿Y qué
tengo que hacer en la plaza para estar en relación
con ese nombre tan raro? -Pues, muy sencillo :
torear con los ojos vendados. Dijo : -Pero ¿cómo?
¿Con los ojos tapados? -Sí, señor. ¿Tú no quieres
ser algo muy serio? Pues con esto te haces el
hombre más popular de España-. Pues bien, un poco
mosca, como el gran Sancho, me pregunta: -Pero
usted cree que eso es posible?-Pues claro, hombre.
-Bueno, cuando usted lo dice será verdad. Manos a
la obra, nos fuimos al campo, preparamos el
tentadero, le tapé bien los ojos para que no viese
por abajo, cosa a la que se resistía, y cuando
estuvo la becerra a punto, le saqué al ruedo, y le
dije: -Cuando yo te diga ahora, ¡nueves la muleta,
y así sucesivamente hasta que te dé la voz de
retirarte. La cosa salió como estaba prevista: le
dio cinco o seis pases, es decir se los dio la
becerra, él se quedó encantado, los demás se
habían divertido y yo afirmaba mis convicciones:
dar pases no es lo mismo que torear. Como
sigue siendo amigo mío, desde aquí le pido perdón
por haber aprovechado su afición para mis
experimentos.
También un día en casa, una
señorita, ya saben ustedes que las mujeres son muy
valientes, quiso torear con la muleta a condición
de que yo estuviese a su lado; cuando pasó la
becerra un par de veces, le dije al oído: "Me
voy." Le entró un pequeño temblor, y se quedó como
hipnotizada, dando pases hasta que la quitamos de
allí. El susto y la emoción le produjeron tal
estado de nervios que casi no podía andar. Esta
mujer también había dado pases, pero tampoco había
toreado.
El concepto de las normas ha
llegado hasta nosotros tan desfigurado, que hace
días leí una interviú en que un aficionado decía:
"De mi tiempo me gustó X, porque hasta él, los
toreros echaban la pierna adelante, pero al llegar
el toro la quitaban, y X la dejaba allí." Esto
último es cierto, pero no lo es que todos los
anteriores la quitaban, porque el gran Pedro
Romero, con sesenta años de edad, véase un grabado
de la época, matando un toro está cargando sobre
la pierna contraria, y otro de Martincho dando un
pase con un sombrero en que también está sobre la
pierna, y no digamos Cara Ancha con el capote, y
Montes, y. en fin, muchos más que no he de
enumerar. Y yo me pregunto: ¿Cómo es posible que a
continuación diga usted que hoy se torea mejor que
nunca? ¿Cuántas veces han visto ustedes echarle
a los toros la pierna adelante, antes de llegar a
la jurisdicción del torero? Si ha pasado esto,
yo, generalmente, lo que he visto ha sido lo
contrario: cuando más, de perfil, pero casi
siempre del perfil para atrás; o lo que es lo
mismo: destoreando. Porque, repito: no es igual
dar pases que torear.
Bien sabe Dios que el hacer esta
aclaración no es crítica para nadie, ni siquiera
critico el momento actual de la fiesta. Yo tengo
un gran respeto para todos los que visten de
torero; pero una cosa es el respeto que a mí me
merezcan, y otra, muy distinta, decir mi manera de
ver el bien hacer el toreo, pues creo francamente
que esto puede repercutir en beneficio de la
fiesta, y, en consecuencia, de todos los que se
visten de luces.
Con relación a los momentos actuales, se está
siendo injusto con los toreros. Son hijos de las
normas que había y hay en el ambiente, están
adulterados por el clima en que se formaron, pero
del que ellos son los menos responsables. Desde
hace unos años han oído decir a aficionados,
periodistas, folletos y demás propaganda, que el
toreo había llegado al sumum de la perfección que
era lo nunca visto.
Al mismo tiempo, cuando
empezaron en los ruedos, recibían el aplauso
frenético de los públicos cuando practicaban las
normas reinantes en el ambiente. Llegaron al toreo
cuando el parón se había estabilizado como norma
en la retina del público y de la mayoría de los
aficionados.
A esto contribuye la euforia de
posguerra: las plazas se llenan de público dos o
tres años seguidos, gran negocio de todos los que
viven de la fiesta, hay dinero para todos; pero
ya, al tercer o cuarto año, la gente se retrae,
las empresas sueltas empiezan a perder dinero, y
de aquí, las aguas toman otra vez su cauce; se
empieza a encauzar hacer el resumen de lo que ha
pasado, como esta es fiesta de pasión y nadie se
presta a las pasiones tanto como el español, un
tanto por ciento comprende su equivocación pero
por no dar su brazo a torcer, por no reconocer su
error ante los demás, se calla; otros dicen que no
van a los toros porque no tienen interés, y
todavía quedan muchos que quieren sostener lo
insostenible, conformándose con decir que se torea
mejor que nunca, pero conociendo en el fondo la
monotonía que existe en este toreo.
Al hacer el análisis
desapasionado, nos encontramos con que las normas
del arte del bien hacer se han esfumado, el toro
casi ha desaparecido -hablo en términos
generales-; al menos este es el ambiente de la
calle; han reducido su presencia al mínimum, le
han mutilado las defensas, esto es también vox
populi, nos han estado dando gato por liebre, como
vulgarmente se dice. Esto es lo que les queda en
el fondo de la conciencia a todos los aficionados
y escritores que echaron las campanas al vuelo.
Pero, ¿ qué pasa? Como no quieren aparecer
responsables de esta riada o catástrofe, les es
más cómodo echar la culpa sobre los muchachos que
están toreando hoy; y yo les digo otra vez que son
inocentes; no tienen más culpa que haber
seguido el camino que ustedes tanto marcaron.
Créanme: ellos son los primeros
que lo están pagando; porque tendrán sus éxitos
cuando el toro muy claramente se lo permita; pero
en el fondo de su conciencia sabrán muy bien, es
decir, seguramente no lo sabrán, pero percibirán
al menos que aquello que allí pasó fue resultado
de un esfuerzo personal por el susto constante a
que su inseguridad les tuvo sometidos; pero que el
colaborador, o sea el toro, en ningún momento
estuvo dominado.
Y ¿ por qué? Pues muy sencillo:
porque se han dejado de practicar las reglas
clásicas del arte, que nos están legadas desde el
gran Pedro Romero, quien en su larga vida de
torero, matando cinco mil seiscientos toros, nos
da las normas geniales, sencillas, pero eternas,
de cómo se deben torear éstos, para reducirlos;
normas que llegaron a hacerse clásicas y que
seguirán siendo la piedra fundamental de todo el
toreo.
Y digo fundamental, porque todo
el que se formó a través de ellas abrió más camino
de posibilidades en el arte.
Como consecuencia de haberse
abandonado estas normas, se ha reducido el toreo a
la mitad; es decir, le han quitado la parte más
bella, la de delante, la que yo llamaría la
enjundia del toreo; aquella en que el torero se
enfrenta con el toro echándole el capote o la
muleta adelante, para, a medida que el toro va
entrando en la jurisdicción del torero, ir
templándole, ir inclinándose sobre la pierna
contraria, al mismo tiempo que ésta avanza hacia
el frente, es decir, alargando al toro al mismo
tiempo que por sí se va profundizando. Todo
esto a mi modo de ver, naturalmente.
Claro que, ateniéndose al
simple campo visual, un torero puede prescindir de
las reglas clásicas, si tiene una gran
personalidad, que puede tenerla por miles de
cosas; por ejemplo: cómo anda, cómo sale vestido,
cómo se mueve, cómo se queda quieto; en fin,
muchas más que no es preciso enumerar y que le
permitan entusiasmar a los espectadores,
arrastrados por la fuerza de su personalidad,
aunque su toreo y sus normas sean negativos.
Por eso es imprescindible
hacerle ver a las nuevas generaciones de toreros
que no se pueden copiar las personalidades, porque
cada cual tiene la suya; encauzarles por las
reglas clásicas, si no nos encontraremos con que
todo muchacho que quiera ser torero se irá por los
derroteros establecidos por estos toreros de gran
personalidad, y se encontrarán, aun los más
capacitados, a los cinco o seis años de
alternativa, que es cuando los toreros suelen
estar maduros en el arte si su formación es
positiva, con que es todo lo contrario, que no han
dado un paso hacia adelante, y que los toros
-cuidado, que hablo de toros- se irán apoderando
de él; y en este caso lo mejor que puede
pasarle es tener que abandonar la profesión.
Hay que insistir y hacer todo
lo posible para que las nuevas generaciones vayan
por el buen camino, porque debemos pensar que los
hombres de hoy tienen el mismo valor y la misma
inteligencia que los de ayer, y. por lo tanto, si
se crea el ambiente tendremos lo fundamental;
pero, eso sí, ser inexorables en cuanto a las
normas.
Yo he visto en estos últimos
años algunos muchachos con grandes condiciones, de
haber seguido las reglas clásicas; tenían talla,
valor y afición, con ganas de ser; pero el
ambiente de público y aficionados, formando cuerpo
con los resultados económicos, les envolvió. Esto
unido a que, naturalmente, les resultaba más
fácil, les hizo tomar el camino más cómodo.
Cuando
se crean estos ambientes es muy difícil
sobreponerse a ellos; hay que estar muy
curtidos y tener muy firmes convicciones para
no dejarse arrastrar, pues a mí mismo me
ocurrió una cosa muy curiosa. Teniendo que
torear en Madrid el año cuarenta y tantos,
vino a yerme un crítico de toros, buen
aficionado y amigo, y me dijo: -Tengo que
hablar contigo a solas. Esta tarde toreas en
Madrid, y ya sabes cómo está el toreo moderno;
no le eches a los toros el capote y la muleta
delante; ponte al perfil, dale el medio pase,
y veras qué fácil te es el éxito-. Yo le
contesté: -Creo que están equivocados todos
los que tal piensan. Las normas clásicas son
eternas; la fiesta en sí es más fuerte que
todos los toreros juntos; el que se salga de
ellas estará a merced de los toros, y estando
a merced de ellos, a la larga se apoderarán de
él-. Me contestó: -Querido, eso lo sabemos
cuatro-. Le contesté: -A mí me basta con
saberlo yo, y el tiempo me dará la razón-.
Hoy, cuando oigo las lamentaciones en el mundo
de los toros sobre el decaimiento del toreo,
examino mi criterio de entonces y tengo que
decirme: estaba en lo cierto.
Este fue el gran error de la
masa aficionada moderna que, como dije antes,
envolvió al buen aficionado, pues salvo algunos
casos aislados que por su inferioridad numérica no
pudieron contrarrestar el alud, los demás se
fueron uniendo al momentáneo clamor de la masa;
entre ellos muchos hombres de gran sensibilidad
artística, que no se dieron cuenta de que cuando
la masa interviene, el arte degenera. Por
muchísimas razones que sería demasiado largo
explicar.
A mi modo de ver, esta es la
situación en que hoy nos encontramos. Y ha sido
posible, porque el aficionado se ha desentendido
del toro, y a las masas que llenaban las plazas
monumentales les tenía sin cuidado si era toro, si
era gato o si era liebre. Ah, ci toro! Este es el
punto grave del arte de torear. Cuando el toro
estaba en acción, la cosa era distinta. Viejos
aficionados que me están oyendo: ¿no recuerdan
ustedes cuando empezaron los primeros toreros a
dar parones? Ustedes mismos decían: "Esto no puede
ser." Y no era por nada inexplicable, sino que los
toros, toros, se encargaban pronto de dar cuenta
de ellos.
Muchas veces he pensado que no
habría razón para rechazar este toreo si realmente
nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a
una contemplación máxima en el arte; pero no es
así: los resultados están claros, no ya con el
toro, sino con el medio toro. Aunque yo sostengo
que el arte del toreo radica en el peligro que el
toro tenga. Si al toro se le quita este gran
peligro, al menos ésta es la impresión que le da
al que está cerca de él, el arte de torear no
existe; será otra clase de arte, pero la belleza,
la grandiosidad del toreo, reside en que el torero
perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de
que aquello no es broma, que con rozarle le hiere;
entonces es cuando el torero vive, y, por lo
tanto, puede producir los momentos más álgidos del
arte.
Y para amasar esta sensación,
para cocer este condimento y ponerlo a punto, la
historia lo está diciendo: no hay más formas que
las clásicas dadas por los Romero.
Porque si no caeremos en lo que
ya hemos caído, señores: el toreo está achatado en
su forma y en su fondo; esta es la triste
realidad.
Lo digo para que se corte en lo
sucesivo, y cuando salgan los nuevos valores
hacerles ver que mirar al tendido, llegar al toro
de costado, quedarse rígido dejándole pasar,
fueron invenciones del toreo cómico.
Hay que ir a las normas clásicas
del arte para bien de todos, y en éstas cada uno
dará, según sus condiciones, el máximo
rendimiento. Y tendremos la gran ventaja de que el
toreo se alargará, tomará más belleza, y cuando
llegue el momento, si alguna vez llega, de que
salga el toro con la belleza de su pujanza,
estarán los toreros en forma y en condiciones de
imponerle en todo momento su voluntad, se les
ampliará el camino de la maestría, y~ por lo
tanto, el campo del arte, pues, corno dice mi
admirado amigo don Eugenio d'Ors, no hay que
cansarse de hacer la apología de la perfección,
"porque de lo demás, en fin de cuentas, siempre
quedará bastante".
También he pensado muchas veces
que el toreo debería tener un árbitro, como pasa
en el boxeo, que les separa cuando están demasiado
juntos los combatientes. Dada la fiereza y al
mismo tiempo
Muchas veces he pensado que no
habría razón para rechazar este toreo si realmente
nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a
una contemplación máxima en el arte; pero no es
así: los resultados están claros, no ya con el
toro, sino con el medio toro. Aunque yo sostengo
que el arte del toreo radica en el peligro que el
toro tenga. Si al toro se le quita este gran
peligro, al menos ésta es la impresión que le da
al que está cerca de él, el arte de torear no
existe; será otra clase de arte, pero la belleza,
la grandiosidad del toreo, reside en que el torero
perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de
que aquello no es broma, que con rozarle le hiere;
entonces es cuando el torero vive, y, por lo
tanto, puede producir los momentos más álgidos del
arte.
Y para amasar esta sensación, para cocer este
condimento y ponerlo a punto, la historia lo está
diciendo: no hay más formas que las clásicas dadas
por los Romero.
Porque si no caeremos en lo que
ya hemos caído, señores: el toreo está achatado en
su forma y en su fondo; esta es la triste
realidad.
Hace días le escribí una carta a
un amigo mío de América que tiene, no sé por qué,
gran concepto de mi como aficionado. Me había
preguntado por un muchacho que va a empezar a
torear este año, y yo le decía: -Tiene mucha
personalidad, es el no va más del modernismo; si
tiene suerte en acoplarse, y los novillos de hoy
es fácil que le dejen, puede ganar mucho dinero;
fíjese que le digo personalidad, porque un gran
torero es casi imposible; ya sabe usted ci
criterio que tengo sobre lo que debe ser un
torero. Creo que entre todos los que hemos tenido
suerte, quizá se pudiera hacer uno. ¿Que soy
exagerado? Pues créame: si el toreo lo llevamos al
campo de las artes, así es.
De manera que no quiero que
vean, ni por lo más remoto, la posible vanidad de
Ortega torero; entre otras cosas, porque ya pasé
hace tiempo por todas ellas, pues como ustedes
comprenderán, también las tuve, pero se quedaron
muy atrás, afortunadamente.
Señores:
esta exposición de mi modo de ver el toreo no es
crítica para ninguna persona determinada; entre
otras cosas, porque nunca es un hombre solo el
responsable de ellas; eso también sería demasiada
vanidad del que se diese por aludido.
Toreros de hoy: si mi
experiencia os puede servir de algo, pensad, al
menos, esto: cuando se echan los cerrojos de la
barrera, quedan en el ruedo muchos problemas a
resolver; pero el fundamental, del que parten
todos los demás, es el siguiente: al abrirse la
puerta del chiquero, cuando sale el toro, si tú no
puedes con él, él puede contigo; por lo tanto
estarás a su merced, y en este caso todo lo que
hagas será de tono menor con relación al arte; en
cambio, si es al revés, es decir, si tú te adueñas
de la situación, pasará todo lo contrario.
Pero, cuidado, que el toreo no
es cuestión de fuerza, porque ésta en seguida
puede producir la brusquedad, la aspereza; es
decir, la antítesis de la suavidad y la lentitud,
que es lo que más les agrada a los toros. Y para
que esto sea posible, no lo duden ustedes, hay que
ir a las normas clásicas, porque éstas nacieron
quizá antes que los Romero; digo antes que los
Romero, porque el primer hombre que se enfrentó
con un toro tuvo, necesariamente, que cargar la
suerte; el primer hombre que se montó en un
caballo para apartar los toros en los campos tuvo
que ir hacia adelante echado ligeramente sobre el
cuello del caballo; y no digamos ci garrochista;
en fin, todas las cosas que se hacen con los toros
desde que nacen hasta que mueren son bellas a base
de ir hacia adelante; imagínense ustedes a un
garrochista completamente vertical en la montura;
a la primera resistencia que haga el becerro irá
para atrás, y en este caso el becerro seguirá su
camino.
No, señores: yo creo que la
grandiosidad del arte de torear radica en la
cargazón de la suerte: grande es el lance a la
verónica cargando lentamente sobre la pierna
contraria; bella es la suerte de banderillas
cargando sobre la pierna; bellos son los pases de
muleta cargando sobre la pierna; más bella es la
suerte de matar cargando el cuerpo sobre la
pierna. Tengan en cuenta que en los toros, cuando
no se va para adelante, se va para atrás, y esto
el único que puede hacerlo es el que abre la
puerta del toril.
Ya sé que algunos pensarán:
-Pero, bueno, si todos los toreros cargamos la
suerte, el toreo se hará monótono, porque todos
torearemos igual. Yo les digo: -No, señores, de
ninguna manera; cada cual será distinto, porque
cada individuo tiene una personalidad, tiene un
ritmo exterior que nace de lo más profundo de su
sensibilidad, y que les hará ser completamente
diferentes, aunque se basen en las mismas reglas.
El toro ha cambiado un poco;
ésta es una de las causas de la pobre formación
del torero de hoy.
Cuando los toreros se formaban
en la brega de las novilladas duras, con alguna
que otra capea mas o menos, les eran
imprescindibles las primeras letras de las normas;
pero hoy los toreros se forman de distinta manera:
van a los tentaderos, torean becerras con dos
años, que es cuando se suelen tentar, y.
naturalmente, a poca habilidad que tenga un
muchacho, es fácil estar airoso, porque no es
menester recurrir a normas ni reglas; con dar
lances y pases es suficiente; pero ahí,
precisamente ahí, es donde se ha fraguado la
limitación del toreo. No crean ustedes por esto
que yo soy partidario del toro grande; sería
injusto por mi parte el abogar precisamente hoy,
cuando no pienso vestirme, posiblemente, más de
torero, por el toro de antaño. Yo sé muy bien el
gran peligro del toro hecho, y no quiero para los
demás lo que a mí prácticamente no me gustaría
como torero; otra cosa muy distinta sería como
aficionado.
A éste, sí, le gusta cuanto más
grande mejor, precisamente porque lo que le hagan
tendrá más emoción y más grandiosidad; pero el
aficionado que llevo dentro está humanizado por la
experiencia. Yo no trato ahora de un toro
determinado, grande o pequeño, no; éste es otro
problema; estamos tratando de normas para hacer
más bello ci arte de torear, y mi criterio es que
las normas clásicas son imprescindibles, si
queremos que el arte prospere, por la sencilla
razón de que si los muchachos las ponen en
práctica, tendrán la gran ventaja de que con el
toro, grande o chico, como sea, podrán lucir sus
sentimientos artísticos, y harán más bello el
toreo por que estarán en posesión de dominio sobre
él.
Tenemos que hablar algo del
toro. Es muy frecuente a la salida de la plaza oír
a los aficionados comentar lo brava que ha sido la
corrida, sin pensar que es muy difícil ver no ya
una corrida, sino un toro verdaderamente bravo. En
esto los ganaderos nos equivocamos muchísimo, y
nuestro error parte de que no vemos las cosas como
son en realidad: el toro es antinatural que sea
bravo, tal y como lo queremos para la lidia. A
medida que va creciendo se va desarrollando su
instinto de defensa, porque tiene que aprender a
atacar y defenderse en las luchas con sus propios
compañeros; he aquí el peligro de los toros que
han pasado su quinta primavera. En esta última es
cuando alcanza el máximo su inteligencia o
sentido, y por lo tanto sus manías y resabios, y,
naturalmente, las dificultades para su lidia.
Los ganaderos solemos partir del
error de que todos o casi todos los toros
embisten; pues bien: es justamente lo contrario.
Se habla ahora en los círculos
ganaderos, yo mismo lo he oído comentar, de que la
puya de hoy es terrible para los toros, que
ninguno puede llegar al final con la fuerza
suficiente por el poder que le resta la pérdida de
sangre en la brega con los caballos. A mí me
parece disculpable que esto lo piense el
aficionado en su puesto de espectador; pero si el
ganadero piensa de esta forma, tenga la seguridad
de que la ganadería va para abajo, porque el toro
tiene siempre fuerza para embestir, lo que no
tiene en muchos casos es ganas dc hacerlo. Yo les
diría a los que tal piensan, que si el toro ha
tomado cuatro puyazos y le han pegado bien, es
natural que haya perdido mucha sangre; pero es la
décima parte de la que le queda en el cuerpo; lo
que pasa es que no queremos ver que de la brava
tenía muy poca, y fué justamente la que los
puyazos hicieron salir.
Es muy frecuente confundir la casta de los toros.
No hay que olvidar que el toreo
está basado en que el toro vaya al capote o la
muleta y no al cuerpo, porque imagínense ustedes
si fuese al revés. ¡ Menudo lío se iba a armar! Es
decir, el que se arma cuando sale un toro que ha
sido toreado anteriormente, o sea cuando se le ha
desarrollado el sentido. Entonces fallan todas las
reglas, porque no están basada en el sentido del
toro, sino en su fiereza, en su desconocimiento de
todo lo que está pasando. ¿ Se imaginan ustedes lo
que sería si el toro tuviese la misma inteligencia
que el hombre?
Los toros, dada su falta de
selección -hablo en términos generales- forman un
mundo amplísimo de caracteres diferentes; tanto,
que a muchos toros, hablo de toros, hay que
enseñarles a embestir, y por eso el torero muchas
veces tiene que hacerle ver que le tiene miedo, es
decir, huirle, para que se vaya confiando. Pero,
cuidado, huirle poco, porque si no tendremos lo
que ustedes habrán observado muchas veces en las
corridas de toros, y es que el animal se arranca
de improviso sobre un peón que está mal colocado;
esto es, en el sitio en que el toro ve la salida
más fácil, y le hace tomar las de Villadiego. Es
muy curioso que, cuando este peón vuelve a salir
al ruedo, en cuanto el toro le ve, aunque ya esté
bien colocado, vuelve a hacer la misma operación,
y es, naturalmente, porque nota más alivio, es
decir, porque él cree, no sin fundamento, que
aquel individuo le tiene miedo, y el público lo
que opina es que le tomó manía, o que no le gustó
el color del traje.
Esta
es una de las cosas importantísimas para el
toreo, es decir, el torero debe saber esto, y
debe saber que también se torea huyendo; claro
que esto es más complejo que lo que parece a
simple vista; yo lo llamaría la supernorma, es
decir, lo que dan como resultado las buenas
normas; pero, en fin, dejemos este problema.
Claro que hay algunas ganaderías
que tienen una gran uniformidad de carácter,
debido a su vieja selección; pero esto no es lo
corriente. Esto de la selección es un problema muy
largo y difícil para explicarlo en un momento.
Hablábamos anteriormente del
complejo mundo de los toros por su falta de
selección, y digo falta de selección, porque
todavía no hemos conseguido el toro completamente
bravo. Las muchas cruzas que se hicieron con las
ganaderías dieron como resultado la poca
uniformidad en el carácter. Buena prueba es que,
en aquellas que se conservan en una línea más o
menos pura, los toros tienen menos diferencias de
temperamento unos con otros; aunque bien es verdad
que todas en general son hoy más homogéneas que en
la época de Pedro Romero.
He aquí el titán del toreo. ¿ Se
imaginan ustedes matar cerca de seis mil toros sin
que ninguno le levante los pies del suelo? Porque
hemos hablado de lo complejo de las reacciones de
los toros de hoy; pero hay que pensar en los toros
de entonces, cuando todavía no obedecían casi a
ninguna selección. Ya en la tauromaquia de Montes
se ve bien claro la cantidad de resabios que
tenían los toros de esa época; naturalmente,
muchos son adquiridos por la diferencia de edad en
que se lidiaban, pero otros son por el estado
anárquico en que se encontraban la mayoría de las
ganaderías.
Pues con estos toros tan
distintos, Pedro puede escribir en la historia esa
su carrera de titán no superada por nadie. Y no
solamente él, sino el gran Paquiro, que con las
normas recibidas de Pedro llega a dominar todas
las suertes del toreo. Este si que es un torero
sobre el que valdría la pena hacer un estudio
detenido para afianzar de una vez para siempre las
normas clásicas y que las generaciones venideras
no se apartaran de ellas, porque seguramente se
vería cómo en lo que falla, y le lleva a atravesar
a los toros, es en lo que él quiere añadir por su
cuenta tomándolo de otros ambientes ajenos a las
enseñanzas de Pedro. Y conste que estamos hablando
del gran Paquiro, que no era cualquier cosa; hay
que pensar que este hombre practicaba todo lo
practicable, desde el salto a la garrocha y al
trascuerno a toda la gama del toreo; además, con
una valentía casi temeraria, acoplada a unas
condiciones físicas tremebundas; pero como el toro
es siempre más valiente y más fuerte que cualquier
individuo, por fuerte y valiente que éste sea,
cuando los toros empiezan a pegarle tiene que
echar mano de lo que recibió de Pedro, y que tenía
casi abandonado por la semilla que él mezcló
creyendo mejorarlo.
En un pequeño libro, El arte de
torear, ya dice que se están perdiendo muchas
suertes que eran muy lucidas, y es muy curioso que
en todas se refiere a la manera de realizarlas,
preocupado sobre todo por el lucimiento, sin que
los toros cojan; en cambio Pedro, si deducimos de
las cartas que escribe al conde de la Estrella, es
todo lo contrario: da normas de cómo hay que
llevar la muleta con relación al toro, para que
este vaya toreado, es decir, poner en ella todo el
romanticismo del toreo; porque en el toreo se da
el caso extraño, con relación a las demás artes,
de que por medio de las normas clásicas se llega
al más profundo romanticismo. Tal vez porque el
toreo no es más que eso: romanticismo puro.
Para dar una idea de lo que era Pedro Romero voy a
leer un fragmento de la carta que firmada por "J.
R. A." apareció en el Diario de Madrid el año
1795, y que publica Josa María de Cossío en el
tomo tercero de su admirable obra Los Toros. Dice
así: "Sepa Vuestra Merced, señor mío, que el timón
de esta nave es la muleta, en que es Romero
inimitable, ya llevándola horizontal al compás del
ímpetu del toro, ya llevándola rastrera, como
barriendo el piso donde ha de caer, o que ha de
usar mal de su grado; aquella muleta que siempre
huye, y nunca se aleja de los ojos de la fiera,
que a veces la obedece como un caballo al freno."
Muchos creen que el arte del
toreo nació hace cuatro días: ¿ Se dan ustedes
cuenta de lo que esto supone?
Señores: estamos en un momento
grave con relación al arte; el buen aficionado
está en minoría, y casi convencido de lo que en
general dice la masa: que hoy se torea mejor que
nunca, aunque se toree menos con el capote y se
mate peor; como si estas dos suertes fuesen
aleatorias en el arte. Y digo grave, porque es muy
posible que, si no se le pone coto, se pierdan las
buenas normas por completo, y si éstas
desaparecen, el toreo será una cosa distinta de lo
que pudo ser.
He oído dar como argumento en
favor del toreo actual, y siento mucho habérselo
oído decir el otro día a mi gran amigo Antonio
Pérez Tabernero, que los toreros de antes no les
interesaban más que a cuatro aficionados, y que
hoy se llenan las plazas; pero esto no es razón
para afirmar que el arte se haya purificado ni
mucho menos.
¿Qué me dirían ustedes si yo
afirmase que, porque hoy hay más teatros y acude a
ellos más público, los autores actuales son
mejores que Calderón y Lope?
Respecto a la presencia de la
mujer, claro que a mí, cuando he salido a la
plaza, me ha gustado siempre mucho más verla
cuajada de mujeres que de señores con puro; pero
la conquista de la mujer por la fiesta no se puede
tampoco tomar en cuenta, porque es indudable que
la mujer va más a los toros, pero también va más
al cine, a la universidad y al bar a fumarse un
cigarrillo.
Y para terminar, porque temo
cansarles a ustedes, con mi insistencia sobre las
normas, el toreo es: parar, templar, cargar y
mandar a un toro naturalmente. Ayer, hoy y mañana,
ha sido, es y será un gran torero todo el que sea
capaz de realizar esto bellamente, que aquí es
donde la personalidad reclama su parte; los
grandes artistas que marcaron algo decisivo se han
formado siempre dentro de normas y reglas, y
clasicismo no es más que una personalidad singular
dentro de una norma eterna. A mí me parece un poco
temerario afirmar que cualquiera de los muchachos
de hoy torea mejor, y por lo tanto es mejor torero
que Lagartijo, Frascuelo, Paquiro o Pedro Romero.
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