¡Españoles,
Franco ha muerto! escuchábamos a Carlos Arias Navarro, un presidente
del Gobierno roto en lágrimas, ante una pantalla de televisión en
blanco y negro. El acontecimiento esperado se produjo un 20 de
Noviembre de 1975; pero el franquismo, después de cuarenta y siete
años, sigue vivo.
La
dictadura agonizaba desde hacía un tiempo y el nuevo modelo no se
consolidó hasta la aprobación de la Constitución en 1978. Aunque por
los acontecimientos que están ocurriendo en estos días, hay que
ponerlo en duda. Lo cierto es que la Transición y la Constitución del
78 vinieron legitimar a régimen franquista modernizándolo. Ya han
pasado cuarenta año desde la muerte del dictador y de la proclamación
(que no coronación) del rey emérito fugado de España.
Fueron días
de proclamación y funeral. El 22 de Noviembre estuve ante la iglesia
de San Jerónimo el Real, donde se celebraba la misa oficiada por el
cardenal Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal, que luego
supimos leyó una homilía, en la que podía entenderse el cambio que se
iba a experimentar. Recuerdo ver al vicepresidente de los Estados
Unidos Nelson Rockefeller y al general chileno Augusto Pinochet, con
su larga capa, a quienes, muy tímidamente, algunos silbamos, hasta que
dos percheros americanos con gabardina y caras de película de malos,
se pusieron a nuestra vera y terminaron con la música de viento.
Españoles:
Franco ha muerto, decía Arias Navarro: "El hombre de excepción que
ante dios y ante la historia asumió la inmensa responsabilidad del más
exigente y sacrificado servicio a España ha entregado su vida". Aquel
hombre, unos meses antes, había firmado las últimas cinco penas de
muerte de la dictadura. El 27 de septiembre se ejecutó la sentencia
por fusilamientos. Franco murió matando. Del llanto de España que
decía Arias, a las copas de champán en muchos hogares. Del dolor y la
tristeza del carnicero de Málaga, a la esperanza ante el futuro. En mi
memoria, Franco en estado mortuorio, en la cama de la habitación 103
del hospital La Paz, entubado en su agonía prolongada por medios
mecánicos y razones políticas y familiares.
Fueron
tiempos de silencio, cuando Franco, con todo el poder en sus manos,
diseñó el nuevo régimen: una Monarquía del Movimiento. Todo pretendía
dejarlo atado y bien atado. El tránsito a la democracia culminó en
1978 con la Constitución y como forma política la monarquía
parlamentaria. Previamente se había celebrado el referéndum sobre el
Proyecto de Ley para la Reforma Política, el 15 de diciembre de 1976,
que contó con el apoyo del 94,17% de los votantes, con una
participación del 77,8%. El rey ni juró, ni prometió la Constitución;
la sancionó. Su poder era previo y franquista. No se consolidará la
monarquía, mientras no haya un referéndum sobre el modelo de Estado.
No lo hubo entonces porque el pueblo no pintaba en eso y por la falta
de razón democrática; hoy dicen que porque no hay razón para ello.
Desde 1947,
dos años antes de mi nacimiento, España ha sido un reino sin rey,
dirigido y controlado por una dictadura militar falangista, surgida de
una guerra civil, tras un golpe de Estado contra la legítima
República. Franco estableció las bases para el futuro monárquico
español, con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que
declaraba a España Reino y otorgaba al Jefe del Estado la facultad de
proponer a las Cortes la persona que lo sucedería a título de rey. A
Franco le hubiera gustado ser rey de España por la gracia de dios, de
hecho gobernó con prerrogativas reales, concedió títulos nobiliarios y
entró bajo palio a las catedrales, custodiado con guardia mora. Vivió
como un rey, con el boato y protocolo franquista, con guerrera blanca,
camisa azul y boina roja, España era una democracia orgánica sin
democracia y un reino sin rey.
Había un
reino sustentado por una cruel dictadura; faltaba elegir al sucesor; y
no iba a ser el heredero de Alfonso XIII. Franco cerró la puerta a don
Juan. El Jefe del Estado podía excluir a aquellas personas reales por
su desvío notorio de los Principios Fundamentales del Estado. Y el
hijo, que era el padre, no reunía tal capacidad, por liberal. Fue un
trágala, pero cedió sus derechos dinásticos el 15 de mayo de 1977. "En
virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos
dinásticos como Rey de España a mi padre, el Rey Alfonso XIII, mi hijo
y heredero, el Rey don Juan Carlos I". Todo por la dinastía, por la
familia.
Demasiadas
intrigas e intereses ante la reinstauración −restauración o
instauración según opinión de unos u otros−, de la monarquía en
España. Tras descartar al heredero legítimo, Franco elige al hijo del
pretendiente. Un niño, entregado por su padre, y al que se podría
adoctrinar en la ideología del régimen. Comenzó cambiándole el nombre:
de Juanito, a Juan Carlos. No es hasta el 22 de julio de 1969,
precisamente el día en que yo cumplía veinte años, cuando con el
título de Príncipe de España, Juan Carlos jura fidelidad a los
principios del Movimiento "recibiendo de Su Excelencia, la legitimidad
política surgida del 18 de julio". Heredaba un régimen surgido por un
golpe de Estado y una guerra fraticida. Aseguraba para él y los suyos
una corona que hoy ostenta su hijo; y el régimen garantizaba el
franquismo sin Franco.
El dictador
en su testamento, exalta los tópicos patrióticos, como hizo en todos
sus actos y discursos en vida y como colofón en su última aparición el
1º de octubre del año de su muerte en la plaza de Oriente. En aquellos
momentos de último aliento, recuerda a los enemigos de España: "No
olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana
están alerta; mantened la unidad de las tierras de España, exaltando
la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de
la unidad de la patria". Estos planteamientos y algunos más, siguen
vivos en la derecha representada por el Partido Popular más
reaccionario.
El 20N es
una fecha histórica y no solo por la muerte del dictador; también dos
personajes históricos murieron un día como éste. En 1936 fue fusilado
en Alicante José Antonio Primo de Rivera; y en Madrid, el mismo día,
por una bala perdida o un certero disparo de un francotirador faccioso
mató a Buenaventura Durruti.
En la
madrugada del 20 de noviembre de 1936, en el patio número 5 de la
prisión de Alicante, un pelotón de ocho milicianos, fusila a José
Antonio Primo de Rivera, líder de la Falange Española de las JONS. En
marzo de ese año el Gobierno del Frente Popular había encarcelado al
fundador de la Falange, por posesión ilegal de armas de fuego. Acusado
de rebelión militar, el fiscal pidió la última pena. Se extiende la
leyenda de que fue el propio Franco quien dio carta blanca a la
ejecución del que consideraba su rival político. Stanley G. Payne
sostiene, que al dictador la muerte de José Antonio le "vino al pelo".
La última
filmación que nos queda de Durruti la hicieron unos reporteros
soviéticos en las cercanías del frente de la Ciudad Universitaria. Se
le ve tranquilo, resuelto y sonriente, con una gorra y una cazadora de
cuero. Poco después resultaría alcanzado por una bala frente al
Hospital Clínico, donde se libraban feroces combates contra los
legionarios y los mercenarios rifeños de Franco. Trasladado al Hotel
Ritz, incautado por los anarquistas, convertido en hospital de sangre,
Durruti fallecería en la madrugada del 20 de Noviembre de 1936. Según
Dan Kurzman, sus últimas palabras fueron antiburocráticas: "Demasiados
comités…".
El veinte
de Noviembre ha marcado mi vida. Han pasado cuarenta y siete y toda mi
vida. Por cierto un 20N de 1957 murió mi padre con 45 años. La
tuberculosis no le permitió seguir luchando como siempre y trabajando
desde niño. Siempre le he tenido en mi memoria. Recuerdos y emociones
a flor de piel. Desde aquella ilusión contenida, al compromiso
político permanente. De la esperanza sin traba, al desasosiego por el
rumbo que toman las cosas. De todo puede ser, a solo algunas cosas
conseguiremos.
Con la
muerte de Franco comenzaba la Transición desde la dictadura a la
democracia, controlada desde dentro del Régimen. Ahora conocemos como
se nos engañó. Franco dejó todo atado y bien atado, restaurando la
monarquía en la figura de Juan Carlos de Borbón, hoy huido de España.