Decíamos ayer
que el «derecho a decidir se puede ejercer en el actual marco
constitucional, desde una perspectiva dinámica y viva, no sacramental,
como corresponde a un Estado social y democrático de Derecho»; también
que «es urgente el reconocimiento de la plurinacionalidad y del derecho
a decidir», por el bien de todos. Sobre ello y abundando, me voy a
remontar a una reflexión que hice hace algún tiempo sobre la «Nación de
Naciones», continuando con la cuestión española, catalana y otras
nacionalidades.
En su
artículo 2, la Constitución española establece que se fundamenta en la
indisoluble unidad de la Nación española y reconoce y garantiza el
derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones; sin terminar de
explicar el concepto nación, nacionalidades o región. Conceptos
ambiguos, con múltiples interpretaciones y connotaciones políticas. Fue
la solución consensuada en 1978, al tan traído tema de la «unidad» de
España, superando el concepto utilizado por la dictadura: «España,
unidad de destino en lo universal», que diciendo mucho supuestamente, no
terminaba de saberse que quería de decir en su más estricto sentido.
Además, con la fórmula que se adoptó, se salvaba la situación creada
durante la Segunda República Española con Cataluña, País Vasco y
Galicia. Hoy las ideas siguen encendidas, los intereses vivos y la
unidad de la nación y la existencia de nacionalidades cuestionadas.
El término
nación tiene, al menos, dos diferentes acepciones: político–jurídico y
socio–ideológico. Anthony. D. Smith define la nación como «una comunidad
humana con nombre propio, asociada a un territorio nacional, que posee
mitos comunes de antepasados, que comparte una memoria histórica, uno o
más elementos de una cultura compartida y un cierto grado de
solidaridad, al menos entre sus élites». Generalmente la nación surge
sobre bases mitológicas, cuentos fantásticos de batallas ancestrales y
de héroes poderosos o villanos, inventados para gloria de quienes lo
cuentan y para la manipulación de la voluntad de los humildes alrededor
de una bandera, que generalmente representa los intereses del poder.
La
Constitución de Cádiz dedicaba sus cuatro primeros artículos a la nación
española, en términos acordes con el principio, entonces revolucionario,
de soberanía nacional. La Constitución de 1931 constituye un precedente
directo, al establecer que «La República constituye un Estado integral,
compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones» y sobre
esta base se aprobaron los Estatutos de Cataluña (1932), el País Vasco
(1936) y Galicia (1938). Se trata del modelo que, con importantes
modificaciones, seguirán los constituyentes en 1978.
Durante el
debate constituyente de 1978, las posiciones críticas a este precepto,
fueron múltiples. Se produjo una oposición frontal al término
«nacionalidades» por considerarlo ambiguo, discriminatorio y peligroso,
confuso e innecesario (fue la posición de Alianza Popular). Otra
posición contraria, minoritaria, de los nacionalistas más extremos, eran
partidarios de suprimir el vocablo Nación, por entender que España no es
una Nación sino un Estado formado por un conjunto de naciones. Otra
posición más ambigua respecto a los rasgos nacionales unitarios la
defendió el PNV que se limitaba a declarar que «la Constitución se
fundamenta en la unión, la solidaridad y el derecho a la autonomía de
las nacionalidades que integran España». Por último la Minoría Catalana
defendió que aun reconociendo la unidad nacional proponía que «la
Constitución se fundamenta en la unidad de España, la solidaridad entre
sus pueblos y el derecho a la autonomía de las nacionalidades que la
integran».
La posición
de los llamados padres de la Constitución fue sesuda, amplia y diversa.
Herrero y Rodríguez de Miñón entendió que el término nacionalidades se
refería a «hechos diferenciales con conciencia de su propia, infungible
e irreductible personalidad». Roca Junyet entendía que «nacionalidades»
se refería a «Nación sin Estado, con personalidad cultural, histórica y
política propia... dentro de la realidad plurinacional de España,...
como Nación de Naciones». Peces–Barba proponía que «la existencia de
diversas naciones o nacionalidades no excluye, sino todo lo contrario,
hace mucho más real y más posible la existencia de esa Nación que para
nosotros es fundamental, que es el conjunto y la absorción de todas las
demás y que se llama España». Y Solé Tura lo definía como «un estado de
conciencia colectivo que se fundamenta no sólo en la historia, en el
pasado común, en la lengua, en la cultura o en la realidad económica
sino también en una forma determinada de concebir su propia realidad
frente a las otras».
Ideas,
principios y filosofía, cargadas de buena voluntad y de intereses
políticos e ideológicos, como no podía ser de otra forma y por una u
otra razón, ninguno de acuerdo y por eso salió adelante. La votación
del Pleno del Congreso reveló el carácter consensuado entre las
principales formaciones políticas de la versión finalmente aprobada: 278
votos a favor, 20 en contra y13 abstenciones. En el Senado el resultado
fue parecido: 140 votos a favor, 16 en contra y 11 abstenciones. No se
si hoy las posiciones serían diferentes.
Han pasado
treinta y cuatro años desde que se promulgó la Constitución española,
–nacida tras una cruel dictadura, que nos privó hasta de los más
elementales derechos fundamentales–, tiempo suficiente como para que la
sociedad española se plantee una lectura actualizada del texto, que
apoyamos en aquel tiempo, quienes anhelábamos libertad y democracia. La
ciudadanía del 2016. Los hombres y mujeres menores de 59 años, no
pudieron participar en el referéndum de 1978 y no tienen por qué asumir
como suyos, ni nuestros miedos, ni nuestros anhelos de entonces.
Hay que abrir
un Proceso Constituyente; que una nueva Constitución de respuestas
acordes con los tiempos que corren, a los nuevos problemas que los
siglos acarrean. La próxima Constitución debe reconocer el derecho de
autodeterminación de los pueblos, y de paso –previo referéndum
específico– una república federal, como el mejor modelo político de
gobierno y de convivencia.