Yo era un chaval de catorce
años, trabajador del gremio
de botones de oficinas de
seguros, lo que me permitía
recorrer Madrid y estar
presente en sus
acontecimientos diarios,
testigo de su gran historia.
Por aquellos días era
tragedia lo que se vivía.
Algunas de las historias que
voy a contar, ya han sido
publicadas, pero quiero
retomar mi memoria; la
historia es siempre
historia. No es suplantar
personalidades es acoplarme
a ellas.
Madrid estaba sitiado por
los rebeldes, que en cuatro
columnas avanzaban
amenazantes sobre la
capital. Una quinta columna,
formada por los fascistas en
el interior, infiltrados
entre la propia población y
organizaciones de la
República, trabajaban
clandestinamente para
favorecer la victoria
franquista que llegó, pero
su tiempo les costó y a
nosotros demasiada sangre,
hambre y sufrimiento.
Parece que el general
nacionalista Emilio Mola,
comandante del Ejército del
Norte, cuando un grupo de
periodistas extranjeros le
preguntó cuál de sus cuatro
columnas conquistaría Madrid
(una venía por el suroeste,
otras dos desde Galicia y
Castilla La Vieja y una
cuarta desde Navarra y
Aragón), él contestó que
"sería la quinta columna, la
de los partidarios
nacionales que en secreto se
encontraban dentro de la
ciudad" (Hugh Thomas). Todo
parece que estaba
planificado desde antes del
golpe de Estado contra la
República. Mola, confiando
en que sus tropas entrarían
de inmediato en Madrid,
desenmascaró anticipadamente
a la resistencia organizada
en la retaguardia
republicana; a alguno
conocí, sobre los que guardé
las medidas personales de
seguridad oportunas.
Mientras las tropas de Mola
se veían frenadas a las
puertas de Madrid,
convertido en frente de
guerra hasta el final, el
gobierno creó la Brigada
Especial de la República,
unidad de élite de la
seguridad republicana, cuyo
principal cometido era
desarticular las principales
organizaciones clandestinas.
Redoblaron los esfuerzos por
descubrir las acciones de
espías, saboteadores y
francotiradores. Cientos de
emboscados fueron detenidos
y puestos fuera de la
circulación. Me pegue a la
Brigada como si fuera su
botones o chico de los
recados, que lo fui con todo
el entusiasmo.
En noviembre de 1937,
Solidaridad Obrera contaba
cómo los emboscados de
retaguardia intentaron un
golpe de mano sobre Madrid y
cómo gracias a los activos
servicios de compañeros
policías pudo desarticularse
el complot. Entre los
centenares de detenidos
complicados, figuraban,
varias Comisarías de barrio
con todo el personal,
numerosos guardias de Asalto
y guardias nacionales, buen
número de jefes y oficiales
de esas fuerzas y de las de
la Dirección General de
Seguridad. Desarticulada la
retaguardia, el frente
faccioso no pudo obrar en
combinación con ella.
Se cuentan infinidad de
historias de los "héroes"
fascistas −traidores para
los leales a la legalidad
establecida−, que
favorecieron desde la zona
republicana los objetivos
rebeldes. Al acabar la
guerra fueron condecorados
como agentes nacionales.
"Formaban la quinta columna
los elementos que,
encubiertos en el campo
adversario, se mantuvieron
organizados para participar
de manera activa en la
lucha, en condiciones de
tiempo y espacio previstas",
escuche decir al general
Vicente Rojo (Vicente Rojo,
Historia de la guerra civil
española, de Jorge M.
Reverte).
No se trataba de simples
espías o saboteadores, eran
agentes desmoralizadores.
Los quintacolumnistas,
estaban bien organizados e
infiltrados en las
organizaciones republicanas.
Realizaron actos de
sabotaje, incautación de
víveres, difusión de
información para minar la
moral de la población,
elaboración de informes
sobre cuestiones militares o
gestionaban planes de huída
hacia la zona nacional o
refugio en embajadas
extranjeras. Falsificaban
documentos o encendían luces
prohibidas en la noche para
que el enemigo localizara
objetivos. Facilitaban datos
militares relacionados con
la situación de las fuerzas
republicanas en el frente.
Algunos nos convertimos en
la quinta columna de la
quinta columna y boicoteamos
algunas sus acciones
asesinas.
Por medio de la emisora
clandestina AZ Radio y a
través de mensajes cifrados,
enviaban información a
Burgos; entre otros, datos
muy importantes sobre la
operación que desembocó en
la batalla de Brunete. La
red contaba con
colaboradores en los
tribunales populares y
policía, amañando juicios y
detenciones, a favor de los
simpatizantes de los
sublevados. La organización
contaba con un centro de
operaciones que, osadamente,
lo ubicaron en la Escuela de
Oficiales del Ejército
Popular en Barajas, pero su
cuartel general estaba en el
barrio de Salamanca. Hoy,
desde sus arrabales, detrás
del Palacio de los Deportes,
les sigo viendo desde la
ventana cacerola en mano.
Desde
el hotel Florida en la Gran
Vía −la avenida de los
obuses−, sede de espías
internacionales y
corresponsales extranjeros,
Ernest Hemingway escribió La
quinta columna.
Una obra de teatro escrita
en el mismo lugar de la
acción, bajo una lluvia de
bombas. Cuenta la historia
de un agente norteamericano
de contraespionaje
colaborador de la República.
Se reconoce en el
protagonista Philip Rawlings
al propio Ernest, que se
debate en su ideal de
izquierdas y el amor por
Dorothy Bridges, retrato de
la escritora y corresponsal
de guerra Martha Gelhorn,
entre milicianos y
quintacolumnistas,
delaciones y traiciones.
Desde un rincón del
vestíbulo del hotel le
miraba sin ser visto, tras
el humo de su cachimba e
imitaba sus gestos y
aspavientos.
Una de las actuaciones de la
quinta columna más
destacadas al final de la
guerra, fue iniciar las
negociaciones entre el
general Segismundo Casado
−Jefe del Ejército del
Centro− y el gobierno de
Burgos. Casado junto a
dirigentes como Julián
Besteiro o Cipriano Mera se
sublevaron contra el
gobierno de Negrín.
Pretendían negociar con
Franco una paz con garantías
y sin represalias; no lo
consiguieron. Provocaron una
guerra dentro de la guerra y
facilitaron la entrada de
Franco en Madrid el 28 de
Marzo. La "buena voluntad"
de los negociadores fue
respondida con una
represalia feroz, que se
mantuvo durante los años del
franquismo, que viví,
primero oculto y después
respondiendo; ya estaba
cerca el fin del Régimen.
Si la quinta columna fue
clave para poner fin a la
guerra, hubo otra columna
que perjudicó gravemente el
desarrollo de la misma: la
sexta columna, escuché decir
a Indalecio Prieto. Según el
ministro de Defensa, El
efecto corrosivo de los
antagonismos políticos,
había sido la principal
causa de la derrota
republicana. Desacuerdos y
desuniones legítimas, pero
suicidas algunas, entre
quienes propugnaban ganar la
guerra o hacer la
revolución; entre comunistas
y anarquistas, anarquistas y
burgueses republicanos. Al
final, el desacuerdo entre
los que querían la
capitulación como fuese y
los que pretendían ganar la
última batalla a toda costa.
La historia de la quinta
columna y lo que ocurrió
tras el golpe de Casado, nos
enseña la lección de que
cuando el enemigo es
indeseable tampoco es de
fiar.
Hoy como ayer, hay que
prestar suma atención a lo
que ocurre a nuestro
alrededor y en las propias
filas o bando político o
sindical, no vaya a ser que
quienes proponen los pactos
y acuerdos, formen parte de
esa quinta columna o sexta
al servicio del enemigo.
Enemigos de clase que los
estamos viendo y quedan
señalados. Frente a la
derecha unida un frente
popular de izquierdas.