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pasado, presente y futuro.
Mª S. Reyes Aguirre Sánchez
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" A pesar del daño que mi hicieron en mi patria los responsables
de la mediocridad del toreo de 1940-50...
¡Brindo por España!".
Epitafio del mausoleo de Juanita Cruz
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Para empezar una
realidad que refleja la Real Academia de la Lengua Española:
Se dice que el machismo
es uno de los rasgos característicos del mundo del toreo, pero paradójicamente
no ha podido impedir la presencia de mujeres como ganaderas, novilleras o
toreras, ni tampoco ha conseguido excluirlas del diccionario. Aunque tarde,
consta en el DRAE92 el femenino ganadera; y torero, ra,
con adecuada definición igualitaria: 'Persona que acostumbra torear en las
plazas'; lo mismo sucede con novillero, ra.
También en el año 99
encontramos ganadero –ra, con expresión de ambos géneros, m y
f, y con definición igualitaria: 'Persona que se dedica a la ganadería y es
dueña de su ganado'; y torero –ra, 'Persona que tiene por oficio torear',
advirtiendo que, cuando se refiere a mujer, es frecuente la aposición, mujer
torera.
Hoy afortunadamente, la
introducción femenina en todos los estamentos y labores de la vida española es
un signo de civismo, ya que una sociedad no funciona razonablemente bien sin que
todos sus individuos se integren en un proyecto común.
Sobre el tema que nos
ocupa:
La mujer siempre ha
representado un papel marginal en la tauromaquia; de objeto más
que de
protagonista. Los cosos taurinos representan un escenario ideal para que una
mujer pueda lucir sus encantos que son examinados prolijamente por cientos de
miradas descaradas. Es inconcebible ver un tendido sin mujeres, o haciendo
el paseo en el ruedo (que no el paseíllo), luciendo trajes típicos en
carrozas adornadas , o bien a caballo, o mujeres en palcos tocadas con sus
mantillas, o en barreras desplegando los brillantes capotes de paseo que los
toreros les lanzan, correspondiendo ellas con flores que les arrojan al
triunfar. Otras grandes mujeres, reinas de su arte, intervinieron en el papel
de las llamadas “madrinas”, como se cuenta de Pastora Imperio, que ayudó a
toreros como Juan Belmonte y Curro Posada. En fin, se ha escrito, cantado y
alabado a través de los tiempos el sacrificio de la madre y esposa del torero,
de los amores reales o imaginados de estos con famosas mujeres, amores, que la
leyenda, la literatura, el cine, las coplas, la prensa y la televisión se
encargan de acentuar.

Pero
cuando la mujer ha tratado de ser sujeto del toreo, saltando del tendido
al ruedo u en otras profesiones relacionadas con el mundo del toro, casi siempre
nos han cortado el vuelo o segado la hierba bajo nuestros pies. Como aficionada, la
mujer contribuye a mantener la fiesta, y en muchos casos a que la tradición siga
en su entorno familiar y social. Y aunque su papel no ha sido de gran
importancia en la historia y desarrollo de este arte si han existido importantes
precursoras que han facilitado la posibilidad de que hoy la mujer compita con el
hombre casi en igualdad de condiciones.
Desde algunos
sectores sociales
se critica el “machismo” tradicional del mundo taurino y se ensalzan los
méritos de las pocas mujeres que, hasta el presente, participan o han
participado en el mundo del toro, también es indudable que, si bien esta
sociedad está preparada para la aceptación e integración total de la mujer;
en la antigua tradición de la tauromaquia, aún queda camino que recorrer.
No tengo ninguna
intención de hacer campaña sobre los derechos de la mujer o plantear viejas
reivindicaciones, pero si intuyo que el toro no entiende de sexo,
nacionalidad o religión. Las pocas mujeres que han tenido una presencia
significativa en el mundo del toro tuvieron y tienen un gran mérito e incluso
aunque no todas alcanzaron el estatus de “figura” si han jugado un papel más que
digno y han dejado su impronta en el largo camino que todavía queda por
recorrer.
La mujer no ha tenido
nunca fácil su participación de forma activa en los espectáculos taurinos. Ser
torera, novillera, picadora o rejoneadora ha sido, históricamente, tarea
compleja, y no sólo por la ley, sino también por unas tradiciones que tenían
–y, en algunos casos, siguen teniendo- más fuerza que los propios decretos
gubernamentales.
Baste
un ejemplo, los Encierros de Pamplona, no han constituido una excepción, sino
más bien
paradigma de un machismo excluyente que sólo a las puertas del siglo XXI pudo
ser desterrado. Hasta hace muy pocos años el encierro era un escenario vetado
para las mujeres. El espacio de las mujeres estaba en los balcones, detrás del
vallado o en casa, esperando a sus hermanos, maridos o novios. La
tradición dictaba que sólo los hombres corrían, pues así había sido desde
antiguo; la ley, también lo determinaba, pues ya en 1876, cuando por fin se dio
oficialidad al acto, se prohibía expresamente la presencia en el recorrido de
“ancianos, niños y mujeres”.
En 1974
las aspirantes a torero consiguieron su propósito, y quedó derogado el artículo
que impedía la participación de mujeres en espectáculos taurinos. La
supresión de la prohibición, sin embargo, no afectó al encierro, pues la
autoridad municipal siguió impidiendo la presencia de mujeres en el recorrido,
aunque muchas ya intentaban colarse, casi siempre más como
reivindicación de igualdad de derechos que por verdadero interés por correr.
A lo largo de los años 80 la cosa fue cambiando, si bien todavía a mediados de
la década se impedía a algunas mujeres participar.
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El proceso, en cualquier caso, era imparable,
y, finalmente, se terminó por aceptar su presencia,
hasta el punto de que hoy ya no es infrecuente ver
corredoras abriéndose paso junto a una multitud de
hombres en busca del hueco soñado delante de las
astas. Tampoco han estado exentas de graves
cornadas:
una vez más, los toros no hacen distinciones por razón
de sexo.
Desde luego no
es previsible que el número de corredoras se dispare
en progresión geométrica en los próximos años, pero,
al menos, la mujer ha dejado de ser una extraña en el
recorrido.
Lo que si parece bastante claro es que en los
toros, como en la Iglesia, se hallan algunos de los
últimos reductos reservados al hombre y a los
cuales a la mujer le cuesta acceder. Aunque las
mujeres pueblen los tendidos casi en condiciones de
igualdad (mantillas y peinetas van cayendo en desuso),
o aunque puedan presidir la corrida e incluso la
comisión de peñas, correr el encierro, como el
sacerdocio, sigue siendo cosa de hombres, y torear
todavía mucho más.
Aunque no legalmente,
la profesión de matador de toros sigue en la práctica,
poco más o menos vedada, a las mujeres. Ahí está el
caso de Cristina Sánchez, retirada de los ruedos ante
sus dificultades para ser contratada en muchas plazas.
Parece ser que las figuras del toreo se negaban a
compartir carteles con una mujer.
Lamentando la suerte de
ella, no me cuesta trabajo comprender la actitud de
dichas figuras del toreo.
En el mundo del cine hay un consejo clásico para los
actores: no trabajar con niños ni animales, pues
si tienen un papel destacado en una película
monopolizan la atención del público y eclipsan al
resto del reparto. El mismo riesgo acecha con
una mujer torero; sea el cartel que sea, el
público prestará atención preferente a la torera y los
otros dos espadas, por importantes que sean, se
convierten en teloneros o comparsas.
El mundo de la cría
de ganado bravo, no es una excepción, aunque existen bastantes ganaderías
que figuran a nombre de una mujer, esta no ejerce un papel decisivo en la
gestión de la ganadería o en la crianza y selección de reproductores y ganado, y
son sus parientes masculinos los que realizan estas funciones, como en todo, la
excepción confirma la regla, ahí están, por ejemplo: Dª Carolina Diez Mahou , Dª
Dolores Aguirre Ybarra, Dª Pilar Sánchez Cobaleda, Dª Mª Agustina López Flores
(antigüedad 1864), etc.
Un poco de historia:
En el siglo XIX, la figura de las “señoritas toreras” estaba rodeada de
connotaciones sexuales licenciosas. En ocasiones estas mujeres formaban grupos
para desarrollar su profesión, puesto que los hombres, especialmente “las
figuras”, evitaban la competencia directa. Los empresarios explotaban
económicamente a estos grupos, descartándolas cuando ya no constituían una
novedad. La falta de oportunidades para competir en igualdad de condiciones
con sus colegas masculinos freno todo posible progreso, puesto que muy a
menudo estas toreras no eran tomadas demasiado en serio por el público,
aficionados, la prensa y especialmente los profesionales masculinos. No
obstante, unas pocas novilleras, toreras y rejoneadoras alcanzaron cierto grado
de reconocimiento y éxito.
Pero la historia del
toreo femenino es mucho más antigua que los primeros conatos de lucha por la
igualdad de sexos. Ya en el último cuarto del siglo XVIII (en plena
hegemonía de "Costillares", Pedro Romero y "Pepe-Hillo"), una mujer se atrevió a
rivalizar en los cosos con estas tres piedras sillares del toreo moderno.
Nacida en Valdemoro (Madrid), Nicolasa Escamilla, "La Pajuelera" (así
llamada porque vendía antorchas o pajuelas de azufre), derrochó un valor
asombroso por las principales plazas de toros. Una tarde destacó en Zaragoza,
donde picó y lidió un toro ante la atenta mirada de Goya, quien la
inmortalizó en uno de los aguafuertes que conforman su espléndida
Tauromaquia.
En el siglo siguiente,
Martina García recogió el relevo de "La Pajuelera", y lo hizo con tal
arrojo y afición que, si no mienten las crónicas del XIX, estuvo toreando
hasta los 60 años. Nacida en Ciempozuelos (Madrid) en 1814, "La Martina" se
había introducido en el mundillo de los toros a través de los espectáculos de
toreo cómico que entonces gozaban de gran aceptación, y llegó con el tiempo a
cobrar tanto como las figuras cimeras de su época. Dicen que el mismísimo
"Curro Cúchares" elogiaba su desmesurada valentía, al tiempo que lamentaba que
su desconocimiento del oficio le privara de mayores y más numerosos triunfos.
Fue muy comentada su rivalidad con María García, "Gitana Cantarina", a quien
derrotó en Madrid en una recordada tarde del 4 de febrero de 1849.
El torero femenino
vivió en el siglo XIX un auge que no había experimentado en el XVIII y que no
habría de revalidar en el siglo XX. Por desgracia, la mayor parte de las
féminas que tomaron los trastos de matar han quedado relegadas a una presencia
anecdótica en la historia de la Tauromaquia, ora por la escasísima preparación
con que arruinaban su aquilatada afición, ora por el desdén burlón de sus
contemporáneos, a quienes se les hacía muy difícil tolerar esta invasión de un
coto tradicionalmente reservado al hombre y rigurosamente vedado a la mujer.
Una buena prueba de la misoginia reinante se advierte en que muchas toreras que
merecieron alguna consideración por parte de los aficionados decimonónicos han
pasado a la memoria escrita de la Fiesta, más que por su arte o su valor, por la
fama que dejó su belleza; tal es el caso de Jenara Gómez, Juana Castro o
Francisca Gisbert.
Otras, víctimas también
de la supremacía del varón en el toreo, eligieron sobrenombres que cambiaban el
género de los de sus colegas más célebres (así, verbigracia, Juana Calderón, "La
Frascuela", y Juana Bermejo, "La Guerrita"), asumiendo con este intento de
emulación una posición de inferioridad respecto al modelo elegido.
De forma sucinta,
para que al menos quede constancia de su empeño y del relieve que alcanzó el
toreo femenino en el siglo XIX, hay que citar también a Manuela Capilla, Antonia
Macho, Josefa Ortega, Francisca Coloma, Benita Fernández y la bruselense Eugenia
Bartés, "La Belgicana". Hubo también gran cantidad de picadoras, entre las que
sobresalió la valenciana Mariana Curo, y no menos banderilleras, como Ángela
Magdalena y María Aguirre, "Charrita Mejicana". A finales del siglo XIX
destacaron también Dolores Sánchez, "La Fragosa", la primera en torear con
taleguilla en lugar de falda, torera cuyo valor rayaba en la temeridad, lo
que le causó un sinfín de cogidas; Carmen Lucena, "La Garbancera", que mantuvo
una dura competencia con la anterior, y no sólo en los ruedos, pues se
vanagloriaba de torear con chaquetilla torera y falda corta; Petra Kobloski,
pionera de las cuadrillas femeninas, que se presentó con una de ellas en
Tarragona el 5 de octubre de 1884, con tan mala fortuna y escasa preparación que
provocó un altercado de orden público, el subsiguiente desalojo de la Plaza por
parte de la Guardia Civil y los soldados del regimiento de Almansa, y la
conducción del empresario y las novilleras a la cárcel; y las catalanas Ángela
Pagés, "Angelita", y Dolores Pretel, "Lolita. "Angelita", a fuerza de
inteligencia y coraje, ascendió por méritos propios desde lo más humilde del
escalafón: primero fue banderillera, después sobresaliente y, finalmente,
espada. Por su parte "Lolita", que también destacó con los rehiletes,
practicaba un toreo de corte clásico y refinado, elegancia que no le impedía
tirarse a matar con tantos arrestos como los que tuvieran sus más esforzados
colegas masculinos. Mujer culta y sensible, amante de la lectura y feliz
intérprete al piano, Dolores Pretel, "Lolita", fue el precedente decimonónico de
esa gran dama del toreo a caballo que, en el siglo XX, ha sido Conchita Cintrón.

Juan de la
Cierva,
ministro de Antonio Maura, prohibió por Real Orden del 2 de julio de 1908,
el toreo a pie de las mujeres. Aquella decisión estaba fundamentada, según el
ministro de la Gobernación, en protestas públicas y en el hecho de que el
espectáculo era "impropio" y "opuesto a la cultura y a todo sentimiento
delicado".
El siglo XX,
hasta que el ministro Juan de la Cierva dictó la referida prohibición, vio el
triunfo de "Las Noyas" catalanas, una cuadrilla de señoritas toreras que, con
gran éxito, se habían presentado en Barcelona en 1895. Pero el caso más célebre
de mujer torera, por lo rocambolesco de su historia, lo protagonizó María Salomé
Rodríguez Tripiana, "La Reverte". Valiente y dominadora, hábil con las
banderillas y muy eficaz con el estoque, a partir de 1908 aseguró que era un
hombre y siguió toreando después de la promulgación de la Real Orden. Por
desgracia para él (o ella), Agustín Rodríguez -el nuevo nombre oficial de quien
antaño se anunciaba como "La Reverte"- no cosechó los mismos éxitos que su "otro
yo" femenino. No obstante, este caso de travestismo fue muy escandaloso en su
tiempo, pues gozaba de una enorme atención que rebasó la pura dimensión taurina
de la figura de "La Reverte"; tal vez por ello, nunca se llegó a conocer con
certeza (públicamente, claro está) cuál era su sexo, pues hay cronistas que
aseguran que, ya retirado, Agustín volvió a convertirse en María Salomé, y
volvió a aseverar que realmente era una mujer que se había servido de esta
fingida ambigüedad para burlar la prohibición y seguir toreando.
Un episodio singular
dentro de la historia del toreo femenino del siglo XX lo protagonizó la gran
torera Juanita Cruz. La carrera de Juanita Cruz estuvo salpicada de
dificultades. El artículo 124 del Reglamento Taurino de 1930, mantenía la
prohibición. No obstante, hizo su presentación en León el 24 de junio de
1932, sin que el citado artículo hubiera sido abolido. El ministro de la
Gobernación lo recordó a los gobernadores y Juanita se quedó en el paro. Pero
en 1933 se le dio de nuevo la venia.
En su primera actuación,
el domingo de Carnaval, en Cabra, tuvo como sobresaliente a Manuel Rodríguez
Manolete. Juanita cortó las orejas y el rabo a sus dos novillos lo que le
valió la repetición. Actuó con figuras importantes del toreo español y
americano, como Carlos Arruza, Alfonso Ramírez Calesero y Carnicerito de México,
éste y Fermín Espinosa Armillita la avalaron para que en México se le concediera
permiso para torear.
Juanita toreó 33
novilladas en 1933, pero para la siguiente temporada, su apoderado en lugar de
seguir actuando con permisos especiales emprendió la lucha por la abolición
definitiva de la prohibición basándose en el Artículo 2 de la
Constitución: "Todos los españoles son iguales ante la Ley", el 25 "No
podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el
sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias
religiosas. El Estado no reconoce distinciones y títulos nobiliarios", y el
33 "Toda persona es libre de elegir profesión. Se reconoce la libertad de
industria y comercio, salvo las limitaciones que, por motivos económicos y
sociales de interés general impongan las leyes".
La batalla que ganó
Juanita tuvo consecuencias efímeras. Ella padeció incluso cierta censura de
prensa ya que su caso fue silenciado durante años. Antes de que tal sucediera
contó con los parabienes de los críticos más exigentes de todas las grandes
capitales españolas. Marcial Lalanda, el día que la vio torear en Madrid, dijo:
"Juanita Cruz ha sido el único torero en la plaza".

Juanita Cruz no
llevó nunca taleguilla, usaba vestidos de torear con falda, con bellos
bordados.
Nunca podremos saber
hasta dónde pudo haber llegado como matadora de no haber existido la
prohibición.
Juanita Cruz debutó en
Las Ventas el 2 de abril de 1936, después de haber toreado más de cincuenta
festejos en otras plazas.
En Madrid hizo el
paseíllo con Niño de la Estrella, Miguel Cirujeda y Félix Almagro. Se enfrentó
a toros de la viuda de García Aleas y cortó una oreja.
Cuando llevaba 18
novilladas con picadores estalló la guerra civil. Actuó en varios festivales
benéficos en favor de la República y se marchó a Venezuela. Toreó en los países
taurinos de América y tomó la alternativa en Fresnedillo (México) el 17 de marzo
de 1940. Se la concedió Heriberto García. Cortó dos orejas.
Cuando acabó la
Guerra Civil el Reglamento Taurino, que había sido modificado por el ministro de
la Gobernación, Salazar Alonso, fue de nuevo reformado. Los taurinos
impusieron otra vez la prohibición a las mujeres.
Forzada por los
acontecimientos, se quedó a torear en América en donde no le faltaron
contratos ni cornadas.
Juanita se retiró en
1946 sin poder actuar de nuevo en España. Lo hizo tras participar en casi
setecientos festejos. En América hizo el paseíllo en 460 ocasiones. Se
despidió en La Paz (Bolivia) y en 1946 regresó a Europa. En Francia estuvo un
año y allí toreó sus últimas corridas. En 1947 regresó a España. Murió en
Madrid el 18 de mayo de 1981, en plena feria de San Isidro, a las cinco de la
tarde y a causa de una vieja lesión de corazón.
Otra mujer excepcional
fue Conchita Cintrón. Nacida en Antofagasta (Chile) en 1922, adoptó la
nacionalidad peruana y toreó a caballo por las principales plazas de
Hispanoamérica, hasta que se decidió a cruzar el Atlántico y torear en España.
Por ridículo que parezca, la letra de la ley sólo prohibía a las mujeres el
toreo a pie, lo que permitió a la valerosa amazona rejonear y triunfar en
toda la Península, entre 1945 y 1950. La afición española, aunque privada de
aplaudir su toreo a pie, pudo comprender por qué en México habían bautizado a
Conchita Cintrón como "La Diosa de Oro". Culta, elegante y refinada, la audacia
que mostraba en el ruedo se tornaba mesura y distinción cuando alternaba con los
músicos, poetas e intelectuales que constituían su entorno.
No puede rematarse este
apresurado repaso por la historia del toreo femenino del siglo XX sin prestar
una mínima atención a la valentísima novillera Ángela Hernández, quien
atesora entre sus muy esforzados méritos el de haber logrado en 1974 el
levantamiento de la obsoleta prohibición que había renovado la franquista
sección taurina del Sindicato del Espectáculo.
Aunque en 1974 fue
derogado el artículo 49 que contenía esta prohibición, las mujeres siguieron sin
lograr abrirse camino en el toreo. Los espectáculos en que intervenían eran
considerados de baja categoría, ridículas imitaciones del verdadero toreo
viril. El público asistía con ánimo jocoso. Los críticos taurinos eran
implacables con las toreras: no se trataba de auténtico arte del toreo.
Pero la igualdad de
oportunidades, muy arraigada en la conciencia de la actual sociedad española,
terminaría impregnando hasta los ámbitos más patriarcales.
En 1996, en las arenas
de Nimes (Francia), la matadora Cristina Sánchez
se convirtió en la primera mujer que recibió la alternativa en
Europa. El suceso fue ampliamente recogido por los medios de comunicación, pero
esta vez no fue por saltarse a la torera una prohibición reglamentaria, sino
porque en Nimes, y con Curro Romero de padrino, le prepararon un festejo
glorioso.
¿Feminismo taurino? No. Sólo igualdad de
oportunidades.
Igualmente, fue la
primera torera en confirmar la alternativa en la plaza de Las Ventas. Hasta
ahora, de las cinco matadoras de toros que registra la historia,
únicamente
una, Mari Paz Vega, ha tomado la alternativa en una plaza española.
Juanita Cruz, Bertha
Trujillo (Morenita de Quindío), Raquel Martínez y Maribel Atiénzar y Cristina
Sánchez se doctoraron en el extranjero.
En las escuelas
taurinas existen, sin embargo, bastantes novilleras. El "gusanillo" que recorre
el cuerpo de quien se expone a la muerte de manera tan fácil y desafiante no
tiene sexo. Jovencitas con muchas ganas y poca idea de lo que les espera
entrenan duramente soñando con un mundo al que, probablemente, no llegarán
nunca, y no por que no sean igual de buenas o mejor que muchos de sus
compañeros.
Como decíamos, sólo dos
de las seis matadoras de la historia,
Mari Paz Vega y muy recientemente Raquel Sánchez, han tomado la alternativa en España. Así,
Mari Paz Vega afirma: "se nota un paso muy importante de ser novillera a
matadora. Este último es un círculo más cerrado, en el sentido de que hay una
mayor competencia".
Igualmente María Paz Vega
y Raquel Sánchez son,
actualmente, la únicas mujeres toreras que hay en España.
Mari Paz Tiene 30 años, es
malagueña y tomó la alternativa en 1997. Su madrina fue Cristina Sánchez y el
testigo, Antonio Ferrera. Debuta en América en el 98 y al año siguiente sale
por la puerta grande en Ambato (Colombia). El año pasado lidió 17 corridas y
cortó 26 orejas. La tarde del 3 de julio de 2005 confirmó su alternativa en
Madrid, 2 toros muy difíciles para cualquiera no le permitieron triunfar pero la
cátedra del toreo saludó con una gran ovación su primera faena en Las Ventas, a María
Paz no parece haberle afectado ninguna afrenta similar a las que padeció
Cristina Sánchez en su carrera profesional. Al menos, de momento.
Quizá por eso
piensa que se ha exagerado sobre la visión machista del mundo del toreo.
"Está difícil para todo el mundo -afirma-. Creo que por el hecho de ser mujer
lo tengo igual de difícil que mis compañeros, ni más, ni menos
(...) una cosa
está clara: si no vales para el toreo, no vales, seas hombre o mujer". 
Por lo que respecta a Raquel
Sánchez tomo la
Alternativa en Toledo: el 27 de mayo de 2005. Padrino: Eugenio de
Mora. Testigo: Manuel Amador. Debut en Las Ventas: la noche
del viernes, 10 de agosto de 2001 dentro del IV Encuentro de Novilladas
nocturnas de Las Ventas. Resultó cogida. Sufrió una fractura en la
clavícula izquierda.
En la actualidad, a
pesar de todo, muchos críticos taurinos siguen siendo implacables. Y esta
crítica, además se hace extensible a todo el ámbito del mundo del toro:
Ganaderas, Periodistas Taurinas, Empresarias.
¿Alguien ha oído hablar
en el presente siglo de una mujer banderillera, apoderada o moza de espadas?.
Cuando se habla de la incorporación de la mujer a la Fiesta, la pregunta
inevitable es: ¿Qué piensa Vd. de la mujer torero?. Por qué a nadie se
le ocurre preguntar sobre las posibilidades de "la mujer ganadera", "la mujer
empresaria", "la mujer apoderada", etc. Y las hubo ya en los siglos XVIII y
XIX, mujeres ganaderas, banderilleras, picadoras, etc.
¿Se hundirían los
pilares de la tauromaquia porque una madre acompañara los primeros pasos de su
hijo/a en una novillada, como “moza de espadas”, y/o apoderada?. Yo lo
intentaría, si mi hijo decidiera ser torero; no solo porque conozco los ritmos
y cadencias del callejón de una plaza de toros, sino también, porque ya tendría
preparados chascarrillos, chirigotas y cuchufletas para responder a todo aquel
“ignorante” que osara vilipendiar, desconsiderar o ultrajar a la satisfecha y
copetuda “moza de espadas”. Faltaría más.
Históricamente no ha sido fácil. Las mujeres en los toros (y en otras cosas)
siempre lo han tenido difícil.
O
las llamaban “marimachos” u otras cosas peores.
Algunas
opiniones críticas podrían definirse como, si pero.
Y en este sentido,
a pesar de que
se afirma, con
cierta elegancia, que
ha habido muchas
más mujeres toreras de lo que suele creerse, e incluso algunas con éxito, y que
no tiene sentido oponerse a ello por principio. Sí en cambio, parece deseable
que las que lo intenten estén preparadas para afrontar una profesión tan
difícil. El riesgo de la cornada y el de hacer el ridículo en público
resultan especialmente dolorosos en el caso de una mujer. Para evitarlo,
afirman, hace falta una familiaridad con el ambiente taurino que, a la mujer,
tradicionalmente, no le resulta fácil. Y aunque no cabe poner puertas al campo
ni negarle a nadie -hombre o mujer- su derecho a intentar una profesión, por
arriesgada que sea, esta corriente de opinión advierte, que se observa
lamentablemente en el torero femenino un común denominador, una constante: la
suerte suprema y el descabello, el muro contra el que se han estrellado la
totalidad de mujeres en el ruedo hasta la fecha. Torear es una cosa y matar
bien es otra. También en esto, el toro bravo pone a cada uno en su sitio.
Lo que decía, si,
pero.
Yo
francamente creo, que llegará un día en que las mujeres toreen tan bien o mejor
que los hombres.
Es
cuestión de tiempo, de cambio de mentalidad, para lograr una auténtica igualdad
de oportunidades, ya que sin duda a más práctica mejor técnica y conocimiento
del toro.
Se trata,
sobre todo de “cultura”.
Definida por el DRAE, como:
Conjunto
de conocimientos que permite a alguien desarrollar
un
juicio crítico.
Y todo
esto sin detrimento de esas condiciones esenciales que determinan lo que
abstractamente llamamos feminidad: Elegancia, delicadeza, sensibilidad, y otras
cuestiones. Curro Romero, sabio y gentil, lo dijo el día que dio la alternativa
a Cristina: "El toreo es caricia. ¿Y quién mejor para eso que una mujer?".
Es una profesión difícil
para todos, hombres y mujeres y ambos deben estar especialmente preparados para
enfrentarse a un toro, una cornada, el ridículo y hasta el fracaso, como en la
vida misma. Y además para eso, para esa necesaria preparación técnica y
psicológica están las Escuelas de Tauromaquia.

Sobre este punto
Cristina Sánchez argumenta: “El toreo es cabeza y plasticidad,
porque a fuerza siempre gana el toro. Se piensa que el toreo exige
una fuerza brutal, exagerada, que la mujer no tiene. Y es cierto que no la
tiene, pero tampoco la necesita. Para torear, lo que se necesita es cabeza
delante del toro. Ante un toro bravo, la mayor fuerza física de un hombre
no representa una ventaja, ni siquiera a la hora de matar, sólo se necesita
disciplina, técnica y autocontrol. Para matar hay que tener decisión y
preparación; si no, pinchas en hueso, la carne del toro es blanda”.
Y se podría añadir:
tampoco la complexión física y/ó la altura puede ser impedimento para que la
mujer se vista de luces. Ahí están a Machaquito, Juan Belmonte, Diego Puerta o
César Rincón como toreros "bajitos" y que, sin embargo, marcaron su época.
Muchas han sido las
ferias que se han defendido con los festejos de rejones y con corridas en las
que uno de los toreros era mujer. Incluso se podría aventurar que son festejos
con bajo presupuesto, en cambio y paradójicamente, en un 90% de estos eventos el
lleno es hasta la bandera, con lo cual, los beneficios para los empresarios
están garantizados.
Como ya hemos apuntado,
se dan todo tipo de opiniones, en cuanto se pone sobre la mesa la cuestión de la
mujer en el ruedo. Todas respetables y no faltas de razones. Hay
quien afirma que cuesta entender, que una mujer capaz de ponerse delante de un
toro bravo de casi 600 Kg. no pueda vencer ese machismo que la deja fuera de
circulación profesionalmente hablando. Ya que, si puede con el de cuatro patas,
¿por que no ha de poder con el de dos?.
El caso más reciente
es el de Cristina Sánchez
quien, a pesar de hacerlo francamente bien en los ruedos, decidió abandonar la
lucha desanimada e impotente ante tal desprecio por su arte. Hija del
banderillero Antonio Sánchez, Cristina Sánchez debutó en Torrejón de Ardoz en
1986. Su debut en Las Ventas fue una tarde de julio del 95 y, ese año,
cortó más de 60 orejas y salió por la Puerta Grande. A lo largo de su
trayectoria Cristina hubo de callar ante desplantes y faltas de respeto por
parte de muchos de sus colegas en numerosas ocasiones. Algunos de los
profesionales que habían de compartir cartel con ella se negaron a hacerlo en
varias ocasiones.
El conservadurismo
del público y de los organizadores de los festejos la excluyeron de muchos
carteles.
Personajes de reconocido prestigio, toreros de talento y algún sector de
la crítica contribuyeron a alejar a Cristina Sánchez definitivamente de los
ruedos, boicoteando las apariciones de su colega femenina o realizando
declaraciones como "las mujeres, a la cocina".
No parece que
todo esté perdido. La entrada de la mujer en el callejón de las plazas, ya
ha sido una conquista. Y la presencia de la mujer como aficionada y como
espectadora es cada vez mayor. Las mujeres debemos reaccionar y
participar, por ejemplo, la mayor parte de los hombres acuden a los toros con su
esposa o pareja. Pero al terminar la corrida, los comentarios
mayoritariamente sólo los hacen los hombres, quedando las mujeres como
"acompañantes pasivas", sin opinar o discutir lo que los hombres arguyen.
Es necesario que las mujeres "den y defiendan su opinión" sobre lo que acaban de
ver y sentir. Que lo discutan y no permanezcan "pasivas" ante lo que oyen.
Así se crea cultura taurina.
Intuyo que cuando la mujer ultime la conquista
de ese espacio simbólico que es el callejón de la
Plaza de Toros, bien como ganadera, apoderada,
veterinaria, miembro de la Junta Taurina, de la
empresa o administración, periodista, fotógrafa, etc.,
será cuando se podrá desterrar la idea de que este es
un mundo de y para los hombres.
Aunque obviamente se dan singularidades o
salvedades. Todavía es excepcional que una mujer
ocupe un puesto destacado en cualquier ámbito.
Y aunque antes se vislumbraba, ahora sabemos con
certeza que es el poder político quien debe
impulsar, en primer lugar, un cambio cultural, un
paso más, como el que hizo posible que hoy existan
mujeres en la presidencia de los festejos taurinos
como asesoras o presidentas, veterinarias que
participan en los reconocimientos de los toros,
empresarias que firman contratos para organizar
festejos y ferias taurinas, ganaderas que gestionan y
deciden sobre sus ganaderías (no a título nominativo).
Es desde el poder como se promociona la fiesta para
todos y todas. Y es el poder el que influye
decisivamente en la cultura popular facilitando e
influyendo en ese
conjunto de conocimientos que permite a alguien
desarrollar
un
juicio crítico.
No sólo porque, como afirmaba García Lorca:
“Los toros son la
fiesta más culta que hay hoy en el mundo”,
y la cultura con mayúsculas
se desarrolla libre de prejuicios y ambivalencias,
sino
también, porque parafraseando a Ortega y Gasset, quien aseveró que:
“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la
primera, resultará imposible comprender la segunda”.
Pues
bien, la historia de la mujer está
íntimamente
ligada a la de la
humanidad, tanto que sin conocer la primera,
resulta absolutamente
imposible comprender la segunda.
Y siendo esto así, la historia del Toreo y la Historia
de la sociedad
no
pueden permitirse andar caminos dispares u opuestos durante mucho más tiempo
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