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Una corrida de toros se divide en tres
partes, denominadas "tercios" y dos
suertes (de capote y de muleta)
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Tercio de
varas. Durante el tercio de varas el
matador torea con el capote y el toro recibe una
serie de puyazos en el morrillo
(zona abultada entre la nuca y el lomo del
toro) por parte del picador. El objetivo de estos
puyazos es medir la bravura del toro y su
disposición a la embestida, además de dosificar la
fuerza del toro para facilitar la posterior labor
del matador.
ver más>>
- Suerte de Capote. La faena a capote
la desarrolla el torero para medir la embestida
del toro así como su fuerza y disposición. Es
más apreciada en América que en España. Existen
diferentes estilos de uso idistinto en la lidia.
Ver suertes del toreo >>
- Tercio de banderillas.
Durante este tercio los banderilleros clavan sobre
el lomo del toro unos adornos llamados comúnmente
banderillas o rehiletes.
ver más>>
- Tercio de muerte.
Durante este tercio tiene lugar el enfrentamiento
del matador con el toro. El matador realiza la
faena de la suerte de muleta y posteriormente le
da muerte con el estoque.
ver más>>
- Suerte de Muleta. Esta suerte es solo
efectuada por el matador de toros, pudiendo ser
sustituido por el alternante de más antigüedad
solo en caso de verse impedido a terminar el
tercio si ha sufrido algún percance.
Ver suertes del toreo >>
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La corrida de toros
es un espectáculo en el que uno o más
matadores de toros bravos lidian y matan reses
bravas con precisas normas, reglamentos y suertes.
Para ello se
sigue una determinada serie de actos de estricto
protocolo tradicional y regidos por una intención
estética. Las corridas de toros son consideradas
expresión de la cultura hispana y un arte dentro de
la comunidad taurina.
Por lo general en un festejo taurino se lidian
seis toros (casi siempre de una misma ganadería) por
parte de tres matadores, aunque también se ofrecen
festejos con dos matadores (llamados "mano a mano")
festejos con cuatro, festivales de seis matadores
(en los que corresponde un ejemplar a cada uno) o
encierros con uno sólo matador. En el siglo XIX, las
corridas podían tener muchos más matadores y toros.
En la corrida de toros participan
diferentes personas e instituciones. Desde la
Presidencia que representa la autoridad, hasta el
personal de plaza, comenzando por sus auténticos
protagonistas: los toreros.
- Alguacilillos
- Monosabios
- Areneros
- Chulo toriles
- Puntillero
- Mulilleros
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Presidencia
El presidente de la corrida es el encargado de dirigir y
garantizar el perfecto desarrollo del espectáculo. Sus
funciones empiezan mucho antes de iniciarse el paseíllo
y concluyen bastante después de terminado el mismo.
Asisten al reconocimiento, al sorteo y selección, y
dirimen las diferencias e incidentes entre empresa,
ganaderos, toreros, veterinarios y demás participantes
en el festejo. Por imperativo legal ejercen esa función
en las capitales de provincias los gobernadores civiles,
que pueden delegar en un funcionario de determinados
cuerpos o escalas de la policía; y en las restantes
poblaciones los alcaldes o, en su caso, un concejal
delegado.
Aunque se supone que poseen conocimientos suficientes
para el desempeño de su función, están asistidos por un
asesor, que se sienta en el palco presidencial a su
izquierda, y por un veterinario, que lo hace a su
derecha. Les auxilia un delegado gubernativo que
transmite y exige el cumplimiento de sus decisiones.
El lenguaje del
pañuelo
El presidente transmite todas sus órdenes a los toreros,
personal de plaza y espectadores sacando pañuelos de
distintos colores y diferentes significados: un pañuelo
blanco para el comienzo de la corrida, la salida de los
toros, los cambios de tercios y, si se producen, los
avisos; un pañuelo verde para devolver un toro
defectuoso o inutilizado para la lidia a los corrales;
un pañuelo rojo si el animal es condenado a banderillas
negras; un pañuelo azul si, por su bravura y calidad, se
le concede al toro la vuelta al ruedo; y un pañuelo
naranja si, por su clase y bravura excepcionales, se
produjera el indulto de la res.

Personal de
plaza
Todos y cada uno de los miembros del personal de plaza
intervienen de forma lógica y ordenada en el desempeño
de sus funciones auxiliares durante el desarrollo de la
corrida. Esas funciones guardan, además, estrecha
relación con el buen desenvolvimiento de la misma, por
más que algunas de estas figuras procedan de tradiciones
hoy en desuso.
Alguacilillos
Los alguacilillos, que remedan el antiguo despeje de
plaza, reciben del presidente, como ocurría entonces, la
llave de la puerta de toriles y encabezan el paseíllo.
Su labor principal es la de transmitir las órdenes del
presidente a los toreros y las peticiones de éstos
(cambio adelantado del tercio) a aquél. En la plaza
Monumental de las Ventas, de Madrid, y también en otras,
visten todavía a la usanza de Felipe IV: traje de pana,
capa, golilla, botas altas y sombrero de ala ancha
adornado de plumas.
Chulo
toriles
También llamado chulo de toriles y torilero, es el
encargado de abrir la puerta que da salida a las reses
al ruedo. Por la puerta de chiqueros salen igualmente,
cuando son necesarios, los cabestros. Aunque no siempre,
son los que entregan las banderillas a los subalternos.
En otra época se llamaba chulos a todos los miembros de
la cuadrilla. Aunque no es obligado, en la plaza de
Madrid, el torilero viste traje de luces.
Monosabios
Vestidos, al menos en las plazas de primera y segunda
categorías, con pantalón y blusa, y tocados con una
gorrilla, cumplen a veces la arriesgada misión de
acompañar, armados tan sólo con una vara, a los
picadores durante el primer tercio de la lidia,
sujetando o animando a la montura. Su curioso nombre
proviene, al parecer, del que un domador daba a su
troupe de monos titiriteros allá por el año 1847. Como
quiera que éstos y los mozos de caballos de la plaza de
Madrid vestían más o menos igual, con prendas rojas, los
aficionados empezaron a llamarles monos sabios y el
burlesco apodo hizo fortuna.
Mulilleros
Son los que, en número variable, acompañan y arrean al
tiro de mulillas en el arrastre de los toros fuera del
ruedo. Las mulillas van enjaezadas y adornadas con
banderas, cintas y cascabeles. Los mulilleros, que en
muchos lugares visten a la usanza de los mozos navarros
(pantalón y blusa blancas, faja roja y gorrilla), van
siempre descubiertos en su corto viaje junto a la res
muerta.
Puntillero
También llamado cachetero (por la puntilla o cachete, es
decir, el instrumento del que se sirve) es quien
apuntilla al toro que, concluida la suerte suprema,
herido de muerte y dobladas las manos, permanece
agonizante caído en el suelo. Puede ejercer esa función,
como día a día ocurre con mayor frecuencia, cualquiera
de los banderilleros de la cuadrilla.
Areneros
Su función, aunque prosaica esencial, es la de mantener
el ruedo en perfectas condiciones de limpieza (sin
restos de sangre ni bosta de animales) para el ejercicio
de la lidia. Visten, también, pantalón, blusa, faja y
chaquetilla.

La cuadrilla
Como tantos otros elementos caracterizadores de la
fiesta, la cuadrilla como tal existe desde mediados del
siglo XVIII, y se atribuye a Juan Romero su conformación
y autoridad máxima.
Sus miembros no han tenido siempre la misma jerarquía
dentro de la misma. En un tiempo los varilargueros
fueron los más preeminentes. En la actualidad, descuella
sobre todo el primer banderillero, también llamado peón
de confianza.
En una corrida o novillada normales (de tres matadores y
seis toros), cada uno de los diestros lleva en la
cuadrilla dos picadores y tres banderilleros.
En un mano a mano (dos matadores), la de cada uno de los
diestros se compone de tres picadores y cuatro
banderilleros.
En solitario, el matador único se acompaña de dos
cuadrillas normales completas más la suya propia.
Picadores
Forma parte de la cuadrilla del matador.
El picador es descendiente directo de los varilargueros
del siglo XVIII, que se convierten en picadores de vara
corta, como la actual, en los inicios del siglo XIX. Es
pues, el torero que, montado a caballo, pica los toros.
Los caballos de picar son examinados y reconocidos, como
los mismos toros, por los veterinarios, que han de
certificar su estado y movilidad. En las plazas de
primera y segunda categoría no pueden tener un peso
inferior a 500 kilogramos ni superior a los 650. En la
actualidad, y en general, son propiedad de la plaza.
Salen al ruedo protegidos para impedir, en la medida de
lo posible, que resulten heridos. Se les cubre, además,
el ojo derecho con un pañuelo para que al no ver al
toro, no huyan ante sus embestidas.
Hasta el año 1928 los caballos no llevaban protección
alguna, lo que generaba una auténtica matanza de las
pobres bestias; de hecho se medía la bravura de un toro
por el número de ellos que había dejado sobre la arena.
El reglamento de aquel año aprueba un peto pequeño que
protegía el pecho y parte de la bragada del animal, y
que se empieza a usar dos años después. En 1932 se
prolongó para que protegiera las extremidades anteriores
y se le añadió un faldoncillo que se ajustaba al vientre
de la montura. Desde los años 1940 y 1950 creció hasta
alcanzar casi las pezuñas y envolver casi por completo
el cuerpo del equino. Desde 1992 se admite, también, el
uso de los manguitos o calzones que protegen, bajo el
peto, el pecho y las patas delanteras del caballo. El
peto es un conjunto de lonas impermeabilizadas, rellenas
de algodón, enjaezadas mediante cueros y correas, cuyo
peso no puede exceder de los 300 kilogramos, que evita
muchas veces el inmediato derribo y protege al jaco de
las cornadas del bicho.
Los picadores eligen, por riguroso orden de antigüedad,
el caballo que prefieren montar, sin que puedan, sin
embargo, rechazar ninguno que haya sido aprobado por los
veterinarios.
Banderilleros
Al
igual que los picadores, los banderilleros forman parte
de la cuadrilla de los matgadores.
Los banderilleros, también llamados subalternos y peones
de brega, son, como su nombre indica, los encargados de
banderillear al toro; es decir, clavar pareando los
rehiletes o banderillas en lo alto del lomo del toro.
Pero su función es también, y con la misma importancia,
si no más que la de banderillear, la de auxiliar al
matador en todos los tercios, lo que en el argot
aficionado se denomina la brega: parar al toro en su
salida de toriles, llevarlo y alejarlo del caballo en el
tercio de varas, realizar cuantos quites sean
necesarios, ponerlo en suerte y llevarlo allá donde
señale el diestro y ayudar a que caiga cuanto antes.
Mozo de espadas
Aunque en sentido estricto no forma parte de la
cuadrilla, porque nunca abandona la protección del
callejón y la barrera, el mozo de espadas, que facilita
a los toreros y al matador los trebejos durante toda la
lidia, es figura personalísima y singular, más próxima
al matador que ninguna otra, incluido el apoderado o
representante del diestro. Suele ser quien le viste y
desviste (ceremonia que se efectúa siempre con un
auténtico ritual), en ocasiones es quien le aconseja,
sobre todo a los noveles, sobre las condiciones del
animal y, a veces, quien comparte de modo más personal
las penas del fracaso y algunas de las alegrías del
triunfo. Tiene a su vez como auxiliar, si el torero es
figura que puede permitírselo, al ayuda, que es quien
carga con el esportón de los trastos y cumple sus
órdenes en el callejón.
El sobresaliente
Se denomina así al matador o novillero, por lo general
de no mucho cartel, que complementa el de las corridas
mano a mano o en aquellas en las que se anuncia un único
espada, y que sólo interviene por accidente o cogida de
los anunciados que les imposibilite seguir con la lidia.
En ese caso, tiene que matar cuantos toros resten para
completar el encierro. Suele ser costumbre que los
matadores le cedan un quite.

La corrida
Una corrida de toros se compone de las siguientes
partes: paseíllo, tercio de varas, tercio de banderillas
y tercio de muerte.
El paseíllo
Imagínese por un momento que, cumplidos todos los
trámites y ceremonias que hombres y animales realizan
antes de la corrida, ya está todo el público, por fin,
sentado en su localidad de una plaza importante. Lo que
sigue es, en su orden y en su variedad, si no todo
(porque todo lo que ocurre o puede ocurrir en una plaza,
incluso sólo en la pura lidia, resulta casi inabarcable)
sí lo más sustancioso y habitual que el espectador puede
presenciar en una tarde de toros.
A las cinco en punto de la tarde, hora solar, o a la
hora en que esté anunciada la corrida, el presidente
muestra sobre el tapiz de la delantera del palco un
pañuelo blanco. Sonarán clarines y timbales y empieza el
paseíllo.
Los alguacilillos, apareciendo por la puerta grande, se
dirigen hacia el palco presidencial. Solicitan la venia
destocándose y, tras la respuesta del presidente
(siempre la misma en ésta y sucesivas ocasiones), que se
pone en pie, recorren cada uno el semicírculo de la
barrera de su lado (yendo juntos si lo que se celebra es
una novillada) y marchan hasta la puerta de cuadrillas,
abierta de par en par, donde se emparejan de nuevo para
encabezar el desfile de los participantes en la corrida,
es decir, el paseíllo.
El orden y posición de las cuadrillas está perfectamente
reglamentado. A los alguacilillos les siguen los
matadores en una hilera de tres: vistos de espaldas, el
más antiguo se sitúa a la izquierda, el más moderno en
el centro y al lado derecho el que por veteranía
profesional se encuentre entre ambos. Tras ellos, los
banderilleros de las respectivas cuadrillas por orden de
antigüedad y respetando de izquierda a derecha la
antigüedad de los componentes de cada una. A
continuación, de dos en dos, y por cuadrillas, marchan
los picadores en sus caballos y sin pica, a la izquierda
el más antiguo, a la derecha el más nuevo. Monosabios,
areneros y el tiro o tiros de mulillas cierran el
paseíllo.
Matadores y banderilleros visten con los capotes de
paseo. Todos marchan cubiertos a excepción de aquellos
que torean por primera vez en una plaza, los novilleros
que toman la alternativa de matadores de toros y, sólo
en la plaza de Madrid, los que la confirman.
Se encaminan hacia el palco presidencial, frente al que
se destocan según llegan y van rompiendo la formación.
Los de a pie suelen entregar, como signo de deferencia,
sus capotes de lujo a invitados o autoridades situados
en la que se denomina zona de capotes, que quedan luego
adornando la barrera en el curso del espectáculo. Uno de
los alguacilillos entrega la llave de los chiqueros al
chulo de toriles y luego, descabalgados los dos, se
sitúan en el callejón. Los areneros limpian el ruedo y
cuando todo está en orden, el presidente, sacando su
pañuelo blanco, ordena que salga el primer toro.
Tercio de varas
El matador y los banderilleros esperan la salida del
toro resguardados en burladeros fijos de la plaza: el
matador y el segundo peón, en el burladero de capotes;
el peón de confianza en el primero de los que ha de
encontrar el animal en su recorrido y el tercero en el
situado justo enfrente de éste. Tras su irrupción en la
arena, por lo general rápida y violenta, el toro suele
recorrer, a gran velocidad, las tablas de la barrera
situadas a su derecha (cuando lo hace a su izquierda, se
dice que el toro “ha salido contrario”). Después de una
o dos vueltas es preciso fijarlo, es decir, hacer que
preste atención a los engaños, para lo que el primer
peón le dobla, es decir, le frena con el vuelo del
capote, lo embarca en él girándolo, cambia de manos la
capa por la espalda y, por último, con el capote sujeto
a una sola mano, lo corre hasta el punto desde el que
pueda citarlo el matador.
Siguen los denominados pases de recibo, que instrumenta
el matador y que sirven para enseñar a embestir al toro
y también para probar sus cualidades positivas y
negativas. Suelen correrlos caminando hacia atrás, sin
perder la rectitud con la dirección del animal y dándole
salida sin forzarlo, con objeto de comprobar en puridad
la naturaleza de su embestida y llevarlo así a los
medios. El presidente ordena la salida de los picadores.
Uno ejecutará la suerte y el otro cubrirá la salida, es
decir, se situará en el extremo opuesto del redondel. La
razón que sustenta el castigo que el toro ha de sufrir
en varas es la de adecuar y mejorar su comportamiento
durante el resto de la lidia: quebrando su fortaleza y
pujanza naturales para atemperarlo, corrigiendo (por las
heridas infligidas a uno u otro lado del morrillo) los
defectos de la cabeza y obligándole a humillar la
testuz. Por otra parte, es la prueba fundamental con la
que medir su bravura.
Puesto el toro en suerte por el matador, o con menor
frecuencia por uno de los subalternos, en línea con el
caballo, que no traspasará la raya interior como el toro
no debe traspasar la exterior, el picador puede realizar
la suerte de frente y por derecho, dando los pechos del
caballo, ligeramente cuarteado, al toro, o de costado,
por el lado cubierto por el peto. La puya debe clavarse
en lo alto, alargándola en el cite y recogiéndola desde
el encuentro y jamás, aunque es un jamás que nunca se
cumple, debe taparse la salida del toro durante la vara,
acorralándolo entre las tablas y el cuerpo del
percherón, la denominada carioca. Terminada la suerte,
el matador procede al quite, es decir, a sacar primero
al toro de su encele con el caballo y después a
instrumentarle los pases de capa que considere más
lucidos según las características del animal. En las
varas segunda y tercera, que son las que calibran, en
verdad, la casta y bravura del toro, los quites los
efectúan, por orden de antigüedad, los compañeros de
terna.

Tercio de banderillas
Las banderillas, rehiletes, garapullos o avivadores, que
todos esos nombres reciben los palos, sirven para
enardecer al toro después del castigo en varas. En otras
épocas, el tercio lo ejecutaban los banderilleros por
riguroso orden de antigüedad. En la actualidad, la única
norma que se observa es la de que cada uno de los peones
coloca dos pares de banderillas: en el primer toro del
matador, el segundo se encarga de la brega, el peón de
confianza clava dos pares y el tercero uno en éste y
otro en el toro siguiente que corresponda al diestro, en
el que el segundo clavará dos veces y bregará el peón de
confianza.
Las banderillas deben colocarse por ambos pitones del
toro, izquierdo y derecho, dos por un lado y otro por el
contrario, de modo que sirvan también para probarlo por
ellos cara a la posterior faena de muleta. En el caso de
ser el matador quien ejecute el tercio, será él mismo y
no el presidente el que determine el número de veces que
entra al toro, aunque nunca menos de dos.
Tercio de muerte
En el pasado, la muleta era sólo un instrumento
defensivo del que se servía el torero para engañar al
toro en el momento de la estocada, único considerado,
junto a la pica, importante en el toreo. En la
actualidad está considerado como el tercio esencial para
determinar el triunfo o el fracaso del torero, por más
que para el aficionado todos tengan interés y valía
semejantes. Tiene la primacía de la belleza, en la que
el torero, a solas con su enemigo, interpreta su íntima
concepción de qué es torear.
Al obligado toque de clarines y timbales, el matador
toma, de manos de su mozo de espadas, el estoque y la
muleta. Se dirige, si es su primer toro, a la
presidencia para solicitar el pertinente permiso y,
después de brindar o no la muerte del animal, se dirige
hacia el astado. Éste habrá sido llevado por los
subalternos al sitio elegido por el maestro, por lo
general en la raya del tercio y en el lugar de la plaza
más alejado de sus querencias naturales. Desde ahí, si
el animal responde, podrá incluso sacarlo a los medios,
donde la soledad es todavía más profunda. La faena es el
conjunto de series de pases ligados que el torero da,
manteniéndose él quieto mientras el toro pasa en
movimientos circulares en torno a su cuerpo. La ligazón
y el temple, es decir, la continuidad de los mismos y su
adecuación en velocidad y ritmo hasta hacer que el
animal embista según le manda la muleta y no de acuerdo
a su natural ferocidad, son los elementos, junto con la
plástica de su realización o el coraje para vencer las
dificultades que el toro oponga, más valorados en este
tercio. Acaba con la suerte suprema: entrar a matar al
toro.

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