En mi infancia las monedas
se dividían en dos grupos. En unas Juan Carlos I
posaba estilizado, joven y con pelo, un perfil
propio de un monarca, una figura digna de mostrarse
en la moneda de su reino. Pero ¿quién era, entonces,
el otro personaje gordo estampado sobre los duros
más desgastados? ¿Qué había hecho para merecer ser
la cara de la cruz? Nadie me lo explicó. Para la
mayoría de los españoles que nacimos en los setenta,
Franco era un misterio que ningún adulto se atrevía
a descifrarnos. Nuestros padres nos susurraban que
fue malo, pero que no lo dijésemos en alto, delante
del abuelo. No sólo el caudillo era un
personaje críptico, sino términos como "los
nacionales" o "los rojos" permanecían confusos e
indefinibles.
Nadie nos ha contado la
historia reciente de España en profundidad y de una
manera más o menos objetiva. Durante nuestra
infancia y adolescencia, fuimos adquiriendo
información como de contrabando, datos
contradictorios sobre la opresión fascista y la
quema de iglesias, dependiendo de quien nos filtrase
a medias la historia que intentábamos cuadrar como
un puzzle. Un temible oscurantismo se ha cernido
sobre el relato de la Guerra Civil y los cuarenta
años de dictadura. La transición hacia la democracia
requirió un borrón histórico que censuró la memoria
de mucha gente y abocó a mi generación al
desconocimiento. Para honrar y recordar a los
republicanos condenados al silencio se celebró el
viernes pasado un emotivo acto musical y literario
en Rivas-Vaciamadrid. El homenaje, comprometido
hasta el punto de servir Mecca-Cola en lugar del
refresco capitalista, fue orquestado por el
Ayuntamiento de Rivas, por la Fundación Contamíname
y por la Asociación por la Recuperación de la
Memoria Histórica, una organización fundada hace
tres años por dos jóvenes que buscaban rescatar el
recuerdo y el cuerpo de sus abuelos abandonados en
una fosa común.
Ahora, treinta años después
de la muerte del caudillo, los vencidos
comienzan a liberarse de su proscripción social. Hoy
se empieza a poder hablar de los que perdieron el
nombre en la historia o ni siquiera lo tuvieron en
una lápida. Se está produciendo, poco a poco, una
salida del armario del sentimiento republicano tan
larga y dolorosamente reprimido. Precisamente la
manifestación del Día del Orgullo Gay del sábado la
encabezarán presos del régimen encarcelados por su
orientación sexual. Además, Parla acaba de inaugurar
una calle con el nombre de un falsificador de
documentos para los luchadores antifranquistas. Pero
no sólo hace falta resucitar la memoria que es, sin
duda, una deuda con gran parte de los españoles,
sino emplearla en educar a los jóvenes. Una vez que
la juventud posea suficientes datos sobre lo que
ocurrió durante la Guerra Civil y la dictadura,
cuando tengan la oportunidad de escuchar tanto a los
vencedores como a los vencidos, podrán ser
conscientemente libres tanto para fundar una
asociación que desentierre republicanos como para
afiliarse al PP, el único partido que no participó
en el homenaje oficial a las víctimas del franquismo
celebrado en el Congreso hace siete meses.
Ahora que escampa el miedo,
la vergüenza o la censura para hablar del último
medio siglo de España es el momento para contar la
historia, pero no sólo a los jóvenes, sino también a
los niños, quienes ni siquiera tienen ya abuelos que
hayan vivido la posguerra. La urgencia de
comunicación con las nuevas generaciones es cada vez
mayor. Hace un año escuché en la radio cómo Gemma
Nierga le preguntaba a sus niños contertulios,
capaces de razonar lúcidamente sobre el aborto y la
eutanasia, quién era Franco. A ninguno de los cuatro
o cinco chavales de unos diez años les sonaba el
nombre. Finalmente uno de ellos creyó dar con la
solución confesando que le resultaba familiar Leo
Franco, aunque no estaba seguro de saber de quién se
trataba. Leo Franco era entonces el portero del
Mallorca.
Nierga hablaba con los
chavales de Franco a raíz de la última novela de
Juan Luis Cebrián, Francomoribundia, uno de
los últimos libros publicados sobre los años finales
del franquismo y la transición, una época que no
sólo ayuda a explicar a nuestros abuelos, sino
también a nuestros padres y, en consecuencia, a
nosotros mismos. Hacer memoria es hacer justicia,
saldar la cuenta pendiente con los agraviados por el
olvido o la ignorancia.