El terror fue tan duradero y paralizante que aún hoy
cuando los historiadores se acercan en los pueblos a los
escasos supervivientes de aquella época, éstos susurran
excusas para no hablar y miran de reojo a los lados por
si alguien los está escuchando.
Gracias a la labor titánica de decenas de
historiadores que vienen investigando desde hace veinte
o treinta años, provincia a provincia, pueblo a pueblo,
hoy sabemos sin sombra de duda que existió una voluntad
de exterminio sistemático por parte de los generales
golpistas. Las conocidas directivas del general Emilio
Mola, el "director", anteriores al 18 de julio, las
charlas del general Queipo de Llano en Radio Sevilla,
las declaraciones a medios de comunicación del propio
general Francisco Franco o del teniente coronel Yagüe,
por solo citar a algunos de los más crueles represores,
son concluyentes: hubiera resistencia o no al golpe,
hubiera quema de iglesias o no, hubiera represión previa
contra derechistas o no, había que eliminar físicamente
a todos los directivos de los partidos políticos del
Frente Popular, a los dirigentes y cuadros de los
sindicatos obreros CNT y UGT, a los alcaldes y
concejales republicanos, a los miembros de la masonería,
a los militantes de los nacionalismos periféricos, a los
maestros que se hubieran identificado con las reformas
educativas de la República, a los intelectuales y gente
del mundo de la cultura...
En realidad llegaron más lejos y las matanzas
alcanzaron a muchos más y se prolongaron una década tras
el fin oficial de la guerra en 1939.
Algunos, incluso bienintencionadamente, se oponen a
la recuperación de la memoria de las víctimas del
franquismo temiendo que al remover el pasado se polarice
de nuevo la sociedad española. Pero es que, como ocurrió
en Alemania o Francia, el pasado nos alcanza y nos pasa
factura si no sabemos saldarlo adecuadamente y, además,
cuando una causa es justa, y es evidente que ésta lo es,
es un imperativo moral defenderla.
Decenas de miles de familias no pudieron en su día
realizar el duelo por sus muertos. ¿Es que no es hora,
70 años después, de que lo hagan?, ¿cuándo entonces?
Hoy, España, gracias a la democracia, es una sociedad
avanzada, desarrollada y progresista que nada tiene que
ver con la de los años treinta a cincuenta, pobre,
analfabeta y enfrentada. Esta sociedad apoya y respalda,
según todas las encuestas, la reivindicación de las
víctimas de la dictadura. Lo que es alarmante, por
ejemplo, no es la retirada de las estatuas de Franco de
la Castellana en Madrid o de la Academia de Zaragoza
-¡ya era hora!-, sino las airadas protestas del
principal partido de la oposición, el PP.
Defender al tirano treinta años después de su muerte
es aún peor, por incomprensible, que haberlo hecho
cuando vivía.
Otro curioso argumento esgrimido por los partidarios
del olvido es que la dictadura franquista contó con el
apoyo de la mayoría de los españoles. ¿Cómo lo saben? Si
hubiera sido así, ¿por qué no convocó Franco elecciones
libres en cuarenta años? Pero, sobre todo, ¿es que el
supuesto apoyo popular justifica a las dictaduras?
Hitler, Mussolini, Stalin y muchos otros dictadores
contaron con más adhesiones de sus sometidos pueblos de
las que nunca contó Franco y no tienen hoy estatuas o
monumentos que los ensalcen en sus países.
Treinta años de mi vida discurrieron bajo la
dictadura de Franco y, si bien es cierto que muy pocos
se arriesgaron al activismo antifranquista y por la
libertad, no lo es menos que los franquistas convencidos
y no obligados eran una ínfima minoría.
El año conmemorativo tiene aún un trámite importante
cual es el debate y votación parlamentaria de la ley de
la Memoria enviada por el Gobierno. Personalmente,
espero que sea mejorada sustancialmente y el Grupo
Parlamentario Socialista sepa negociar con los grupos
minoritarios con amplitud de miras, porque conceptos
como el de "los dos bandos enfrentados", tal como
aparece en el proyecto, son inaceptables desde el punto
de vista democrático e histórico.
No se puede ni debe poner al mismo nivel a los
facciosos golpistas con el Gobierno legítimo y
democrático de la República, por muchos errores que
cometiera, contra el que aquellos se alzaron provocando
una larga y sangrienta guerra y una larguísima
dictadura.