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Cuando nací no
tenía edad suficiente para darme cuenta de lo que me rodeaba. Luego me lo
contaron, lo leí y algunas cosas reviví. De aquello hoy, precisamente, se
cumplen sesenta y cuatro años. Tal y como están las cosas tengo que
felicitarme; sesenta y cuatro años viviendo, que se dice pronto. ¡En dos
siglos he vivido! Finalizaban los cuarenta tristes y miserables de la
posguerra, daban comienzo los cincuenta, tan austeros como aquellos, que
dieron paso a los del desarrollo y el «600».
Parece que fue
ayer. Madrid —millón y medio de habitantes—, al alba de un día de julio,
con restricciones eléctricas, calor de verano y doña Enriqueta ayudando a
mi madre a sacar la cabeza —la mía— e ir tirando. Desde entonces ha
ocurrido casi de todo lo que puede ocurrir en una vida. Hacía tan solo
diez años que había terminado la guerra civil y se dejaba sentir la gran
represión política y social y la recesión económica que dejó como
herencia; y cuatro años hacía del fin de la Segunda Guerra Mundial, que
había dejado en el camino sesenta millones de muertos.
La Conferencia de
Postdam en 1945, había condenado enérgicamente la política de Franco, que
sumió a España en un completo aislamiento diplomático, que no le permitió
beneficiarse del Plan Marshall, cuyos millones de dólares favoreció la
reconstrucción de los países europeos, contendientes en la guerra mundial.
Hasta 1952, España no empezó a recuperar los niveles de vida que tuvo en
1935. Eran años del hambre, del estraperlo, de la escasez de los
productos más necesarios, del racionamiento, de las enfermedades, de la
falta de agua, de las restricciones eléctricas, del empeoramiento de las
condiciones laborales, del frío y los sabañones. Y las cárceles
abarrotadas de presos políticos.
Desde el
principio, fui titular de una cartilla de racionamiento, privilegio que me
aportaba semanalmente: cuarto litro de aceite, cien gramos de azúcar,
doscientos de jabón, un frasco de leche condensada y cien gramos de
tocino. Dieta ideal, que se completaba con la teta de la señora
Matilde; una vecina del bajo que acababa de parir a Manolito, quien fue mi
amigo y desde entonces hermano de leche.
En casa siempre se
escuchaba música a través de la radio. Especialmente la emisora «EAJ2
Radio España de Madrid», Radio Madrid o ¡Radio Intercontinental, Madrid!
Coplas y más coplas en mis recuerdos: «el cordón de mi corpiño», «la
Zarzamora», «torre de arena» «la bien pagá», «Campanera», «el emigrante»,
«vino amargo», «adiós España querida», «ay pena, penita», «Antonio Vargas
Heredia» y tantas otras inmortales de los maestros Quintero, León y
Quiroga; y dos veces al día, «la generala», llamando al parte
informativo de Radio Nacional, más tarde llegaría «la Pirenaica».
Se inauguró la I
Feria Nacional del Campo, algo así como una «Expo» de andar por casa.
Pabellones de todas las regiones, exposiciones de ganado, productos de la
tierra, folclore y muchos bailes regionales. Fui con mi padre, por lo que
yo tendría menos de ocho años. Recuerdo haber paseado con él por la Gran
Vía madrileña, y viajado en los autobuses de dos pisos. Entré por primera
vez en una sala de fiestas «Teyma», que estaba en los bajos del Palacio de
la Prensa en Callao, donde mi padre era maître, «la sala castiza de
Madrid, con tres orquestas y grandes atracciones», pero no vi a las
coristas. Un año después, una mañana, con mi madre, vestida de negro luto,
recorrí la pista de baile, camino de la oficina del jefe, para arreglar
los papeles de su viudedad.
Por cierto, vivo
en la misma casa en la que nací. Una calle en los arrabales del barrio de
Salamanca, detrás de lo que fue la Plaza de Toros hasta los años treinta,
donde murió el torero Granero, por una cornada en el ojo, que le dio el
toro «Pocapena del Duque de Veragüa». Jugábamos en la explanada de
tierra pisada donde estuvo —la llamábamos de forma original «la
plaza»—. Era fiesta, cuando instalaban la verbena, el «Circo
Americano» o el espectáculo que acompañaba a la «vuelta ciclista a
España». Luego construyeron el Palacio de los Deportes.
A principios de
los años 50 habían proliferado los barrios de chavolas, por la llegada de
andaluces, extremeños y manchegos, que huyendo de la miseria buscaban
trabajo; y por los rojos represaliados que no tenían sitio en el
Madrid oficial. Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, Entrevías, «la ciudad
sin ley» en La Elipa baja y en el «Arroyo Abroñigal», de ponzoñosas aguas
que desemboca en el Manzanares. Recuerdo visitar con mi madre a mi tío
Pepe. Vivía con su mujer y cinco hijos en las cuevas horadadas en
la tierra junto a Las Ventas del Espíritu Santo. La miseria se vivía, se
veía, se sentía y se sufría.
Mis primeros años
de vida se desarrollaron en un corto espacio de lugar: al norte, el Parque
de la Perona (dedicado Eva Duarte de Perón); al sur, las vías del
tren de Arganda (cuando el viento traía el sonido del pito del tren, es
que iba a llover); al este, mi colegio, la Fuente del Berro, las cuevas y
el cementerio de la Almudena; y al oeste el Madrid inmenso y entrañable. Y
cines a porrillo, al que íbamos los jueves por la tarde, a siete
pesetas la entrada. Mi calle era popular como ninguna. Vivía Lola Flores,
los Tres de Castilla, ciclistas y boxeadores, actores, cantantes, toreros
y Jesús Gil, en su taller, el que dijera que es más fácil salir de la
cárcel que de pobre; y tenía razón.
Mi primer colegio
estaba en un sótano iluminado por ventanucas en lo alto. No
recuerdo lo que hacíamos, pero si el nombre de la señorita Balvina, dueña
y maestra. Tampoco recuerdo lo que aprendí en el colegio cercano al Parque
de la Quinta de la Fuente del Berro (inaugurado por entonces), lo llevaban
monjitas, era mixto, pero separados. El siguiente colegio fue el de Don
Pedro, un piso en la calle Ayala. Era habitual encontrar colegios en
pisos. Mi hermana Pilar estuvo un año en otro, en el que el maestro era un
señor inválido, que impartía las clases desde la cama. Era un maestro
republicano represaliado y que se ganaba la vida haciendo lo que sabía
hacer: enseñar.
La comunión la
hice en la Iglesia de la Paz en Doctor Esquerdo y la confirmación en la
iglesia de Covadonga, donde me habían bautizado; en la plaza de Manuel
Becerra, llamada popularmente la «plaza de la alegría», donde los muerto
recibían el último responso, camino del cementerio. Desde hace algún
tiempo, no he sido capaz de que inscriban en sus registros mi apostasía,
por ateismo convencido. Ellos verán.
Al siguiente año
de morir mi padre —yo tenía ocho años —, ingresé en el colegio Santa Ana y
San Rafael, de los marianistas, filial de El Pilar, pero para los niños
pobres y con pocos recursos del barrio. No pagábamos nada y nos daban los
libros. De aquí salí, con los estudios primarios, con 14 años cumplidos,
directamente a trabajar de botones en una oficina —350 pesetas al mes, lo
que son 2,10 euros de nuestra época—. Había terminado mi infancia. Lo que
sigue, es otra parte de la misma historia, que contaré.
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