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Juan Belmonte

José y Juan

Juan Belmonte

Joselito

La edad dorado del toreo

Crónica de la muerte
de Joselito

 

 

Rafael, el Gallo

José Gómez Gallito
Joselito





Juan Belmonte en La Maestranza


"Joselito" "El Gallo" "Gallito" en La Maestranza

 

 

Juan Belmonte

 

Nacido en Sevilla 14 de abril de 1892, vistió por primera vez de luces en la plaza portuguesa de Elvas, a los 17 años. Se presentó como novillero en Madrid el 26 de marzo de 1913, y el 16 de octubre de ese mismo año tomó la alternativa de manos de Rafael González Machaquito—quien ese mismo día se retiraría de los ruedos—, actuando como testigo Rafael el Gallo.

 

Juan Belmonte fue un hombre inquieto, gran lector y autodidacta, manteniendo buena amistas con muchos intelectuales de su época.

Toma la alternativa de manos de Machaquito (que se retiró de los toros en esta corrida) y Rafael "el Gallo" como testigo, el 16 de octubre de 1913 en la Plaza de Madrid; pese al cartel, la corrida fue un auténtico desastre por culpa de los toros de Bañuelos. Hasta la temporada de 1935 en la que se retiró, Belmonte llenó con su presencia la mejor época del toreo de todos los tiempos, en competencia con Joselito hasta 1920. Sus tardes de gloria fueron incontables, pero puede destacar la del 21 de abril de 1914, en la que por primera vez se enfrentó con Joselito a una miurada, triunfando de forma tan arrolladora que fue llevado a hombros hasta su casa, teniendo que saludar a la afición varias veces desde el balcón. La escena se repitió el 2 de mayo siguiente, o en la muy celebrada corrida de la Beneficencia de 1915 con toros de Murube, en México y en todas partes.

 

"Los centenares de cogidas que sufrió en estos primeros años —se lee en Los toros de Jose María Cossío— le rodeaban de una leyenda extrataurina que cuajó en el entusiasmo de algunos hombres de letras y artes, que le convirtieron en su ídolo, y plasmaron como aureola toda una teoría patético-estética que nada tenía que ver con el arte del toreo, auténtica profesión del diestro, pero que contribuía a difundir la popularidad de Belmonte en ambientes alejados de los cosos taurinos. La frase que Don Ramón del Valle-Inclán solía repetir al diestro: "No te falta más que morir en la plaza", es un certero resumen de los que estos artistas pensaban y sentían sobre el toreo de Belmonte.

 

Juan Belmonte es el padre del toreo tal como se lo conoce hoy en día.

La aparición de Juan Belmonte en los ruedos produjo estupor y en todos los ámbitos circuló la famosa frase de Rafael Guerra 'Guerrita' que decía: "Así no se puede torear, el que quiera verlo que se dé prisa, porque ese durará un suspiro".
Toreaba de un modo desconocido y rompió el axioma de "o te quitas tú, o te quita el toro".

El puso en práctica los tres tiempos de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que más tarde agregó cargar la suerte. Toreó más cerca del toro que nadie y ninguno ha realizado como él la serie de verónicas o el pase natural.

 

Desde que el 2 de mayo de 1914 coincidiera por primera vez en el cartel junto a José Gomez Ortega Joselito, hermano menor de el Gallo, la competencia entre los dos toreros fue inmediata y fecunda para la fiesta, contraponiéndose el estilo antiguo, de pies y de dominio de Joselito, al innovador, circular, trágico y profundo de Juan Belmonte. La temporada de 1915 rivalizaron cuatro veces, en Sevilla y Madrid, en sendos mano a mano, y otra más en Málaga.

 

La temporada de 1917 fue quizás la más gloriosa de su carrera, tanto que se bautizó como el año de Belmonte.

 

La muerte de José Gómez Ortega en 1920, dejó solo a Juan en la cumbre del mundo taurino, un golpe del que no se repondría nunca, por más que depurase todavía más su forma de torear. Se retiró definitivamente, y de forma premonitoria, poco antes del inicio de la Guerra Civil. Al cabo de 25 años, se dice que de penas de amor, el 8 de abril de 1962 se quitó la vida en su finca de Utrera.

  

El toreo de Belmonte, que supuso una completa revolución en las reglas del arte, fue evolucionando con los años desde una colocación frente al toro entre los cuernos, citando con la panza de la muleta a pitón contrario en terrenos que ningún torero había pisado nunca, hacia un toreo más clásico y hondo al final de su carrera; en todo caso genial de concepción y embriagador. Frente al inmenso valor y al revolucionario acoplamiento total con los toros de Belmonte, su rival Joselito esgrimía la perfección del toreo clásico, del que fue el máximo exponente, y el dominio de la técnica de todas las suertes. Joselito era la elegancia corporal, Belmonte, con su contrahecho cuerpo, era la inspiración y la genialidad de la danza.

 

En la historia de la lidia hay dos grupos de toreros: uno lo constituye Juan Belmonte; en el otro se agrupan todos los demás. Ninguno en la historia de la Fiesta la ha cambiado tan de raíz. Los toreros de hoy y hasta los toros son lo que son por lo que fue Belmonte. Tanto viene de tan poco.

 

Desde 1914 España se divide entre gallistas y belmontistas. Se ha llegado a decir que la división entre aliadófilos y germanófilos no fue sino una politización innecesaria de la pugna sustancial entre los de José y Juan. Con ambos llega un nuevo concepto de la tauromaquia, la creación de grandes plazas -como la Monumental de Las Ventas, impulsada por Joselito- y el acercamiento de los intelectuales a la Fiesta, mérito de Belmonte, que desde novillero se aficionó al trato de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Romero de Torres y otros artistas taurófilos. Es famoso el diálogo con Valle:

- Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza.  

- Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda.

A veces, Belmonte se quedaba a dormir en el estudio de Solana o de Vázquez Díaz, a sus anchas entre libros y cuadros. Y no era una pose. Cuenta Josefina Carabias que Paco Madrid, compañero de las primeras capeas, le aseguró que junto a la espuerta con el utillaje taurino llevaba siempre otra llena de libros: «Un torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás». Con el dinero y la gloria llegaron los contratos para América, llenos de aventuras increíbles en el México de la revolución o en la Lima encantadora y colonial, que le recordaba a Sevilla y en la que encontró esposa, aunque muy flaca para los gustos de entonces. ¿Cogidas? Todas. Pero la peor fue la de Joselito. Habían llegado José y Juan a ser grandes amigos. Del mismo modo que José acabó toreando en los terrenos de Juan, y Juan aprendiendo la técnica de José, aunque con limitaciones físicas, sus dos personalidades se fueron hermanando. Viajaban juntos en el tren y se cambiaban de vagón al llegar a las estaciones, para no defraudar. Joselito, que lo tenía todo, era muy desgraciado en amores. El día antes de su muerte, torearon en Madrid y Gallito le dijo a Belmonte que debían retirarse, porque así no se podía torear. Juan estaba de acuerdo. Fue una tarde horrible. José canceló la corrida madrileña del día siguiente y se fue a torear a Talavera. Allí le esperaba la muerte.

Belmonte murió con él. Luego se retiró dos veces, rejoneó, tuvo cortijo, ganado y millones. Envejeció lentamente, entre Madrid, Sevilla y su finca de Utrera. De vez en cuando se le veía en «Los Corales», con sus gafas negras, hablando poco y del tiempo. Tenía en la boca la tristeza de la muerte que fue de otro. Con 70 años, se enamoró sin esperanzas de una flamenca muy joven. Una tarde, salió a pasear a caballo, arreó el ganado, contempló el ocaso, volvió a la casa, subió a su habitación y se pegó un tiro.

 

 

  


 

 
 
 

La Edad de Oro



En 1909 se inicia una de las más graves y largas crisis de la historia reciente de España. Acaso por ello, como en el siglo XVII, la crisis corre paralela con uno de los momentos más brillantes de nuestra cultura, cuya máxima expresión popular, ya el pueblo llama con fuerza a las puertas de las Cortes, sigue siendo el toreo.

Sobre este paisaje va a tener lugar la más profunda revolución del arte desde sus orígenes: Joselito y Belmonte, apolíneo el uno, el otro dionisíaco, de igual modo que Matisse y Picasso destruyen el modelado, el color y el espacio clásicos, cambian e invaden los terrenos del toro y rompen los cánones de la tauromaquia de Montes.

Joselito el Gallo torea en redondo por naturales ligando un pase con otro, para lo que debe cambiar sistemáticamente los terrenos al toro (según la Tauromaquia de Montes se debe citar al pase regular o natural con la muleta «en la mano izquierda y hacia el terreno de afuera»), algo inconcebible hasta entonces, madurando así una línea evolutiva que puede rastrearse al menos desde Lagartijo, a quien todos los suyos veneran y con quien se formó el primer Gallo, José Gómez. Desarrollan esta línea:

Fernando, el GalloFernando Gómez García, el Gallo, (Sevilla, 1849 - Gelves, 1897), «se forjó como torero a la sombra y con las lecciones de su hermano de José». Fue un enorme teórico, cuyo saber transmitió a sus hijos; pero le faltó la voluntad y el valor para figurar al lado de los mejores.

Gran e imaginativo capoteador, especialmente a una mano, destacó también como fino banderillero y artístico lidiador, «en unos trasteos rítmicos, elegantes y muy ricos en matices» (Paco Aguado). Dicen que en la plaza Colón de México se le vio torear ligado en redondo.

En sus últimos años tuvo en su cuadrilla a Guerrita, quien siempre se mostró agradecido a su maestro.

 

Rafael Gómez Ortega, el Gallo, sevillano nacido en Madrid (1882), hijo del señor Fernando el Gallo, había tomado la alternativa en la Maestranza de manos de Emilio Torres Bombita (28-IX-1902) y ha sido quizá el torero más genial de todos los tiempos; con el capote, con las banderillas, con la muleta, clásico como ninguno y de fantasía irrepetible, sólo la espada se le resistía, lo que le llevaba a veces a prolongar inusitadamente las faenas.

Irregular y medroso, «las broncas se las lleva el viento, pero las cornadas se las queda uno», decía, provocaba entusiasmos delirantes, como cuando la faena a "Jerezano", de Aleas, el 15 de mayo de 1912 en Madrid, y escándalos tumultuosos.


José Gómez Ortega, Gallito

Nació en Gelves (Sevilla), el 8 de mayo de 1895. Era nieto, hijo y hermano de toreros, era hermoso y tenía el don de la sabiduría como ningún torero lo ha tenido; porque lo que otros conseguían después de un duro y largo aprendizaje, él ya lo tenía desde chico, aprendido de sus hermanos Rafael y Fernando que le transmitieron todo el conocimiento que su tío José Gómez aprendió de Lagartijo.

José Gómez Gallito y Juan Belmonte

Dominaba todas las suertes (sólo el mexicano Rodolfo Gaona podía igualársele y aún lo superaba en elegancia, pero le faltaba la voluntad), era la ciencia hecha torero y la fama lo proclamó desde sus comienzos.

Obsesionado con la perfección, se preparaba concienzudamente antes de la temporada, dirigía la lidia con precisión y autoridad, y reunió la cuadrilla más eficaz y disciplinada nunca vista. Llevaba en ella a su hermano Fernando, el único de quien admitía consejos, quizá el más imaginativo y sabio de la casa, más en calidad de asesor técnico que de torero.

Tan seguro estaba de su poder, que fue el primero que ordenó taparse a las cuadrillas durante el tercio de muerte.

El 3 de julio de 1914 se encerró solo en Madrid con toros colmenareños de Vicente Martínez. Al segundo le dio «tres pases naturales completos» que significaban el engarce entre la propuesta de Guerrita y el toreo moderno. Luego, en el abono de otoño, ligó cinco naturales en redondo a un santacoloma y ya en 1915 convirtió esta manera de torear, que le dio enormes éxitos en la temporada de 1917, en eje de sus mejores faenas, cuando su toreo, más templado y artístico, se hizo más abelmontado.

Acorde con esta innovación impulsó entre los ganaderos la búsqueda de un toro, "el toro de Belmonte", más apto para ahondar en los nuevos caminos del toreo de muleta.

 Pero en Talavera lo mató  Bailaor, un toro de la viuda de Ortega, una ganadera desconocida, cuando estaba en la cima de su poderío (16-V-1920), aunque desde 1918 arrastraba una honda depresión por la injusticia de los públicos, la campaña en su contra del crítico de ABC Gregorio Corrochano y sus amores frustrados por el rechazo social de la aristocracia sevillana.

¡Se acabaron los toros...!, dicen que exclamó Guerrita cuando supo la noticia.

Desde entonces el día de su aniversario las cuadrillas se desmonteran al hacer el paseíllo y guardan un minuto de silencio en su memoria. La Macarena, de la que era hermano, se vistió de luto y su funeral se celebró en la catedral de Sevilla. En la madrugá siguiente dicen que se oyó una saeta:

Ven pasajero, dobla la rodilla,

que en la Semana Santa de Sevilla,

porque ha muerto José, este año estrena

lágrimas de verdad la Macarena.

Está enterrado en el cementerio de San Fernando y sobre su tumba se levanta el más hermoso mausoleo que jamás haya tenido torero alguno, obra de Mariano Benlliure.


Se atribuye a Lagartijo la fórmula según la cual el toreo consiste en quitarse cuando viene el toro, porque «o te quitas tú o te quita el toro». Belmonte, sin embargo, invirtió la fórmula y, en vez de quitarse él, quitó al toro, mandándole, templándole, con su insuperable juego de brazos y de muñeca.

Citaba de frente, recogía la embestida de lejos, cargaba la suerte y obligaba al toro a desviarse embebido en el capote o la muleta hasta despedirlo lejos de sí.

Quizá Manuel García, el Espartero, comenzó a invadir el terreno del toro, aunque ya Pedro Romero exigía desde antiguo el toreo de brazos.

Antonio Fuentes Zurita, sevillano, fue un torero corto, aunque de arrebatadora elegancia con las banderillas y en el toreo a la verónica. Sucedió a Guerrita en el reinado de los ruedos y, por su elegancia, el Petronio de los toreros lo llamaron, anticipó el toreo de Belmonte.

Antonio Montes Vico (Triana, 1876): «Fuertemente dramático, muy ceñido, preludió el toreo que había de traer Juan Belmonte... el toreo de brazos con los pies parados en la arena» (Néstor Luján).

En Ciudad de México, el 13 de enero de 1906, alternando con Fuentes y Bombita Chico, el toro Matajacas de Saltillo le dio tan terrible cornada que murió a los siete días.

Juan Belmonte García mantuvo una rivalidad inicial con Joselito, el Gallo, aunque a partir de 1915 se complementaron, José aprendió el temple de Juan y Juan el dominio de José. José mandaba en la fiesta y Juan aceptaba la dictadura de José, lo que diga José, decía.

Belmonte por ZuloagaUna anécdota retrata a los dos toreros: Cuando Joselito era ya novillero famoso y Belmonte aún luchaba por abrirse camino, coinciden los dos en un tentadero. Belmonte se va a la becerra y la cita. Joselito le advierte: En ese terreno te va a coger, muchacho. Belmonte no se inmuta y la becerra lo voltea. Insiste Belmonte y consigue torear a la becerra, luego se encara al torero famoso: Que me iba a coger ya lo sabía yo, le dice, pero la gracia estaba en torearla justamente en ese terreno. Aquella respuesta incomodó tanto a Joselito que ya no dirigió la palabra a Belmonte en el resto la jornada.

Joselito, soberbio y orgulloso, atesora todo el saber antiguo, desde Pedro Romero a Guerrita. Belmonte, tenaz y rebelde, con una técnica rudimentaria, desafía los cánones antiguos y, aleccionado por José María Calderón, banderillero de Antonio Montes, de quien había sido admirador en su adolescencia, abre nuevos cauces al toreo.

Belmonte era la antítesis de Joselito: torpe y desgarbado, largo de brazos y débil de piernas, escaso de técnica, sólo podía torear como lo hizo.

«La esencia del toreo de Juan estaba en un temple hasta entonces desconocido, mandando en la embestida desde su origen hasta la conclusión de la suerte, a base de diálogo entre brazos, muñecas y cintura».

    «Ocupaba unos terrenos y entraba en unas distancias que hasta aquel tiempo parecían absolutamente inverosímiles».
    (Marcial Lalanda, Tauromaquia, 1987)

La media de BelmonteCon Juan Belmonte las faenas se redujeron a «la esencia más pura de la tauromaquia: la verónica, ligada y rítmica de temple; la media, personalísima; y el hilván clásico del natural con el de pecho» (Paco Aguado).

El Guerra aconsejaba a cuantos quisieran verlo que se apresuraran, porque no duraría mucho. Pero a Belmonte lo acompañó la suerte, no sufrió cornadas graves, aunque tuvo muchas cogidas, pudo perfeccionar su estilo y en 1919 redondeó una temporada triunfal con un toreo poderoso que lo acercaba a José.

Fue el favorito de intelectuales y artistas, a quienes llevó a los toros fascinados por su intensidad dramática. Un grupo de ellos, encabezados por Valle-Inclán y Pérez de Ayala le ofreció un homenaje el 28 de junio de 1913 y firmó el siguiente texto:

«Ya que Juan Belmonte se encuentra entre nosotros, hemos juzgado necesario obsequiarle con una comida fraternal en los jardines del Retiro. Fraternal porque las artes todas son hermanas mellizas, de tal manera que capotes, garapullos, muletas y estoques, cuando los sustentan manos como las de Juan Belmonte y dan forma sensible y depurada a un corazón heroico como el suyo, no son instrumentos de más baja jerarquía estética que plumas, cinceles y buriles. Antes los aventajan, porque el género de belleza que crean es sublime por momentáneo, y si bien el artista de cualquier condición que sea se supone que otorga por entero su vida en la propia obra, sólo el torero hace plena abdicación y holocausto de ella».

Había nacido en Sevilla el 14 de abril de 1892 y el 8 de abril de 1962 se quitó la vida de un tiro.

Crónica de la muerte de Joselito

Circuló como una exhalación. A las siete, aproximadamente, alguien que salía de telégrafos dió, en voz alta, a los que estaban en la central la triste nueva:

Joselito gravísimamemnte herido en Talavera; tal vez muerto...

A los dos minutos, - no hay hipérbole en ello -, circulaba la noticia de boca e nboca entre los concurrentes a los Círculos y Cafés de la callé de Alcalá y de la Puerta del Sol. Es increíble la difusión alcanzada en un día que no se publican periódicos ni hay manera de exhibir pizarras. Nadie, sin embargo, daba crédito a lo que se decía. Joselito, en el concpeto de las gentes, era punto menos que invulnerable; era el torero sabio; su dominio sobre la fiera era, en todo momento, absoluto... Pero, sin embargo, no había lugar a dudas.

No era ya uno; eran varios los que habían visto las hojas de los telegramas procedentes de Talavera y que encerraban, escueta, la realidad del drama. A nuestra redacción llegó el primer despacho a las siete y veinte y decía no más que lo que sigue:

Joselito cornada en el empeine, grave

Pero de ahí, a la muerte de Joselito, quedaba una esperanza que no se aventuraba nadie a salvar sin nuevos pormenores que no tardaron, por desventura en llegar. Otro despacho de nuestro querido amigo el afamado industrial Miguel Gómez, que es buen aficionado y que había ido a la corrida de Talavera confirmó, en un todo, lo que se decía. Está fechado, ese telegrama a las ocho de la noche y nos decía:

Joselito ya murió

El timbre de nuestro teléfono sonaba, incesante. De Bellas Artes, del Centro de Hijos de Madrid, de los Cafés, del Casino, los particulares nos llamaban pidiendo confirmación de la noticia.

En la calle se formaban grupos que comentaban a grito el suceso. Y se daban detalles que bien luego fueron comprobados. Joselito había sido alcanzado por un toro y tenía una terrible herida en el bajo vientre con salida de intestinos. A los pocos momentos murió en la enfermería de la Plaza. El toro era de la ganadería de la viuda de Venancio de Ortega, toros de mediasangre cuya divisa no figura entre las Asociadas. Telégrafos y Teléfonos eran un hervidero de las gentes en busca de referencias. En su nerviosismo culpaban a los periódicos de no calmar su curiosidad en la medida que sus nervios demandaban. ¿Qué culpa nos alcanza a nosotros?

Bien pronto empezaron a organizar expediciones en automóvil que salían para Talavera en requerimientos de detalles. En los cafés no se hablaba más que de la muerte del joven y afamado torero. En los teatros éste y no otro era el tema único de las conversaciones.

La emoción era indescriptible. Los aficionados viejos no recordaban otro momento parecido más que remontándose a la trágica muerte de Espartero que no mantuvo, sin embargo, la ansiedad durante tanto tiempo porque Espartero murió en la Plaza de Madrid y aún no estaba su cadáver en la mesa de operaciones de la enfermería cuando los periódicos publicaban y lanzaban a la venta, extraordinarios con todo lo que el público anhelaba conocer. Puede afirmarse que la muerte de Joselito absorvió ayer, por completo, la atención de Madrid: no solamente de los aficionados a los toros sino a todas las clases sociales porque la popularidad del estoqueador, figura la más relevante del toreo, no era por nadie superada.

Machaquito que tenía una buena amistad con Joselito oyó la noticia, como todo el mundo, en la cale, y se apresuró a marchar a Teléfonos para comprobarla. A la salida le rodeaba gente para interrogarle. Machaquito, con el semblante demudado y visibles muestras de pesadumbre contestaba a sus interlocutores:

Desgraciadamente la cosa es cierta

Y se metió en el Hotel de París, donde se hospeda, sin querer conversar con los que le asediaban.

Crónica de El Liberal de mayo de 1920, recogida por la enciclopedia
Los Toros
de José María de Cossío, Editorial Espasa Calpe

 

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